Mención. No Ficción
Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026
Gastón Baquero, considerado una de las plumas más agudas que ha dado el periodismo cubano, decía de la poesía que era siempre lo lejano, la forma de la huida, y que el poeta era aquel hombre capaz de traernos, como escribió Valéry a propósito de Rilke, la mitad del mundo que nos falta, avanzando hacia nosotros con la otra mitad de nuestra vida entre las manos. Hay algo profético en esa idea que solo se termina de entender cuando un poema, de tanto en tanto, cumple exactamente esa función: traer de vuelta lo que dábamos por perdido y obligarnos a mirarlo de frente. Eso me ocurrió hace unos días, al volver sobre los versos “El otro” que Roberto Fernández Retamar escribió ligados para siempre a la fecha en que Cuba amaneció creyendo haber cruzado un umbral definitivo. No fue solo la calidad indiscutible del poema —si es que la poesía admitiera medirse con semejante vara— lo que me detuvo, sino la manera en que esos doce versos, escritos para una euforia muy concreta, seguían empujando hacia la reflexión seis décadas después, como si el poema no se hubiera quedado quieto en su época sino que hubiera seguido caminando junto a nosotros. Ahí, exactamente, reside el poder que Baquero le atribuía a la poesía: no el de narrar lo que ocurrió, sino el de sacudir el pensamiento hasta obligarlo a preguntarse por lo que sigue ocurriendo. Y lo que este poema en particular sacude, con una insistencia que no da tregua, es la pregunta por la sobrevida.
Cuando hablamos de sobrevida podemos estar refiriéndonos a un proceso histórico, a una obra de arte, a un personaje ficticio o real, y es la capacidad que tienen los procesos y las relaciones humanas de trascender el espacio, el tiempo y el período histórico que les tocó existir. Fernández Retamar preguntaba, en la euforia de un enero que creía definitivo, a quiénes debíamos la sobrevida. Décadas después, la pregunta no ha envejecido: sigue ahí, intacta, esperando una respuesta que cada generación de cubanos posterga y hereda a la siguiente. ¿Sobre qué muertos estamos vivos los cubanos de hoy? ¿Qué huesos cargamos en los nuestros? ¿Con qué mano, que ya no es enteramente nuestra, seguimos escribiendo palabras rotas en un país que no termina de nacer ni de morir del todo?
Toda nación es, antes que un territorio o una bandera, una acumulación de heridas que se fueron cerrando mal. Cuba no es una excepción; es, si acaso, un caso extremo de esa regla. José Martí, que entendió como pocos la naturaleza fragmentaria de lo cubano, escribió que injertar un pueblo con otro no era ceder soberanía, sino sembrar tronco nuevo; ese injerto, sin embargo, tuvo un costo altísimo que aún hoy seguimos pagando.
La isla nace del exterminio de sus primeros pobladores, tan rápido y tan completo que apenas dejó rastros salvo en la toponimia y en algunas palabras que sobreviven en el habla cotidiana sin que casi nadie repare en su origen. Sobre ese vacío se construyó, con la colonización española, un edificio social sostenido en buena medida por la trata de personas esclavizadas traídas de África, cuya huella cultural —la música, la religiosidad, la cocina, el habla— terminaría siendo, paradójicamente, uno de los pilares de lo que después llamaríamos identidad cubana. Fernando Ortiz, con su célebre imagen del ajiaco, entendió esto mejor que nadie: Cuba no es una mezcla que se disuelve en uniformidad, sino un guiso donde cada ingrediente —el español, el africano, el chino, el yucateco— conserva su sabor propio mientras contribuye a un todo que no existiría sin ninguno de ellos. La cubanidad, decía Ortiz, no es solo la que desciende de españoles, sino la de todos los que en Cuba nacieron y hallaron su tierra sin otra.
A ese primer mestizaje se sumaron oleadas migratorias sucesivas —canarios, gallegos, chinos culíes, haitianos, jamaicanos, libaneses, judíos que huían de Europa— que fueron ensanchando el ajiaco sin que la olla dejara nunca de hervir. Y sobre ese fondo se levantaron, ya en el siglo XIX, las guerras de independencia: diez años primero, la llamada guerra chiquita después, y finalmente la contienda del 95, en la que Martí moriría casi al inicio, como si su destino fuera sembrar la idea y dejar que otros cosecharan la sangre. De esas guerras nace algo que no existía antes con ese nombre: la nación cubana, forjada no en el escritorio de un tratado sino en el machete y en el monte, con un ideal que Martí resumió con una claridad que todavía incomoda: la de una república «con todos y para el bien de todos», que no cambiara un amo por otro.
Y sin embargo, apenas alcanzada la independencia formal en 1902, Cuba tropezó con la primera de sus grandes frustraciones históricas: la Enmienda Platt, que convertía la soberanía recién ganada en una soberanía tutelada, sujeta al derecho de intervención de Estados Unidos. La influencia norteamericana —económica, cultural, política— se convertiría desde entonces en una constante de la vida cubana, unas veces como socio, otras como tutor no invitado, casi siempre como referencia de la que era imposible sustraerse por la simple cercanía geográfica y el peso de sus intereses. Esa tutela, sentida por generaciones de cubanos como una humillación pendiente, dejaría una marca profunda: la sensación de que la independencia de 1902 había sido, en el mejor de los casos, incompleta.
El siglo XX cubano es, en gran medida, la historia de los intentos —algunos generosos, otros oportunistas, casi todos frustrados— de completar esa independencia. La Revolución de 1933 contra Machado, breve y desbordada, dejó como legado la generación de los años treinta y una constitución, la de 1940, considerada una de las más avanzadas de su tiempo en América Latina, que sin embargo nunca llegó a cumplirse plenamente. El golpe de Batista en 1952 clausuró de un plumazo esas ilusiones constitucionales y sembró, en toda una generación, la convicción de que la vía electoral estaba agotada. Fue en ese terreno abonado por la frustración donde germinó el proceso revolucionario que triunfaría el primero de enero de 1959, la misma fecha con la que quedaría para siempre asociado el poema de Fernández Retamar.
Conviene decirlo sin la solemnidad de los manuales ni el rencor de las trincheras: aquel enero de 1959 fue, para la inmensa mayoría de los cubanos, un momento de esperanza genuina, no impuesta. La corrupción, la desigualdad y la violencia del batistato habían generado un consenso nacional amplísimo en torno a la necesidad de un cambio profundo. Ese es un dato que ninguna narrativa posterior, ni la oficialista ni la del exilio, debería borrar: la revolución no nació como una imposición extranjera ni como un capricho de una minoría, sino como la culminación —torcida después, pero culminación al fin— de un anhelo de justicia social que venía gestándose desde el siglo anterior.
Lo que ocurrió después es materia de un debate que todavía sangra. La radicalización acelerada del proceso, la alineación con la Unión Soviética, la estatización casi total de la economía y la instauración de un sistema de partido único fueron, según se mire, o bien la respuesta defensiva a la hostilidad de Washington, o bien la consecuencia de un proyecto que desde el principio apuntaba hacia allí, o —con más probabilidad, si somos honestos— una combinación de ambas cosas retroalimentándose durante seis décadas. Lo cierto es que la utopía que en 1959 unificó a la nación fue, con el paso de los años, secuestrada: convertida en dogma, administrada por una burocracia que confundió la lealtad al proceso con la lealtad al país, y sostenida por mecanismos de control social —el aparato de vigilancia vecinal, el monopolio informativo, la dependencia estatal del empleo y de la libreta de abastecimiento— que hicieron del miedo y de la escasez organizada dos herramientas de gobierno tan eficaces como silenciosas.
No hace falta ser sociólogo para reconocer los síntomas de una sociedad exhausta: basta con leer las noticias de cualquier mañana. Un sistema eléctrico que colapsa con una regularidad que ya nadie se toma la molestia de calificar de excepcional. Hospitales sostenidos, más que por el sistema, por el sacrificio personal de médicos y enfermeras que ganan salarios que no alcanzan para vivir. Un envejecimiento poblacional acelerado por la caída sostenida de la natalidad y por una emigración que ya no distingue entre generaciones ni entre clases sociales, y que en los últimos años ha alcanzado cifras que, en proporción a la población de la isla, no tienen precedente comparable en la historia reciente de América Latina. Y, sobre todo, algo más profundo que cualquier estadística: la ruptura de aquel pacto social implícito de 1959, el que prometía, a cambio de la renuncia a ciertas libertades, seguridad económica y movilidad social. Ese pacto, que ya crujía desde el Período Especial de los años noventa, terminó de romperse en las últimas décadas, dejando a varias generaciones de cubanos sin la parte del contrato que a ellos les correspondía cobrar.
Es en ese punto donde conviene volver a Fernández Retamar, porque su poema no habla solo de un enero específico: habla de toda deuda que una generación contrae con las que la precedieron y con las que la sucederán. Los cubanos de hoy somos, también nosotros, sobrevivientes. Sobrevivimos a la esperanza rota de nuestros padres, a las colas y a los apagones de nuestra infancia, a la desconfianza aprendida a fuerza de repetición. Y como el poeta preguntaba por el muerto sobre cuyo cuerpo estamos vivos, cabe preguntarse hoy sobre qué renuncias, sobre qué silencios, sobre qué sueños postergados de otros estamos construyendo, todavía, nuestra frágil continuidad.
De esa acumulación de frustraciones nace, inevitablemente, la pregunta que ya no mira hacia atrás. ¿Qué hacer con Cuba el día después?
Hay una trampa que conviene nombrar antes de seguir andando: la de creer que el mérito de una causa justifica cualquier manera de cobrarla. Un pueblo que ha esperado demasiado tiempo suele confundir, en el instante en que por fin llega su turno, la justicia con el desquite, y ahí es donde más países se han despeñado justo cuando creían haber llegado a la orilla. Lo que a Cuba le costará más caro en su próxima etapa no será, sospecho, ni la maquinaria del Estado ni el diseño de sus leyes, sino algo mucho más resbaladizo y menos visible en los balances: el estado de ánimo colectivo con que enfrente el reencuentro consigo misma. Sobran motivos de dolor, sobran cuentas que alguien querrá cobrar y voces que llevan años esperando su turno para hablar; pero ningún país logra levantarse apoyado exclusivamente en sus llagas, del mismo modo que nadie camina lejos sosteniéndose solo en la pierna que le duele.
Es fácil, casi automático, imaginar la reconstrucción de la isla como un asunto de cables, de puertos, de líneas de crédito y de tratados comerciales reactivados. Y en efecto, sin capital fresco, sin manos entrenadas y sin instituciones que funcionen, ninguna nación levanta cabeza. Pero hay un cimiento anterior a todo eso, uno que ningún banco extranjero está en condiciones de prestar: el que se construye reaprendiendo, poco a poco, aquellas costumbres del alma colectiva que el desgaste de tantos años fue puliendo hasta borrar.
¿A qué costumbres me refiero? No a las que defiende ninguna bandera concreta, ni las del sistema que se apaga ni las del que algunos idealizan sin haberlo probado en carne propia. Hablo de asuntos más elementales: volver a fiarse del vecino, después de que tanto tiempo de vigilancia cruzada enseñara a mirarlo con recelo. Que decir la verdad deje de ser un lujo excepcional y vuelva a ser lo normal, en un país donde la falta de todo convirtió el ingenio para bordear la norma en una segunda piel difícil de mudar. Tolerar al que piensa distinto sin fulminarlo con la sospecha, después de generaciones enteras criadas para desconfiar de cualquier opinión que no calzara con el molde oficial. Y, por encima de todo, recuperar la capacidad de trazar un rumbo común que no necesite de un adversario externo para sostenerse ni de un mesías que resuelva por todos, sino que se sostenga en la suma callada de gestos pequeños repetidos por millones de personas.
En eso, sospecho, está lo esencial de cualquier renacer que aspire a ser más que un simple recambio de emblemas: en aprender a distinguir entre recordar y quedarse clavado en la herida, entre exigir cuentas y dejar que la exigencia se pudra en rencor. Basta mirar hacia atrás en la historia de otros pueblos para comprobar, con una claridad que incomoda, que solo prosperan aquellos capaces de tejer mínimos acuerdos que se sitúen por encima de cualquier facción. No se trata de dictaminar, después de tanto tiempo de disputa, quién estuvo del lado correcto, ni de reabrir viejas cuentas entre triunfadores y derrotados; se trata, más bien, de probar que esta vez los cubanos sabemos sostener a Cuba justo en ese tramo quebradizo que sigue a toda ruptura, cuando todavía no se sabe bien hacia dónde se cae.
Y en ese sostén tiene un lugar insustituible quien un día tuvo que hacer las maletas. Porque los que partieron no dejaron de ser Cuba por el hecho de irse: siguen siéndolo, aunque a la distancia. Son ellos, año tras año, quienes con un giro de dinero o una llamada mantienen a flote a sus familias, quienes desde lejos no sueltan el hilo que los ata al lugar donde nacieron, muchas veces pagando por ese vínculo un precio íntimo del que rara vez se habla. Pero a esa diáspora, llegado el momento del regreso, le tocará entrar por la puerta grande sin comportarse como quien llega a tomar posesión de lo ajeno: nada de repartir diplomas de buena conducta patriótica, nada de mirar por encima del hombro a quien se quedó, porque quedarse también tuvo su cuota de valentía y de renuncia, aunque no dejara cicatrices visibles ni pasaporte con sellos. Ninguna generación sola, ninguna corriente de pensamiento aislada, ningún partido en solitario alcanza para semejante tarea; hará falta reunir, sin distinción, a quienes se fueron y a quienes se quedaron, a quienes defendieron el proceso y a quienes lo cuestionaron, a los que tienen algo que aportar y a los que no tienen más que sus manos.
El primer ladrillo de todo esto, entonces, no se compra ni se importa: se cultiva por dentro, en un terreno que no tiene nada que ver con religión alguna pero sí con una urgencia casi física. Es el ladrillo de volver a sentarse a la mesa con quien defiende ideas contrarias sin necesidad de borrarlo del mapa. El de aceptar que la inmensa mayoría de quienes ocuparon un puesto dentro del engranaje —el médico, el maestro, el ingeniero, el empleado estatal, el uniformado, el guajiro, el jubilado, el muchacho que aún no decide si quedarse o irse— no inventaron las reglas del juego, simplemente jugaron con las cartas que les tocaron, y que sin ellos ninguna reconstrucción tiene sentido, porque no hay país que se erija desterrando a la mitad de los suyos. Es el ladrillo de cambiar la narrativa del enemigo por otra menos vistosa pero más firme: la de la tarea hecha entre todos. Y es, también, el ladrillo de comprender que la libertad tan aguardada no es la meta sino apenas la salida: el instante justo en que arranca, recién entonces, la parte más ardua del camino.
Lo que le hace falta a Cuba no es sustituir un dogma por otro igual de intransigente, aunque venga con etiqueta distinta. Le hace falta, acaso, algo bastante menos vistoso: la modestia de admitir que nadie es dueño absoluto de la razón, y el desprendimiento necesario para tejer, entre todos, un lugar donde las diferencias no vuelvan a servir de excusa para señalar y excluir. Ese lugar se gana primero por dentro, en la disposición de cada quien, y solo después toma forma en leyes y en instituciones. Y esa disposición interior —saber perdonar sin borrar la memoria, reclamar justicia sin que se transforme en rencor, mirar hacia atrás sin quedarse allí varado para siempre— es, a mi juicio, el verdadero cimiento del que dependerá que la Cuba por venir merezca, de verdad, llamarse libre.
Vuelvo, para cerrar, a los versos de Fernández Retamar, porque no he dejado de pensar en ellos ni un momento mientras escribo esto, y porque intuyo que ahí, y no en ningún otro sitio, está la médula de todo lo anterior. El poeta no preguntaba por un muerto abstracto ni por una gratitud protocolar: preguntaba por una deuda concreta, corporal, la de unos huesos que se quedan dentro de los nuestros, unos ojos arrancados que siguen mirando por la mirada de nuestra cara, una mano que escribe sin ser ya del todo suya ni del todo nuestra. Esa imagen, que en 1959 hablaba de los caídos en la lucha contra una dictadura, ha ido mudando de sentido sin perder nunca su verdad esencial, porque cada generación cubana ha tenido, desde entonces, sus propios muertos silenciosos: los que se fueron sin decir adiós y murieron un poco en cada despedida, los que se quedaron y envejecieron esperando un cambio que no llegaba, los que perdieron la fe sin dejar nunca de amar el país, los que hoy mismo cruzan el mar o la selva o el desierto y a los que quizás no volvamos a ver. Sobre todos esos muertos —literales unos, simbólicos otros, pero igualmente reales en su peso— seguimos vivos los cubanos de hoy, y esa es exactamente la naturaleza de la sobrevida: no un regalo que se recibe una sola vez, sino una deuda que se renueva en cada generación y que solo se salda de una manera, escribiendo con esa mano prestada algo que valga la pena, algo que justifique, aunque sea mínimamente, tanto sacrificio acumulado.
Por eso, cuando pensamos en la Cuba que vendrá después de la libertad, no deberíamos pensarla solamente como una reforma de leyes o un cambio de banderas, sino como el momento en que por fin empecemos a pagar esa deuda con los muertos que nos sostienen: los que murieron por ideales que después fueron traicionados, los que murieron de hambre y de espera sin ninguna épica que los acompañara, los que murieron de nostalgia en tierra ajena sin haber vuelto a ver el mar de su infancia. A todos ellos les debemos algo más que un monumento o una fecha en el calendario: les debemos una Cuba capaz de no repetir el error que los hizo morir o partir en primer lugar. Les debemos, sobre todo, no desperdiciar la sobrevida que ellos, con su sacrificio, nos regalaron sin habérnoslo pedido.
Ahí está, entonces, la pregunta que de verdad importa, la que no se responde en un ensayo ni en un poema ni en una sola generación: ¿qué dejaremos a los próximos, a los que reconstruirán, o a nosotros mismos, que ya no seremos iguales después de haber cruzado ese umbral? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a hacer hoy para salvar, y para salvarnos, mañana? Quizás la respuesta más honesta que podamos dar no sea una fórmula ni un programa de gobierno, sino un gesto mucho más modesto y mucho más exigente: la disposición de cada cubano, esté donde esté, a renunciar a un poco de razón propia en nombre de una convivencia futura; a escuchar la herida del otro con la misma atención con que reclama que escuchen la suya; a entender que la libertad que tanto tiempo llevamos esperando no será una victoria de nadie sobre nadie, sino, si acaso, la victoria colectiva de haber aprendido, por fin, a no repetirnos.
Fernández Retamar dejó su pregunta flotando, sin respuesta, porque los poemas verdaderos no cierran: abren. Y quizás la manera más fiel de honrar esos versos no sea intentar responderlos del todo, sino aceptar que cada cubano, en cada época, está obligado a formulárselos de nuevo, con sus propias palabras, sabiendo que la mano que escribe ya no es enteramente suya, que carga con los huesos y con los ojos de quienes no llegaron hasta aquí, y que precisamente por eso, por esa deuda que nunca se termina de pagar, vale la pena seguir escribiendo, seguir intentando, seguir creyendo que la sobrevida puede convertirse, alguna vez, en algo más que una herida: en una promesa cumplida entre los vivos.










