Élites, élitros

En La Habana del Caos y la Destrucción,
3 de agosto / 2026. 


El poeta y ensayista Jorge Luis Arcos tuvo a bien mostrarme, una tarde de 1986, en la biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística, un extenso relato de Algernon Blackwood (acaso el mejor de los suyos) titulado “El Wendigo”

Me advirtió que era escalofriante, así de sencillo, y compartí ese sentimiento con él tras una lectura inicial (hecha de día, por cierto) que me marcó para siempre. 

Muchos años después me dijeron que pertenezco a una élite, y me he inquietado lo suficiente como para averiguar, con alguna dosis de corrección, cuál es. (Viene y no viene al caso, pero me apresuro a decir que no soy un carota impúdico, así que no culpo a las élites de casi nada). 

Trabajo con ficciones, la mayoría atravesadas por un sentimiento de pavor y curiosidad. Leo esas ficciones y las someto a meditación, porque la ficción literaria crea subrepticiamente capas en torno al yo. Por otra parte, no sé hacer otra cosa que interrogar al lenguaje, que es, según George Steiner, la creación incesante de mundos paralelos y alternos. Esta acotación de Steiner es altamente significativa. Hace del lenguaje un destino que se revierte en origen para regresar como destino.

(Pertenecer a una élite de Grandes Poderes Materiales, que obviamente no puede incluirse en la Dinastía del Espíritu, y echarles las culpas del Gran Desastre a aquella élite es un acto cínico, indecente, desfachatado.) 

Cuando perteneces a una élite espiritual te salen élitros, como tienen los escarabajos de Seth, que volaban en dirección al oro de los dioses. No se trata, claro, del precioso metal, sino de un enorme paquete de conocimientos donde se hallaban (se hallan) las respuestas a las preguntas sobre el mundo. 

Es tradición que el Mal se vincule con el Saber: una de tantas falacias. Acá el Mal es pillería, bribonada obscena, falta de empatía, deshumanización absoluta y una indoblegable ambición de predominio y control.

La élite a la que pertenezco vive entre libros, pero no renuncia a observar el mundo. La otra élite se siente segura (entre bienes rumbosos y prósperos) y vive intercambiando disfraces y máscaras, confeccionando cortinas de humo, elaborando discursos y jugando un ajedrez contaminante donde hay más de dos tableros.

Cuando lees “El Wendigo”, te das cuenta de que lo espantoso proviene de la incapacidad del narrador (y del lector) para definir la forma de una criatura elemental que gobierna lo instintivo, las regiones vírgenes, el mundo salvaje y la emoción atávica. Al final, comprendes que el Wendigo ha vivido acaso desde el período cámbrico y que habita (eso es lo peor) en la configuración embrionaria del genoma humano. Pero yo solo enuncio hipótesis.

Enunciar hipótesis sobre qué dice o significa un texto, o una escritura (que es algo menos definido que un texto), y hacerlo mientras un mundo colapsa en todas direcciones es una actividad propia de quien pertenece a esa élite a la que me refiero y sobrevive centrado en un paisaje intangible. Lo sé bien. Uno camina, escéptico, entre dos abismos: el del sentido común y el del pesimismo. Pero allí están los textos y allí mismo se escuchan las pezuñas del Wendigo pisoteando el musgo.

Steiner escribió una pasmosa noveleta titulada El traslado de A. H. a San Cristóbal. Desde el inicio mismo, sabemos que hay un personaje-enigma llamado el “hombre ancianísimo”. Es A. H., hallado en la selva. A. H., Adolf Hitler. Vivo aún. Escondido. Un náufrago de sí mismo. 

Quien lo interpela por primera vez es un joven. Un buscador de criminales de guerra. “En el nombre de Dios. Mírate. Mírate. Tú. Salido del infierno”, le dice. 

Es el hombre cuya voz podía incendiar ciudades enteras. “Dios te entregó a nuestras manos”, añade. Steiner se atreve a reproducir el habla y los pensamientos de Hitler y sentimos cómo nos sepulta un peso brutal y, aun así, humano.

El Mal Absoluto es indefinido y poco práctico. Sus concreciones, no. Cuando puedes memorizar y hacer que la destrucción sea efable, entonces también puedes definir. Si a eso se añade lo sobrenatural y el daño a la bondad de la Naturaleza, entonces aparece lo novelesco en una variante gótica justiciera: no puedes herir impunemente a las criaturas donde Dios pone una marca imposible de explicar, pero testificable

Por eso recomiendo leer El único indio bueno, de Stephen Graham Jones. Notable en el mundo de la literatura de terror, Graham Jones es un American Indian que conoce muy bien qué significa y qué consecuencias trae romper los límites que la sabiduría de las deidades prescribe.

Lo único aceptable (de corazón) de pertenecer a la élite donde me incluyo, consiste en no vanagloriarme de ella. Ni siquiera (hay que evitar las tonterías) bajo el imperio injurioso de los apagones y el calor, la falta de agua y las demás atrocidades. Pero, a mi modo de ver, hay una breve opción de vanagloria o de presunción reales y aceptables: cuando tienes frente a ti a uno de esos patanes que parecen personas decentes y de gran lucidez y en verdad no son más que unos malhechores.

“Delicados pastos”, de la moscovita Anna Starobinets, es un relato incluido en su extraño y perspicaz libro La glándula de ÍcaroLa historia tiene que ver con los límites del cuerpo y la disolución de la identidad dentro de un trans-humanismo tan aterrador como desatinado. 

Las leyes de ese futuro tecnológicamente todopoderoso no pueden, sin embargo, superar lo que la maravilla del cuerpo humano significa y es. Y el cuerpo humano en sí, en especial si es un cuerpo joven, deviene un bien inapreciable, escaso y muy codiciado, en especial por quienes aspiran a la inmortalidad y, claro, tienen dinero en cantidades ingentes. 

Por eso la pena de muerte, que es un procedimiento casi sin importancia, es tan corriente. Puedes reimplantar tu conciencia en una paloma o un ciervo si tienes bastante dinero, pero solo en otro cuerpo humano si tienes muuucho dinero. 

Starobinets posee la actitud impávida de quien traduce las señas del futuro que el presente guarda e insinúa. Solaris, del polaco Stanislaw Lem (nada menos que todo un clásico), es la demostración de que un Dios, en tanto creador, no tiene por qué ser pasional, ni emotivo, ni filosófico, ni antropomórfico, ni meditativo. Tan solo le bastaría ser una inteligencia serena e inconmensurable donde la comunicación consista en 1) la anulación del tiempo y 2) la materialidad hacedera de la información. 

Lem presenta al lector no solo ese planeta oceánico de masa pensante (y terriblemente lógica), sino que refuerza su presencia (la hipótesis de su presencia en algún punto del universo en el que la conciencia demuestre ser independiente del cerebro humano) contándonos la fascinante historia de las ideas científicas sobre lo que Solaris es o podría ser.

(Ahora mismo, cuando insisto en los poderes de las élites, por fortuna tan dispares, escribo este texto con la carga de la batería de mi laptop: estoy entre regresar a los libros y regresar a la contemplación del cúmulo de declaraciones irrealistasde una élite para la cual yo, y otros tantos como yo, no somos más que números, fichas, nombres, identidades sin importancia.)

Pero ahí está Bones and all, de Camille DeAngelis. Una ficción casi “tierna” sobre el vínculo sentimental entre una devoradora y un devorador. Se supone que en el mundo hay caníbales activos y caníbales pasivos. En realidad, Bones and all narra la historia no de dos caníbales (un concepto acaso envejecido, o premoderno), sino que se adentra en lo que sería hoy un ghoul, esa criatura lovecraftiana que DeAngelis despoja de su clásica fealdad monstruosa para embellecerla y acentuar el peligro. 

Hay una película homónima realizada por Luca Guadagnino. El director aprovecha mal, en un guion que cambia muchas cosas en favor de la médula sentimental, esa suerte de ternura que se desliza en el libro. Lejos de controlarla, la desborda. Aun así, los amantes (Taylor Russell y Timothée Chalamet, imagínense ustedes) son seres cuya identidad se cifra en la muerte a dentelladas. Morder, desgarrar y comer hasta un límite: el de los huesos de la persona que sufre la devoración. La última escena de la novela, que es ciertamente mucho mejor que la película, me parece de una perversidad extraordinaria.

(“Si ellos pudieran acceder a la mística del canibalismo, lo harían. Tienen el control absoluto”, me dice Mimosa Peluda, luego de encender una vela de lavanda y asomarse a la pantalla de la laptop y leer un poco. Por esta vez tiene razón. ¡Si ellos pudieran! “Pero no lo harán porque son unos ignorantes grotescos y no pasan de ser amos y jerarcas de poca monta”, respondo.)

Ánima, de Wajdi Mouawad, es un insólito oratorio que vomita encima del lector una historia dolorosa y fascinante. Difícil contarla o resumirla. Tiene que ver con un asesinato delicadamente atroz, en el que el cuerpo de una mujer queda como el residuo, en éxtasis, de una escritura esquizoide. También tiene que ver, cuando ciertas fronteras de la abyección quedan rotas, con la presencia, en la escritura, de las voces de un grupo de animales que hablan de lo que sucede, como si conformaran un coro griego actual. Wajdi Mouawad, libanés-canadiense, es también dramaturgo, actor y poeta. 

Uno entra dentro del círculo de la élite y sale de él para volver a entrar y repetir ese vaivén todas las veces que sea necesario. No hay manera de controlar eso. Hoy, al habitar en el interior de la nube tóxica que escapa de la persistencia, tan falaz, de lo utópico, el asunto de cargar el programa de la élite (lo diré así) pasa por habilitar, con el cuerpo y con la mente, una multitud de micro-éxodos. 

Las personas escapan, huyen, y ahí va quedando, como testigo impar, la vergüenza de un espacio vacío cada vez más vacío.






Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.