Irán delenda est

El presidente Trump al fin ha proclamado un acuerdo con Irán, en el que Estados Unidos parece haber cedido en la mayoría de sus demandas maximalistas. De la “rendición incondicional” que Trump exigió hace unos meses, hasta la mera reapertura del estrecho de Ormuz, las condiciones estadounidenses se han ido reduciendo. 

Todo parece indicar que el tiempo ha obrado a favor del régimen iraní —que se muestra cada vez más insolente— y que Estados Unidos está desesperado por firmar una paz con los ayatolás, por precaria que sea.

Los vaivenes para llegar a este convenio solo revelan la endeblez de carácter de Donald Trump que, acaso por reconocerse profundamente ignorante en materia de política exterior, reacciona al último consejo que le sopla al oído cualquier anónimo asesor. Quiere cantar victoria en el conflicto con Irán a poco costo y está dispuesto a reclamar como triunfo la vuelta al status quo ante. 

Es absolutamente lamentable la torpeza y cortedad de miras del hombre que encabeza la política de Occidente. ¿Alguien podría explicarle que no sabe, que está improvisando sobre un campo minado y que cualquier propuesta de arreglo que no parta de la aniquilación del adversario será traducido como debilidad?

Obviamente, la ignorancia de Trump es abisal y su incapacidad de entender el escenario internacional, insuperable. Cree que puede manejar la crisis iraní —y el complejo escenario del Oriente Medio— como si fuera el plató de The Apprentice. No, señor Presidente —es preciso decirle—, se trata de la destilación última de una cultura milenaria que es menester conocer y entender antes de planear cualquier estrategia. 

Lo contrario es la torpeza que Estados Unidos ha mostrado en este conflicto, a pesar de poseer el aparato militar más formidable de la historia. El régimen de Irán tiene razón en proclamarse victorioso: su sola supervivencia ante el asalto norteamericano lo acredita.

Israel sí tiene una clara visión de las cosas: la paz del Oriente Medio exige la total derrota de Irán y la extirpación de ese régimen que oprime a los iraníes. Cualquier arreglo que deje en pie ese engendro de país, regido por un clero fanático, no será más que una pausa en un conflicto que, en poco tiempo, se tornará peor. 

De momento, los israelíes —presionados por Estados Unidos, que es su valedor— han detenido su ofensiva en El Líbano, pero ello durará hasta que las milicias de jizbolá o los hutíes reanuden sus ataques, aunque sean de baja intensidad.

La cortedad de miras de Trump ya es proverbial. Llega a un acuerdo con Irán que deshace todo el reciente esfuerzo bélico de Estados Unidos e Israel, sin más propósito que el de obsequiarse un ridículo regalo en su octagésimo cumpleaños y el de aplacar a sus adversarios políticos con vistas a las elecciones parciales de noviembre. 

Trump cree que las naciones del mundo, en particular sus socios de la OTAN, van a concelebrar esta ridícula “paz” que se deriva de su incurable narcisismo y su menesterosa vanidad. Es patético que esto le esté ocurriendo a la más firme democracia del mundo.

Lo cierto es que el régimen de Irán pudo ser destruido para beneficio de la paz mundial, de la estabilidad regional en el Oriente Medio y de la felicidad de los propios iraníes. Es tarea pendiente que Estados Unidos tendrá que emprender en el futuro, cuando ya Trump no esté en la Casa Blanca y algún auténtico estadista y visionario ocupe su lugar. 

Entre tanto, no deben faltar voces que recuerden en los círculos de poder estadounidenses —y de Occidente en general— la necesidad de llevar a cabo este empeño, con la misma insistencia con que Catón el Viejo, en el siglo II a. de C., concluía sus discursos en el Senado romano abogando por la destrucción de Cartago: “Carthago delenda est”.






diario-de-la-invasion-iii

El sitio de donde nunca ningún cubano será excluido es un diario de la invasión.

Por Orlando Luis Pardo Lazo