Hay misterios que la ciencia todavía no ha podido resolver.
Por ejemplo, cómo las anguilas encuentran el camino de regreso a sus lugares de reproducción o cómo las abejas se comunican entre sí.
Y ahora podemos añadir otro a la lista: por qué en La Carreta de la Calle Ocho, justo frente al Versalles, uno puede almorzar a las diez y cuarenta y cinco de la mañana, pero no puede desayunar.
Llegamos con la inocente intención de celebrar el Día de los Padres con un café con leche y algo ligero. Nada extraordinario. Una tostada por aquí, una tortilla por allá, alguna croqueta despistada. Cosas normales de la vida.
Pero en la puerta nos detuvo una especie de guardián filosófico.
—¿Desayuno o almuerzo? —preguntó con la gravedad de quien decide el destino de una nación.
—Desayuno —respondimos con la ingenuidad del que no conoce el peligro.
—Entonces tienen que esperar afuera.
—¿Y si esperamos adentro?
—No.
La respuesta fue tan seca que evaporó de inmediato cualquier esperanza de diálogo. Miramos alrededor buscando alguna lógica. Durante unos segundos nos sentimos atrapados en una versión tropical de Hamlet: desayunar o no desayunar, esa era la cuestión.
Quizás el desayuno era una actividad de alto riesgo, tal vez las tostadas estaban sindicalizadas o existía una ley municipal que prohibía consumir cafeína bajo techo antes de las once. Nada de eso fue explicado. Nos quedamos afuera.
El sol de Miami, que nunca pierde una oportunidad de ensañarse con los humanos, comenzó a asarnos lentamente.
Mientras tanto, observábamos un fenómeno fascinante: llegaban clientes después de nosotros, pronunciaban la palabra mágica “almuerzo” y desaparecían de inmediato detrás de las puertas, rumbo al oasis del aire acondicionado.
Era una versión gastronómica del Arca de Noé:
—Dos para almorzar.
—Pasen.
—Dos para desayunar.
—Esperen en el desierto.
Pasados varios minutos bajo aquel horno tropical, empezamos a sospechar que no esperábamos por una mesa. Estábamos participando en una prueba espiritual.
¿Y el manager? El manager era como el Monstruo del Lago Ness: todos aseguran que existe, pero nadie logra verlo.
Finalmente, derrotados por el calor, decidimos rendirnos y aplicar el contrabando lingüístico.
—Bueno, vamos a almorzar.
Y entonces ocurrió el milagro. Las puertas se abrieron. Entramos dispuestos a encontrar una multitud desesperada ocupando cada rincón, pero no. No había una convención internacional de consumidores de bistec empanizado. Había mesas vacías. Muchas.
Nos sentamos, abrimos el menú y recibimos el golpe final: café con leche, tostadas, tortillas, sándwiches… Es decir, exactamente las mismas cosas que habríamos pedido para desayunar.
En aquel momento comprendimos que el problema nunca fue la cocina; el problema era la semántica. Si dices la palabra prohibida “desayuno”, te destierran al asfalto. Si dices la contraseña “almuerzo”, te dan la bienvenida. Aunque termines pidiendo exactamente lo mismo.
Recordamos entonces la famosa canción “Los ejes de mi carreta”: rechinando por falta de grasa, pero caminando. Esta Carreta de la Calle Ocho, en cambio, parece atrapada en un bucle burocrático tan absurdo que, si las cosas siguen así, hasta el gallo cubano de la entrada acabará levantando el vuelo.
En fin, un pésimo intento de desayuno de Día de los Padres, convertido por obra y gracia de la semántica en un almuerzo tempranero. Pero también una lección inolvidable: en ciertos templos del costumbrismo miamense no importa lo que vayas a meterle al estómago. Lo importante es cómo lo bautices.
Hay lugares donde una tostada sigue siendo una tostada, un café con leche sigue siendo un café con leche, pero el nombre que les pongas decide si esperas bajo el sol o disfrutas del aire acondicionado.

Diario de la invasión (VI)
Fueron sus subordinados más fieles los que recibieron la orden de eliminar a Ramiro Valdés. Con la complicidad de su propia familia.









