Los vítores se alzaban entre la multitud enardecida mientras esta observaba a su máximo líder avanzar con paso firme después de depositar el voto en su colegio electoral. Como ya era habitual desde hacía tiempo, Fidel Castro —jefe indiscutible de la Revolución cubana durante los cuarenta años anteriores— salió al encuentro de la muchedumbre expectante en las calles, fuertemente custodiadas, cercanas a su casa, una residencia con aspecto de fortín en el barrio del Vedado. Se proponía practicar con sus seguidores una suerte de “democracia directa”: un intercambio espontáneo con cualquiera de los presentes que fuera lo bastante valiente para dirigirle la palabra.
En ese momento, un anciano negro llamado José comenzó a abrirse paso pacientemente entre la multitud. Llevaba de la mano a su nieto de once años, Abraham. A diferencia del resto, el anciano no tuvo que armarse de valor para acercarse al dirigente ni hacer nada especial para llamar su atención. Fue, en cambio, el todopoderoso Castro quien buscó a “Pepe” entre el gentío aquel día.
De hecho, cada cuatro años, tras aquella escenificación electoral destinada a reafirmar públicamente el compromiso revolucionario de la nación con la democracia socialista, Fidel buscaba a Pepe para saludarlo y preguntarle cómo llevaba la jubilación. La razón era que José “Pepe” Inés Ríos —nacido a comienzos de la década de 1930— había servido durante muchos años a la Revolución como uno de los guardaespaldas de mayor confianza del Comandante en Jefe.
La casa del Vedado que Pepe y su esposa, Mirta Montano, compartían con su nieto Abraham durante los últimos y duros años del Período Especial, a finales de la década de 1990, les había sido otorgada en los años sesenta en reconocimiento al servicio valiente y leal del guardaespaldas. Toda aquella sección del barrio era, de hecho, una “zona congelada”: un área residencial reservada exclusivamente al amplio dispositivo de seguridad personal de Castro y a sus familias, dado que él vivía a la vuelta de la esquina.
En los treinta y cinco años que llevaban viviendo allí, la pareja había convertido su hogar prácticamente en un altar a Fidel. Cuando Abraham se fue a vivir con ellos tras el divorcio de sus padres, el modesto apartamento estaba decorado con las numerosas condecoraciones y certificados militares de su querido abuelo. Estos ocupaban un lugar de honor en las paredes casi desnudas, junto a fotografías de un joven Pepe al lado de dirigentes revolucionarios como el ya fallecido Camilo Cienfuegos.
Otras imágenes mostraban a Pepe saltando de un tanque en movimiento, jugando pelota con el “barbudo” y rindiéndole orgullosamente saludo en un desfile militar.
Las paredes del hogar exhibían incluso una fotografía de Ernesto “Che” Guevara, sonriente y con un mojito en la mano, de pie entre los recién casados. Pepe y Mirta le habían pedido que fuera su padrino de bodas, pues Pepe también había sido guardaespaldas suyo.
Un cuarto de siglo después, en sus memorias de 2024, Aterrizar en el mundo, Abraham, ya adulto, recordaría aquellos últimos años de su infancia junto a sus abuelos paternos como una etapa bastante feliz, a pesar de haber transcurrido durante el demoledor Período Especial que siguió al derrumbe de la Unión Soviética en 1991. Relataría también cómo sus abuelos mostraban con orgullo a todo visitante aquel altar revolucionario y un televisor vintage de pantalla verde, un General Electric de los años sesenta, recordándole siempre que el preciado aparato había sido un regalo de bodas nada menos que del propio Che, el mártir más famoso de la Revolución.
Cuando Castro divisó a Pepe entre la multitud, también reparó en el niño que llevaba de la mano. Suponiendo, con razón, que se trataba del nieto de su antiguo ayudante de campo, el dirigente cubano le preguntó de inmediato cómo se llamaba, mientras bajaba su enorme mano para darle una cariñosa palmada en la cabeza antes de estrechársela. Luego preguntó, con su inconfundible y potente voz:
—¿Y qué quiere ser Abrahamcito cuando sea grande?
Sin dudarlo un segundo, el anciano respondió:
—¡Revolucionario, y después lo que quiera!
Y, como si hubiera estado ensayado, el mar de vecinos que los rodeaba rompió en aplausos ante la ocurrencia de Pepe y comenzó a corear la frase, al estilo de una conga de llamada y respuesta:
“¡Revolucionario, y después lo que quiera!”
“¡Revolucionario, y después lo que quiera!”
Por su parte, el pequeño Abraham —que había nacido en 1988, durante los últimos años de la llamada década de oro de la Revolución— estaba radiante de orgullo. Después de todo, su querido abuelo era su mejor amigo. Además, como la mayoría de los niños de su generación, Abraham admiraba profundamente al mítico Castro y su Revolución, y por entonces creía que eran “lo mejor del mundo”.
En los años siguientes lo vería pasar por delante de su casa muchísimas veces, en su típico convoy de tres Mercedes-Benz negros e idénticos. De hecho, de niño Abraham estaba tan fascinado por el heroísmo épico de la Revolución que insistía en que su abuelo lo entretuviera con historias extraídas de su inagotable repertorio revolucionario y castrocentrista, en lugar de interesarse por cuentos de hadas o superhéroes, como la mayoría de los chicos de su edad.
Sin embargo, al llegar a la edad adulta, Abraham escogió estudiar Periodismo. Poco después de graduarse en la Universidad de La Habana, intentó escapar de los rígidos confines de la prensa oficial y ejercer su oficio de manera independiente. Con el tiempo, aquella decisión trascendental lo obligaría a enfrentarse al hecho de que ese impertinente acto de hacer realmente “lo que quería” —el deseo exacto de su abuelo— chocaba de forma directa y traumática con el orgulloso legado revolucionario de su propia familia.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.














