Ben Rhodes en el país de los anamitas

Así como lo oyeron, cubanos: ¡estuvimos a un pelín de ser vietnamitas!

Sombreritos coniformes, ojitos chinos y uniformes de caqui, para no hablar del millón de maquiladoras en La Víbora. ¿No nos basta con un barrio cubano de Miami llamado Vietnam?

Saltar como pulguitas de un circo gringo, de Guatemala a Guatapeor, y todo eso salido del estudio de producciones del extraordinario Ben Rhodes, el Goebbels de Obama. 

Del encuentro de la delegación de filocomunistas yanquis con los negros catedráticos cubanos en 2016, Manuel Cuesta Morúa salió diciendo que le habían servido en bandeja de aluminio la “solución Myanmar”, mientras que Coco Fariñas denunció haber sido obligado a tragarse una gruesa “transición birmana”. 

¡Tan cerca de Vietnam y tan lejos de Miami! ¿Y por qué no la “solución Hialeah”? 

Ben Rhodes es el mismo fantasma sarnoso que recorre el mundo desde 1848, porque Ben es escritor y el comunismo fue siempre un problema de escrituras, pero sobre todo de reescrituras

Salir de medio siglo de castrismo para convertirnos en vietcongs parece una idea robada a Tropic Thunderuna película de Ben Stiller con Robert Downey Jr. en blackface encarnando al mercenario Lincoln Osiris.

¡Qué imaginación tan desbocada! Ni a su bisabuelo Cecil Rhodes se le ocurrió algo tan racista y anticubano. Los negros oyeron mal: no era Birmania, aclaró Rhodes recientemente en una entrevista sino… ¡Vietnam!

Podemos darnos con un canto en el pecho: hubiéramos salido mucho peor de haber preferido los gallegos la opción Cambodia. Aunque, pensándolo bien…., ¿no se habrán transado en secreto Susan Rice y Raúl Castro por esta última, la Opción Cero, y los cubanos del 2026 estén pagando, sin saberlo, las consecuencias del entendimiento entre el biranismo corporativo y el obamismo colonial? 

¿Fue Birmania o quisieron decir Birán? ¿Y por qué no, señores imperialistas, la “solución Pinochet”? 

El rhodesismo de un cierto afroamericano de Kenia necesitaba a su Rudyard Klipingo, y fue así como nació Rhodes, autor del novelón “La primavera árabe”, con Barack Hussein haciendo de un híperbronceado Laurencio de Arabia. Si el viejo Cecil quiso apropiarse en su época de todo lo que cayera entre “el Cabo y El Cairo”, el gandío senador de Illinois le subió la parada. 

La colonización de medio Oriente Medio y su islamización hollywoodense aconteció de acuerdo a un libreto de Rhodes, aunque lo de “primavera” solo existiera en el papel. El intervencionismo yanqui abandonó a Muamar el Gadafi con un celular Motorola clavado en el culo. 

La Hermandad Musulmana, la misma que mandó a acuchillar al Premio Nobel Nagib Mahfuz en 1994 por una novela escrita en 1959, llegaba a la presidencia de Egipto de la mano del exprofesor de la Universidad de California, Mohamed Morsi, tras derrocar al indispensable Hosni Mubarak. El saqueo y la quema del Museo Egipcio de El Cairo por los radicales fue apenas uno de los daños colaterales de la revolución primaveral.

Ni Jimmy Carter, ese insulso manisero que provocó la tragedia de Persia con la caída del Sha Reza Pahleví, le llega a la chancleta a Barack, el reconquistador de Libia, Argelia, Yemen, Jordania, Egipto y Túnez. 

La conexión hollywoodense no es gratuita. Ben Rhodes se aprovechó de una película pseudorreligiosa de serie B producida en Van Nuys, capital del cine pornográfico, para alborotar al mundo árabe. La inocencia de los musulmanes (2012), atribuida al delirante Nakoula B. Nakoula (nombre artístico Sam Bacile) es una obra maestra del agitprop obamista, como señalé entonces en una reseña

En un email enviado a Susan Rice, consejera de seguridad nacional para la administración Obama, con instrucciones de cómo responder a los periodistas, Ben Rhodes recomendó: To underscore that these protests are rooted in an internet video, and not in a broader failure of policy. “Recalcar que estas protestas tienen su origen en un video de internet, y no en un fallo generalizado de las políticas implementadas”. ¡Pregúntenle a Hillary Clinton!

Lo mismo dice ahora, pero sin mencionar los cacerolazos, acerca del fallo generalizado de las políticas castristas: la hambruna es culpa de la administración Trump y de Marco Rubio, y con la misma cara dura desliza la idea de una Cuba anamita a noventa millas de Miami, que es el lugar donde el obstinado problema castrista ha sido resuelto por el simple expediente de eliminar el castrismo.

Pero nada de lo anteriormente expuesto tendría la menor relevancia si Ben Rhodes no representara a un sector del electorado estadounidenses al que tú, hipócrita lector, perteneces por capricho propio, tú que has perdido la capacidad de distinguir entre un perro castrista y el que viene a hablarte (¡a ti, nada menos!) en nombre del socialismo democrático. Tú, votante nihilista, que llegados los próximos le regalarás tu voto a los vietnamitas.

Ya mandaron por delante a Pramila Jayapal de visita publicitaria a La Habana, y también al italiano Alessandro Di Battista, un enfermo grave que vomita bilis procastrista: bollywood y spaghetti westerns servidos en la misma bandeja de aluminio que nos meterán por los ojos cuando lleguen el momento y la oportunidad que tú, mansamente, les propiciarás: ¡Vota Vietcong!






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De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.






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