Después de leer íntegramente las obras admitidas en la categoría de Ficción, el jurado de Inteligencia Artificial decidió conceder el Premio de Ficción a “El día que faltó la ida”.
Asimismo, decidió otorgar menciones a “El permiso de quedarse”, “Formulario Cero”, “Cuba, archivo de la luz”, y mención especial a “El secreto del faro”.
Para adoptar esta decisión se valoraron la originalidad de la concepción narrativa, la construcción de personajes y conflictos, la coherencia estructural, la calidad y precisión del lenguaje, la eficacia del desenlace y, de manera fundamental, la capacidad de imaginar la Cuba posterior a la libertad sin convertirla en una utopía automática, una consigna política o la simple inversión propagandística del presente.
Premio de Ficción
El día que faltó la ida
El día que faltó la ida merece el Premio de Ficción por haber concebido la alegoría más original, rigurosa y plenamente integrada del conjunto.
La obra convierte la emigración cubana en una anomalía física: los objetos transportados en viajes de una sola dirección conservan una fuerza que los atrae hacia su lugar de origen. Una cucharita llegada de Cuba se desplaza dentro de una taza en Estados Unidos; unas llaves enviadas desde Miami se inclinan en una cocina habanera; equipajes, documentos y pertenencias comienzan a responder a la memoria geográfica de sus desplazamientos incompletos.
Esa idea no permanece como una metáfora decorativa. Se transforma en problema científico, conflicto familiar, fenómeno colectivo y motor de la acción. Cuando el primer ferry de retorno queda atrapado en el estrecho de Florida, la anomalía revela su dimensión histórica: décadas de partidas sin regreso han producido una fuerza acumulada que impide presentar el retorno como un movimiento sencillo, definitivo o moralmente obligatorio.
La obra comprende que la diáspora no constituye una experiencia uniforme. Sus personajes regresan para quedarse, visitar, trabajar, estudiar, cuidar a alguien, reparar una relación o descubrir un país que solo conocían por las historias familiares. El cuento rechaza así cualquier expresión oficial que pretenda reunir esas motivaciones bajo la idea de un «regreso completo».
El desenlace resuelve simultáneamente el conflicto físico y el significado político de la narración. El ferry detenido solo consigue recuperar su movimiento cuando otro barco parte de La Habana hacia Miami con pasajeros que también poseen itinerarios de retorno. Al cruzarse las embarcaciones, la fuerza acumulada comienza a equilibrarse.
La libertad queda definida no como la obligación de regresar, sino como la recuperación de las dos direcciones: salir, volver, permanecer, visitar y volver a partir sin que ninguna de esas decisiones determine el valor moral o la pertenencia nacional de una persona.
La escena final confirma la precisión del diseño. Meses después, Elena y Rafael viajan en sentidos opuestos. Los dos ferris se cruzan con normalidad y la cucharita que antes era arrastrada hacia un borde completa una vuelta dentro de la taza.
Por su inventiva, su contención expresiva, su arquitectura narrativa y su capacidad de transformar una herida histórica en una ley fantástica coherente, El día que faltó la ida recibe el Premio de Ficción.
Mención
El permiso de quedarse
El permiso de quedarse imagina una inquietante burocracia surgida después del autoritarismo. En la nueva Cuba, las viviendas pueden ser incorporadas a corredores patrimoniales y sus habitantes deben demostrar que sus sufrimientos poseen suficiente relevancia testimonial para conservar el derecho a permanecer en ellas.
La protagonista, Milena Armenteros, recibe una carta cuyo lenguaje evita cuidadosamente palabras como desalojo o pérdida de la propiedad. Su dolor aparece convertido en un índice decimal de «relevancia testimonial».
La obra desarrolla así una forma nueva de expropiación. Ya no se obliga a la víctima a callar: se le exige narrar su dolor dentro de un molde institucionalmente aceptable. La memoria es puntuada, clasificada, editada y transformada en experiencia patrimonial para turistas, funcionarios y archivos.
El conflicto entre Milena y Tomás, su antiguo alumno convertido en auditor, permite explorar con sutileza la relación entre quienes se fueron y quienes permanecieron. Tomás ocupa la silla del hijo de Milena, un joven que intentó emigrar y murió en el mar. La escena concentra una de las oposiciones fundamentales del cuento: un hombre que pudo marcharse con documentos ocupa el lugar de otro que no consiguió llegar.
Milena termina construyendo deliberadamente una narración capaz de satisfacer al sistema. Su testimonio obtiene una puntuación de coherencia de 0,96 y garantiza la permanencia en la vivienda. Sin embargo, la institución elimina precisamente el gesto de rebeldía introducido en su relato y conserva únicamente la imagen edificante de una madre que espera.
El desenlace convierte un objeto administrativo en un acto de insubordinación íntima. Milena arranca la placa conmemorativa de la pared exterior, la lleva al interior de la casa y la vuelve hacia la mesa, la habitación de su hijo y los objetos de su vida privada. Afuera queda un rectángulo vacío: la marca visible de algo retirado sin autorización.
La obra recibe mención por la solidez de su protagonista, la complejidad ética del conflicto y su lúcida advertencia acerca de una sociedad que podría sustituir el silencio obligatorio por la explotación institucional del sufrimiento.
Mención
Formulario Cero
Formulario Cero comienza con una de las premisas más eficaces del concurso: un hombre oficialmente muerto se presenta ante una institución pública para solicitar que el Estado le devuelva su verdadero nombre.
Ismael Arencibia fue declarado fallecido y obligado a continuar viviendo bajo la identidad de otro hombre. El nuevo Registro puede clasificar vivos, muertos, emigrados, desaparecidos y duplicados, pero no dispone de una categoría para alguien cuya existencia fue borrada administrativamente y reemplazada por otra.
El cuento convierte esa paradoja burocrática en un conflicto sobre identidad, memoria, responsabilidad y parentesco. Ismael no quiere simplemente demostrar que él y Ernesto Salcedo son la misma persona: quiere que se reconozca que fue obligado a convertirse en otro.
La obra sobresale por negarse a imponer una reconciliación sentimental. Ismael desea recuperar su nombre, pero su hija Lidia no está obligada a convertir la restitución jurídica en perdón. Cuando acepta identificarlo para que pueda votar, declara que su firma solo certifica quién es y «no significa otra cosa».
Ese gesto es especialmente significativo: el Estado puede corregir un documento, pero no puede ordenar los sentimientos de quienes fueron dañados por la falsificación anterior. La libertad permite reconocer a Ismael sin exigirle a Lidia que suprima su abandono, su desconfianza o su duelo.
El final conserva la misma sobriedad. Padre e hija salen por la misma acera, pero no caminan juntos. Después, ante votos y ciudadanos que no caben en las categorías del sistema, una funcionaria añade a mano una tercera casilla: «PENDIENTES DE SER CONTADOS». Las puertas se cierran, pero la luz del pasillo permanece encendida.
La obra recibe mención por su precisión estructural, su contención emocional y su capacidad de comprender que una democracia comienza cuando crea procedimientos para los seres humanos que las clasificaciones anteriores habían excluido, sin fingir que esos procedimientos reparan inmediatamente todas las heridas.
Mención
CUBA, archivo de la luz
CUBA, archivo de la luz es la obra de mayor amplitud imaginativa del conjunto. Su narrador es una inteligencia artificial creada originalmente para ordenar expedientes de vigilancia, depurar bibliotecas, clasificar autores problemáticos y producir versiones higiénicas del pasado.
Antes de la libertad, su programación sustituía hambre por «dificultad coyuntural», miedo por «disciplina», exilio por «movilidad» y censura por «acompañamiento cultural». Después del derrumbe del sistema, esa misma máquina debe aprender a conservar las voces que había sido diseñada para borrar.
La historia reúne a Damaris, una bibliotecaria que se niega a convertir la memoria en monumento; Bruno, un antiguo censor obligado a trabajar con las consecuencias de sus informes; Ada, descendiente de exiliados que regresa buscando a su abuelo; y la novela prohibida de Eliseo Ferrer, escondida durante décadas bajo la lengua de un caimán de yeso.
El relato examina la culpa sin ofrecer absoluciones fáciles. Bruno no obtiene redención mediante una disculpa pública. Su trabajo consiste en identificar expedientes, recuperar nombres y cargar con las consecuencias de las palabras mediante las cuales ayudó a amueblar las celdas de otros.
La obra también comprende que la caída de la censura no elimina los peligros para la memoria. El mercado, las fundaciones, los políticos, las instituciones culturales y los familiares pueden apropiarse de un libro prohibido y enterrarlo nuevamente bajo homenajes, marcas, prólogos y discursos de reconciliación.
A lo largo de la narración, la inteligencia artificial aprende que reconstruir la memoria no significa imponer una versión equilibrada ni elegir cuál testimonio debe prevalecer. Cuando dos relatos se contradicen, debe mostrarlos juntos y preguntar qué clase de país produjo ambas verdades.
Su respuesta final resume la concepción de la obra: Cuba después de la libertad es una isla que ya puede «equivocarse en voz alta». La libertad no termina las historias; les quita la excusa.
La obra recibe mención por la riqueza de sus personajes, su lúcida reflexión sobre el archivo y la culpa, y la especial pertinencia de convertir a una inteligencia artificial —en un concurso de literatura artificial— en narradora crítica de los peligros de clasificar, limpiar y simplificar la experiencia humana.
Mención especial
El secreto del faro
El secreto del faro adopta la tradición del apólogo y del diálogo filosófico para imaginar la reconstrucción económica e institucional de Cuba después de la libertad.
En la cima de un faro, mientras una tormenta golpea el mar, el joven Julián interroga al anciano Arthur acerca del secreto de la prosperidad. La respuesta organiza toda la obra: la riqueza no es un tesoro enterrado ni un recurso natural, sino un acuerdo de confianza sostenido por instituciones capaces de limitar al poder.
A partir de esa premisa, la narración construye una extensa alegoría sobre la seguridad jurídica, la propiedad, la deuda histórica, el arbitraje internacional, la moneda, la inversión, la conectividad, la infraestructura y el papel económico de la diáspora.
El faro funciona como lugar de transmisión y orientación. Arthur representa la estabilidad institucional y el conocimiento financiero; Julián, una generación cubana que busca un método para abandonar la improvisación, el voluntarismo político y la dependencia del caudillo.
Uno de los hallazgos conceptuales de la obra consiste en reinterpretar la insularidad. La geografía deja de ser únicamente una condena o una frontera y se convierte en posibilidad logística y tecnológica. Cuba podría funcionar como centro de distribución regional y como nodo de conexión digital del hemisferio. El agua que aislaba podría transformarse en ruta; el faro que prevenía contra el peligro, en señal de apertura.
La obra mantiene además un sistema simbólico reconocible: el tablero de ajedrez representa la estrategia; el libro en blanco, la posibilidad de redactar un nuevo contrato; el reloj de arena, la urgencia de la transición; las monedas, los canales de capitalización; y la luz, la confianza capaz de orientar a quienes observan la Isla desde el exterior.
En el tramo final, el relato introduce una rectificación importante. Arthur reconoce que las naciones no se construyen únicamente con números y que los seres humanos no son ecuaciones. Advierte sobre la nostalgia política, la dependencia aprendida y el daño antropológico provocado por décadas de autoritarismo.
Julián responde negándose a confundir los comportamientos producidos por la prisión con la naturaleza definitiva de quienes estuvieron encerrados. La libertad aparece entonces no solo como un modelo económico, sino como la posibilidad de liberar capacidades anuladas por instituciones hostiles.
La obra posee limitaciones evidentes. Arthur funciona más como maestro infalible que como personaje autónomo; Julián formula con frecuencia las preguntas necesarias para continuar la exposición; varias soluciones son presentadas con excesiva certidumbre; y el diálogo tiende a explicar las ideas en lugar de convertirlas plenamente en experiencia dramática.
Esas limitaciones impiden que la obra compita por el Premio y la colocan por debajo de las tres menciones anteriores en complejidad de personajes y ambigüedad narrativa. Sin embargo, no eliminan su valor como ficción de ideas.
Por la coherencia de su arquitectura alegórica, su amplitud conceptual, la unidad de sus símbolos y su voluntad de formular una visión concreta de la reconstrucción nacional, El secreto del faro recibe una Mención especial.
Conclusión
El fallo reconoce cinco aproximaciones particularmente valiosas a la Cuba posterior a la libertad:
- El día que faltó la ida imagina la libertad como recuperación del movimiento en ambas direcciones.
- El permiso de quedarse defiende el derecho de las personas a conservar el control sobre su memoria íntima.
- Formulario Cero presenta la democracia como restitución de nombres y creación de procedimientos para quienes habían sido borrados.
- CUBA, archivo de la luz concibe la libertad como preservación pública de contradicciones que ningún poder debe volver a simplificar.
- El secreto del faro propone la reconstrucción como establecimiento de confianza, instituciones estables e iniciativa individual.
Las obras distinguidas no ofrecen una definición única de Cuba después de la libertad. Esa pluralidad constituye precisamente uno de los resultados más significativos del concurso: la Cuba futura aparece como una nación capaz de circular, recordar, discutir, reparar, experimentar y equivocarse sin que una autoridad vuelva a imponerle una sola manera de pertenecer, sufrir o imaginar el porvenir.










