Lorena Gutiérrez Camejo, el dadá y la muerte de la efeméride

Si en algo estamos todos los cubanos de acuerdo es en la necesidad de la muerte de la efeméride. El momento efeméride, tal como solemos recordarlo, era un espacio de castigo colectivo en ese recurrente evento político que llamábamos matutino. La fuente nutricia de la efeméride como institución provenía de un cuadernillo de cubierta azul y letras negras que compilaba las fechas más convenientes al proceso dado en llamar revolucionario. En ese WinZip político que te descargaban al disco duro coexistían una miríada de eventos y personas que, como fichas, se movían a conveniencia en el tablero revolucionario de los afectos de los camaradas.

Antes del último estertor de la efeméride, Lorena Gutiérrez intenta recordar que este año se cumple el 110 aniversario de la fundación del movimiento Dadá en el Cabaret Voltaire de la ciudad de Zúrich. Este movimiento fue creado como forma de protesta contra la Primera Guerra Mundial y la sociedad burguesa. 

Dadá se distanciaba del uso de toda lógica y razón para intentar romper con las obsoletas convenciones artísticas tradicionales, promoviendo el absurdo, el azar y el “antiarte”. Incluso la palabra Dadá que nombra al movimiento fue elegida, según cuenta la leyenda, al abrir un diccionario al azar. La palabra elegida representa deliberadamente “nada” y carece de un significado lógico, reflejando por definición el rechazo del grupo a cualquier tipo de dogma. 

Al establecer una comparativa entre los postulados fundacionales del dadaísmo y el trabajo artístico de Lorena Gutiérrez Camejo vemos evidentes vasos comunicantes. A Lorena le gusta la protesta, como no podría ser de otra manera dada su vocación de artista; pero protesta en tanto expresión pública de franco desacuerdo u oposición hacia una situación determinada, ley u autoridad. 

Ahí está su obra que goza de voz propia, y que no me dejará mentir. A Lorena Gutiérrez le gusta expandir los límites de la lógica y la razón en su desempeño cívico y artístico, extendiendo los hatos florecidos de la creación al campo agreste de lo político, proponiendo nuevos lenguajes y soportes visuales. Y, utilizando el hermoso lenguaje del enemigo de antaño y partner comercial de hoy, last but not least, Lorena Gutiérrez ha trabajado de manera sostenida con la literatura, los diccionarios y enciclopedias y los caracteres tipográficos de imprenta que le acercan a la fortaleza de la palabra, del logos.

El movimiento dadaísta popularizó técnicas como el fotomontaje, los poemas fonéticos y los ready-mades, objetos cotidianos descontextualizados y expuestos como obras de arte. Y es a partir de lo anterior el elemento que considero el asidero donde Lorena Gutiérrez se afinca para desarrollar su obra instalativa ¿Qué más da una habitación Dadá?

Si para los dadaístas el objeto era el protagonista, el ente activo, actor principal de la trama, Lorena Gutiérrez Camejo asume la objetualidad como mero actor de reparto, otorgándole un papel protagónico a la idea o poética que lo envuelve. Lorena, artista conceptual de larga data, entiende que la idea es osamenta; porque Lorena Gutiérrez no se desprende jamás de su esencia de artista político ni logra echar a un lado su argamasa de artista conceptual. Lorena utiliza la resignificación del objeto como el andamiaje conceptual fundamental de esta serie, y esto entronca con los antecedentes de su trabajo siempre vinculados al arte político de matiz quirúrgico y antisacramental.

Lorena Gutiérrez ha sido merecedora por designación de una residencia artística por dos meses en Villa Sträuli, en la ciudad de Winterthur, ubicada en el cantón de Zúrich. Villa Sträuli se ubica en una casa que ostenta la categoría de patrimonio histórico, y que ha sido construida en la primera década del siglo XX en un hermoso estilo neobarroco, para Hans Sträuli, el alcalde y juez de la ciudad de Winterthur. Desde hace justamente veinte años la fundación heredera y depositaria del legado de Hans y Carolina María Sträuli han establecido un programa internacional de residencias artísticas, donde Lorena es la primera artista cubana en ser designada para participar de dicha residencia.

En uno de los magníficos salones de esta casa, con brocados de seda en las paredes, una estufa del siglo XIX y antiguas pinturas que homenajean a la dinastía de los Sträuli, Lorena pretende establecer un nexo entre el movimiento dadaísta, surgido en Zúrich hace 110 años, y muy cercano en fecha a los días fundacionales de la propia Villa Sträuli.

La primera obra presentada por la artista en esta serie, y que comentaré brevemente a continuación, es sumamente hermosa tanto desde el objeto mismo hasta la idea que soporta. 

Una estufa decimonónica ubicada en el espacio expositivo, cubierta por un guardafuego en hierro fundido y abundante ceniza en su interior. Esta obra habla desde el pasado al tiempo presente: el pasado representado por el momento donde ya el salto dialéctico se ha anquilosado y, lejos de ser ley o postulado, se ha convertido en atrofia. Lorena Gutiérrez ha trabajado justamente con ese hollín o remanente de combustión que queda impregnado en la pared de la estufa. 

En esa misma pared, la artista ha desbastado levemente la superficie con una estructura de subibaja y la ha puesto a dialogar simétricamente con una fotografía personal que representa uno de los llamados momentos de definición revolucionaria: esas marchas y concentraciones, frecuentemente matizadas por discursos interminables, que mostraban a las gradas el apoyo popular a la revolución. 

Quiero ver esa línea quebrada trazada por Lorena Gutiérrez como una traducción de los vaivenes de la política insular: desde aquel editorial de Bohemia en 1959 titulado “Contra el Comunismo”, donde se negaba la deriva comunista del joven proceso, hasta el forzado carácter irrevocable del socialismo, definido en 2002 por una reforma constitucional respaldada por el 96.71% de uniformes parlamentarios. 

Siempre he sabido que Lorena Gutiérrez es una de las artistas con mayor calado conceptual y poético en la escena del arte contemporáneo cubano, y reconozco su huella de autor al comprender que uno de los sinónimos de ceniza es precisamente escoria. Como escoria fueron llamados los propios cubanos que tempranamente se desligaron del proceso revolucionario. Un cierre conceptual rotundo para esta obra colosal.

Lorena ha titulado esa obra “Cenizas de revoluciones”, y eso es una verdad como un templo. Una verdad templaria. No son tiempos de revoluciones. El mundo lleva un cuarto de siglo sin el azote de las revoluciones sociales que, entiéndase bien, todas trajeron totalitarismos. Lorena Gutiérrez habla de eso en su obra site-specific. No son tiempos de revoluciones, y ya la revolución cubana se ve consumida (o consumada) en su propio fuego, quedando un subproducto, un remanente, un desecho.

Otra obra profundamente evocadora es “Adiós a Cuba”. En ella Lorena muestra una bandera cubana perfectamente doblada sobre un perchero, ubicado a su vez en una percha con decenas de percheros vacíos. Sé que Lorena no da puntada sin hilo y, desde la titulación de la obra aludiendo a la composición para piano de Ignacio Cervantes, hasta su propia experiencia migratoria, se me develó la metáfora de esta pieza hablando de un país que se vacía, de una patria puesta en la percha de la espera, en las evocaciones que quedan cuando urge migrar. 

Migrar, huir, dejando a un lado personas, tradiciones, historias personales, recuerdos y espacios físicos para asumir la experiencia migratoria, casi siempre traumática y devastadora. He observado esta obra con la tristeza de haber visto a un país que pierde más de un millón de sus hijos en los últimos años y con el sonido de esos acordes de Cervantes, también obligado al exilio, en mi cabeza. Lorena Gutiérrez ha alcanzado con “Adiós a Cuba” una obra de arte total. 

“María Antonieta veranea en el Palacio de la Revolución” es otra obra con un marcado carácter histórico y, por ende, político. En otras ocasiones, Lorena ha realizado analogías sobre los comportamientos de las revoluciones; ahora habla desde los códigos de la Revolución Francesa, esa revolución que, amparada en los principios de libertad, igualdad y fraternidad, implantó un régimen de terror donde era difícil mantener la cabeza sobre los hombros. Claro, toda consecuencia tiene una causa inevitable que la determina y la sostiene. Y ese régimen de terror, antesala del imperio, tuvo su causa en la desconexión de la monarquía con las clases más bajas. 

Se cuenta que un noble le comenta a la reina María Antonieta que el pueblo no tenía pan para comer y ella, no sin espanto, responde: “Pues que coman pasteles”. Y esos son dos de los pilares objetuales y conceptuales de esta obra: pan y pasteles. Un metrónomo marca el tempo de la escena y una bandeja de plata quiere apuntar a esa desconexión de la fuerza política dirigente respecto de la sociedad sobre la cual se erige.

Hay otro grupo de obras que me recuerda mucho ese ensayo fundamental de Jorge Mañach, “Indagación del choteo”, por su tangencialidad con este noble arte del choteo y el tiempo presente en que fueron gestadas las mismas. 

Una de esas obras es “Conversaciones secretas en las más altas esferas”. Esta obra está soportada en un juego de ajedrez de bolsillo, de dimensiones muy pequeñas, donde ha desaparecido con toda intención un peón anónimo para ser suplantado por figuras humanas de modelaje arquitectónico. En los habitualmente beligerantes ejércitos contrarios, referidos a las fichas negras y blancas del ajedrez, Lorena hace una alusión directa a los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, que sostuvieron encuentros secretos justamente en los días de residencia de Lorena Gutiérrez en Villa Sträuli. 

Por esos días se sospechaba la realización de conversaciones, sostenidas en secreto, al margen de la diplomacia actuante y de espaldas, como suele suceder siempre, a la opinión pública cubana. En nuestro país no se tienen noticias del interlocutor, solo sospechas, y lo peor que hay, bien se sabe, es una sospecha con matices de certeza.  

No es la primera vez que Lorena Gutiérrez trabaja sobre este tema de las conversaciones sostenidas de manera cíclica entre el gobierno cubano con el gobierno de los Estados Unidos. El políptico pictórico “Conversaciones Secretas” declara en su propio statement fundacional: “Varias han sido las reuniones de este tipo sostenidas durante el último medio siglo. El detonante podría haber sido aquel mensaje manuscrito que emitiera Henry Kissinger para Fidel Castro en octubre de 1974, diciendo que ʻno hay razón para una hostilidad perpetua entre ambos paísesʼ, y que recibiera este de la mano del periodista Frank Mankiewicz. Otro ejemplo de reuniones de alto nivel fueron las acontecidas entre 1977 y 1981, bajo el gobierno de Jimmy Carter, a través de los banqueros cubanoamericanos Bernardo Benes y Carlos Dascal y de Paul Austin, amigo personal de Carter. Asimismo, las reuniones que permitieron el canje, en 2014, del contratista estadounidense Alan Gross por los espías miembros de la Red Avispa, un evento que marcó un giro en las relaciones bilaterales entre los dos países. También deben ser incluidas las negociaciones recientes para la liberación de presos políticos encarcelados tras las protestas del 11J en Cuba”.

“Esta obra pictórica –como también lo hace la obra objetual– devela la tirantez insular entre transparencia y opacidad en las relaciones diplomáticas. Los sellos postales, tradicionalmente asociados con la comunicación directa, se transforman aquí en portadores de secretos y acuerdos ocultos. Las marcas negras que cancelan los sellos simbolizan tanto la secretividad como el cierre definitivo de capítulos históricos, mientras que los escudos estatales reflejan el control institucional castrense sobre estos procesos negociadores”.

Otra pieza en esa sintonía es “El agitador y la canasta básica”. En ella Lorena Gutiérrez despliega sus cotas más altas de cinismo personal y conceptualismo. Aunque en toda la serie se respira esa atmósfera dadaísta, es quizás en esta obra donde mayor influencia dadá pueda percibir, recordándome especialmente aquella belleza inusitada del “encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas”. 

Esta frase, escrita por Isidore Lucien Ducasse, y que un día sirvió a los dadaístas como base de inspiración, hoy refleja la intención de la artista de canalizar encuentros fortuitos entre elementos dispares y encontrar la belleza en lo insólito. Lorena fomenta el caos ante lo azaroso. Encuentra un atizador muy antiguo, ese instrumento utilizado para avivar el fuego del hogar, porque hogar se le llama también a ese espacio físico donde existe la chimenea, y lo coloca en una cesta de mimbre trenzado, también muy antigua. Pero es nombrando la pieza donde Lorena multiplica sus capas de significación. En el argot habanero, agitador es quien enciende una querella, y la canasta básica se le llama usualmente a la menguada ración de alimentos que el Estado entrega a la población. Esa canasta básica, en vías de extinción, Lorena la toma como endoesqueleto del sistema motor de su obra.

“Comprenda quien quiera” es otra de las obras site-specific que habitan en “¿Qué más da una habitación Dadá?”. Esta pieza comprende un sillón de estilo presidencial, de brazos y patas torneadas en madera de caoba, que quizás recuerde a aquel trono que corona una sala del Museo de los Capitanes Generales, en La Habana, Cuba, donde se había previsto un salón de reyes para una visita real que nunca sucedió durante los años de dominio español en Cuba. Claro, aquel trono del Palacio de los Capitanes Generales era de seda satinada roja con borlas en dorado, como los colores de la bandera española. Esta silla que ha utilizado Lorena en su obra es de un verde oliva desteñido, pero que aún mantiene su elegancia de antaño.

Quizás la metáfora que Lorena Gutiérrez refiere es que el gobierno cubano está funcionando como una sucesión dinástica más que como la democracia participativa que blasona ser. Ese patrón de abanicos bordados en su seda, usualmente llamado Art Decó 1927, le interesa a la artista porque apunta a que en ese año Cuba gozaba de una prosperidad inusitada: el inicio de la construcción de la Carretera Central, el comienzo de los vuelos aéreos internacionales, la fundación del Grupo Minorista y del Grupo de Avance en la esfera de la cultura. Todo apuntaba a un desarrollo económico social que se vería pospuesto por la revolución de 1959. No descarto tampoco el simbolismo de ese abanico bordado como un elemento que apunta a las élites, a las jerarquías y a las altas esferas. 

Otra de las obras heredera del momento es “El juego de las medidas”, que ubica espacialmente a tres pelotas inflables de distintas dimensiones y colores. Algo que quiero destacar en esta serie es la denotación de las obras: Lorena nombra cada una de estas piezas para dar claves de distintas líneas de pensamiento que le queman las manos. Hay pocos objetos más lúdicos que una pelota, y eso pudiera desconcertar al espectador, pero quiero interpretar que ese juego al que se refiere Lorena en estas obras alude a lo inexacto, a esa unión de dos o más piezas de modo que mantengan entre ellas alguna libertad de movimiento, como la de las articulaciones o las coyunturas. Sí, porque Lorena sabe que la libertad en la economía es el camino más corto para llegar al progreso que determine las mejoras de las condiciones de vida del pueblo, su pueblo.

Esta obra nace de las recientes medidas económicas dictadas por el gobierno cubano para mejorar la economía. Medidas que el propio gobierno sabe que deben ser urgentes, inmediatas, pero sobre todo razonadas, sistémicas y bien pensadas. Pero el juego al que se refiere la artista estriba en que quienes diseñan estas 176 medidas son los mismos que ya implementaron los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución para el periodo 2021-2026, el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social (PNDES 2030), la bancarización, el Peso Cubano Convertible, el Método Único para el Cálculo del Producto Interno Bruto y un largo etcétera.

“¿Cuántos elefantes penden de esta frágil y endeble tela de araña?” es una obra notable por su levedad, y diseñada a partir de la rotura. Una presilla de pelo, el llamado coloquialmente pellizco de pelo, es ese artefacto que sujeta y acomoda el cabello. A Lorena Gutiérrez le resultó evidente el parecido a una araña, ese artrópodo pariente del cangrejo. Y esta analogía le recordó de inmediato esa canción de infancia que medía la resistencia de una endeble tela de araña ante el baile frenético y desenfrenado de elefantes, cuyo número se iba incrementando de verso en verso, de tiempo en tiempo. 

Esta canción infantil intenta desafiar, en su concepción inocente, las inmutables leyes de la física y las estrictas leyes de la lógica. Pero sucede que Cuba es patrimonio de lo irracional y tierra fértil para lo descabellado, otra razón para el uso del pellizco despertador en esta obra de evidente espíritu dadaísta. Y es ahí donde Lorena actúa con sagacidad meridiana para asestar certeras estocadas de florete. 

Lorena identifica a los elefantes como aquel grupo de poder compuesto por instituciones y personas cuya existencia y supervivencia gravita sobre el marchito tejido empresarial y el paupérrimo sector económico; y ahí surge la pregunta siniestra que da título a la obra: ¿Cuántos elefantes penden de esta frágil y endeble tela de araña? La artista se interroga, entre líneas, sobre la imposibilidad de sostener tanto elefante cuyo sentido no es más que oscilar sobre esa urdimbre que evite la caída final. Lorena no ofrece una respuesta, solo genera preguntas incómodas. ¿Y no es acaso ese también el sentido primigenio del arte?

“Manifiesto Kuba” es una obra anterior a todas las presentadas en “¿Qué más da una habitación Dadá?”. Fue realizada hace más de quince años y es una reinterpretación del Manifiesto Dadá firmado por Tristán Tzara en 1916, donde Lorena ha sustituido cada palabra Dadá por la palabra Cuba, queriendo hablar de ese dadaísmo cotidiano que se vive en la isla: esa manera ya no de apartarse de la realidad más objetiva y tangible, sino de negarla o manipularla por una ideología inmanente.

Porque cuando Tzara dice que Dadá no significa nada, Lorena dice que Cuba no significa nada. ¿Y qué sucede entonces? ¿Acaso Lorena ha renunciado a la Cuba que le vio nacer? No. Lorena quiere hablar de esa Cuba que ha sido secuestrada por un poder superior y que hoy habla desde una traducción, desde una leyenda al pie de mapa, desde una ficción política.

Cuando Tzara dice: “Así nació Dadá, de una necesidad de independencia, de desconfianza hacia la comunidad. Los que están con nosotros conservan su libertad. No reconocemos ninguna teoría”, Lorena habla del nacimiento de una nueva Cuba, del alumbramiento de esa nueva raza de hombres que será la amalgama de la nueva Cuba. Esa Cuba que está a punto de nacer y que, ya sea desde la manipulación del parto y del cuidado en los primeros años, garantizará su desarrollo ulterior. 

Lorena Gutiérrez ha demostrado, creo que con esta obra en notable mayor medida que en el resto, que el dadaísmo está anclado en altísimo grado, incluso si se quiere por negación o descarte, a la realidad circundante de su Cuba. Una realidad, eso sí, marcada por el desencanto, la desesperanza y la huida. 

“Podio” penetra en el campo fértil del surrealismo, cruzando la guardarraya del dadaísmo. Son tres peanas de las que soportan obras de arte, fundamentalmente objetuales o escultóricas, a modo de podio imposible. Se sabe que en los podios se establecen alturas para la entrega de cada una de las preseas: el lugar más alto para el oro, el intermedio para la plata y el de menor altura para el bronce. 

Lorena ubica todas las peanas al mismo nivel, a la misma altura, y encuentro ahí una primera capa de significación, intentando desvirtuar, al menos desde el escenario del arte y la creación artística, una igualdad de niveles sea cual fuere el resultado obtenido. Lorena ha trabajado mucho el tema de las medallas, pero desde el escenario del conflicto militar y cultural. Esta es la primera obra que habla de las medallas desde el deporte, pero también interpreto un latigazo al mercado del arte. 

Puede que muchos no hayan escuchado hablar de la Emulación Socialista, del Día de Haber para las Milicias de Tropas Territoriales o de la Sociedad de Educación Patriótico Militar, toda esa argamasa documentada en diplomas, reconocimientos y estímulos morales con la que se conformó el hombre nuevo está en esta obra. Esos elementos vitales se los ha apropiado Lorena Gutiérrez en su podio imposible que corona la habitación Dadá.

“Autorretrato en Zúrich” consta de cuatro atriles que soportan lienzos pintados de un dorado encendido y todo pareciera una fotografía múltiple, repetitiva, como una ráfaga que se produce cuando dejas el dedo sobre el obturador del móvil demasiado tiempo. Si así fuera, todo será demasiado sencillo y Lorena no presume de sencillez. Esta obra tiene un referente directo en la Poesía XI de Paul Eluard, del libro titulado “Segunda Naturaleza”. Porque ese es también un postulado de Lorena Gutiérrez Camejo: ahondar en la segunda naturaleza de las cosas, esa piel otra que queda cuando la epidermis ya no existe. Dice el poema de marras:

En las grandes inundaciones solares
Que decoloran los perfumes
En las lindes de las mágicas estaciones
En los soles derramados
Hermosos como gotas de agua
Los deseos se desdoblan
He aquí que han elegido
Las torturas más contradictorias
Rostro admirable todo desnudo
Ridículo rechazado como rebelde
Exiliado
Sesgo secreto
Camino de carne y cielo de concha
Y tú cómplice miserable
Con lágrimas entre las hojas
De ese gran muro que defiendes
Para nada
Porque creerás siempre
Haber hecho el mal por amor
Ese gran muro que defiendes
Inútilmente.

Esta obra es medular porque nace en la médula ósea roja de los huesos de su artista. Esta pieza es el mascarón de proa del conjunto dadaísta. Nadie confunda pompa con alegría, ni exceso de dorados con descompromiso. Ese mismo autorretrato, que ubica a la artista en el espacio geográfico donde se funda por decreto el dadaísmo, es el espacio donde Lorena Gutiérrez Camejo lleva obras que hablan de Cuba desde el dolor, la añoranza y la responsabilidad. Ahí está su ráfaga de selfis sin imagen, porque Lorena entiende que no es ella la que importa ahora. 

Hay urgencias, y son esas urgencias las que hacen sonar las sirenas y las alarmas. Lorena sabe que no es momento ahora de reproducir su imagen y sus egos, pues el dorado suele encandilar al viandante. Se sabe que esos atriles no generarán música alguna, pues ya las bandas municipales de antaño no existen. Hoy las bandas son otras. Las retretas de ayer son las reyertas de hoy. 

“La lección de pintura” es una serie en sí misma. Sobre ella ha dicho la propia Lorena Gutiérrez que es un intento de cuestionar el concepto de autoría. Es una serie que trasciende la apropiación visual para convertirse en un incisivo ejercicio crítico que interpela las estructuras del arte contemporáneo y sus sistemas de legitimación.

En esta serie, Gutiérrez Camejo interviene pinturas académicas anónimas adquiridas en un mercadillo de Zúrich y Basilea (las otras obras que conforman la serie han sido adquiridas en el Rastro de Madrid) pintadas con imágenes de paisajes, naturalezas muertas y escenas tradicionales sin firma ni reconocimiento, sobre las que pinta, a mano, íconos del arte contemporáneo fácilmente reconocibles, como Warhol, Basquiat, Banksy, Mondrian o Kusama. 

Esta fusión entre lo académico y lo pop, lo anónimo y lo célebre, genera un interesante equilibrio visual y conceptual que subvierte con cinismo las jerarquías históricas, desdibujando fronteras entre original y copia, autor y apropiador. Lorena utiliza el camuflaje visual como estrategia estética para seducir al espectador con una superficie familiar y armoniosa, para guiarlo luego hacia una reflexión más compleja sobre la autoría, la propiedad intelectual y el valor en el sistema artístico actual.

Y es que Lorena Gutiérrez Camejo entiende que no hay manera posible de evadir una realidad concreta, un espacio vital concreto; que cada objeto trae consigo una carga infinita de significados que siempre la devuelve a su Cuba natal, a su isla infinita, a su Habana de la infancia y la juventud, que, como diría Paul Eluard, puede entenderse como una capital del dolor.



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