A veces uno está bajo el Árbol donde anida el Mensajero Alado de Buda, que te trocea y te descarna cuando eres tonto, crédulo y miras sin ver. Allí estás, bajo ese árbol que en realidad es una matica de café medio reseca ya y sin frutillas, e imaginada, sin embargo, como un ejemplar misterioso y de envergadura mítica, de gloriosa madera legendaria, hojas de aroma singular y ramas enormes.
Quimera y realidad de la ilusión: la herencia del Gran Manipulador, el Gran Malhechor Egotista.
Hay un Fanfarrón Hiperbólico, tipo común de esquinas, bares y cantinas, que habla del pasado como si lo masticara. Dice que no sabe a nada. O que sabe, sí, a eso mismo: a nada. Ha comprado, para acompañar el té de las 6 pm, insignes y rollizas galletas medicinales que huelen a vainilla. Trigo sin sal. Virutas, cáscara de arroz, semillas de sésamo y salvado de trigo. Ofrece las galletas a su rústica interlocutora y ella, al probar una, dice: Esto sabe a vacío. Aun cuando huelen a vainilla y se ven tostadas (con un brillo que recuerda el de la azúcar caramelizada, en un elegante y polícromo envase), saben a vacío.
La interlocutora del Fanfarrón Hiperbólico estaba más interesada en sus proezas sexuales, pero él le dice que el tema de hoy es la Revolución hormonal y hormonada. Ha dejado atrás, quién sabe por qué, el muy mundano asunto de la licuefacción de un bollo bien mamado. Pero promete dar a conocer los intervínculos entre una cuestión y la otra, como si se tratara de la productividad del significado (los lingüistas saben de eso) cuando se juntan varios ideogramas que, por sí solos, dicen poco.
Es en tiempos de crisis (el desastre se hace sistémico e inabarcable) cuando la gente singa más y mejor.
Hay un asunto ahí con la Revolución. O sea, con lo que fue la Revolución. Ancorados en el presente, fijados en/a lo funéreo, y contemplando de veras el hoy de ese tejido metastásico, hubo una Revolución real, realista, incluso popular, con toques de adversidad ensoñada, y después (casi de inmediato) hubo una Revolución hidrocefálica, hormonal, automeditativa, de pura prestidigitación alucinógena, con salida a ninguna parte. La hemos visto alejarse como una sonda aerostática en busca de la atmósfera superior, donde habita el Abismo Invertido de lo Que No Es y Nunca Será.
Las postrimerías de la Revolución, en tiempos de un extraño contexto primaveral, se inscribieron en un gobelino polvoriento en el que todavía podía uno hallar signos de virtud, como aquella ocasión en que, camino a casa del Hermoso Suministrador, vimos mi musa y yo a un hombre taciturno con una ardilla rojiza en el hombro. No era un animal bonito.
¿Es una ardilla de verdad?, preguntó mi musa. Una ardilla, contestó el hombre. ¿Puedo hacerle una foto?, preguntó ella. Claro, aceptó el hombre. Gracias, dijo ella. Se llama Magali, pero no le digan que está fea porque se deprime, añadió el hombre y sonrió, mirando hacia la cámara, mientras iba arreglándose el cuello de la camisa.
Una cosa hormonal es un deseo fantasmático, autoimpuesto. Un deseo que se confunde con lo real y que no rebasa su condición de forma incoativa. Se habla y se habla y se habla (con el lenguaje que usan las calderas, llenas de huecos y poros y microporos, de las termoeléctricas), y todo va girando en un espasmódico redondel. Gritos de victoria, gritos de pugnacidad bélica. Reuniones que sirven para planificar reuniones donde habrán de planificarse los Gloriosos Planes que exigirían la realización de la Magna Reunión de la Liga.
Una Revolución hormonal es siempre un impulso de fe. Una cosa mentale, un espasmo de ganas, una erección que se produce ante el beatífico atisbo/panorama, en un horizonte inalcanzable, de un Orden Superior Triunfal.
La Revolución hormonal es hipnótica y pervive en la quimera. Es el flechazo inexplicable que Santa Teresa recibe de los cielos donde Dios reina. Ideario místico respetable en cuanto a la Incorrupta Señora, no así en cuanto a los hombrecillos que pululan, desde siempre, diciendo que van a arreglar los problemas de esta tierra grave y desgraciada. Grave por la gravedad que la hunde. Desgraciada porque no puede ascender: la Gracia se ha ausentado de allí desde hace ya mucho tiempo.
Se cayó el viejo edificio frente al mercado. La Revolución, no. Porque, camaradas, la Revolución es un monolito mental de titanio (más fuerte y filoso y duro que el monolito de 2001: una odisea espacial) inútilmente roído por las ratas odiadoras fachas.
Al Fanfarrón Hiperbólico los comisarios de la Liga lo llaman y lo introducen en una oficina muy climatizada y le ofrecen un café con rosquillas y una botellita de agua fría, y los muy serios comisarios le preguntan por qué tanto resentimiento.
El Fanfarrón Hiperbólico pregunta quiénes son los monos que gruñen y brincan y alborotan todo cuando descubren el monolito. Nadie contesta. El que parece conducirse como jefe de la horda de comisarios de la Liga, alude, trágico, a la entrada en Constantinopla de los turcos otomanos. El Fanfarrón Hiperbólico sonríe feliz y cierra los ojos.
Dejen la tontería y piensen ustedes en un hecho: imposible seguir en compañía de lo legendario, la Revolución, la Utopía y esas engañosas sandeces. Todo eso se jodió ya, como le correspondía joderse. ¿Acaso podemos seguir como aquellos que se entregaban a Ossian, a las baladas del Norte Lírico, a ese mundo mental donde el Medioevo se construyó, en el espacio romántico, a partir de tradiciones, sueños y secretos sombríos, proezas heroicas, y un sentido por completo inestable y absurdo de la Historia, saturada de patrañas? ¡No podemos!
Hace más de un siglo, el frío y los paisajes blancos dependieron de la estetización de la nieve y de los hielos, como se ve en aquel lienzo de Caspar David Friedrich, en el que un barco encalla entre témpanos, o en aquel otro suyo donde un caballero (perfectamente vestido, por cierto) observa un océano de nubes desde lo alto de un acantilado.
¿La materialidad del universo depende de su conciencia de sí?
Estos budistas de pacotilla intentando concrecionar ya no una Utopía, sino la idea de una Utopía…, qué ridículos.
La normalidad del absurdo es la consistencia de la locura. Pero aquí nadie está loco. Léperos y bribones, sí. Demasiados. Una caterva de truhanes mediocres. El Fanfarrón Hiperbólico puntualiza que nadie está loco o en peligro de enloquecer, excepto quienes se hunden en el padecimiento más ignominioso.

Luis Manuel Otero Alcántara: la libertad de un inocente
Por Jorge De Armas
Tras cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara sale de la cárcel de Guanajay. Termina una condena injusta; queda la evidencia de una libertad que nunca debió ser arrebatada.








