Max Álvarez: “¿Sabes cómo se libera Cuba? Con una llamada por teléfono”




Max Álvarez:

Antes de que empieces, para que entiendas la manera en que yo pienso —y no me importa que lo publiques o no; es la manera en que pienso—, primero: me siento triste porque ya hay cubanos aquí pensando cómo se van a aprovechar de la situación cuando Cuba se abra.

Así me recibe Máximo Álvarez, Max para casi todo el mundo en Miami. Un habanero nacido el 10 de junio de 1948, hijo de inmigrantes españoles que, con apenas 18 años y huyendo de la Guerra Civil española, llegaron a Cuba para labrarse un futuro.

Fue uno de los más de catorce mil menores que salieron de Cuba sin acompañantes entre 1960 y 1962 bajo la Operación Pedro Pan, organizada por el Buró Católico de Bienestar bajo la tutela de monseñor Bryan O. Walsh.

Su destino original era reunirse con su hermano mayor en un colegio de los Maristas en España, pero ese hermano murió allí el mismo día en que Máximo salía de Cuba. Por eso terminó quedándose en un campamento de refugiados en Kendall, de donde salió a lavar autos, trabajar de jardinero y emplearse en un Burger King antes de estudiar en Florida State University.

Tras pasar por la industria petrolera corporativa —Citgo, Mobil— y por un primer negocio propio de cítricos, en 1987 compró cuatro gasolineras de bajo rendimiento que se convirtieron en la semilla de Sunshine Gasoline Distributors, hoy una de las mayores distribuidoras independientes de combustible del sureste de Estados Unidos, con cientos de estaciones bajo su marca y un patrimonio familiar estimado en varios cientos de millones de dólares.

Lo he dicho en otra entrevista. Me preguntaron cuántas estaciones de gasolina podría abrir yo en Cuba. Dije que ninguna. Me respondieron que no nos van a regalar la tierra, que no nos van a devolver lo que teníamos allá. Entonces trato de explicar que yo nací en Cuba, y esa no fue mi decisión; mis padres nacieron en España, fueron a Cuba, lo perdieron todo, y yo terminé aquí y tomé la decisión de quedarme.

Soy cubano de nacimiento, pero americano porque aquí me crie. Por eso daría cualquier cosa por liberar a Cuba, al igual que España, que también tiene problemas con el comunismo.

Pero la manera en que yo lo haría sería teniendo en consideración que ese país ha sido abusado durante más de sesenta años y que muchos de los que están en Cuba no tienen la culpa de lo que ha pasado. Están convencidos de que el fin justifica los medios, porque eso es lo que aprendieron.

Un cubano se levanta por la mañana, tiene hambre, tiene que buscar comida, y el sistema le dice que puede hacer lo que tenga que hacer, que está justificado: por comida puedes mentir, puedes matar, puedes robar.

Tenemos que llegar a Cuba, antes que nada, con una Constitución nueva donde se establezcan los poderes —Judicial, Ejecutivo—, algo parecido a lo que tenemos aquí, y desde donde podamos enseñarle al cubano típico, al que ha vivido allá sin saber lo que está pasando, que el fin no justifica los medios, que no es bueno depender del gobierno, que tiene que tener valores personales contrarios a lo que le han enseñado: que no puede robar, que no puede matar. Incluso tenemos que perdonar.

Los que estamos aquí no nos hemos hecho ricos dependiendo del gobierno, sino con el sudor de nuestra frente. Entonces, ¿qué es lo que yo quiero? Yo no soy experto en nada; tengo algún conocimiento del detalle de la gasolina, de tener estaciones de gasolina. Quiero ayudar al cubano, quiero ayudar a mi patria a que sea libre.

Voy a llevar allá el plano de cómo hacer una estación y, a los que estén interesados, les voy a explicar cómo fabricarla, cómo correrla, cómo hacer lo que hice yo. Porque si yo, que soy una persona average, lo pude hacer porque quise trabajar y dediqué mi tiempo a hacerlo, ellos lo pueden hacer mejor.

Muchos de los que están allá tienen mucha más inteligencia que yo, sin dudas. Esa es la manera en que quiero ayudar a Cuba: que tenga un sistema económico basado en la misma economía que tenemos nosotros aquí, que es el capitalismo. Cómo crear capital, cómo levantarte por la mañana y hacer lo que tienes que hacer para que el día de mañana, cuando tú ya no estés, dejes un legado de cómo ayudaste a hacer este lugar un poco mejor de lo que lo encontraste.

Quizás ese no es el pensamiento del cubano típico. Ya han venido a mi oficina más de uno pidiendo mi apoyo porque quieren correr para presidente de Cuba cuando se libere. Y lo único que puedo hacer es reírme, porque por eso perdimos Cuba: por la envidia, la avaricia y el rencor.

¿Sabes cómo se libera Cuba? Con una llamada por teléfono. Porque el comunista no negocia: se va cuando sabe que tú eres más poderoso que él. Y si tú no lo matas, él te mata a ti. Fidel Castro mató a todos los que le hacían sombra, a todos los que lo ayudaron a llegar al poder; a todos se la peló. ¿Te gusta ese tipo de entrevista? Así te voy a hablar. Si no te conviene, lo respeto.

Me suelta todo esto sin filtros, en su oficina del Doral, donde confiesa que casi nunca está. Me pregunta si me han ofrecido café o agua, lo que yo quiera. Deja que prepare las cámaras y las luces, me ayuda, me observa. Y, sin esperar la primera pregunta, se lanza:

¿Tú crees que después de sesenta años nosotros, que en realidad abandonamos a nuestra patria para salvarnos, vamos a ir a Cuba a reclamar nuestra casa?



Ponte a pensar cuántas familias diferentes han vivido en esa casa. Me imagino que los que están ahí son ya la tercera o cuarta generación. La casa se está cayendo porque no tienen ni pintura ni con qué reparar las ventanas. Y yo voy a llegar y decirles: “Esta es mi casa”, cuando el gobierno se ha mantenido durante sesenta años diciendo que nosotros la abandonamos y que vamos a llegar a quitarles las propiedades.

Han creado esa mentalidad de que el cubano de allá nos odia, sin saber que muchos de nosotros queremos que ellos progresen, que hagan lo que hemos hecho nosotros aquí. Yo no tengo el descaro de llegar allá y decir: “Esta es mi casa”. Es más, lo probable es que, si yo llego, les diga: “Coño, esta casa era de mis padres. Mira, aquí tienes dinero para que la pintes y la arregles, que esto es la memoria de mi papá. Felicidades de que estés aquí, en esta casa”.

Lo interrumpo. Está marcando el ritmo y el tempo de la entrevista, y lo único que he podido hacer es terminar el café mientras lo escucho:

Tú, que eres un Pedro Pan…

Me doy cuenta de que lo tuteo y se lo digo. Me responde: “A mí me puedes decir como quieras”.

Max, tú que eres un Pedro Pan, ¿qué diferencias notas entre el exilio del que fuiste protagonista y las últimas oleadas de inmigrantes cubanos?

Este país ha sido totalmente dependiente de los migrantes. Si miras la historia de este país, con sus excepciones, claro, el emigrante que ha venido aquí venía en busca de oportunidades.

Mis padres se fueron de España a Cuba. Mi padre era el único varón de la familia, nacido en 1906, y lo mandaron a América buscando futuro. Así se crean los Estados Unidos de América. Siempre ha venido gente buena y gente mala, pero la mayoría venía con un sueño. Por eso este país ha sido lo que es.

Desgraciadamente, cuando los comunistas toman el poder, abren la frontera porque quieren destruir este país. Ese es el enemigo, y está dentro del país. Los cubanos que venían antes venían con un motivo diferente. Solo Dios sabe cuántos están aquí infiltrados, trabajando para el gobierno de Cuba. Y no solo cubanos: personas de otros países, de otras religiones, que odian a este país, como hemos podido ver.

Han vaciado las cárceles y los institutos de salud mental para mandarlos aquí; hemos visto las pandillas que vinieron de Venezuela y de otros países. Esa es la diferencia del emigrante de hoy: muchos han venido siendo muy buenas personas, pero muchos otros son malos. Y el problema es que, cuando entras a este país, no siempre sabes quién es la persona que tienes al lado.

Lo interrumpo otra vez. A este ritmo puede que me mande a la mierda, pero quiero ceñirme a una idea: que me hable de Cuba, de una posible transición, y no me deja llegar ahí.

Te pregunto más en relación con nosotros, los cubanos: ¿qué diferencia ves entre tu generación de inmigrantes y los cubanos que han tenido que salir en los últimos años?

La generación mía, la de los años sesenta, al principio del triunfo de la Revolución, tenía valores judeocristianos. Los que vienen ahora, después de sesenta años, traen el adoctrinamiento comunista. He ahí la diferencia.

Una de las estrategias que más ronchas ha levantado se basa en la idea de que la Administración Trump, de la mano de su secretario de Estado, Marco Rubio, le está ofreciendo a Cuba la posibilidad de abrir su economía sin exigir cambios políticos inmediatos.

Le comento a Max que hay cierto consenso, entre políticos y empresarios con los que he conversado, en que esa fórmula, aunque suene plausible, es en realidad imposible.

Para Máximo Álvarez, ¿cuáles serían los pasos necesarios para que un empresario cubanoamericano decida poner su dinero en ese país?

Número uno: establecer una Constitución. En mi opinión, necesitamos algo muy parecido a la Constitución de Estados Unidos, con tres poderes independientes uno del otro, un sistema judicial que proteja a todo el mundo, no importa quién sea, y un poder ejecutivo. Eso es lo más importante: la Constitución.

Una vez que la tienes, ya les das a las personas un sentido de seguridad, la posibilidad de tomar riesgos, porque el capitalismo depende del riesgo. Los cubanos de allá están acostumbrados a depender del gobierno; eso es lo que saben, lo que aprendieron. Hay que enseñarles que no pueden seguir dependiendo del gobierno, que tienen que depender de su trabajo. Es un proceso lento.

No puedes seguir teniendo en el poder a los mismos que han ejecutado esa filosofía comunista. Prácticamente tienes que limpiar la casa. Y estoy seguro de que en Cuba hay muchos cubanos extremadamente inteligentes que de veras odian el sistema comunista. Tenemos que identificar a esas personas y, en cierto tiempo, tener elecciones libres para que sea el cubano quien sienta: “Este es mi país, este es el que elijo”. Asegurarnos de que las elecciones sean libres y limpias, no como ha pasado en este mismo país, donde a veces hasta los muertos votan.

Sé que hablo de una especie de utopía, pero una utopía práctica, que de verdad podamos llevar a cabo. Es un proceso: tan pronto lleguemos, tenemos que empezar la educación, y no en bachillerato, sino desde kindergarten, desde primer grado, educando a los niños en valores judeocristianos, valores de familia. Eso es lo más importante.

Hay que comprender que esto no se hace de un día para otro. De la misma manera que debemos respetar las propiedades que eran nuestras y que ahora se les han dado a otros cubanos, no puedes dejar propiedades como los centrales azucareros, que ya han destruido, en manos de quienes no saben manejarlos. Ahí sí puedes llevar a las personas que eran dueñas de esos centrales y decirles: “Esto era tuyo”, porque seguramente les interesará volver a levantarlos.



Hay cosas que no son posibles para un individuo o una familia, sino para compañías poderosas. A esas sí hay que invitarlas y decirles: “Estos son centrales que te quitó el gobierno, que tiene el gobierno, no una familia como la mía”. Eso hay que establecerlo para que no haya envidia ni celos, porque eso es lo primero que va a pasar: van a decir que a fulano le dieron esto y a mí no.

Tenemos que olvidarnos de la envidia, el odio, el rencor; eso solo nos hace perder energía y tiempo, y nunca progresaremos mientras nos aferremos a lo opuesto a la virtud. Hay que sentarse con personas que de veras quieran ver a su país libre, sin egoísmo, sin pensar que ahora tendremos la oportunidad de aprovecharnos de la liberación de nuestro país. Al contrario: hay que ver cómo lograr que esos cubanos que han sufrido durante más de sesenta años puedan volver a tener su Cuba libre, y nosotros participar de eso también.

Max es apasionado. Habla de Cuba exaltado, con garra, incluso con nostalgia. Su oficina está llena de recuerdos, fotos, pelotas de golf, alguna de baseball. También hay mucha Cuba en su entorno.

Hace años, cuando Donald Trump buscaba propiedades en el Doral para comprar, se conocieron. Desde entonces han cultivado una relación cercana; incluso el presidente se ha referido a él como “my friend”. Max ya era una figura reconocida dentro del Partido Republicano y uno de los rostros más visibles del anticomunismo cubanoamericano.

Fue uno de los electores presidenciales en 2020 y, el 24 de agosto de ese año, alcanzó notoriedad a nivel nacional cuando habló en la Convención Nacional Republicana que nominó a Donald Trump para la reelección. Allí narró su historia de exilio para advertir contra lo que calificó como un giro radical del Partido Demócrata, y dijo reconocer “ideas” y “movimientos” que, a su juicio, recordaban a los que había vivido en la Cuba de su infancia.

Quiero indagar en esa amistad y le pregunto:

¿Qué sabe o qué piensa Máximo Álvarez sobre el lugar que ocupa Cuba en la agenda de Donald Trump? ¿Cuáles son sus propósitos? ¿Son de él, vienen de Marco? ¿Qué has podido intuir de la política a gran escala hacia Cuba, escuchándolo de la propia boca del presidente?

He tenido el gran honor, una bendición, de conocerlo personalmente. No es mi amigo personal, no hablamos todos los días, eso no es verdad, pero le tengo un gran respeto y he tenido la oportunidad de hablar con él.

Si lo conoces como creo conocerlo, es un hombre extremadamente generoso. Cada vez que oigo decir que es racista me echo a reír; ese hombre no tiene nada de racismo, mira cómo nos trata a nosotros. Es un hombre de paz. Lo decía de joven y lo decía cuando llegó a ser presidente. Mira cuántas guerras ha tratado de eliminar.

Desgraciadamente, el presidente de la paz ahora tiene que evitar un desastre a nivel mundial, porque hay que pensar qué pasaría si esa gente llega a tener armas nucleares. Pero la gente lo critica como si fuera todo lo opuesto. Este es un hombre de negocios, sabe que la mejor bronca es la que no tienes, que el mejor abogado es el que te dice: “Vamos a resolver esto sin ir a juicio, porque el juicio va a ser mucho más caro; es mejor llegar a un acuerdo”.

Estoy seguro de que Donald Trump quiere liberar no solo a Cuba, sino al mundo: a Venezuela, a España, a Israel. Esto es mi opinión, hablando con él: creo que es una persona sincera. Si algún defecto tiene es estar en una posición pública donde los políticos están acostumbrados a decirte lo que quieres oír, no lo que van a hacer.

Como político no es muy bueno, porque te dice exactamente lo que va a hacer y lo cumple. Por eso tiene mi gran respeto. Tiene tantos defectos como tú y yo, pero eso es lo que lo hace humano; no es Dios, es una persona igual que nosotros, y lo que ves por televisión no es exactamente lo que es.

Te voy a dar un ejemplo que me conmovió: estaba sentado a su lado un día y él pide una Virgin Margarita. Yo, inocentemente, le digo: “Jefe, en Miami no hay muchas vírgenes”. Y él se vira y me dice: “No, Max, es una bebida sin alcohol. Mi hermano murió de alcoholismo y nosotros no podemos tomar”. Me dio un sentimiento, porque este hombre que parece un egomaníaco tenía casi lágrimas en los ojos al hablar de su hermano. Eso te hace pensar qué tipo de corazón tiene esa persona. Dios lo bendiga; todos los días rezo por su bien. No tiene miedo, no le hace caso a nadie. Es humano.

Ya que nos tuteamos y que al hablar de Trump se ha emocionado, me aprovecho y le insisto. Adopto un tono paternal, aunque comedido:

Has tenido mucha habilidad, Máximo Álvarez, para evadirme la pregunta: ¿qué lugar crees que ocupa Cuba en la mentalidad del presidente Donald Trump?

En mi opinión, su primer trabajo es America First: que este país sea el mejor, el más grande, el más poderoso del mundo, porque, si llega a serlo, va a liberar sobre todo a los países de América. Él sabe que todas las riquezas están aquí: en Argentina, en Brasil, en Venezuela, en Colombia, en Cuba. Este continente no depende de nadie; tenemos más petróleo que nadie, más que Libia. Su mentalidad, en mi opinión, es primero arreglar este país y luego arreglar el mundo, sobre todo el continente americano.

Tiene una gran influencia con Marco Rubio, que tiene un gran interés en liberar a Cuba y, lo conozco bien, también en liberar a Venezuela y a España, porque son nuestras raíces. Es una persona súper inteligente, súper leal; creo que es una gran adición a la mentalidad de nuestro presidente, porque Marco entiende lo que es el comunismo.

Y ya no quiere seguir por esa línea. Me obliga a pasar a la siguiente pregunta:

¿Cómo ves el liderazgo cubanoamericano en estos momentos, como alguien que ha estado en contacto con él?



Mi evaluación es que tenemos una gran cantidad de cubanos que vinieron jóvenes, que son extremadamente buenos empresarios, que no necesariamente son políticos, pero entienden lo que es el capitalismo, la economía. Esos van a ser muy importantes para sacar a Cuba adelante. Ya dije que va a ser un proceso lento, pero seguro.

También tenemos un sinnúmero de cubanos que vinieron de jóvenes, o hijos de cubanos como Marco Rubio, que entienden el juego político, y van a ser igual de importantes para formar el gobierno de nuestra Cuba libre.

Marco Rubio es un ejemplo, y hay muchos más. Mira cómo los cubanos han impactado el gobierno del estado de la Florida, el condado, la ciudad de Miami. Siempre hay excepciones, no estamos orgullosos de todos, pero son la minoría.

Tenemos también una gran capacidad de educación: mira Miami Dade College, su presidenta, todos los cubanos envueltos en la educación. Yo soy graduado de Florida State University; si vas a la Universidad de Miami o a Florida International, vas a ver cuántos cubanos están en la educación. Imagínate ese tipo de personas impactando la educación de nuestro país.

Max ha donado mucho dinero a diferentes centros educacionales. Se lo recuerdo y me interrumpe, airado:

Eso no es lo importante. Lo importante es el talento que existe en este país, que podemos llevar a Cuba como ejemplo, para que esos cubanos que han sufrido durante sesenta años digan: “Si yo lo pude hacer, tú puedes hacerlo mejor”.

Vamos a terminar con una pregunta de ciencia ficción: ¿sueñas con regresar a Cuba de alguna forma?

Yo no me considero un soñador; me considero una persona pragmática. Aprendí de niño que estamos aquí por un corto tiempo y que, después de la salud, el tiempo es lo más importante que tenemos. Por eso, en realidad, no sueño con el mañana; más bien me preocupa el hoy, porque no sé si voy a estar aquí mañana.

Eso lo aprendí a los trece años, cuando fui a España a estudiar al colegio de los Maristas de La Coruña, donde mi hermano, que me llevaba siete años, ya estaba interno dando clases. Él muere allí. Fue una lección dolorosa, pero no tiene precio, porque conozco individuos de más de cincuenta años que no tienen idea de que mañana pueden no estar aquí, que no conocen el valor del tiempo.

Por eso sueño con que el día de mañana me recuerden como alguien que todos los días hizo algo para mejorar este pueblo y, sobre todo, a mi familia, un poco más que el día anterior. Estoy seguro de que, entre mi esposa y yo, hemos criado a los tres mejores muchachos.

Ese es mi sueño: que mis hijos sigan lo que aprendieron de su madre y de su padre, lo que yo aprendí de los míos. Aunque tuvieran sexto grado, todavía pienso que mi padre es el mejor filósofo que he conocido en mi vida. Con un pellizco te enseñaba a tratar al prójimo, te enseñaba a tener dignidad. Nunca se sentó a hablarnos de honestidad ni de valores de familia, pero era un ejemplo de todos esos valores de los que hablamos hoy.

Ese es mi sueño: quisiera ver a Cuba libre mañana. Y no solo a Cuba: quisiera ver a todo el mundo libre, donde todos pudiéramos llevarnos como hermanos, sin importar en quién creas, qué color te guste, qué religión practiques. Si tratáramos al prójimo como nos gusta que nos traten, no habría problema en el mundo. Ese es mi sueño.

Nos levantamos. Le pido, por favor, que me deje tomarle algunas fotos y ya, relajado, me confiesa que casi nunca está en esa oficina, que le gusta estar en la calle, en sus gasolineras y con su gente, sobre todo con su familia.

De un estante de madera toma un montón de tarjetas: son gift cards. Me pregunta dónde vivo y qué gasolinera me queda cerca. Todas, respondo, vivo cerca de Midtown. Entonces toma una de Mobil, de 25 dólares, y me la regala. Le doy las gracias y le digo: “Como está la gasolina de cara, vengo pasado mañana a entrevistarte otra vez”.

Se ríe y me acompaña al ascensor, me da la mano y me dice:

Como cubano emocional, a veces me dan ganas de matar a alguien, sobre todo a los que nos están tratando de matar a nosotros. Pero mi hijo me llama la atención y me dice: “Padre, no puedes hacer lo que hacen ellos, tienes que perdonar”. Eso lo aprendí de mi hijo, cuando he perdido la razón.






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