La representante estadounidense Pramila Jayapal aboga por el victimario más que por las víctimas, suponiéndolas de otro. ¿Sabe Pramila los entreveros de la historia cubana y quienes son esos con los que se reúne tan festivamente en La Habana?
Lo sabe. Tiene que saberlo. Se puede ser estúpido, pero no tanto.
Suponer que los individuos de un país—su población— están bien mientras viven entre ruinas y se mueren de hambre en la oscuridad, siempre que el burócrata que los gobierna usa chaqueta en su palacio refrigerado cuando te recibe protocolarmente, es sencillamente estupidez. O dolo.
A Pramila se le recibe dentro de esa nube de fábula de lo oficial. Viene y va del ambiente calefaccionado al refrigerado. Sube y baja del auto oficial. Se mueve y la mueven en ciertos círculos que garantizan que no vea y no sepa lo necesario, pero, ¿no tiene acaso Pramila asuntos más urgentes para resolver que afecten a su electorado allá en casa?
Seguro que sí, pero prefiere hacer política contra su adversario político en otra parte, creyendo que hace un bien defendiendo a los tipos malos que se arrogan el derecho a hablar en nombre de un país. ¿Qué bien posible puede traer extender la existencia de una dictadura que tiene miles de presos políticos encarcelados, que aplasta el disenso de forma brutal, que condena al destierro (como el régimen colonial español), que apalea y desaparece, que secuestra a quienes se quejan de que no hay agua, luz o libertad?
¿Lo sabe Pramila? La Jayapal es la prueba viviente de que no existe en el universo un ser más fácil de manipular por el castrismo que un norteamericano.
Si fuese Tere Felipe o alguno de los muchos que están vinculados a las élites de la dictadura, pase. Ellos defienden un grupo, un contubernio de funcionarios acomodados y militares contumaces que quieren dar el salto al empresariado con la sartén por el mango, dueños de todo. Ellos sí lo saben. Y no, no les importa para nada.
Miran La Habana desde las alturas de sus hoteles con todo y ven dentro de aquella extensión oscura solo empleados, gente que acallar para extender su dominio. Millones de súbditos explotables a los que venderle a sobreprecio los productos que importan desde los Estados Unidos para sus negocios privados. Ellos practican una maldad lúcida, orquestada.
¿De qué otra manera llegarían a ser los potentados que son si permiten la competencia, si se apartan o respetan cualquier derecho ajeno? ¿No es acaso el oportunismo ratero, la maledicencia hipócrita, una de las características de todos los que visten uniforme y le lamen las suelas al Cangrejo y la Familia Castro?
En ellos se “justifica” la bajeza, lo ruin, porque lo saben y escogen que no les importe. Para ellos, “está bien”.
El llamado a la negociación que hace la senadora norteamericana, si no está orquestado desde la cúpula de la dictadura —que tiene cómo y con qué—, por ahí viene. Y no hay que ser tan lento como Marco Rubio, ni tan lerdo como Donald Trump y sus asesores, para saberlo.
Se trata del producto de un trabajo de años que, desde bien adentro de la masa política estadounidenses, hace su tarea de microbio esparciendo infecciones que ayudan a salvar al parásito más allá de sus fronteras. Pero esta cosa viene de lejos, de cuando los norteamericanos reían, riendo y riendo hasta que uno de ellos mismos les borró la sonrisa de la cara: ¡el cobarde de John F. Kennedy! Un presidente que echó al suelo la supremacía del vencedor de la Segunda Guerra Mundial y la redujo a todo esto que los ha llevado hasta lo que son hoy.
Ya lo decía Quevedo: son estúpidos los que lo parecen y también la mitad de los que no. Y, con esa estupidez, con esa inocencia fingida que pasea en su jeta la Jayapal, crece la maldad que ahoga a Cuba ahora mismo. Un maleficio del que no tenemos, ni sabemos, cómo salir.

Jinete, sigue de largo
“Gloria, duelo y la carrera por la Triple Corona”.









