De padre dominicano y madre ecuatoriana, criado en Hialeah, exfiscal de homicidios en Miami e investigador del comité del 6 de enero, Robin Peguero es hoy el candidato demócrata que aspira arrebatarle a María Elvira Salazar el Distrito 27 de la Florida. Hijo del sistema de escuelas públicas del sur de Hialeah y autor de dos novelas, With Prejudice y One in the Chamber, Peguero conversó sobre su historia familiar, su paso por Harvard y por la fiscalía, los quince meses que pasó investigando el asalto al Capitolio y su visión sobre el trumpismo, la comunidad cubana y el futuro de la inmigración en Miami.
Hay algo en su sonrisa que trasmite honestidad, también cierta distancia, quizás por sus años de fiscal. Llega y saluda, es expeditivo y firme, también cálido. Hace todo porque estemos cómodos, se deja llevar, buscando la mejor luz, el menos ruido posible.
Hablemos un poco de tus orígenes: dónde naces, cómo llegas a Miami y cuál fue la experiencia de haber crecido en un lugar como ese. Descríbeme un poco tu vida familiar: ¿quiénes son tus padres?, ¿de dónde vienen?
Vamos a empezar por ahí, por mis padres. Mi papá vino de la República Dominicana y mi mamá, de Ecuador. Lo primero que hicieron al llegar fue alistarse en el ejército de los Estados Unidos, y ahí fue donde se conocieron. Yo nací en Rhode Island. Tengo una hermana cinco años mayor que yo, nacida en Nueva York. Me criaron en Nueva York desde que nací hasta los cinco años, y después me trajeron a Hialeah, donde crecí desde los cinco años hasta que me gradué de la escuela secundaria, a los diecisiete.
Mi padre, después del servicio militar, fue maestro de escuela pública toda mi vida; mi mamá era cartera. Me criaron en un hogar de familia trabajadora, en el West Side de Hialeah. Asistí a escuelas públicas: primero a una escuela primaria del barrio, después a la José Martí Middle School y luego a la Barbara Goleman Senior High School. Me encantó vivir en Hialeah, porque es una ciudad con una mezcla de culturas, donde te saludan primero en español al entrar a un restaurante o a una tienda. Eso siempre me gustó, porque mis padres me hablaban en español en la casa y yo hablaba inglés en la escuela; tenía esa doble identidad, la de un padre dominicano y una madre ecuatoriana que no se parecían, que tenían colores de piel distintos, pero que se sentían de la misma raza, de la misma cultura, que hablaban el mismo idioma y comían la misma comida, arroz con frijoles cada noche. Eso me hacía sentir muy cómodo, como si ese fuera mi hogar. Y crecer cerca de amigos y vecinos cubanos, que me contaban sobre la situación en Cuba, fue una influencia mayor en mi vida.
Hablar de sus padres ha debilitado la distancia inicial. Algunas frases las ha soltado con nostalgia, sobre todo al hablar de su hermana y los primeros años en Hialeah. Hasta ahora es un político que no hace campaña, y eso me gusta. Sigo por ese camino.
Cuéntame cómo esa experiencia en Hialeah te lleva a estudiar algo como el derecho, que en un primer momento, viniendo de un barrio tan pobre, tiene más que ver con un compromiso social que con las ganas de ganar dinero. Creo que hay profesiones que nacen con objetivos distintos según el código postal: no es lo mismo querer ser abogado aquí que en Coral Gables. Cuéntame cómo va naciendo tu interés por el servicio público desde esa experiencia en Hialeah.
Siempre digo que la inspiración de ser un servidor público me vino de mis padres, porque siempre estaba oyendo que lo primero que hicieron al llegar a este país fue servirlo: querían pertenecer tanto a él que se alistaron en el ejército. Esa fue la inspiración detrás de cada etapa de mi vida en la que elegí servir al público.
Cuando estaba en la escuela secundaria trabajé muy duro. Mi hermana se había ido a estudiar a la Universidad de Miami, y yo pensaba que iría a la Universidad de Miami o a la Universidad de la Florida. Me gradué número uno de mi clase en Barbara Goleman, una escuela que no tenía fama de ser buena, le decían una escuela de categoría D, con cinco mil estudiantes en ese momento, la más grande o la segunda más grande de todo el estado. Pero a fuerza de trabajo duro, como valedictorian[i], me di cuenta de que el año anterior el primero de la clase se había ido a Harvard. Y me pregunté: ¿por qué no yo? Mientras estudiaba, no era mi padre quien me ayudaba a mí, ellos estaban trabajando, sino yo quien los ayudaba a ellos. Cuando tenían que escribir algo en inglés, yo se los revisaba o se los escribía. Los ayudé con su tarea, y no al revés.
Ellos no sabían nada de eso; tampoco me estaban diciendo “vete a Harvard”. Fui yo quien les dijo: “voy a intentar entrar a esta escuela”. Conocían el nombre de Harvard, todo el mundo lo conoce, y fue un sueño hecho realidad irme, a los diecisiete años, a Massachusetts, donde me costó mucho acostumbrarme al frío y a una cultura completamente distinta a la de Hialeah.
Trabajé muy duro ahí durante cuatro años, y mientras muchos de mis compañeros se fueron a ganar plata, yo pensaba siempre en lo que habían hecho mis padres, y elegí ir a trabajar al Congreso por poco dinero: gané 24.000 dólares al año en mi primer trabajo, ayudando con la prensa a un congresista. Después fui speechwriter de Amy Klobuchar, senadora de Minnesota, y durante esos cuatro años me gustó tanto estar sirviendo al público, haciendo algo bueno por mi comunidad, que desde entonces siempre he elegido lo mismo. Y ahora, claro, quiero ser congresista, porque tengo esa experiencia de haber trabajado ahí y puedo hacerlo desde el primer día.
Intenta regresar al discurso político y lo entiendo. Pretende ser el candidato demócrata al escaño de congresista en el que se sienta María Elvira Salazar. Aún le queda el paso por las primarias de su partido pero su candidatura tiene buen augurio. Todavía no quiero que se lance a programas y consignas así que insisto en su trayectoria.
Vamos entonces a tu regreso, cuando te haces fiscal de homicidios en Miami. ¿Cómo fue ese espacio para entrar en el sistema, para conocerlo? ¿Fue también una experiencia vital trabajar con un sector tan afectado, sea la víctima o el propio homicida, por las razones que sea? Háblame de cómo llegas a ser fiscal de homicidios y de tu trabajo ahí en general.
Terminé trabajando en el Congreso durante cuatro años, pero quería ayudar a mi comunidad en tiempo real. Los resultados de lo que uno hace en el Congreso no se ven de inmediato. En ese momento estábamos aprobando el Obamacare, y a mucha gente no le gustaba, pero yo sentía que en unos años eso iba a ayudar a muchísimas personas. ¡En unos años!
Y yo quería ser abogado porque podía ayudar a una persona ese mismo día, y ver la cara de esa persona cuando hacía algo bueno por su vida. Entonces regresé a Harvard a estudiar derecho. En el sistema estadounidense todo el poder está en el fiscal: es quien decide todo, quien puede incluso ayudar al acusado, defender los intereses de las víctimas, perseguir la justicia. Tiene tantas metas e intereses públicos que me gustaba más ese papel que el de defensor público.
Quise regresar a Miami, a mi comunidad, y hacerme fiscal. Trabajé ahí siete años. Me daba mucho orgullo, me sentía satisfecho cada día porque sabía que estaba haciendo algo importante: proteger nuestras calles, meter en la cárcel a personas que le habían hecho mucho daño a nuestra comunidad, asesinos, violadores y narcotraficantes. Pero cada día uno está metido en historias tristes, hablando con víctimas que están viviendo el peor momento de sus vidas. Y el acusado, claro, tampoco quiere estar ahí; a veces el juez o la jueza tampoco quiere estar ahí, o está enojado. Y las víctimas, aunque uno las está ayudando, también están enojadas con un sistema que se mueve demasiado lento, que no avanza con la rapidez necesaria para conseguir justicia. Lo hice durante siete años; era un trabajo importante y me encantaba. La única razón por la que me fui fue que me llamaron para trabajar como investigador del Comité del 6 de Enero.
El 6 de enero de 2021, una multitud de simpatizantes del entonces presidente Donald Trump irrumpió por la fuerza en el Capitolio de Estados Unidos mientras el Congreso certificaba los resultados de las elecciones presidenciales de 2020. El ataque interrumpió temporalmente la sesión conjunta del Congreso, dejó varios muertos y decenas de heridos, y dio lugar a una de las mayores investigaciones criminales en la historia del país, con cientos de personas procesadas por su participación.
La Cámara de Representantes creó el Comité Selecto para Investigar el Ataque del 6 de Enero con el propósito de esclarecer las causas, el desarrollo y las responsabilidades relacionadas con el asalto al Capitolio. Integrado por siete demócratas y dos republicanos, el comité trabajó durante aproximadamente dieciocho meses con el apoyo de un equipo de cerca de 40 abogados, además de investigadores, analistas y personal especializado. Robin Peguero fue uno de ellos.
¿Cuál fue el papel que jugaste en ese comité investigativo? ¿Cómo fue el trabajo, y qué significó para ti como garantía de los valores democráticos de este país?
Yo estaba en Houston, de vacaciones, viendo por televisión lo que pasaba aquel 6 de enero de 2021. Fue un horror lo que vi. Cuando me llamaron, en septiembre de 2021, me dijeron que estaban buscando sobre todo a fiscales y abogados para integrar ese equipo investigador, y dije que sí, claro. Me llamaron un miércoles, me entrevistaron el jueves, y ese mismo día le avisé a la Fiscalía que me iba el martes: cinco días después me mudaba a Washington, porque sabía que era un trabajo demasiado importante para la historia de este país y para la democracia que yo quería defender.
Serví como investigador durante quince meses. Lo que hicimos, un equipo de unos cuarenta abogados fue entrevistar a altos funcionarios de la administración Trump. Yo, como lead attorney, entrevisté a quien fuera secretario del Ejército, a la persona encargada de la Guardia Nacional de Washington D.C. y a la alcaldesa de D.C., para conocer su versión de qué había fallado aquel 6 de enero.
Que papel jugó la policía, o la Guardia Nacional, que no llegó hasta horas después, cuando todo ya había terminado, qué hizo el presidente, porque había señales muy claras en las redes sociales. La gente decía: “vamos a ir armados” al mismo tiempo que el presidente decía que le estaban robando las elecciones, que había que hacer algo.
Todo eso estaba ahí, a la vista de todos, se podía leer en Twitter, y no estábamos preparados para ese día.
Entrevistamos a esos testigos, en su mayoría republicanos, eso es importante, porque muchos dicen que el comité era todos demócratas; teníamos dos republicanos en el comité, y todos esos testigos vinieron a decirnos que este presidente, desafortunadamente, había intentado anular una elección libre. Fueron republicanos los que le dijeron: “esto no lo podemos hacer”.
También estuvimos a cargo de las audiencias durante el verano. Yo, en concreto, estuve a cargo de una sobre la corrupción del Departamento de Justicia: el presidente quería que esos abogados dijeran que le habían robado las elecciones, y ellos le dijeron que no era verdad y que no lo iban a hacer, aunque él insistió muchísimo. Presentamos esa audiencia durante el verano y, al final, escribimos un informe final. En particular, escribí el capítulo siete, que documenta cómo, ese día, cada vez que sus familiares y los miembros de su administración le pedían que les dijera a los rioters que regresaran a sus casas, él respondía que no, que le gustaba lo que estaba pasando. Eso fue lo que hicimos: entrevistar a los testigos, presentar esas audiencias para que el público estadounidense viera lo que había pasado ese día, y el informe final.
Peguero escribe ficción desde niño, mientras los demás corrían y jugaban en el recreo, él se quedaba sentado escribiendo historias, y hoy es autor de dos novelas. La primera, With Prejudice, la escribió mientras trabajaba como fiscal, inspirada en su experiencia en los tribunales: la historia de un juicio de homicidio en Miami. No fue fácil llegar a publicarla. Cientos de agentes literarios le dijeron que no antes de que uno aceptara representarlo, y luego se repitió el mismo ciclo de rechazos con las editoriales, hasta que una de las cinco más grandes de Estados Unidos decidió apostar por él. El libro llegó a tener una reseña en el New York Times, algo de lo que Robin habla con orgullo evidente. El éxito de esa primera novela le abrió la puerta a la segunda, One in the Chamber, un thriller político ambientado en el Senado que le compraron sin haberlo visto siquiera. With Prejudice salió en 2022 y One in the Chamber en 2024.
Pero hay que volver a la política, a Miami, Es evidente que los valores multirraciales, multiétnicos, multiculturales del Miami en el que creciste han conformado tu pensamiento político. Háblame un poco de Robin y Miami, y de tu visión para esta ciudad.
Haberme criado en una comunidad trabajadora fue vital; fue una influencia enorme en mi pensamiento político. Para mí, lo importante es que nuestro gobierno vuelva a lo básico, y creo que lo básico es ayudar a la gente trabajadora, a la clase media, a salir adelante en este país, darles alivio, y no sostener un sistema amañado a favor de los ricos, de los poderosos, de los corruptos, sino uno que ayude a personas como las de mi comunidad. Estamos viviendo un momento de inseguridad económica, y ver a este gobierno, a congresistas como María Elvira Salazar, no representar los valores de la gente trabajadora, no tener una visión para ellos sino para los multimillonarios, para las corporaciones que ya lo tienen todo en este país y que hasta pagan menos impuestos que los demás, es algo que me motiva, que es importante para mí cambiar.
Lo otro, propio de haberme criado en Hialeah, es la idea de que, aunque el gobierno está ahí para ayudar y eso es importante, no hay que ser extremista, no hay que ser alguien que cree que el gobierno tiene que hacerlo todo. Yo me defino como un demócrata capitalista, no socialista, porque personas como mis padres vinieron a este país buscando oportunidades económicas: uno quiere, algún día, ser ese millonario, ese multimillonario que le puede dar un futuro cómodo a sus hijos y a sus nietos. Eso es importante para mí; es el centro de lo que significan los Estados Unidos: esa visión, esa oportunidad de progresar. Y creo que eso se puede lograr dentro de un sistema capitalista.
Escuchando las historias de mis vecinos, de mis colegas, de mis amistades en Hialeah, sobre la situación en Cuba, lo que quiero es que Cuba sea un país próspero, libre y democrático. Y tenemos que ayudar a los cubanoamericanos aquí en Miami, porque en este momento este presidente está deportando a más cubanos que ningún otro presidente en la historia de los Estados Unidos. Los cubanoamericanos están en un limbo: a muchos los están deportando a México o de regreso a Cuba, y muchos otros se quedan aquí, en un limbo, sin un camino hacia la ciudadanía. Y creo que eso siempre va a ser importante para mí, como hijo de inmigrantes y como alguien que se crió en Hialeah.
Lo que tenemos que hacer es procesar los casos de los cubanos bajo la Ley de Ajuste Cubano; no se pueden quedar en el limbo. Tenemos que retomar ese proceso y detener la deportación, y ofrecer un camino a la ciudadanía, no solo para los cubanos sino también para los haitianos y los venezolanos que no tienen antecedentes criminales, que han contribuido a este país económica y culturalmente, que han pagado sus impuestos, que tienen hijos estadounidenses, que han creado negocios.
Ellos merecen quedarse, y no que se les explote su trabajo sin darles beneficios federales, sin darles la oportunidad de conseguir su ciudadanía. Pero no vamos a poder hacerlo hasta que tengamos en la presidencia a un demócrata que nos ayude a arreglar, de una vez, el sistema migratorio, que está roto. Y mientras esperamos por eso, tenemos que extender el TPS para los venezolanos y para los haitianos.
Merecemos procesar los casos de los cubanos bajo la Ley de Ajuste Cubano hasta que podamos arreglar el sistema migratorio.
Está cansado, hablar tanto rato en español lo agota. Se nota en el ritmo de sus palabras, no en la pasión de sus respuestas. Nos ponemos a conversar sobre cómo uno de los valores de las comunidades inmigrantes es ayudarse, construir espacios culturales propios. Me habla de que caminar por Miami es tropezar con la cultura cubana viva, o con la haitiana si llegas Little Haiti. Hay peligros, me dice, aprovecho y le disparo una ráfaga de preguntas:
¿Cuáles son los peligros que tiene el trumpismo para esa cohesión social que ha tenido la inmigración hasta ahora? ¿Y cuáles son los peligros para la democracia estadounidense? ¿Cómo podemos sentir, nosotros, las víctimas del trumpismo, todo esto? ¿Cuál es tu valoración del trumpismo? ¿Cómo afecta la vida de los inmigrantes, con las redadas, con la persecución, con lo que le está haciendo a lo que ha sido hasta ahora nuestra ciudad?
Somos un país de inmigrantes, siempre lo hemos sido, desde que esto empezó hace 250 años. Y sabemos que la política migratoria de esta administración no se trata de asegurar la frontera, porque están desviando recursos de la frontera hacia nuestras calles, para que agentes federales de ICE maten gente en la calle.
No se trata solo de eliminar la inmigración ilegal, eso, en sí, es otra cosa; y claro que las personas que son criminales violentos tienen que ser deportadas, tenemos que aumentar la deportación de criminales violentos, eso es lo que yo hacía como fiscal de homicidios.
Pero no solo están yendo contra los indocumentados: también están intentando eliminar la inmigración legal, intentando quitarle la ciudadanía a los naturalized citizens, a quienes nacieron aquí y obtuvieron su ciudadanía por haber nacido en este país. Y es porque hay una persona en la Casa Blanca, Stephen Miller, que quiere eliminar a todos los hispanos: esa es su meta. No tiene que ver con la seguridad de los Estados Unidos, tiene que ver con qué cultura él cree, en su mente, que es americana, que es estadounidense, y esa idea no nos incluye a todos, aunque nosotros, como inmigrantes, queramos tanto ser parte de este país. Queremos pertenecer tanto que tengo padres veteranos que hasta estaban dispuestos a sacrificar su vida por este país.
Algunas de las personas que están en la Casa Blanca, no nos ven a todos igual: ni a los cubanos, ni a los venezolanos, ni a los haitianos, a ninguno. Y esos no son los valores americanos que yo siempre he pensado que son importantes para el alma de este país. Somos un melting pot, una cultura mezclada. Dicen que no existe una comida “americana” o “estadounidense”, porque uno piensa en la comida tex-mex, inspirada en México, o aquí en Miami en la comida cubana, o en Nueva York en la comida italiana, la pizza, la pasta, lo que sea.
Eso es ser americano, eso es ser estadounidense. Y es importante para nuestra democracia tener una democracia unida, con razas y culturas distintas, y desafortunadamente el trumpismo, como acabas de decir, va en contra de eso. Pero yo tengo esperanza; por eso me estoy postulando. Hay mucha gente que cree que no podemos cambiar nada, que el país votó dos veces por este presidente. Pero yo tengo esperanza. Me estoy postulando porque sé que vamos a volver a ser ese país en el que me criaron, y ojalá yo pueda ser parte de ese cambio, de ese regreso a esos valores americanos.
[1] Valedictorian es un término en inglés que se refiere al estudiante con el mejor rendimiento académico de una generación, especialmente en una escuela secundaria (high school) o universidad en Estados Unidos.

Diario de la invasión (VIII)
Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.













