Carta #19 a Donald Trump

Miami, 17 de julio de 2026

Querido Donald:

Hemos vuelto a ganar la guerra en Irán, my President. Lo supe siempre, viéndote en el Rose Garden asegurar que ganaríamos “de una manera o de otra”, the nice way or not the nice way, mientras en Teherán enterraban al ayatolá Jamenei entre un gentío que a ti te hubiera encantado tener en tu octogésimo cumpleaños.

Es la tercera o cuarta vez que ganamos esa guerra, según llevo la cuenta, aunque confieso que perdí el hilo en algún punto entre junio del año pasado, cuando Pete Hegseth nos anunció que el programa nuclear iraní había sido obliterated, y febrero, cuando tú mismo, en tu discurso a la nación, nos explicaste que Irán “lo estaba reconstruyendo todo de nuevo”, porque, aparentemente, obliterar, en tu diccionario, admite reincidencia.

Ganamos otra vez en marzo, cuando volviste a bombardear. Ganamos el 15 de junio, cuando el acuerdo quedó complete y los mercados subieron con el entusiasmo de quien no ha leído la letra pequeña. Y ganamos, según entiendo, ayer mismo, con Jamenei ya bajo tierra y su sucesor todavía sin nombre. My President, a este paso vas a necesitar un segundo Despacho Oval solo para guardar los trofeos de la misma guerra.

Los iraníes, dices, quieren negociar tan desesperadamente que “no tienes idea”. Es curioso ese verbo, desesperar, aplicado a un país al que llevamos año y medio bombardeando, bloqueando y, según tu propia cuenta, “obliterando” en al menos dos ocasiones distintas. Cualquiera desesperaría. La pregunta que nadie en el Rose Garden te hizo, my President, es si negociar bajo el peso de un embargo y una fosa recién cavada se llama diplomacia o simplemente rendición con estilo. Different word, same knee on the same neck.

Y, hablando de palabras que evitas, hablemos de la guerra que no es guerra. Porque esto, my President, tampoco lo es. Llevas seis meses estrangulando el petróleo cubano, hundiendo la economía de una isla de más de ocho millones de personas con la misma metodología que usaste con Teherán —sin las bombas— y, sin embargo, la Casa Blanca jamás ha pronunciado la palabra que corresponde. Es “presión”, son “sanciones”, es una “iniciativa contra las actividades malignas del régimen cubano”; nunca es guerra.

El lunes confirmaste que investigan si Irán guarda drones en Cuba. We will deal with it, dijiste, como quien promete golpear a un fantasma que él mismo inventó, y ni siquiera esa acusación mereció la palabra prohibida. Los cubanos, mientras tanto, llevan trece días con tres apagones nacionales; nueve millones de personas a oscuras; hospitales cancelando cirugías; y cuatro congresistas demócratas, que visitaron la isla el fin de semana pasado, la describieron como una Gaza silenciosa. Si a eso no le vamos a llamar guerra, my President, al menos dale un nombre. El eufemismo también mata, solo que more slowly.

Y ya que estamos con las palabras que se doblan hasta significar lo contrario, hablemos de las elecciones robadas. Anoche, en tu discurso, culpaste a China de haber manipulado el resultado de 2020. The plot always thickens, never resolves. Es fascinante, my President, cómo la única elección que consideras ilegítima en toda la historia de esta república es, providencialmente, la que perdiste, después de cuatro años ocupando la Casa Blanca.

Ganaste en 2016 limpiamente. Ganaste en 2024 limpiamente. Perdiste en 2020 y, de repente, había chinos hackeando urnas en Wisconsin. Funny how fraud only happens to the losing side of Donald Trump.

Y lo digo yo, que vengo de un país donde el fraude electoral no es sospecha ni relato: es Constitución; es un solo candidato en la boleta; es un 99% de participación anunciado antes de que se abran los colegios. Deberías, my President, consultar con los cubanos antes de usar la palabra “robada”. Nosotros sí sabemos lo que es un robo de verdad: nos lo robaron todo, incluso el país.

Pero dejemos Irán, dejemos China, dejemos por un momento el gran teatro y hablemos de nosotros, my President, que, al fin y al cabo, de eso se trata esta correspondencia mensual.

Hablemos, mejor dicho, con Marco. ¿Podrías, por favor, hacerle llegar estas líneas?

Querido Marco:

¿De verdad le importa Cuba a alguien en esa Casa Blanca?

Porque el jueves pasado, cuando Donald anunció el nuevo plazo —“dos meses”—, se le escapó la frase que probablemente explica mejor que ninguna otra la realidad de una isla secuestrada: lleva cincuenta años oyendo hablar de Cuba, dijo, y para él sigue siendo “uno de los pequeños”.

Cincuenta años, Marco. Los mismos cincuenta años que tu padre pasó sirviendo tragos en un bar, soñando con una patria que nunca dejó de mencionarte. Los mismos cincuenta años que convertiste en discurso, en carrera, en identidad, en el argumento moral de tu vida pública.

Y resulta que, para tu jefe, somos “uno de los pequeños”. No una prioridad estratégica, no una causa, ni siquiera un problema serio: un asunto menor archivado entre Groenlandia y Colombia en la lista de amenazas imaginarias que Donald menciona cuando necesita llenar un silencio.

Primero dijo “dos semanas”; después, “dos meses”. ¿Qué será lo próximo, Marco? ¿Dos años?

Yo perdí la cuenta, pero lo intento: dos semanas en marzo, cuando Cuba iba a caer justo después de que Irán “se terminara”; dos semanas otra vez, poco después, cuando aseguró que haríamos “algo con Cuba muy pronto”; dos semanas en mayo; dos meses hace apenas unos días.

Es la unidad de medida más elástica de la historia diplomática norteamericana, my President: un plazo que nunca vence porque nunca empezó a correr. En octubre de 1962, el mundo entero vivió dos semanas reales, las únicas dos semanas de la Guerra Fría en las que de verdad se temió el fin del planeta, y se resolvieron con un teléfono rojo y un acuerdo secreto sobre los misiles en Turquía.

Tus dos semanas, my President, no resuelven nada: solo se reinician, como la demo de un videojuego que nunca permite al jugador avanzar a la siguiente pantalla.

Y aquí, Marco, está la pregunta que de verdad me quema: si Cuba es tan pequeña, ¿por qué la oposición cubana, la de dentro y la de fuera, sigue comportándose como si tú fueras su última esperanza?

El exilio de Miami, ese que en cartas anteriores hemos descrito como mucho humo y pocas chimeneas, sigue organizando ruedas de prensa, cartas abiertas y vigilias frente a canales de televisión, convencido de que el ruido acaba traduciéndose en política. Y no: se traduce en audiencia, que no es lo mismo.

La oposición interna, fragmentada entre quienes creen en la negociación gradual y quienes creen en el colapso inminente, ha demostrado en estos meses una capacidad real de incidencia que puede medirse, literalmente, en cero.

Ningún preso liberado por presión de esa oposición. Ninguna reforma arrancada por sus exigencias. El régimen negocia con el Departamento de Estado, no con ellos. Y el exilio, honestamente, tampoco negocia con nadie: aplaude o abuchea, según el día, un espectáculo cuyo guion se escribe en otra parte.

Ahí está el verdadero genio del sistema, Marco, y perdona que te lo diga a ti, que llevas medio siglo estudiándolo: la dictadura nos manipula prometiéndonos una libertad que administra a su conveniencia, y la oposición nos manipula prometiéndonos un protagonismo que tampoco tiene.

Dos relatos distintos vendiéndole al mismo pueblo cansado la misma mercancía: la ilusión de que su sufrimiento importa en el cálculo de alguien más poderoso que él. El cubano de a pie, el que apaga velas con las manos temblando mientras espera una corriente que no llega, no está en ninguna de las dos narrativas. Está, como siempre, pagando la cuenta de un simposio al que no fue invitado.

Y ya que hablamos de pagar cuentas que no son nuestras, Marco, hablemos de Luis Manuel.

El 7 de julio, dos días antes de que venciera su condena de cinco años, la Seguridad del Estado sacó a Luis Manuel Otero Alcántara de la prisión de Guanajay sin avisar a su familia adónde lo llevaban. El 9 de julio, el día en que por ley debía quedar en libertad, no salió.

Diez días después, mientras escribo esto, sigue en paradero desconocido. Amnistía Internacional lo ha calificado de desaparición forzada. Cubalex presentó un habeas corpus. La ONU activó una acción urgente, con plazo hasta el 25 de julio, para que el régimen informe dónde está. Y en toda esa cadena de instituciones que exigen una respuesta, Marco, no aparece por ningún lado el nombre de Estados Unidos con la fuerza que debería tener.

El mismo gobierno que investiga con solemnidad si hay drones iraníes escondidos en Cuba, sin una sola prueba, no ha encontrado todavía el lenguaje ni la urgencia necesarios para exigir, con la misma solemnidad, que se informe dónde está un artista al que ese mismo gobierno, supuestamente, le facilitó en su día un parole hacia territorio estadounidense.

Investigamos fantasmas de drones mediante comunicados oficiales. A un hombre real, desaparecido de verdad, lo mencionamos, cuando lo hacemos, en un post.

La maquinaria diplomática que promete “un par de semanas” para toda Cuba no encuentra ni un día, Marco, ni una hora, para preguntar en voz alta y con nombre propio: ¿dónde está Luis Manuel Otero Alcántara?

Esa es la insignificancia real, my President. No la de la isla en tu tablero geopolítico, sino la de un hombre concreto, con nombre, con una condena ya cumplida, tragado por un aparato represivo mientras el mundo discute sobre drones y plazos. Quizás, si le preguntas a my President por la libertad de Luisma, te responda: “En dos meses”.

A los cubanos solo nos queda hacer reverencias al nuevo Sultán de Birán, el Cangrejo Primero, tercero ya de la dinastía de los Castro: el mismo guion que empezó como latifundio del bisabuelo y hoy se hereda como un trono, aunque nadie en la corte tenga la decencia de llamarlo así.

Keeping it in the family, setenta años después de una revolución que juró abolir la herencia. Eso nos dejas, Marco, como dos jóvenes que conversan en Jayalía.

Termino, my President, con algo que quizás no esperabas de esta carta: gratitud. Gracias por enseñarnos, mes tras mes, la gramática exacta del poder que promete sin cumplir.

Los cubanos llevamos sesenta y siete años siendo estudiantes aplicados de esa materia; tú apenas llevas año y medio dictándola y ya dominas el silabario. Ganamos guerras que se repiten, perdemos elecciones que se roban solas, esperamos plazos que nunca vencen y buscamos a un hombre que nadie encuentra. Same country, same patience, same two weeks that never end.

Hasta pronto, my President. Siempre…

Tu Jorge

N. B. El original en inglés de esta carta fue enviado al correo oficial del presidente de Estados Unidos.

N. B. 2. A Marco Rubio también le copiamos, por si acaso todavía lee su propio correo entre carcinología y transliteraciones al mandarín.






luis-manuel-otero-alcantara-la-libertad-de-un-inocente

Luis Manuel Otero Alcántara: la libertad de un inocente

Por Jorge De Armas

Tras cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara sale de la cárcel de Guanajay. Termina una condena injusta; queda la evidencia de una libertad que nunca debió ser arrebatada.