Humo


Alina se paseó por el pequeño apartamento husmeando el aire. Había dejado bien claro que necesitaba un espacio para no fumadores, pero ahora estaba aquí el hijo preadolescente de la dueña jurándole que no era así cuando ella podía sentir la nicotina prácticamente entrándole por los poros.

—No estás obligada a creerme —dijo el muchacho en un inglés perfecto, insolente y monótono, mientras se recostaba sin camisa a la puerta—. Puedes buscar otro apartamento… y buena suerte…

Estaba segura que él sabía que la tenía en una encerrona. Aunque ella no estaba en La Habana para la bienal de arte, todos los demás parecían sí estarlo: coleccionistas y curadores adinerados que se habían soltado un montón de billetes en efectivo por todos los cuartos decentes de las casas particulares o por cualquier garaje o cuartucho habilitado como habitación para alquilar. Los hoteles estaban todos llenos.

Alina caminó en forma de ocho de una habitación a otra tratando de descubrir de dónde provenía lo peor del tufo. Había una cama perfectamente hecha con dos almohadas delgadas y una hondonada en forma de huevo en el centro donde se imaginó que iba a acurrucarse por la noche; una cómoda de caoba pulida que podría valer bastante allá en Berkeley, un sillón y un librero con tomos descoloridos que exploraría más tarde. En la habitación con la hornilla eléctrica, es decir, la cocina, había una mesa cubierta con un cristal, una tostadora, un microwave y un cenicero de cerámica en la meseta.

—Ves, esto es que yo decía —dijo ella indignada a la vez que recogía el cenicero azul y en forma de delfín—. Le dije a tu mamá que yo necesitaba una habitación donde no se fumara y ella me dijo que tenía una, pero evidentemente ustedes dejan que la gente fume aquí.

—¿Tú ves a alguien fumando ahora? —preguntó el muchacho.

—Quiero otra habitación, por favor, una que esté libre de humo de verdad.

—Esta está libre de humo de verdad, y, además, es la única que tenemos. Créeme, si no la quieres, mi mamá no tendrá problemas en devolverte el depósito. Puede pedirle más a cualquier otro. ¿Ves esto?, dijo mostrando su celular sonando, hay gente esperando para agarrar este cuarto ahora mismo si no lo quieres —dijo con una sonrisita de satisfacción.

—Quiero hablar con tu mamá.

El muchacho meneó la cabeza.

—No vas a conseguir que cambie nada.

Ella se le quedó mirando fijo hasta que él se encogió de hombros y dio la vuelta.

—Está bien —dijo, guiándola por el pasillo hasta una escalera de madera irregular pintada en diferentes tonos de carmelita.

Subió detrás de él con la cara a la altura de la cintura del muchacho, apenas a unas pulgadas de su piel desnuda, hasta que la golpeó un estallido de luz blanca que por poco la tumba de las escaleras. 

Salieron a la azotea y el muchacho desapareció detrás de una oleada de sábanas blancas colgadas en una tendedera. El edificio estaba en una calle colonial ruinosa y hacinada, pero desde aquí arriba se podía ver el mar por todos lados. Alina descorrió una sábana sólo para ser golpeada por otra que se le enroscó en la cabeza y en los hombros obligándola a detenerse un momento para zafarse. Casi en triángulo, espió al muchacho hablando con una mujer por entre las maliciosas sábanas. Él movía las manos agitadamente, pero ella estaba allí parada, imperturbable, con una mano arremangándose a la cadera una bata de casa holgada y descolorida y con la otra llevándose un cigarro a la boca. Alina podía ver las curvas iniciales de sus pechos a través de las mangas cortas mientras el vestido ondeaba a su alrededor. El Golfo de México resplandecía en el fondo.

Mientras Alina trataba de desenredarse de entre las sábanas, madre e hijo se volvieron hacia ella. Él se encorvó. Los rizos castaño-canosos de ella rebotaban con el viento. Finalmente, avanzó descorriendo las sábanas como si fueran cortinas.

—¿Pasa algo con la habitación? —preguntó, pero Alina casi no podía escucharla. 

Estaban como en un torbellino con toda la ropa limpia batiendo alrededor. La mujer se llamaba Margaret, Alina lo sabía por la correspondencia.

Repitió la pregunta en un inglés con bastante acento y esta vez Alina le leyó los labios. Eran carnosos e hinchados y escondían unos dientes grandes y un poco apretujados. El cigarro sobresalía de entre sus labios, encendido increíblemente, y de pronto Alina se vio sumergida en una nube de nicotina. ¿Cómo era posible que el viento soplara tan fuerte y que el humo aun así se le pegara encima?

Margaret (resultó que se pronunciaba Mahr-gah-reh), la agarró del brazo y la hizo bajar por la estrecha escalera. El ruido desapareció tan pronto metieron la cabeza dentro.

—Acordamos que sería una habitación de no fumadores —dijo Alina en inglés, sin aliento y ahora con el pelo enredado y tieso. Trató de peinárselo con las manos, pero se le quedó echo un reguero.

—Sí, esa es nuestra habitación para no fumadores —respondió Margaret en español—, pero tienes razón, no está realmente libre de humo.

Estaban paradas en la escalera, a pulgadas una de la otra, cuando el muchacho vino por detrás de la madre y trató de escurrirse entre las dos. Alina se echó para atrás, pegándose a la pared mientras él pasaba. Por un segundo, pudo oler el aliento de Margaret, una mezcla de menta y tabaco. El muchacho bajó retumbando los tres pisos y aterrizó fuera de vista con un batacazo.

—Puedo devolverte el dinero —le dijo Margaret encogiéndose de hombros mientras se alejaba de la pared—, o puedes quedarte. Como quieras. Puedo hacerte una rebaja.

—Bueno, gracias por el ofrecimiento, pero en realidad no va a solucionar el problema del olor.

Alina se preguntó si Margaret tenía la boca lastimada. Sus labios estaban de un rojo casi morado.

—No puedo hacer otra cosa —dijo Margaret sentándose en uno de los escalones superiores, chupando el cigarro y expulsando una nube gris serpenteando—. Decide tú.

Entonces sacó el celular de la bata de casa y respondió una llamada, parloteando y riéndose como si Alina ya no estuviera allí.

A la mañana siguiente, Alina se despertó hecha un ovillo en el centro de la cama, con los ruidos simultáneos de la alarma de su teléfono y de unos impacientes golpes en su puerta. Se levantó como pudo, agarró la toalla que había puesto a secar en una silla la noche anterior y se envolvió en ella.

—Un momento —dijo en español, aunque no le salió muy natural.

—Eso —le dijo Margaret señalando con la punta encandecida del cigarro hacia el celular que seguía pitando fuertemente en la cama—, tienes que pararlo.

Esta mañana su inglés era un poco más fluido. Alina, todavía un poco aturdida, se apresuró y apagó la alarma. Se quitó un mechón de pelo de la cara y en ese momento un tufo de nicotina le llegó a la nariz. Sintió que se le revolvía el estómago.

—El desayuno está servido —dijo Margaret con gesto aparatoso, haciendo una reverencia y señalando de nuevo con el cigarro hacia la escalera.

—Ah, gracias, está bien —murmuró Alina. 

Observó a Margaret terminando su reverencia como si fuera una bailarina concluyendo un penché, con la espalda perfectamente derecha, lo que hizo que la bata de casa, ¿era la misma de ayer o tenía el closet lleno de aquellas telas desteñidas?, se le rodara hacia adelante, mostrando completamente los pechos, pesados y libres.

—Oye, ¿tú sabes, bueno, claro que los sabes, que fumar es malo? ¿no? Quiero decir, estás consciente de eso, ¿no?

Margaret soltó una carcajada. —Sí, claro —respondió—. Muy malo. Igual que el azúcar, el ron y las harinas. Y también caminar sin soporte para el arco del pie y tomar el sol sin bloqueador. Todo eso es muy, muy malo. Pero por lo menos no me dará Parkinson o demencia. ¿Vienes a desayunar, sí o no?

—No, no —dijo Alina un poco aturdida. 

Cerró la puerta frente a la sonrisa indulgente de Margaret y se volteó. No había notado el día anterior que la ventana del fondo del cuarto estaba llena de tizne.

Después de trabajar todo el día en la Biblioteca Nacional, Alina se encontró con una profesora del departamento de literatura de la Universidad de La Habana para comer juntas. Para su sorpresa, la profesora, a quien conocía sólo por email, vino acompañada de su marido y su hermano. El marido resultó ser un funcionario cualquiera y el hermano un taxista que claramente estaba tratando de enganchar a una extranjera. Es decir, a ella misma, aunque en realidad hubiera nacido en La Habana. 

Los tres eran unos fumadores empedernidos: el marido, rígido, con una nariz ancha y rubicunda, se pasó toda la comida chupando un tabaco y mirándola silenciosamente. El humo le salía blanco y espeso por la nariz, como un bigotón en herradura. El hermano se lo pasó haciendo chistes pesados y tocándola en el brazo con una confianza que la molestó. Este fumaba cigarros enrollados a mano, uno tras otro hasta que no eran más que colillas. Para la hora del postre ella tenía los brazos cruzados sobre el pecho y trataba de contener la respiración.

Cuando regresó a la casa, no había una sola luz, ni en el vestíbulo ni en la sala, y tuvo que usar el celular para poder llegar a la escalera. Al pasar por la cocina escuchó risas y golpes. Se asomó un poco a la puerta y pudo ver de reojo a Margaret sentada en la meseta moviendo las caderas, con un cigarro en la mano en la que se apoyaba mientras otra mujer le metía mano por debajo de la bata de casa. 

Alina se echó para atrás rápidamente, mientras una humareda verde azulosa le nublaba la cabeza y dio tumbos hacia la escalera tan disimuladamente como pudo. Estaba segura de que Margaret no la había visto pero no creía que no le habría importado en absoluto si así hubiera sido.

Ya en la habitación, los ruidos de la cocina subían y se escuchaban todavía más altos y claros. Escarbó en su maletín buscando los tapones para los oídos del avión y prendió una vela de lavanda a ver si podía espantar la peste. Abajo, las mujeres se reían y gritaban. Alina podría jurar que alguien le pegaba a un caldero como si fuera un tambor, se cayeron unas sillas, los muebles rechinaban contra el piso. Los tapones no funcionaban para nada y terminó por quitárselos.

Se tiró bocabajo en la cama, puso una almohada en el hueco del medio para no hundirse más y tomó otra para taparse la cabeza. Ahora solo escuchaba su respiración, una respiración regular, fuerte, pero bajo control. Ya no había carcajadas, sólo resuellos y jadeos, como un tren tomando una curva lentamente, su cuerpo inclinándose con él y la maquinaria chirriando bajo ella, y destellos de naranja, azul, y una marea de vapor. 

Alina se incorporó apoyándose en los codos, subió la mano derecha que tenía entre las piernas y tosió.

—¿Todo bien?

Era Margaret, parada en la puerta abierta, su rostro oculto tras un velo gaseoso.

—¿Qué? Sí. ¿Tú acabas de entrar en mi cuarto sin tocar?

Alina subió la sábana para cubrirse, aunque todavía tenía puesta la ropa de todo el día.

—Sí, digo, no, toqué, pero no respondiste —dijo Margaret. Te escuché respirar, no una respiración normal, sino muy agitada. Solo quería saber que estabas bien.

Le dio una cachada al cigarro como si estuviera recargándose de energía.

—No entres en mi cuarto.

—Estabas respirando entrecortadamente. Yo no puedo tener a una mujer enferma en mi casa.

—No estoy enferma.

—No lo sé —dijo Margaret, e inclinó la cabeza como si buscara algún tipo de síntoma.

Alina se disparó a la puerta y la cerró, empujando a la mujer hacia el pasillo. Pasó el pestillo y luego colocó el respaldar de una silla bajo el pomo. Más tarde pensó que no recordaba si habían hablado en inglés o en español.

Todos los días, Alina, con el cuerpo cortado, se desenrollaba del nido de la cama, se daba una ducha fría y se escapaba para la Biblioteca Nacional, la universidad o cualquier otro lugar donde tuviera una cita. Un apartamento particular en el edificio Focsa o una casa hecha de cartón en Marianao. Dondequiera que fuera, todo el mundo fumaba, incluso en la sala de las Colecciones Especiales de la biblioteca, los estudiantes colaban uno o dos cigarritos. Todo estaba húmedo y el calor era como un yunque en su cabeza. Bebía más de un galón de agua al día, pero no se le quitaba el hipo.

Cada vez que ella pensaba que alguien la invitaba a tomar o comer algo por cuestiones profesionales, la persona traía sin avisar a un hermano, primo o amigo soltero (o con pareja, ¿quién sabía?). Además, daban por sentado que ella iba a pagar.

—¿Sabes qué es bueno para el hipo? —le preguntó una tarde una bibliotecaria mirándola con atención.

¿Tendría ella también un hermano que querría conocer a extranjeras aunque no fueran extranjeras de verdad?

—¿Qué? —le preguntó Alina. 

Estaba tan cansada.

—Un buen tabaco.

—¿Un buen tabaco? No me jodas —dijo ella mientras metía los libros y apuntes en la cartera y salía furiosa de allí.

En la calle los hombres le tiraban besos y ella empezó a devolvérselos, probando el sabor de su propia lengua parda y pegajosa. Los tipos se echaban a reír. Sentía un hormigueo horrible en la boca, en la nariz, en la garganta y estaba muy mareada.

—¿Está bien? —le preguntó en inglés uno de los conserjes de un hotel cuando la vio pasar.

—Sí, sí, claro —le dijo en español—. Pero espera, ¿ya se acabó la bienal? ¿Tú sabes si tienen habitaciones disponibles?

—¿Está buscando habitación? No, el hotel no tiene, pero yo conozco a alguien…

—¿Es una habitación para no fumadores? ¿Una habitación sin nada de humo de verdad?

Él la atrajo hacia sí tomándola de la muñeca. Olía a agua de violetas y a tabaco dulzón, azucarado. No era su intención, pero le eructó en la cara y él se echó a reír, claramente asqueado, pero también algo divertido. Alina pensó que, en algún momento, él le contaría esta historia a alguien con un trago de ron de por medio y, por supuesto, un cigarro.

—Olvídalo —dijo ella avergonzada—, olvídalo —y se lo sacó de encima.

Llamó con la mano a un bici-taxi y le dio la dirección de Margaret.

Tan pronto como se acomodó, el chofer empezó a pedalear. Los músculos de las pantorrillas expandiéndose y contrayéndose como una nube. Inmediatamente se dio cuenta que estaban en una carrera. Había otra bici al lado de ellos y los ciclistas se estaban provocando el uno al otro, saltando sobre baches y piedras y esquivando malamente a los peatones. 

Tratando de mantenerse derecha, Alina saltaba de un lado para otro en el asiento del pasajero. Sintió como los músculos se le activaban y se le agarrotaban. La pasajera del otro bici-taxi gritaba como una loca, pero ella no podía abrir la boca, excepto para respirar en medio del vaho. Parecía que iban a salir volando en cualquier momento.

—Es gratis, no se preocupe —le dijo el chofer cuando la dejó. 

Se había chocado los puños con el otro ciclista cuando pasó corriendo y ahora se partía de la risa. 

Alina bajó del asiento, tambaleándose. Estaba tan mareada que tuvo que esperar a que se le pasaran las ganas de vomitar antes de decidirse a entrar en la casa.

En el vestíbulo encontró un florero lleno de girasoles y un sobre de la universidad dirigido a ella. La luz estaba encendida, pero decidió abrir la nota arriba. Empezó a cruzar la sala de puntillas hacia la escalera cuando escuchó una música tenue que sonaba detrás de la puerta cerrada del cuarto de Margaret.

Porque el sentimiento es humo
y ceniza la palabra…

Le sorprendió entenderlo todo tan bien. Se detuvo y trató de ubicar la canción… Caminó hasta la puerta de Margaret y trató de escuchar, pegando el oído. La música seguía sonando, pero había también un leve murmullo, un arrastrar de pies, y se imaginó a Margaret bailando, balanceándose al ritmo de la triste melodía. Tal vez, sosteniendo en brazos a una pareja invisible. Tal vez, no. La mano de Alina giró el pomo de la puerta, pero este se negó a moverse.

De pronto se le aguaron los ojos, le empezó a salir agua por la nariz. Sintió que estaba a punto de estornudar.

—¿Alina? —preguntó Margaret tentativamente desde dentro del cuarto.

Soltó el pomo de la puerta que hizo un chasquido cuando se liberó de su control y corrió a través de la habitación hacia la escalera, trepando como si la estuviera persiguiendo una nube de murciélagos.

Esa noche, Alina sintió un peso al lado de su cuerpo, algo como una pierna entre sus piernas. Trató de rodarse hacia un lado y luego hacia el otro, pero estaba sujetada. Cuando empujaba hacia arriba, su clítoris se frotaba contra una fuerza ciclónica, y cuando se dejaba caer, un peso descendía sobre su vientre y la hacía resoplar. En algún momento, justo antes del amanecer, lo consiguió. Fuera lo que fuese que la aprisionaba se soltó, una fresca brisa sopló inesperadamente por la habitación.

Cuando abrió los ojos, encontró a Margaret sentada con las piernas cruzadas en la habitación, en la silla que había ajustado bajo el pomo de la puerta, con la misma bata de casa, sus pies descalzos negros en las plantas. Jugaba con una fosforera y un cigarro sin prender. 

Alina sacudió la cabeza mientras se levantaba. Sintió un hormigueo extraño en la cadera izquierda mientras se dirigía al baño, donde se lavó con la puerta abierta. Primero, la cara. Después, debajo de los brazos. Y, finalmente, entre las piernas. 

Se cepilló los dientes y decidió que no se iba a peinar. Su resfriado se había ido. Tenía los ojos secos. Sus mejillas florecían.

Cuando Alina regresó a la habitación, Margaret, que había visto todos sus movimientos, se levantó y se puso el cigarro entre los labios. Alzó la fosforera y la miró.

—¿Por favor …? —preguntó Alina.

Margaret asintió.

—No sé si vas a poder quedarte aquí.

—Ah, sí, claro que sí —dijo Alina.

Margaret parpadeó y bajó la fosforera. 

—Yo fumo mucho, tú sabes. La nicotina se te va a pegar a la piel, se te va a meter en la sangre.

Alina se imaginó halándola hacia ella, pensó en su mano viajando hasta la cintura y tocando el elástico del blúmer por debajo de la bata de casa y en cómo sus pechos se apretarían contra ella.

Todo ocurriría en una neblina azul y sin una palabra.


* Publicado en inglés en The Nicotine Chronicles, Akashic Books, 2020 (traducción de Désireé Díaz). Incluido en el libro Humo y otros cuentos(2026).