La colisión con el planeta Melancolía


Los estados de ánimo son flechas atravesadas en el cuerpo y la mente. El planeta Melancolía al que alude Lars Von Trier en su filme, enorme y arrasador, se aproxima al planeta Tierra. No sabemos lo que nos deparará la colisión. ¿Quedará La Tierra anegada en fuego? Quizás el agua calme el efecto de los múltiples incendios, en lo que aún conserve un poco de movimiento y en el paisaje estático. El estatismo total es muerte segura. 

Abandonados de la mano de Dios, bosques enteros desprenderán olor a cenizas. En los ríos correrán aguas teñidas de rojo carmesí. Blancas flores flotarán en el aire, como salvadas por breves segundos. Me pregunto si los cuerpos desmembrados, convertidos en átomos luminosos, podrán hallar la reencarnación para su salvación final. Todo resultará tan anómalo e imprevisible para que la humanidad recobre la fuerza y la armonía malograda. Las llamas del planeta Melancolía limpiarán la podredumbre de milenios de almas descreídas. 

Este sueño ha venido de la mano de la Dama Oscura, pero no tendrá una consecuencia maligna sino redentora. Y es en este momento cuando más necesitamos cambios drásticos para aceptar lo desconocido. No será posible sustraerse a la inmensidad de ese planeta. Habrá que enterrar el antiguo rostro de la desesperanza bajo una capa amorosa, sin pensar en el miedo, a pesar del resquebrajamiento de la raza humana. La iniquidad tiene un límite en la Isla, en el planeta Tierra, en cada uno de nosotros. 

Todos los días, el gato negro entra en mi habitación y husmea en los rincones, duerme en el closet después del mediodía. La tarde del verano es insoportable. Su función es absorber la negatividad y espantar los fantasmas. Siempre agradezco su sombra protectora y la frescura que irradia su piel cuando lo acaricio. 

Se dice que los animales observan y presienten eventos más allá del ojo humano. Ellos no exigen retribuciones egoístas, solo amor puro. De alguna forma, hemos olvidado la cadena que nos une a las criaturas, los perfectos siglos de convivencia. Si fuéramos, por ejemplo, mitad oveja (cabeza y extremidades superiores), sentiríamos la integración, la bondad perdida.

Estamos conscientes de esto: la verdad absoluta es que quieren que seamos las ovejas que nunca van a desafiar al mal pastor. Si por accidente (o acción provocada) caemos en masa por el precipicio, al pastor no le preocupará, ni será un grave problema para él. Fácilmente, hallará otras ovejas y un perro fiero para gobernarlas. Un perro entrenado para morder y desgarrar la carne.  

Conocí a una viejita que su anhelo era cumplir cien años para ver la transformación del sistema. Le hablé del planeta Melancolía y no me creyó. Iba a almorzar a un comedor para jubilados, pero últimamente en el precario menú solo ofrecían potaje aguado, sin viandas ni condimentos, y un extraño picadillo. Ella se comía el caldo, la proteína se la llevaba a su mascota. Una vez le compré un cartón de huevos y se puso a llorar.

Ocurrió lo inesperado, se anticipó al arribo del planeta. La cisterna del patio se secó y la novela terminó con la única bombilla titilando. Después, se apagó. Hubo más silencio del acostumbrado. El perro se puso a ladrar un buen rato. Luego, terminó escapándose por una ventana abierta. 

Los ancianos que compartían las mesas en aquel sitio no la echaron de menos. Para los otros viejos era el hazmerreir, la loca pretenciosa que iba a llegar a los cien años. La que los enterraría a todos. 

María, una amiga de la infancia abrió las llaves del gas y se acostó temprano. Esa noche no salió la luna, sino Antares, la gran estrella roja que emerge desde el crepúsculo. Si bien la culpable fue su hermana blanca-azul, que la envolvió en su nube sin la menor compasión.

A ella la encontró su ex marido, el tipo aún conservaba una copia de la llave del apartamento y había ido a buscar algunas de sus pertenencias. Durante la época más próspera, la trataba como a una princesa. Mas cuando empezó el caos, la negrura y el hambre, la depresión se le metió como un virus impúdico. 

Entonces la halaba por el pelo para sacarla de la cama y que le hiciera un plato de comida. También solía forzarla, aunque ella le decía llorando que no se sentía con ganas de “eso”. Nunca entendió, o no le importó, entender su enfermedad. 

Cuando no entraba el agua en el edificio, la mujer permanecía ensimismada por horas, sin ganas de hacer nada. Los fulgores de alegría duraban segundos y a continuación volvía a apagarse, hasta detener todo movimiento físico. 

El psiquiatra que la atendió en el policlínico no se interesó en su historia personal. Sin mirarla siquiera, le prescribió Amitriptilina, un medicamento que la volvió zombi. En los Estados Unidos a los loqueros les pagan por escuchar, aquí enseguida te tapan la boca con pastillas que tienes que conseguir por tu cuenta y riesgo. Y lo más probable es que te quedes con los bolsillos virados al revés. 

La melancolía es un mal intangible. Luego trasmuta a un cuerpo sólido, afianza sus raíces dentro de la cabeza, evoluciona aún más como un jardín abyecto que te rodea y termina ocultándote. Se debe hallar una cura para evitar que prospere y se adueñe del corazón. 

Yo apelo a Mea Lux. Muevo la rueda en sentido inverso, volviendo a lo que está escrito y no desaparece. A la letra enrevesada en una vieja libreta escolar, con márgenes de florecitas amarillas y corazones rojos. 

A la niña que jugaba al pon, aunque odiaba los números. Al barrio donde los adolescentes se escondían tras las columnas de un portal jugando a juegos prohibidos. A los padres dormidos con la luna reflejada en sus rostros. A la joven leyendo, con una lamparita, relatos de misterio de Edgar Allan Poe. 

Cuando el planeta Melancolía esté cerca, tomaré a mi hijo de la mano y construiremos una pirámide con ramas secas. Estaremos resguardados dentro de la pirámide con los libros más queridos y nuestro gato negro. 

No haremos pausas inútiles, la lectura compartida alejará el miedo y la ansiedad. El planeta Melancolía es mayor que el planeta Tierra. Seguramente habrá una devastadora colisión. Mientras tanto, leeremos sin parar.