La circunstancia que vive Cuba, con sanciones norteamericanas agravadas a partir de mayo último, en medio de la crisis que supone el fin del subsidio petrolero venezolano, han hecho popular la idea de que la nación se encuentra en un punto de inflexión histórica.
Es frecuente ver opiniones en la prensa de que esta crisis es de una magnitud no ya como la de 1959, sino como la de momentos históricos anteriores a ese último gran cambio violento, como lo fue el fin del dominio colonial español en 1898.
¿Ofrece lo que estamos viendo una analogía con 1898? ¿Debemos buscar un precedente histórico más cercano o simplemente resignarnos a que la memoria de eventos pasados de nada nos sirve frente a la singularidad del momento actual?
No voy a citar aquí los argumentos dados para el paralelo con 1898, pero es evidente que este se basa en la idea de que entonces, como ahora, Estados Unidos estaba involucrado en un cambio de régimen en Cuba. Y aquí empiezan las dificultades.
No es hasta la Joint Resolution del Congreso de los Estados Unidos, cuando el cabildeo del exilio independentista tuvo cierta influencia, que Estados Unidos abandona la política de neutralidad hacia las luchas por la independencia cubana. Recordemos solamente el archiconocido episodio de la expedición de La Fernandina, organizada por José Martí, incautada precisamente por violar la Ley de Neutralidad de 1794.
A diferencia de lo que ha hecho Estados Unidos desde 1996, al apoyar económicamente proyectos de protección de los derechos humanos en Cuba, que entran en la categoría del soft power, el apoyo económico al independentismo fue desconocido en el siglo XIX. Sin embargo, las presiones diplomáticas para que España pusiera fin a la guerra ayudaron en 1878 a que Cuba pudiera ver aplicada, con cortapisas, la constitución española de 1876. Y nuevamente en 1897, con la Reconcentración haciendo estragos en la Isla, se logró que España accediera a la autonomía, por lo que hasta ahí el paralelo no es tan descabellado.
Sin embargo, se olvida el incidente del Maine y, lo que es más importante, que la presencia del acorazado en la bahía de La Habana fue por el clima de desorden público creado por las protestas contra la autonomía de los sectores integristas recalcitrantes.
Para que la analogía con lo ocurrido en 1898 pudiera funcionar, tendría que hacer el gobierno actual de Cuba alguna concesión que irritara a un sector (sin duda, minoritario) que quiere la continuidad a toda costa. Pero, ni las cesiones están presentes en el caso cubano (no hay que descartar, por improbable que parezca, que pudieran ocurrir), ni es dable pensar que el sector que todavía cree que en Cuba existe un gobierno revolucionario vaya a oponerse a este mismo gobierno por haber cedido en algunos de sus dogmas de control económico socialista o de monopolio político.
En realidad, este sector hasta ahora ha sido pasivo y se ha caracterizado por seguir al gobierno sin mostrar una identidad propia, la que pudiera ser el socialismo o el nacionalismo. Por tanto, el paralelo con 1898 usando la expresión propia de la Lógica, es una falsa analogía que aparece cuando se comparan naranjas con manzanas.
Ello no significa que no existan elementos comunes entre ambas coyunturas. En ambos casos, se observa una profunda crisis económica interna, una creciente presión diplomática norteamericana y la percepción de agotamiento de un régimen político. Sin embargo, estos rasgos generales son insuficientes para establecer una analogía histórica rigurosa, cuando el resto de las características a comparar difieren de manera significativa.
¿Significa esto que debemos renunciar al recurso de la analogía en otras circunstancias históricas? Recordemos cómo Oswald Spengler consideraba a la analogía como la base del método del historiador, pero esto lo hacía al asumir que cada cultura pasaba por similares fases.
A menos que se estableciese Cuba como una cultura diferente a la de América Latina (señalada como cultura diferente de la occidental por Huntington), habría que ver lo que sucede en Cuba dentro de la circunstancia latinoamericana, para luego compararla con Europa o cualquier cultura asiática.
La crisis por la que atraviesa la Mayor de las Antillas es tan diferente a cualquiera experimentada por sus hermanas latinoamericanas que el analogismo spengleriano no nos serviría de mucho. En todo caso, tiene sentido buscar algún otro momento del pasado cubano donde se pueda encontrar un paralelo con el presente. Es entonces que viene a la memoria 1933, el año de la mediación de Sumner Welles y la caída de Gerardo Machado.
Como el artículo Del machadato al castrismo: Sumner Welles y la próxima caída de Cuba señala, la fuga del dictador no fue solamente obra de la huelga general de agosto de 1933 y el clima revolucionario del momento. Según la opinión dominante entre los historiadores, la mediación de Sumner Welles comenzó como un intento de estabilización política. Sin embargo, el progresivo deterioro de la situación cubana terminó convenciendo a amplios sectores de Washington de que la permanencia de Machado constituía un obstáculo para cualquier solución duradera.
De hecho, Machado había cedido el 10 de agosto a las demandas del principal sindicato cubano, entre ellas, legalizar el Partido Comunista. El dictador pensaba que podía así aguantar hasta 1935, cuando debía abandonar el poder según la constitución, pero Washington tenía otros planes[1]. Machado había cedido desde mayo a instaurar la mediación que debía acabar con el clima de inestabilidad interna, a cambio de que Washington ofreciera mejores condiciones al azúcar cubano, lo que un tiempo después cristalizaría en el sistema de cuotas para esta mercancía.
El régimen de Machado, afectado por la aguda crisis comenzada en 1929, que no terminaría hasta el año de su caída, tenía así un incentivo económico para aceptar la negociación con sus oponentes. Estaba claro que la tarifa Hawley-Smoot era un azote para la economía cubana, pero el presidente Roosevelt, que pretendía corregir el proteccionismo republicano, no cedería en este punto sin lograr concesiones de Cuba. Además, legalmente podía esgrimir que era parte de su obligación, de acuerdo con la Enmienda Platt, una ley norteamericana. El paralelo con la situación actual sería aquí identificar la Ley Helms-Burton con la Enmienda Platt, pese a las grandes diferencias entre ambas. De entrada, la primera no es parte de la carta magna cubana como sí lo era la segunda en tanto apéndice constitucional.
Trump equivaldría a Roosevelt (salvando también las grandes diferencias entre ambos) y la crisis de 1929 a la crisis del 2020, superada por todos los países del área salvo Cuba, una crisis agravada ahora con la imposibilidad de obtener petróleo subsidiado de Venezuela.
Para sacar a Cuba de la lista de países terroristas, algo que el país necesitaría para reactivar su industria turística, Trump, como Roosevelt con la Enmienda Platt, buscaría obtener concesiones de acuerdo con los objetivos de la Ley Helms-Burton. ¿Qué diferencia aquí ambos eventos históricos? ¿Permite esta aparente analogía prever un desenlace como el de 1933?
Aquí estaríamos en una posición similar a la que vimos antes con escoger a 1898 como analogía. Si bien el gobierno cubano ha iniciado conversaciones, no ha entrado en una negociación real. Un alto funcionario señaló como límite de las concesiones la constitución de 2019 y eso podría permitir una amplia amnistía, un mayor acceso a la inversión extranjera, la eliminación de trabas que no son constitucionales (como Acopio o la mediación estatal en la contratación de las empresas extranjeras de empleados cubanos), así como una ley de asociaciones que reconozca a los grupos independientes de la sociedad civil y el regreso de los exiliados, estas concesiones dentro de la constitución aún están por verse materializadas.
Tampoco ha habido propiamente una mediación norteamericana entre el exilio o la oposición interna de un lado y el gobierno de otro. Machado, al autorizar la mediación, reconoció a los grupos oposicionistas que estaban al margen de la ley, como el ABC. Esto no ha ocurrido en el momento actual.
Si alguna analogía pudiera hacerse es la de la intransigencia de aquellos dos despotismos frente a Estados Unidos. Según relata Alberto Lamar Schweyer en su importante testimonio (Lamar Schweyer, Alberto: ¿Cómo cayó el presidente Machado? Una página oscura de la diplomacia norteamericana. Preámbulo: Ángel Velázquez Callejas. Prologo: Alberto Bustamante. Epílogo: Armando de Armas. Exodus, 2020), el general, al ocurrir el tiroteo de la policía contra una multitud que se habían congregado frente al Capitolio el 7 de agosto de 1933, esperando la supuesta tramitación de su renuncia (hecho que se saldó con dieciocho muertos), acudió a una emisora de radio local para afirmar que, en caso de que Estados Unidos usara el derecho de intervención en Cuba, el ejército lo resistiría. Fue esta declaración el detonante de la sublevación militar del 11 de agosto, la cual lo derrocaría en veinticuatro horas. Esperemos que esta vez la historia no se repita, también, como tragedia.
[1] El 8 de agosto Sumner Welles había dado un ultimátum a Machado para que renunciara (Báez, Vicente, editor. La Enciclopedia de Cuba. Vol. 9, Enciclopedia y Clásicos Cubanos, 1975, p. 356).











