Cuba: una capital para el comunismo del siglo XXI

Un informe redactado por el Departamento de Estado, la cancillería estadounidense que encabeza Marco Rubio, sostiene que Cuba es “la capital del comunismo del siglo XXI”. El documento asocia con el comunismo muchas más cosas que las que atribuía a esa corriente el senador Joseph R. McCarthy en la Guerra Fría: guerrillas latinoamericanas de los años 60 y 70, movimientos maoístas como Sendero Luminoso en Perú, la Tricontinental, los Black Panthers, pero también fenómenos u organizaciones más recientes como Black Lives Matter y Antifa en Estados Unidos, Hamás en Gaza y Hezbolá en el Líbano.

Quienes redactaron el informe del Departamento de Estado, evidentemente, no están al tanto de la abultada bibliografía académica sobre las relaciones entre la Revolución Cubana y la Nueva Izquierda durante la Guerra Fría. Esa bibliografía (Paul Hollander, Van Gosse, Kepa Artaraz, Stanley Aronowitz, Todd Tietchen, Mark Sawyer, Patrick Iber…) ha llegado a la conclusión contraria: que desde los años 70 y 80, cuando se alineó al bloque soviético, la Revolución Cubana perdió referencialidad en los movimientos feministas, antirracistas, descolonizadores y de liberación sexual promovidos por la Nueva Izquierda.

Otra poderosa corriente de estudios académicos sobre las transiciones al mercado y la democracia en los antiguos países del socialismo real en Europa del Este ha sostenido que, en el periodo postsoviético, Cuba debió recurrir al entendimiento con la Venezuela de Hugo Chávez para sobrevivir en medio del aislamiento internacional del siglo XXI. Pero a pesar de su aproximación al altermundismo, La Habana quedó fuera del gran proyecto del Sur Global, el impulsado por Lula da Silva a través de los BRICS desde Brasil, precisamente por estar encapsulada en el circuito más pequeño y menos decisivo, geopolíticamente, de la Alianza Bolivariana.

En contra de buena parte de la producción académica de las más prestigiosas universidades de Estados Unidos, Europa y América Latina, el informe confunde comunismo con antiamericanismo y da por hecho que la Guerra Fría no ha concluido. Se trata de una conclusión que, curiosamente, da la razón a Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, que, en las dos primeras décadas del siglo XXI, intentaron, infructuosamente, reemplazar la ausencia del bloque soviético con una alianza explícita entre Rusia, China e Irán en contra de Estados Unidos.

Lo que ha sucedido en los últimos meses en el Gran Caribe, donde no solo Rusia y China, sino Brasil y México han acatado el control energético de Estados Unidos sobre Venezuela y Cuba, hace visible la gran falacia del informe del Departamento de Estado. Si la Cuba del periodo bolivariano y de la “batalla de ideas” de Fidel Castro intentó, en algún momento, ser un centro articulador de intereses chinos, rusos e iraníes contra Estados Unidos, ya dejó de serlo. La brusquedad con que se ha producido esa inflexión arroja muchas dudas sobre la solidez del bloque bolivariano como enclave de una amenaza real a la seguridad hemisférica de Estados Unidos.

El documento muestra una incomprensión sobre el cambio de las izquierdas globales en Estados Unidos, Europa y América Latina, en las dos últimas décadas, que pareciera dar la espalda a los propios teóricos de la nueva derecha que han impulsado el proyecto de Donald Trump desde 2016. No advertir las evidentes discontinuidades entre el comunismo de la Guerra Fría, el islamismo radical de Hamás y Hezbolá, el antirracismo de Black Lives Matter y el wokismo del progresismo urbano del siglo XXI, más que un error, suena a distorsión deliberada. En tiempos del macartismo, esas tergiversaciones de la historia se disimulaban mejor.

El desconocimiento del socialismo de mercado en China y Vietnam y del crony capitalism autoritario de Rusia y otros países de Europa del Este, como Bulgaria y Albania, no podría ser más patente al homologar esos modelos, distintos entre sí, con Cuba. Esa homologación llega al disparate cuando se atribuye a la Isla un influjo inspirador o paradigmático sobre esos regímenes, cuando, semana con semana, día con día, la propia documentación oficial cubana expone lo opuesto: es Cuba, en bancarrota, la que mira a esos países en busca de auxilio para sobrevivir.

Los partidos comunistas que subsisten hoy en el poder, en China, Vietnam, Corea del Norte o Cuba, controlan órdenes sociales y económicos muy diferentes entre sí. Tan disímiles que se vuelve imposible identificar en ellos alguna entente comunista, ya que unos son promercado y otros no, unos dominan poblaciones de miles de millones y otros de menos de diez, unos son naciones favorecidas por Washington y otras enemigas. Pero si de capitales se trata, es ridículo, por no decir cruel, sugerir que el centro de ese comunismo es La Habana y no Pekín.

Como muchos de esos informes del Departamento de Estado, en contextos electorales como el de estos meses, antes de la contienda intermedia de noviembre, este busca objetivos en la política exterior y en la doméstica, a la vez. En tanto llamado que agita el fantasma de la Cuba comunista como enemigo y reaviva la esperanza de que Estados Unidos intervenga militarmente en la Isla, tal vez sea funcional en el electorado la Florida. Pero como documento para movilizar o amplificar alianzas internacionales, en relación con el cambio en Cuba, puede resultar contraproducente por su factura caricaturesca y maniquea.

Algunos lo han leído como preludio discursivo a una intervención en la Isla. Pero lo tristemente cierto es que la administración de Donald Trump no necesita de un libelo de 100 páginas donde se sostiene que Cuba ni siquiera es un “Estado fallido” sino que es, en todo caso, una “operación de inteligencia”, para invadir la Isla. 

Si el objetivo es, como tantas otras veces, ganar votos en la Florida, antes que involucrarse en la transición cubana ―algo que puede conseguirse a mucho menos costo y sin desplazar fuerzas aéreas, navales o terrestres―, el informe quedará reducido a una nota al pie en los abusos de la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.



Publicado en El País, el 31 de julio de 2026.






Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.