Por una transición genética: “No Castros, no problem!”

Si algo consiguieron las 176 medidas propuestas por Manuel Marrero ante la Confederación Nacional de Lechones, fue sacar de la cueva a El Cangrejo y colocarlo bajo la luz desfavorecedora de los reflectores mediáticos. 

En esa carota animalesca, en esa cabezota olmeca están compiladas las 176 dimensiones de la prepotencia castrista. 

La más importante revelación de las 176 medidas, que de un momento a otro lanzaron a la piara a un primer plano, es que la invasión yanqui no logrará alterar fundamentalmente al régimen actual si solo lo ataca con drones y bombas supersónicas: al parecer, el castrismo debe ser destruido genéticamente.

El castrismo como error evolutivo comienza en un bohío de Mayarí, en la alcoba nupcial de la gallega Lina Ruz González y el gallego Ángel María Castro y Argiz, una relación perversa que produjo siete monstruos.

Si a través de El Cangrejo el castrismo se expresa como realidad mitocóndrica indivisible, es obvio que se trata de una afección atávica, un acople tramitado por vía ADN. Dicho en otras palabras: el problema castrista es teratológico.

El Cangrejo, como buen crustáceo, vive adosado a la plataforma insular, camuflado en las formaciones rocosas de los arrecifes coralinos. No debemos culparlo por confundir “Castro” con “Cuba”, como antes los conquistadores tomaron a “Colba” por “Cipango”. 

Cuando habla de lo inofensiva que resulta “Cuba” para los intereses geopolíticos yanquis, se trata de un cortocircuito metonímico. Podríamos arrancarle las muelas y cercenarle las patas, como en aquel cuento de pastusos, y todavía El Cangrejo sería incapaz de formarse una imagen separada de sí mismo y de nuestra Isla. Para un observador independiente, en cambio, El Cangrejo es el símbolo del cáncer que devora a Cuba. Y si hoy aflora en las radiografías, es gracias a la potencia invasiva de Donald el Presionador.

Escuchar a El Cangrejo expresarse en el mofongo idiomático en que se ha transformado el cubano moderno, es otra evidencia de daño sistémico. El negro esclavo de Los Sitios, el catedrático de la Universidad de Las Villas, la periodista de Cubadebate, el ministro ladrón, el poeta colaboracionista, el ama de casa combativa, la emigrada chivata y el trovador genuflexo parlan la misma jerga.  

Se nota en la entrevista que la escuela de elocución del Partido limó las asperezas guturales del coronel Raúl Guillermo, volviéndolo fonéticamente aceptable al diálogo amistoso con los grupos progresistas Code Pink y Let Cuba Live

Mariela y Sandro han ocupado en distintas ocasiones el puesto de “voceros de Cuba”, lo mismo que Antonio, Alexis y El Tuerto.

Mientras tanto, el historiador azteca del que ya hemos hablado en estas páginas, echaba mano de la expresión “extraccionismo caribeño” para referirse al escenario en que la especie parásita de castrópodos es eliminada por extirpación quirúrgica. Así, la Odontología Comparada se introduce en el lenguaje diplomático.

Pero, ¿será posible que por culpa del castrismo el pueblo cubano se vea obligado a reintroducir en su agenda demográfica los métodos brutales del doctor Lombroso? ¿Esterilizar a toda una familia —una familia real— para impedirle hablar en nombre del pueblo, Das Volk, la masa y la patria? 

¿Electrochoques contra la identidad? ¿Castrar a los Castro? ¿Bastará con lobotomizarlos o deberemos caparlos químicamente? ¿Cómo hacerlos callar, arrepentirse, repudiar el culto de falsa identificación, cómo hacerlos reentrar en sus propios cuerpos, cómo hacerlos tumbar el catao del castrocentrismo, el jingoísmo y la transferencia negativa?

¿Übertragung o Muerte? ¿Habrá otra opción?

Sí, efectivamente, hay otra. Es la medida 177. La opción nuestra.

No son ellos, los Castro, somos nosotros quienes debemos extirparnos los castrópodos del alma y las axilas, bañarnos en dimeticona, soltar los piojos mentales y las ladillas románticas. Debemos destetarnos de la mujer barbuda llamada Revolución. Poner grabaciones subliminales en la mesita de noche: 

Los Castros no son Cuba…
Cuba no es los Castros…
Rápido corren los carros…

Quien diga “que en Miami se celebra como una liberación y en La Habana se denuncia como una agresión” la noticia de la invasión trumpista, habla en idioma cangrejo y pone el carretón por delante del crustáceo. La medida 177 rechaza también ese travestismo. No hay Miami y La Habana como entidades antitéticas, solo hay Castros contra cubanos. 

Los Castros están en contra nuestra. No hay Castros buenos ni evolucionados, capaces de extirparse, sin pinzas calientes, de la vida pública. No hay Castros dispuestos a renunciar o a pedir disculpas por 67 años de crímenes de lesa cubanidad. Eso sería desconocer a los Castro e ignorar los impulsos criminales de los cubanos aterrillados por el apagón histórico castrista. 

Los Castros deben ser eliminados en masa, como clase, como tipo, como categoría, como tara, como trademark. La liberación de Cuba coincide con la erradicación del último Castro y el hundimiento de la casa de Birán. 

La medida 177 es muy anterior a las otras 176 y dispone, simplemente: ¡No Castros, no problem!






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Por Orlando Luis Pardo Lazo