Rudy, contador y restaurador, 38 años
Yo soy de las personas que nunca pensaron en irse de Cuba. Era de los que decían, como Martí, “el arroyo de la sierra me complace más que el mar”.
Cuando era muy joven no deseé irme. Y cuando fueron pasando los años eso no cambió. Pero mi esposa en Cuba y mi hermana, que ya estaba en los Estados Unidos, siempre estaban arriba de mí tratando de convencerme para salir del país. Finalmente me decidí, pensando en el futuro de mi hijo.
Yo trabajo desde los dieciséis años y siempre le busqué una salida a las necesidades económicas. Pero cuando se tienen hijos, no solo se piensa en uno, sino también en el futuro de ellos. Por otra parte, además de lo económico, estaba lo social.
La Cuba que yo dejé atrás estaba empobrecida de alma, triste, sin vida, no era el país lleno de música, alegre, de cuando éramos más jóvenes; ya ese país no existía, eran meros zombis los que caminaban por las calles, personas que al despertar en lo único que piensan es en qué voy a desayunar, qué voy a almorzar y qué voy a comer.
Todo eso trae una pobreza de alma muy grande. La alegría a las personas se les fue. Hay una desesperanza, una tristeza muy grande y no se puede vivir en un lugar así, sobre todo por los hijos. De manera que me fui por mi familia, por mi hijo más que nada, y no me arrepiento. Más bien pienso en qué hubiera sido si no me hubiera ido de Cuba.
Una vez tomada la decisión de emigrar, todo fue rápido. Cuando le dije a mi hermana, sí, está bien, dale, vamos a empezar los trámites, vamos a hacerlo, ella enseguida me tomó la palabra; como que no me dejó pensar. Para que no hubiera dudas, ni arrepentimiento.
Cuando yo me fui, en 2022, la rapidez del proceso de las personas que se iban por Nicaragua dependía de la cantidad de dinero que tú tuvieras para llegar. En mi caso, se contactó rápido al “coyote”, como les dicen a los traficantes de personas.
El trámite se hizo por mediación de un amigo mío que había venido a Estados Unidos a través de esa persona, con ese “coyote”. Él me dio su número de teléfono y contacté con él. Era un cubano residente en México, un tal “licenciado” que formaba parte de una mafia en Cancún que controla la migración que va por el sur de México, sobre todo en el área de Cancún, Tapachula, El Ceibo; todo eso lo controla esa mafia de cárteles mexicanos, en la que se mezcla algún cubano con dinero y contactos.
Hicimos un primer pago para que me sacaran el pasaje hacia Nicaragua, porque era imposible sacarlo desde Cuba. Allí los portales estaban bloqueados, las aerolíneas estaban bloqueadas. Todo el mundo sacaba los pasajes desde fuera de Cuba. Así que le pagamos al “coyote” para tener el boleto.
Una vez con el pasaje, antes de salir, me tuve que hacer una foto para que me reconocieran al llegar a Nicaragua: mi cara, cómo iba vestido, un grupo de señas para que me identificara fácil el tipo con que me iba a encontrar en el aeropuerto de Managua.
En cuanto arribé al aeropuerto, ya ese hombre, un nicaragüense, me estaba esperando. Me mostró mi foto en su teléfono y lo seguí hasta su carro. De inmediato, le puse un chip a mi móvil con la línea de Telcel, que es con la que se trabaja en Centroamérica y México.
Esa persona me llevó a una casa segura en Managua, una especie de hostal, en la que había otras personas en situación similar a la mía; allí me dieron una comida y me dejaron descansar en una habitación con aire acondicionado como tres o cuatro horas, hasta que vino otro nicaragüense que me condujo en auto por lo que la gente llama la “zona de los volcanes”, que es la transición entre Managua y el norte de Nicaragua, para llegar a la frontera con Honduras.
En ese carro, buscando el norte, estuvimos viajando unas cinco horas en las que la policía nos paró varias veces, pero el chofer se encargó de pagarles. Ahí me di cuenta de que la policía estaba en la jugada, porque esa no es una ruta que tú tomas para hacer turismo, que es otra vía. Por ahí van las personas que se dirigen hacia la frontera y todo el mundo sabe que esa ruta que va hacia la frontera es la del flujo migratorio.
Al término del viaje, llegamos a unas pocas millas de la frontera entre Nicaragua y Honduras, hasta una casa que estaba en condiciones muy precarias. Tuve que acostarme en el suelo, con mucho frío. Allí pasé la noche junto a otras personas que estaban en lo mismo que yo.
Al otro día, al amanecer, llegó la persona que controlaba aquel lugar. Entonces nos pintaron una uña a cada uno de los que estábamos allí. A mí me la pintaron creo que de verde; a otro de rojo, y así. Ese color definía la ruta que tú ibas a tomar. No todos iban por la misma ruta, porque eso dependía del dinero que pagabas.
Unos iban por lugares más rápidos, o más cómodos, y otros iban por zonas de más riesgo, como a la buena de Dios. Después que me pintaron la uña, me separaron del grupo, me montaron en un caballo y así crucé la frontera entre Nicaragua y Honduras, montado en un caballo.
Durante todo el recorrido a caballo estuvimos cruzando fincas privadas. No tuvimos ningún percance. Nadie nos detuvo, porque los dueños de esas fincas están enterados y permiten el paso. Por eso reciben un pago. Ahí no hay peligro alguno de policía, porque todo es privado y sencillamente tú vas cruzando de una finca a otra, separadas por rejas con alambradas.
Cabalgamos cerca de dos horas, dentro de Nicaragua, por una zona llana, pero cuando cruzamos la frontera con Honduras, nos desmontamos y comenzamos a caminar por un lomerío, unas veces más empinado y otras menos. Ese recorrido a pie nos tomó otras dos horas hasta que llegamos, en la noche, a un bohío, donde igualmente había otros migrantes. Ahí comí y dormí algo.
A las cuatro de la madrugada me despertaron para seguir viaje. Eso siempre era de improviso. En ningún momento me decían: a tal hora te vas, esta es la ruta, adónde vas, nada. Ellos llegaban, me despertaban y me decían: vamos. Nunca sabía cómo iba a ser el próximo capítulo.
Una vez en pie, me montaron en una moto detrás del motociclista, en medio de un frío que pelaba. Por el monte, la mayor parte del tiempo, haciendo motocross. Unas dos horas después llegamos a otro lugar que no tengo la menor idea de cuál era. En ese sitio, un pueblito de Honduras como a tres horas de Tegucigalpa, me llevaron a una casa ubicada en la calle principal por donde pasaba un bus y me dijeron: ahora cuando venga el bus, te montas y le pagas al chofer.
Así lo hice, me subí, pagué, y cuando el bus avanzó unas dos millas, el chofer, muy hijo de puta, cuando vio a un policía de migración paró y dijo que llevaba un migrante. El policía se montó, me ordenó bajarme, me quitó el pasaporte y me dijo que me iba a llevar para un centro de detención, porque no tenía visa.
Tuve que darle cien dólares para que me devolviera el pasaporte y no cumpliera su amenaza. Lo hizo, pero ya el bus se había ido y me quedé botado allí, en medio de la nada.
Entonces llamé para contar lo que me había sucedido y me dijeron: escóndete y espera. Me escondí cerca de la carretera, pero pasaba el tiempo y no aparecía nadie a rescatarme. Vuelvo a llamar y me dicen: mira, si pasa algún bus hazle una señal con dinero y trata de llegar hasta Tegucigalpa. Son tres horas y media de viaje. En Tegucigalpa te va a esperar una persona.
Pero pasó un bus y no paró; el siguiente, tampoco. Cuando paró el tercero, le dije al chofer: yo voy hasta Tegucigalpa, te voy a dar cincuenta dólares (el pasaje costaba cinco); necesito que me dejes en este punto y que si te para algún agente de migración, me protejas; que le digas que aquí no viene nadie que les pueda interesar.
El tipo me dijo: no vas a tener problema. Siéntate al final, en el último asiento. Y así fue. Cuando me bajé, en el mismo centro de Tegucigalpa, había una persona esperándome. Esa persona me montó en un microbús rumbo a la frontera con Guatemala.
Viajamos hasta una distancia equis antes de la frontera con Guatemala. Fueron unas tres horas más en ese microbús por un monte, hasta llegar a una casa, todavía en Honduras, llena de migrantes como yo. Ahí me bañé y descansé un poco.
El cruce de Honduras hasta el límite de la frontera con Guatemala fue en camioneta, entre lomas. Un viaje muy peligroso, terrorífico; ves las nubes chiquiticas abajo. En esas camionetas (eran varias) llegamos a un río que es la frontera entre Honduras y Guatemala. Entonces vinieron unas lanchas que nos recogieron y cruzamos la frontera.
En Guatemala fuimos a una casa de seguridad donde nos dieron comida y descansamos un poco. A las cuatro de la mañana me sacaron a mí solo y me montaron en un bus en el que viajamos, durante muchas horas, desde el centro de Guatemala hasta la frontera con Belice.
Al llegar a la frontera, el bus hizo un giro, me bajaron, y me montaron en un microbús hacia El Ceibo, que es un punto fronterizo entre Guatemala y México, por el sur. Ahí me monté en una lancha, crucé un río y llegué a México. A una finca privada.
En esa finca fue el mismo ritual: comí, me recuperé, y luego me montaron en otro bus hasta Cancún. Estuve dieciocho horas de pie en ese bus que iba repleto de personas. Durante todo ese tiempo solo comí caramelos y galleticas que traía en la mochila.
Al llegar a Cancún, sobre la once de la noche, me bajé en una parada, en una gasolinera, y tuve que esconderme porque la persona que debía esperarme no estaba. Llegó una hora después y me llevó a una casa con comodidades, confortable, en la que estuve tres días. Al segundo día llegó “el licenciado”, con quien solo había hablado por teléfono. Después de un breve protocolo, él me dijo: prepárate que mañana a las doce vas a volar a Mexicali.
Una vez que te sacan el pasaje para Mexicali, ellos exigen el resto del dinero. Entonces mi hermana hizo la transferencia y me escondieron el dinero en efectivo entre la ropa para entregarlo al llegar. Pero en el aeropuerto de Cancún, cuando ya yo iba a chequear mi pasaje para abordar el avión, llegó una redada de migración, me quitaron el pasaporte, me llevaron preso y me subieron a una guagua para conducirme hacia el centro de detención. Yo llevaba ocho mil dólares encima.
Cuando me montan en la guagua, empecé a rogarles; saqué la cartera y les dije: miren, por favor, yo tengo cuatrocientos dólares. Tómenlos, pero déjenme ir. Y me dicen: está bien, nosotros te vamos a dejar ir si nos das el dinero, pero nos tienes que decir dónde están los demás que estaban contigo, en qué casa se están quedando.
Les dije: yo vengo solo, no conozco a nadie; yo venía solo por la ruta.
Y lloré, imploré, me puse de rodillas. Después de mucho rogar, me dijeron: bueno, estate tranquilo, vamos a ver qué podemos hacer.
Entonces arrancaron, salieron de la ciudad hacia un campo, a un lugar entre Cancún y Tulum; pararon la guagua, abrieron la puerta y me dijeron: tira el dinero al piso y corre hacia el monte. Les pedí el pasaporte, me lo devolvieron y corrí, corrí, corrí, muerto de miedo, en zigzag, por si me disparaban, por un monte de marabú.
Cuando llegué a un lugar que estaba a una distancia suficiente de la carretera, paré y traté de llamar por teléfono. Pero no tenía cobertura. De manera que esperé una media hora más y salí al borde de la carretera. Empecé a caminar hacia donde el teléfono me cogió cobertura y llamé al “licenciado”.
El “licenciado” me dijo: mándame tu ubicación; se la envié por WhatsApp y él mandó un carro que me volvió a llevar a la misma casa donde había estado. Le expliqué todo lo que había pasado y él me preguntó si había dado la dirección de la casa. Le dije: mira, si lo hubiera dicho, ya hubiesen llegado y lo hubieran desactivado todo.
Entonces me devolvió los cuatrocientos dólares que yo le había dado a la policía y me dijo: Esas cosas pasan, en materia de migración ilegal no hay nada seguro. Todo es un azar, es lo que te toque. Mañana te vas a las ocho de la mañana. Vas al aeropuerto, por la misma puerta, por el mismo vuelo, exactamente todo igual que la vez anterior.
Yo estaba que me moría, pero en esa segunda incursión en el aeropuerto de Cancún, sí me pude montar en el avión. Y fue todo bien hasta Mexicali. Aunque antes tuve otro episodio de temor, porque el avión hizo una escala en Ciudad de México. Pero mientras esperaba para abordar de nuevo, “el licenciado” se comunicaba conmigo y me advertía de todo, me guiaba, como en las películas de espionaje, porque él, desde Cancún, tenía acceso a las cámaras de vigilancia del aeropuerto de Ciudad de México.
Cuando el nuevo vuelo llegó a Mexicali, pasé otro susto porque los agentes de migración pararon a varios de los que venían en el avión y les pidieron los papeles, pero conmigo no lo hicieron, tal vez porque me creyeron gringo, por mi aspecto físico.
En cuanto salí del aeropuerto de Mexicali ya me estaban esperando en una camioneta y me llevaron a una finca privada, en el desierto. Allí entregué el dinero, comí, y una hora después salí con varios “coyotes”, caminando por el desierto dentro de esa zona privada, hasta que llegamos al muro.
Al pie del muro, los “coyotes” tenían ocultas unas escaleras plegables, como las de los bomberos, hechas de cabillas, que se utilizaban para subir el muro y para bajarlo. Las sacaron, las pusieron, y por ellas escalé y descendí hacia territorio de Estados Unidos.
Una vez que pisé tierra, los “coyotes” retiraron las escaleras y por el móvil me dieron instrucciones: camina veinticinco minutos al norte, después dobla a la izquierda y camina hasta llegar al puesto fronterizo.
Y así lo hice. Pero en cuanto empiezan a verse las luces de los teléfonos, vienen los drones. Tú sientes que tienes el dron arriba, sientes el sonido. Hasta que llegas a la garita.
El personal de migración en el puesto fronterizo me atendió bien. Me tomaron la presión, me dieron agua y me preguntaron si padecía de alguna enfermedad. Después me montaron en un carro jaula y me llevaron para el centro de detención, donde me sometieron a todo el proceso de un prisionero (porque quedas detenido) y me pasaron a una celda junto a unas doscientas personas en un espacio que era para cuarenta.
Allí estuve veinte horas. No fue nada agradable estar en esa celda, la pasé mal, pero no demoré demasiado tiempo.
Cuando me sacaron de la celda, me entregaron mis documentos y me llevaron en un bus a una iglesia en la que me hicieron un chequeo médico más profundo, me pusieron la vacuna de la Covid, me dieron ropa, comida, y me dejaron en una habitación. Posteriormente, se reunieron conmigo. Me preguntaron si tenía familia en Estados Unidos y si esa familia me podía sacar un pasaje hacia el estado donde vivía.
Si tú no tenías dinero para sacar el pasaje en avión, ellos te lo sacaban para un bus, desde ese lugar en Arizona hasta donde tú fueras. Y si no tenías pasaporte, se encargaban de hablar con Inmigración.
Mucha gente llegaba sin pasaporte ahí porque los “coyotes” se los habían quitado o porque se les perdió o se les rompió. En esos casos, la gente de la iglesia iba al aeropuerto con esas personas, decían que eran refugiados políticos, pero no tenían pasaporte. Entonces en Inmigración les daban un pase para que pudieran abordar un vuelo a la ciudad hacia donde te dirigías. En el caso mío, que tenía pasaje para un vuelo al día siguiente, me llevaron en bus al aeropuerto que estaba a más de una hora de allí y, poco tiempo después, llegué a mi destino en Texas.
Yo no entré a Estados Unidos con ningún estatus migratorio. Pero contraté a un abogado y solicité asilo político después de pedir el Social Security. Ya con la I-220A, pedí permiso de trabajo y solicité la licencia de conducción. Inmediatamente comencé a trabajar en distintas labores. A partir de ahí he desarrollado una vida normal, dentro de la legalidad. Paso a paso, batallando para mejorar.
Pero aquí hay mucho racismo. La discriminación y el racismo los he sentido de muchas formas por ser latino. Directa e indirectamente. Una de las experiencias más desagradables la sufrí de otro inmigrante, un asiático, el manager de un restaurante de comida china adonde fui a recoger un encargo de la compañía donde yo trabajaba. Me sentí maltratado, al punto de que mi compañía se quejó; se les hizo un reporte y fueron baneados por un tiempo.
Mucha gente no manifiesta el racismo públicamente porque es delito, pero es innegable la discriminación. Yo he llegado a una oficina para un trámite y cuando he pedido un traductor no he resuelto nada, pero he entrado con mi hermana que habla inglés y he resuelto. De hecho, en las oficinas del gobierno, cuando te escuchan hablando español hacen todo por no atenderte. También encuentras personas muy buenas, no te puedo decir que no.

Diario de la invasión (VI)
Fueron sus subordinados más fieles los que recibieron la orden de eliminar a Ramiro Valdés. Con la complicidad de su propia familia.









