No estar aquí

Hasta hace poco estábamos donde estábamos. Hoy nadie está donde está. Somos cuerpos que habitan en otra parte mientras miran una pantalla. 

La tecnología que prometió conectarnos en definitiva nos desconectó. Nunca tuvimos tanta facilidad de comunicación y, en consecuencia, tanta cosa incomunicable. 

El móvil hizo de nuestra existencia un espectáculo portátil. No se protagonizan acontecimientos, se consumen en tanto observador. Participar es ser un espectador que experimenta cero experiencias. Estar presentes, menos que un performance es solo una proyección. 

Mutó la atención humana. Se fue perdiendo la habilidad de mirar en 3-D. Toda dimensionalidad queda reducida al scroll & swipe

Nunca paramos de ser impactados por la híper información. De ahí la indolencia, el tedio, la ira, la desesperación.

No hay salida a esta vinculación virtual. Nos documentamos los unos a los otros, sin pausa, en la plaza pública y en la alcoba privada. Acumulamos un atroz autoarchivo que carecemos de tiempo para consultar. 

Lo único vital es acaso la visibilidad, cuyo nivel dios sería lo viral.

Los lenguajes tienden a una singularidad donde la traducción instantánea los transparentiza. Los sentidos ya son superfluos. Al coincidir con otra criatura, nuestras alternativas son la confrontación, el escape, el crimen.

No estar aquí nos hace no querer estar más aquí. Es como una extinción en masa. Solo que la especie desaparecida, nosotros, sobrevivimos sin darnos cuenta de que seguimos aquí.

Usar el medio para negarlo es una última humillación.