Comenzaré estas líneas confesando que su título iba a ser La fiesta demorada, en homenaje-paráfrasis del título de Antonio José Ponte La fiesta vigilada. Porque el motivo de escribirlas era, originalmente, comentar la 34ª Feria Internacional del Libro de La Habana, largamente aplazada y al fin recién concluida, del 11 al 16 de agosto, en el espacio vedadense de Línea y 18.
Debió ser un hito. La primera vez que, desde el 2000, cuando comenzó a celebrarse en el complejo Morro-Cabaña, la mayor fiesta anual de la cultura cubana volvía a este lado de la bahía. También que, en lugar de extenderse por 10 días, duraba solo una semana.
Los problemas de financiamiento y, por ende, logística y transportación, obligaron a este cambio o redimensionamiento, para ponerlo en palabras lindas. Por no hablar de que la mayoría de los títulos presentados fueron digitales: no hay papel, se sabe. Y se entiende.
Lo que no se entiende es por qué se pospuso. Desde febrero, tradicionalmente uno de los meses más “fríos” del año (en el Caribe y con el calentamiento global golpeando duro, supongo que sería más realista decir solo “frescos”), hasta este tórrido agosto, que en el trópico suele ser el mes más cruel, y no abril, como dijo el poeta europeo.
Se ve que en Europa no saben lo que es un buen verano con 34°C o más, y sin electricidad, no ya para aires acondicionados, sino tan pocas horas al día que muchos cubanos no alcanzan ni a cargar los tan socorridos ventiladorcitos de baterías. Esos mismos que en los países normales solo se usan de vez en vez, en picnics y acampadas lejos de la infraestructura urbana, pero que en La Mayor de las Antillas se han vuelto socorrida tabla de salvación y símbolo de status. Porque, quien tiene uno, seguro que gana dólares. O tiene familia fuera que se los envíe.
¿Resumir la Feria en una palabra? ¿O en tres, o incluso cuatro? Calor, calor; mucho calor.
Se entiende que, desde la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero y el cese de los generosos envíos de crudo desde Venezuela, a Cuba la caña se nos puso a tres trozos. El problema es que, si mala estaba la cosa en febrero, ¡ahora está incluso peor! Y no solo por el clima…
La inflación se ha seguido disparando. Los precios de productos alimenticios de primera necesidad, como los huevos y la grasa, que ya no eran precisamente bajos, se han triplicado de golpe hace menos de 15 días. Hoy, un litro de aceite vegetal de baja calidad y dudosa procedencia cuesta el sueldo entero de un trabajador cubano medio. Un cartón de huevos, lo mismo. Y no pasa nada. Y es normal. O eso quieren que parezca.
Las numerosas familias cubanas que no disponen del privilegio del gas de la calle, sin electricidad ni keroseno, y casi colapsado el sistema de distribución de gas licuado en bidones, se ven obligadas a cocinar con leña o carbón, que también cuesta lo suyo. Y es justo, porque fabricarlo es un trabajo durísimo.
Así han surgido diversas soluciones criollas improvisadas, no todas legales ni mucho menos saludables: cocinas solares hechas con cajas de cartón forradas de papel de aluminio; vaciar furtivamente los transformadores eléctricos para vender el aceite tratado que contienen, incluso como combustible, ¡aunque eso signifique privar de corriente a manzanas enteras! Prensar kilos y kilos de masa de coco para obtener la manteca: ¿acaso no cocinan con ella en Baracoa desde siempre? Y un largo etcétera.
Entre todas estas adaptaciones bien podría también incluirse a esta Feria del Libro celebrada en pleno agosto, en un local con techos abovedados y sin climatización central. Salvo en las salas para presentaciones más “oficiales” (¿oficialistas?), como la entrega de premios nacionales: la Alejo Carpentier, la José Lezama Lima y la Nicolás Guillén que, lógicamente, también se volvían auténticas saunas cuando faltaba la corriente en cada periódico apagón.
Daba grima entrar al pabellón Tesoro de Papel, el feudo de Gente Nueva, la editora cubana para niños y jóvenes (me niego a escribir “de perfil infantojuvenil”: ¡horrenda palabra, donde las haya!). El loable esfuerzo del staff, encabezado por el escritor de ciencia ficción Erick Mota y la editora Gretel Ávila, para animar el ambiente con sus muñecones y decorados imaginativos (invitando a varios proyectos independientes a ocupar sus espacios colaterales, como la galería Imachina, Echando Humo, Utopía XIX y otros diversos artesanos, jugadores de rol y otakus) chocó muy duro con la altísima temperatura ambiental: los sacrificados cosplayers sudaban como galeotes bajo sus disfraces y maquillajes y, para tomar agua o cualquier otro líquido, tenían que salir al patio, a los kioskos “inteligentemente” situados a pleno sol. Pues, como es ¿lógico?, además de no haber luz, en los baños también faltaba el agua.
Es que, fiel a esa curiosa actitud tan nuestra de encontrar un problema para cada solución, alguien en el Instituto Cubano del Libro parece haber decidido librar este año a la FILH de su viejo estigma de “fiesta del pan con jamón”: las ofertas gastronómicas eran pocas y, ¿hay que especificarlo?, en general absurdamente caras.
Eso sí; los invitados de honor salieron ganando, y mucho: el pequeño rincón que tradicionalmente se reservaba en La Cabaña a Los Libros de Rusia se convirtió, en Línea y 18, en un amplio espacio central y prácticamente empapelado con posters de la era soviética, cuyo héroe era el gran homenajeado de este evento: el difunto Comandante en Jefe, cuyo centenario del natalicio coincidió (¿de verdad alguien cree todavía en las coincidencias?) con la FILH.
Ay, Fidel, ¿por qué no pudiste nacer en febrero o en diciembre por lo menos, compadre?
También se entiende esta tozuda insistencia oficial en el culto al Comandante Eterno, el Somos Continuidad y todo eso. Se comprende incluso que ya muchos murmuren, ante cada nueva medida impopular o escasez inevitable que “con El Caballo esto nunca habría pasado”.
Ah, qué inocencia…
Es fácil comprender que nuestro desesperado gobierno intenta justificar su desastrosa gestión reciente, presentándose como herederos directos y únicos del impoluto y perfecto abogado nacido en Birán. Es una maniobra astuta, hay que reconocerlo: así, atacarlos a ellos, criticar su gestión, ¡es criticarlo a él!, que a su vez fue quien los eligió.
Porque sí, vamos a decirlo: tenemos un Presidente y un Consejo de Estado totalmente digitales. O sea, puestos a dedo.
Yo, al menos, no voté por ellos. Y tampoco por esos delegados y diputados que supuestamente los propusieron y aprobaron. De hecho, no creo que nuestra “democracia representativa” deba aplicarse a algo tan capital como determinar quién debe ser primer mandatario de una nación. Para eso hacen falta elecciones libres. O sea, con más de un candidato.
Pero nuestros líderes aprendieron bien la lección del sandinismo, derrotado en las urnas ante Violeta Chamorro en 1990.Y si ahora Daniel Ortega declara, cínico, que no convocará a elecciones ¡porque podría perderlas!, nuestra camarilla sonríe: ellos sí pueden hacerlas: al estilo Putin, claro. Sin candidatos rivales. Con una única opción en las boletas.
No en balde Rusia es uno de los pocos países que aún apoya, aunque sea tibiamente, al régimen habanero. Si bien supongo que nuestro Comité Central quisiera más petróleo a cambio de todos esos mercenarios cubanos peleando en Ucrania por la causa moscovita. ¡Ni siquiera nos pagan por ellos con tecnología militar moderna!, como a Kim Jong Un por sus miles de soldados norcoreanos “solidariamente” enviados a morir cerca de Kiev y Odesa.
Por otro lado, ¿de verdad es tan herético criticar al Comandante, a los 10 años de su desaparición física? ¿Es Dios, acaso? ¿O al menos infalible, como el papa (¡ja!) y su doctrina un dogma intocable?
No; aunque se pretenda imponer a un pueblo entero el olvido, la historia recuerda todo. Lo malo junto a lo bueno: las aventuras juveniles del gángster universitario de pistola a la cintura y metido hasta el cuello en el bonchismo, y cómo no entró al asalto del cuartel Moncada.
No olvidamos sus primeras declaraciones de que esta no era una Revolución Comunista y cómo cambió de opinión en 1961, cuando, sin el apoyo del armamento soviético, no habríamos logrado la victoria en Girón y, sin el canje de azúcar por petróleo, tampoco sostenernos económicamente. Ni cómo se llenaba la boca para decir que no exportaba revoluciones, mientras tropas nacionales combatían desde Argelia hasta Namibia, desde el Congo hasta Etiopía, guerrilleros entrenados en Cuba lo hacían en El Salvador, en Bolivia, en Nicaragua, y etarras, Panteras Negras, palestinos de Hamal y otros terroristas de izquierda se paseaban impunemente por La Habana.
¿Cómo olvidar sus promesas de soberanía alimentaria al tiempo que iba destruyendo la agricultura cubana? ¿Su insistencia en que la Deuda Eterna era impagable, mientras renegociaba nuevos y jugosos préstamos con el Kremlin? ¿Su apoyo a la intervención militar en Checoslovaquia en 1968, que acabó con la primavera de Praga? ¿Su absurda voluntad de inmolarse junto a toda la Isla en octubre de 1962, cuando la Crisis de los Misiles puso al mundo al borde del holocausto nuclear como nunca antes ni después? ¿Su inhumana dureza contra sus enemigos o simples descontentos, que cumplieron decenas de años de cárcel, cuando a él, por el asalto al cuartel Moncada, Batista lo indultó a menos de dos años de meterlo tras las rejas? ¿Y la masacre del transbordador 13 de marzo, en julio de 1994? ¿Y el caso Ochoa, en 1989, cuando dejó claro que, o no sabía que su gente de confianza traficaba drogas y era un reverendo idiota, o sí lo sabía y lo permitió, con lo que al negarlo se revelaba como un rotundo cabrón (idiota, desde luego, no era, así que…)?
Los errores del Comandante Imperfecto fueron muchos y muy grandes: era amigo de decir “donde dije digo, ahora digo Diego”, de declarar una cosa y hacer otra. Circula el ingenioso chiste de que el libro más contrarrevolucionario que pudiera publicarse en Cuba serían sus discursos completos. Porque leerlos todos, ahora (¡dura tarea, con alguien tan amigo de escucharse a sí mismo!), dejaría claro cómo iba cambiando de casaca y adaptándose a las circunstancias con soberbia habilidad.
Y sí, eso también hay que reconocérselo: supo mantenerse casi medio siglo en la brecha. Cabalgando las olas de la política internacional como el mejor de los surfistas. Hipnotizando a su pueblo con su verba sugestiva y culpando siempre a otros de sus metidas de pata: al bloqueo, a los EUA, a la disidencia interna.
Ya está: lo he dicho. He escrito: ¡el rey está desnudo!
Y, si por eso alguien me dice que no soy revolucionario, que soy un traidor, un apátrida, un disidente… Entonces solo les recordaré que el derecho a disentir, a opinar diferente, existe en toda democracia. Que traición (¡además de culto a la personalidad!) es reverenciar a un difunto humano y falible, tratar de gobernar el caos en su nombre capitalizando su prestigio político cada vez más cuestionable. Y recuerden que su propio ídolo de bronce dijo que “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado”, así que, ¿por qué no empiezan por ustedes mismos?
Este pueblo ya no siente que lo representen. Ya no resiste que lo exhorten al sacrificio y la austeridad desde un poder con lujosas mansiones y rotundas panzas, con generadores llenos de combustible y freezers repletos de carne.
La Feria del Libro pretendió demostrar que apoyamos todos la memoria del Comandante. Que la cultura sigue siendo prioritaria, ¡cuando él reprimió a tantos intelectuales! Que su ejemplo nos une en la adversidad. Que todo está bien, que no pasa nada, que los toques de cazuelas son solo folklore, congas improvisadas, incidentes sin importancia.
Los poderosos aprendieron bien la lección, por lo visto. Ya Fidel lo hizo en 1991, celebrando aquellos Juegos Panamericanos del Tocopan, que le costaron lo indecible a un país que no tenía apenas recursos, abandonado como estaba por el CAME y la deshecha URSS.
Es el viejo bluff o farol de Scarlet O´Hara, en Lo que el viento se llevó: hacerse un vestido nuevo con las cortinas, para esconder que Tara está en la miseria, para engañar a Rett Butler y que le dé dinero para recomenzar.
Lo increíble es que, hasta ahora, ha funcionado: Cuba sigue boqueando gracias a la solidaridad internacional, a los préstamos sin interés de izquierdistas trasnochados y soñadores, a las donaciones de tantos ilusos que aún creen que el futuro pertenece por entero al socialismo, cuando cada día queda más claro que ni siquiera el pasado perteneció nunca a ese fantasma económicamente disfuncional que imaginaron Marx y Lenin.
No, no es verdad que no pasa nada y todo está normal en la Isla. Este país se desintegra a pasos agigantados y fingir que no ocurre no nos va a salvar.
No es normal vivir con tres horas de electricidad al día. No en el siglo XXI, en una nación hecha para funcionar con ella. No es normal que el sueldo no le alcance a nadie para comer dignamente. Que apenas haya transporte. Que se encarcele a todo el que se atreve a protestar, a decir la verdad.
No es normal y tiene que cambiar. ¿Pero cuándo, coño?
Alguien dijo que las situaciones insostenibles duran hasta que el pueblo decide ponerles fin. Ojalá fuese tan fácil. De ser así, ¿qué estamos esperando, cubanos?

Jinete, sigue de largo
“Gloria, duelo y la carrera por la Triple Corona”.










