Diario de la invasión (VI)


Ramiro Valdés resultó ser el Nicolás Maduro de la invasión a Cuba. Había que sacrificarlo. Demasiado dinero, demasiadas propiedades, demasiados herederos, demasiados contactos secretos. Demasiada memoria histórica para sobrevivir a esta epoquita estúpida de una cubanía hecha meme en el tedio de la internet.

El viejo Dzerzhinski de la Revolución castrista quería sangre, a pesar de sus 94 recién cumplidos. Maniobraba desde una oficina en casa. Quería evitar, por última vez, la claudicación del comunismo cubano. Aunque la nación tuviera que sumirse en la gloria del apocalipsis, en una confrontación armada con los Estados Unidos. 

Ramiro no estaba enfermo, como en la Isla lo ha sugerido la prensa oficial cautiva. Al contrario, él era el único obstáculo sano que impedía la invasión de este año 2026. 

Desde hacía meses, Raúl Castro había ordenado su arresto domiciliario. Desde su misma casa, Ramiro seguía llamando a anticiparse con violencia masculina a la violencia maricona de la invasión. Pedía la reconcentración inmediata del pueblo, castigos ejemplarizantes en público y, por supuesto, la creación de escenarios bélicos preventivos en el Estrecho de la Florida o ya en territorio norteamericano. 

El nonagenario tenía a los cuadros del Minint confundidos con sus llamadas telefónicas a deshoras y sus ráfagas de emails a gritos. Por primera vez en un siglo de vida, el ministro de ministros sabía que sus comunicaciones estaban siendo monitoreadas por un poder ajeno a su centenario poder. 

Fueron sus subordinados más fieles los que recibieron la orden de eliminar a Ramiro Valdés. Con la complicidad de su propia familia. No podían, ni querían negarse. Cuando él se dio cuenta de que el Alto Mando lo había metido en una ratonera, cogió su Browning de quince tiros y se reventó la cabeza. 

El cuerpo del criminal en serie había hablado: No podrán mostrar mi cadáver. 

Hay algo profundamente moral en este asesinato por mano propia. Ramiro fue el único revolucionario cubano que se resistió a hacerse cómplice de la invasión. Quiso dejar intacta su humanidad de homicida con causa.

Un diario de la invasión es el sitio donde víctimas y victimarios nos reconocemos en una desconocida esquina del corazón. Solo en las páginas póstumas de un diario de la invasión la patria a punto de desaparecer nos contempla orgullosa.






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A Marco Rubio le quedan pocos días como Secretario de Estado.

Por Orlando Luis Pardo Lazo