Sobre ‘Olvidos y obituarios’ (Agni, 2026) de Orlando Luis Pardo Lazo


Compatriotas, escuchadme. ¡He venido a enterrar a Orlando Luis Pardo Lazo, no a elogiarle! 

Quizás exagero. No intentaría convertir a OLPL en “el mejor escritor cubano muerto”. Pero sí creo que debemos enterrar este libro que acaba de publicar. Enterrarlo en un ataúd de plomo —como el de los papas o el que cubrió el cadáver irradiante de Marie Curie— para que no nos contagie con la radioactividad de su nostalgia. 

La primera palabra del título Olvidos y obituarios (Agni Ediciones, 2026) es una broma o una distracción: Orlando Luis Pardo Lazo padece de la enfermedad terminal de la memoria. Como el famoso personaje de Jorge Luis Borges, su tragedia es sufrir —y exhibir— una incapacidad genética para el olvido. Este libro, como casi toda su obra, es un síntoma de ese trastorno.

La segunda parte del título es más certera. Aquí hallamos un ramillete de flores fúnebres, esquelas mortuorias de nuestras celebridades cubeñas. Por supuesto, el obituario siempre implica un saldo, un balance de la vida toda del difunto. Y allí encontrará el lector esos juicios sumarios en tres o cuatro páginas. Pero al dictar sus sentencias, OLPL se encarga de retratarse junto a cada muerto. En sus alabanzas y condenas —justas, desmedidas o arbitrarias— hay una intención transparente de autorretrato. Sus filias y sus fobias, a veces impredecibles, van dibujando el rostro que él quiere presentarnos.

El dibujo a veces es realista, y a veces es el negativo de la foto. Esta colección de artículos parece haber sido escrita por Fernando Pessoa: una polifonía cantada a cuatro voces por sus cuatro alter egos. Pero en este caso nuestro Fernando Pessoa caribeño ha optado por firmar con uno solo de sus nombres. En algunos artículos, OLPL se muestra tal como es, en otros provoca al lector con intuiciones heréticas, y casi siempre nos obliga a mirar las cosas desde un nuevo ángulo. Y uno no sabe cuál de sus avatares nos espera en cada página.

Esas perspectivas se mezclan sin aviso, pero con premeditación. Los artículos, viñetas y crónicas no incluyen la fecha en que fueron publicados originalmente, ni dónde, ni con qué propósito. El libro no tiene prólogo, porque en esas introducciones el hablante se expresa sin máscara, intenta explicar el subsuelo de su obra. Eso no le sería útil a quien se ha propuesto ser varias personas (máscaras) para mantener al lector en vilo, expectante. OLPL no quiere que haya ninguna mediación entre el lector inocente y esos textos náufragos.

Esos detalles, sin embargo, no son la nota dominante de Olvidos y obituarios, editado por la editorial cubana emergente Agni Ediciones, al cuidado de Daniel Díaz Mantilla y Zurelys López Amaya. Lo que nos debe hacer leer este libro es la convergencia que OLPL logra entre el artículo de ocasión y las ideas que los trascienden. En cada uno de estos textos hay descubrimientos, atisbos, comentarios e intuiciones que sobrepasan la mera crónica. 

Sus reflexiones —a menudo agónicas— sobre la historia y el futuro de Cuba se asoman en cualquier página. Su obsesión furibunda por la Isla moribunda recuerda la luz que emitían los cristianos condenados a la hoguera por Nerón: ilumina desde el espanto. 

Su memoria minuciosa solo le falla dos veces. Cuando escribe sobre la visita de Obama a la Isla y cuando habla de la estancia de la actriz Lillian Roth en La Habana de los años cincuenta. En ambos casos, se olvida de un detalle “nimio”. Aunque escribe en Manhattan, se confunde de Isla y dice que Obama vino a Cuba (página 106). Y que a Lillian Roth habría que darle las gracias por venir a Cuba. Por supuesto, el verbo exacto en ambos casos sería ir en lugar de venir, pero al memorioso OLPL se le olvida. 

Me recordó en ese detalle a Jorge Valls. Una noche alguien le dijo que hacía muchos años que él vivía en la Florida y Valls le aclaró al instante: “Yo solo pernocto en Miami, pero vivo en La Habana”. Si reemplazamos “Miami” con “Manhattan” y “La Habana” con “Lawton”, la frase sería atribuible a OLPL: Yo solo pernocto en Manhattan, pero vivo en Lawton…

Hay otras dos cosas en este libro que hacen su lectura de rigor. La primera es la relación del autor con la historia de Cuba. La segunda es la manera en que su nostalgia salva a algunos personajes mientras condena a otros a su infierno privado.

Los artículos “En defensa del Zanjón” y “El error Martí” ilustran bien la primera de esas obsesiones. Decir que el Zanjón fue “un momento fundacional de la concordia cubana” o que “a golpes de amor, Martí nos hizo retroceder por lo menos cien años” no son meras paradojas escandalosas. Es difícil creer que OLPL piense eso realmente, pero estridencias como esas nos obligan a cuestionar certezas asumidas. 

Quien haya interrogado nuestra historia del siglo XIX sabrá que esas dos opiniones eran quizás mayoritarias en las épocas a que se refieren. El Pacto del Zanjón, sabemos, fue aceptado por la inmensa mayoría de los mambises y de los habitantes de la Isla en general. De ahí el pronto fracaso de la Guerra Chiquita y la larga espera de quince años para lograr los efluvios patrióticos que darían pie a la Guerra del 95.

Y esa guerra, engendrada por el genio mesiánico de Martí, no convenció a todos, incluso después de haber salido el último soldado español de la Isla. Basta leer el Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de la isla de Cuba á los Estados Unidos de América de José Ignacio Rodríguez, publicado en 1900; o Páginas para la historia de la Isla de Cuba, la obra de Juan Arnao impresa en La Habana ese mismo año de 1900, para comprobar lo que digo. Rodríguez era un convencido anexionista, tanto como era independentista Arnao, pero ambos coinciden en que Martí cometió el peor de los errores al promover y organizar la Guerra del 95. 

De modo que los exabruptos de OLPL no son una simple provocación para escandalizar a los burguese ni a los proletarios de hoy. El autor nos obliga, por el contrario, a pensar en los peligros que supone su resurrección de ese cansancio del alma que padecemos. Una nación extenuada por su larga agonía a veces sueña con el suicidio o la esclavitud. OLPL no está proponiendo ninguno de los dos, solo nos recuerda que existen. 

Y, finalmente, está la nostalgia, que parece ser el núcleo de este libro. OLPL convierte ese sentimiento etario en la norma de sus juicios. Puede, por ejemplo, salvar por la nostalgia a la novia de la adolescencia que terminó siendo una gerifalte de la Seguridad del Estado, o a su plúmbea profesora de Marxismo de la Universidad de La Habana. Se salvan también Mario Limonta y Aurora Basnuevo y, de ñapa, su programa Alegrías de sobremesa. Se salvan Alfredito Rodríguez y sus canciones insoportables. 

Al otro lado de la balanza, condena sin derecho a apelación al cardenal católico Jaime Ortega, al cantautor Silvio Rodríguez, o a la academia americana defensora civilizada de la barbarie del régimen cubano. 

En su nostalgia cabe también la Cuba de su niñez, un lugar sin libertad donde todos eran libertinos. Mientras que la vieja generación de exiliados solo añoraba la República; mientras que mi generación, nacida a mediados de los sesenta, ejercita la nostalgia impostada de soñar con la Cuba que solo conocimos por los relatos de nuestros padres; OLPL propone una nostalgia que incluye también la felicidad que significa ser jóvenes, aunque no seamos libres. 

Más allá de la experiencia personal de cada uno, OLPL nos obliga aquí a preguntarnos: como nación, ¿qué demonios vamos a hacer con esa nostalgia de Estocolmo que tantos llevan encajada en el alma?

El autor habla a menudo de Cuba como una nación sobremuriente, como una ilusión malsana. La respuesta a ese dolor está también en su libro Olvido y obituarios. Hacia el final, OLPL cuenta la historia de un viudo que se vuelve a casar y, en la noche de bodas, su segunda esposa le dice: “Todavía sigues enamorado de la muerta”. 

Eso es lo que habría que decirle a él cada vez que nos hace el obituario de esa Isla de la que nunca podrá escapar realmente.



* Palabras de presentación del libro Olvidos y obituarios (Agni Ediciones, 2026) en el West New York Arts Center (New Jersey) el sábado 12 de septiembre de 2026.






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