
Para Joris Huysmans, autor de Contra Natura, la historia era la más solemne de las mentiras y la más infantil de las engañifas (“le plus solennel des mensonges et la plus enfantine des duperies”). Rafael Rojas es un historiador; ergo, debe ser un mentiroso solemne y un embaucador infantil.
Solemne, porque del Doctor Rojas siempre cabe esperar una lista de autoridades cuyos nombres ninguno de sus lectores sabe pronunciar, de modo que sus malos argumentos parezcan incontrovertibles. Esta vez, en su más reciente artículo de El País, realmente se excedió: Paul Hollader, Van Gosse, Kepa Artaraz, Stanley Aronowitz, Tod Tiestchen, Mark Sawyer, Patrick Iber… ¿Quién no caería postrado delante de una autoridad llamada Kepa Van Gosse?
Infantil, porque, mientras con una mano muestra lo que quiere que veamos, con la otra, a la espalda, oculta lo que sería evidente aun para el borrico español lector de periódicos.
Comencemos por la afirmación que desconcertó a nuestro erudito: “Un informe redactado por la cancillería que encabeza Marco Rubio, sostiene que Cuba es ‘la capital del comunismo del siglo XXI’”.
Solo al Doctor Rojas se le ocurriría discutirle este punto al Departamento de Estado. Solo un converso recurriría a la casuística para demostrar la falacia de semejante perogrullada. Incluso, añade una coletilla: “El documento asocia con el comunismo muchas más cosas que las que atribuía el senador Joseph McCarthy”.
Marco es peor que Joseph. ¡Conque esas tenemos!
Si el documento del Departamento de Estado está “redactado” (un barbarismo que significa “censurado o tachado por razones de seguridad”), de seguro debe ser un documento ultrasecreto y, por lo tanto, maligno…, ¡macartista!
Rafael cree que el público se azora con un adjetivo, como si el lector cubano no hubiera vivido una vida censurada en una sociedad redactada. O como si su artículo no fuera un documento tachado y manipulado para adelantar las mentiras que quiere vendernos como revelaciones.
Nosotros sabemos más que eso.
Luego, viene la invocación obligada al diablo Joseph McCarthy, como si los cubanos entendieran de qué se habla cuando se trata del macartismo. Fernando Rojas, para no ir más lejos, es un macartista mucho más dañino y persistente que el mismísimo Joe McCarthy, lo cual no quita para que sus relaciones de parentesco sean óptimas. Tampoco a los cubanos parece molestarles la presencia familiar de un censor vitalicio. Marcos es menos macartista que Fernando, creería yo.
Pero, vayamos al grano del artículo de nuestro gran diversionista ideológico. El meollo del asunto radica en la pregunta ¿Qué es un comunista?, que responderemos más abajo. ¡Si no lo sabremos nosotros! También lo sabe Rubio, quien, por mucho que patalee la Doctora Ada Ferrer, es uno de los nuestros.
Por su parte, el Doctor Rojas sitúa el fin de la comunistificación cubana en alguna coyuntura arbitraria, localizable en la “abultada bibliografía” de los académicos de nombres impronunciables. Es ese, según él, el momento en que Cuba se alineó con el bloque soviético y “perdió referencialidad con los movimientos feministas, antirracistas, descolonizadores y de liberación sexual promovidos por la Nueva Izquierda”.
¡Vaya idea peregrina! “Perdió referencialidad”, ¿de veras? Esa aseveración, indigna del historiador más referenciado en el currículo cubensis, le será útil a la canalla de la academia yanqui, para la que Rojas escribe sus opúsculos, pero no a nosotros. Hay que tener gandinga para decirlo delante de los veteranos de las guerras africanas que viven en el exilio de Hialeah. O de los que acompañaron a Guevara al África profunda. O delante del fantasma de Arnaldo Ochoa, conquistador de Angola y Etiopía.
Agostinho Neto, Holden Roberto, Jonas Savimbi, Assata Shakur, Patrisse Cullors, Jay-Z, Manolo de los Santos: hacia el Palacio de las blanquísimas mofetas han vuelto la mirada, en todas las épocas, los negros, mestizos y mulatos de la internacional racista.
Hay que tener en poco la inteligencia de los lectores españoles para no recordar la deuda feudal de Nelson Mandela con su señor Castro, aun a costa de ningunear al pueblo cubano. ¿Qué decir de la inmolación de Giangiacomo Feltrinelli, muerto como aristócrata internacionalista en los mismos Años de Plomo que sellan, según el Doctor Rojas, el fin de nuestra referencialidad? ¿Y los sempiternos sandinistas nicaragüenses? ¿Y la expansión del modelo colonizador castrista a la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, a la Bolivia indigenista de Evo Morales, la Argentina de los peronistas Kirchner y el México ñángara de Morena?
Hay que ser un pésimo historiador para no reconocer el origen castrista del feminismo woke en las figuras de Vilma, Cheché, Melba y Celia, santonas de Antifa. Ni la huella goebblesiana de Alfredo Guevara y Raúl Martínez en la propaganda LGBTQ. La cultura “entendida” que crearon Julián del Casal, Lezama Lima, Virgilio Piñera, José Rodríguez Feo, Reinaldo Arenas, Ernesto Lecuona, María Irene Fornés y Lydia Cabrera no ha hecho más que ganar referencialidad en la escena global, a pesar de haber sido excluida del arcoíris de la politización homosexual. Mientras tanto, Mariela Castro aprovechaba un descuido para enganchar el tanque del castrismo homofóbico a la carroza LGBTQ.
Tampoco es cierto que La Habana quedara excluida del “gran proyecto del Sur Global, impulsado por Lula da Silva a través de los BRICS”, como afirma el Doctor Rojas, “precisamente por estar encapsulada en el circuito más pequeño y menos decisivo, políticamente, de la Alianza Bolivariana”.
¡Por San Felipe Poey! Esto es lo que se llama una guayaba.
Que Cuba no entrara a BRICS nada tuvo que ver con ninguna encapsulación bolivariana, pues el mismo Lula da Silva es, como todos sabemos, la creación del castrismo y el gestor del raulismo. La debacle socioeconómica cubana impidió a los capos de BRICS incluirla subrepticiamente en su proyecto, a pesar de ser Cuba la madre de las iniciativas desestabilizadoras tricontinentales.
La Cuba de Fidel vendría a ser entonces la abuela chapucera de BRICS, aunque de esa relación incestuosa solo quede la sombra del Foro de São Paulo y la patraña de la Zona Especial de Desarrollo Mariel, donde los castristas, por intermedio de Odebrecht, se encapsularon 950 millones de dólares.
De hecho, el documento “redactado” del Departamento de Estado dice exactamente eso: que el castrismo es la madre de todas las marañas comunistas del mundo, el fantasma que sobrevuela el Sur Global. Lo cual nos trae de vuelta al nebuloso problema del macartismo.
El Doctor Rojas exige, como todos los de su clase, la definición científica del comunismo, una tarea desesperada desde que los Fundadores dejaron dicho en el Manifiesto de 1848 que se trataba de un “espectro”: Ein Gespenst geht um in Europa – das Gespenst des Kommunismus. Un fantasma recorre Europa —el fantasma del comunismo.
¡Ese fantasma es el nuevo espíritu santo! Se necesita un cazafantasmas para atraparlo y obligarlo a confesar. Y esa es una tarea cortada a la medida de Marco Rubio, el cubanoamericano providencial. Hay que ser un superhombre para cazar un fantasma y, de cualquier manera, el Doctor Rojas siempre estará ahí, en la Academia, para enredar la cosa, citar a Kepa Van Gogh y ayudar a Fantomas a escapar.
Es fácil acusar a los macartistas de cazafantasmas, perseguidores de entes imaginarios. Pero al menos Joe no mandó a nadie a la cárcel, ningún artista estuvo cinco años en Güira de Melena por su culpa. Joe es tenido por un monstruo por haber hecho preguntas sencillas a los comunistas, que se consideran intocables, mientras que un comisario como Fernando Rojas estuvo entre los que enviaron a mil jóvenes a prisión, sacaron a la calle las tanquetas de las Avispas Negras y azuzaron a los delincuentes armados de garrotes para que golpearan a sus conciudadanos. Oswaldo Payá y Laura Pollán fueron eliminados bajo su mandato.
En el ámbito cubano, Joseph McCarthy sería todo un caballero. Y no tenemos por qué temerle al coco del macartismo, sino, más bien, mantener a raya el espectro del rojismo. Y asegurarnos de que, cuando llegue el momento, comparezca ante alguna Comisión de la Verdad de los cubanos.
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Fragmento de la entrevista de Bertolt Brecht con los funcionarios y el traductor del Comité de Actividades Antiestadounidenses.
Washington, D.C., 30 de octubre de 1947.
SEÑOR STRIPLING. Bueno, señor Brecht, como esto fue publicado en las revistas del Partido Comunista, entonces, si lo que digo es incorrecto…, ¿qué quiso decir usted en realidad?
SEÑOR BRECHT. No recuerdo, nunca tuve ese libro. No debo haber estado en el país cuando se publicó. Creo que se publicó como una canción, una de las canciones para las que Hanns Eisler había escrito la música. No di ningún permiso para publicarlo. No veo, no sé… Creo que nunca he visto la traducción…
SEÑOR STRIPLING. ¿Tiene las palabras ahí, delante de usted?
SEÑOR BRECHT. En alemán, sí…
SEÑOR STRIPLING. ¿De la canción?
SEÑOR BRECHT. Oh sí, en el libro…
SEÑOR STRIPLING. No en el original…
SEÑOR BRECHT. En el libro alemán…
SEÑOR STRIPLING. La canción dice: Debes asumir la dirección, / debes estar listo para tomar el control. / No tengas miedo de hacer preguntas, camarada. / No te dejes convencer por los otros.
SEÑOR BRECHT. ¿Por qué no deja que la traduzca él del alemán, palabra por palabra?
SEÑOR BAUMGARDT (traductor). Creo que el señor Brecht está principalmente interesado en esta traducción que proviene de…
DIRECTOR. ¡No puedo entender ni al intérprete ni al testigo…!
SEÑOR BAUMGARDT. Señor presidente, pido disculpas. Haré uso del micrófono.
DIRECTOR. Si le habla usted a ese micrófono, tal vez podamos entenderlo.
SEÑOR BAUMGARDT. La última línea de los tres versos debe traducirse correctamente: “Debes asumir el liderazgo” y no “Debes asumir el control”. “Debes tomar la iniciativa” sería la mejor traducción, la más correcta y la más precisa.
SEÑOR STRIPLING. Sr. Brecht, ¿alguna vez presentó una solicitud para unirse al Partido Comunista?
SEÑOR BRECHT. No entiendo la pregunta. Creo que hice…
SEÑOR STRIPLING. ¿Ha presentado alguna vez una solicitud para afiliarse al Partido Comunista?
SEÑOR BRECHT. No, no, no, no, no, nunca.
SEÑOR STRIPLING. Sr. Presidente, tenemos aquí…
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El intercambio con los macartistas duró dos horas. Fue una comedia de enredos en la que Brecht llevó la voz cantante, embaucó a los funcionarios, pidió servirse de un traductor sin necesitarlo, negó haber sido comunista y, de paso, creó una de sus más maravillosas obras de teatro didácticas (Lehrstücke).
Al final de la jornada, el director de la Junta felicitó a Brecht: “Muchas gracias. Sr. Brecht. Usted es un buen ejemplo para los testigos del Sr. Kenny y el Sr. Crum. Haremos un receso hasta las dos de la tarde”.
Bertolt Brecht vivió cinco años sin ser molestado en la casa de la calle 26 de Santa Mónica, California, que hoy es un monumento histórico. Después de la entrevista en Washington D.C., recogió sus cheles y, al día siguiente, 31 de octubre, salió despreocupadamente, con su esposa, la actriz Helen Weigel, y sus dos hijas por el aeropuerto La Guardia de New York, con rumbo a Europa.
Se asentó en París y luego en Suiza, a la espera de ser recibido en el sector soviético de Berlín, donde fundó el teatro Berliner Ensemble. Allí murió, en 1956 y allí está enterrado, en el antiguo Berlín comunista. Su compañero, el compositor Hanns Eisler, escribiría el himno de la República Democrática (Comunista) Alemana y la famosísima Canción de la Solidaridad.
Los dos más célebres ñángaras de Hollywood (tal vez de todo el mundo) jamás fueron procesados ni encarcelados: Joe McCarthy y sus macartistas no consiguieron demostrar que habían cometido delito alguno.

Diario de la invasión (IX)
Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.









