Hace unos días alguien me preguntó cómo estaban las cosas en Cuba. No se refería a nada concreto. Era una pregunta panorámica, de esas que abarcan la electricidad, el arroz, la política, los ciclones y, si uno se descuida, también el estado de ánimo del Mar Caribe.
Respondí lo que pude. Llevo treinta años fuera y mi título de corresponsal permanente de la Isla Metafórica caducó hace bastante, aunque nadie parece dispuesto a retirármelo.
Lo curioso ocurre en sentido contrario.
Cuando sucede algo serio en España, mis amigos de Cuba rara vez me preguntan cómo estoy. Pueden escribirme para averiguar el precio de un teléfono, pedir un medicamento o confirmar si en Madrid de verdad se cena a las diez de la noche, mas no relacionan necesariamente una inundación, un apagón o una crisis política española conmigo.
En su mapa mental sigo viviendo en “Afuera”, ese país inmenso cuya capital puede ser Madrid, Miami o Malmö.
La persona que migra termina convertida en una jurisdicción especial. Los de aquí piensan que ya no pertenece del todo a su lugar de origen porque se marchó, aprendió otras costumbres y empezó a decir “vale” con excesiva naturalidad.
Los de allá, mientras tanto, conservan una versión antigua del emigrado: la que salió con una maleta, dos camisas y opiniones todavía homologadas por el barrio.
Así se produce una pequeña maravilla: uno deja de ser de allí, sin conseguir ser completamente de aquí. No es una tragedia. A veces resulta incluso cómodo. Confieso que en ocasiones me encanta: permite criticar dos países con la autoridad del nativo y la impunidad del extranjero, privilegio que debería cotizar.
Ya lo decía Edward Said, palestino, cristiano y ciudadano estadounidense, cuando tituló sus memorias Fuera de lugar. No necesitó añadir mucho más: el título ya contenía la mudanza entera.
Si nos vamos a la ciencia, esta rareza ha sido descrita con nombres menos divertidos. Habla de identidad bicultural, integración, asimilación, separación y marginación.
El modelo clásico de aculturación propone que la relación con la cultura de origen y la dependencia de la sociedad receptora no son extremos de una misma cuerda. Una persona puede conservar vínculos fuertes con ambas, con una sola o con ninguna. Ergo, sentirse cubano no obliga a sentirse menos español, ni sentirse español borra automáticamente lo cubano. El cerebro tolera mejor las mezclas que las oficinas de extranjería.
También sabemos que las identidades cambian de importancia según el contexto. No usamos todos nuestros “yo” al mismo tiempo. En el laboratorio, puedo ser científico; en una comida familiar, el que se fue; en una tertulia madrileña, el cubano; y en Miami, el español.
La psicología social muestra que la identidad depende tanto del compromiso con un grupo como de la situación en la que ese grupo se vuelve relevante.
Ahí puede estar la explicación del olvido cruzado. Para ahorrar trabajo mental, los demás nos colocan en la casilla que les resulta útil. Quienes viven aquí actualizan nuestra ficha: trabajamos aquí, pagamos impuestos aquí, sufrimos el transporte aquí; por tanto, dejan de consultarnos sobre el país de origen.
Quienes permanecen allá congelan la ficha anterior: seguimos siendo el primo, la amiga o el vecino que salió. Como el “afuera” funciona para ellos como una sola categoría, olvidan que también tenemos un barrio, un clima y unas catástrofes municipales.
No es desinterés puro. Es economía cognitiva con un toque de pereza afectiva.
Las redes transnacionales mantienen conectadas a las personas a través de las fronteras, aunque esa conexión no siempre actualice la vida cotidiana de cada parte. Se conserva el vínculo, pero se pierden los detalles. Uno sabe que su amigo continúa existiendo; ignora, en cambio, que lleva tres días sin metro, que se quedó sin trabajo o que el alcalde de su ciudad ha decidido inaugurar otra rotonda.
La investigación sobre cambios vitales añade otro elemento: migrar modifica las pertenencias sociales. Algunas se conservan, otras se debilitan y aparecen grupos nuevos. Mantener varios vínculos compatibles favorece la adaptación y el bienestar. Perderlos todos deja a la persona suspendida, como una lámpara que nadie recuerda haber instalado.
Por eso la no pertenencia no tiene que entenderse como vacío. Puede ser una pertenencia portátil, incómoda en las aduanas y bastante fértil en la vida. La persona migrante aprende que una patria pregunta por la otra únicamente cuando hay huracanes, elecciones o fútbol. El resto del tiempo debe informar por iniciativa propia.
Quizá la solución sea sencilla: llamar y preguntar con precisión: “¿Cómo estás con lo que pasó en Madrid?, ¿qué sabes realmente de lo que ocurre en Cuba?”.
Las preguntas concretas devuelven a la persona su geografía. Porque migrar no deja a nadie sin país. Le concede demasiados, que es una forma elegante de no caber por completo en ninguno.

Diario de la invasión (IX)
Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.









