La historia juzgará a los cómplices

En una fría tarde de marzo de 1949, Wolfgang Leonhard salió discretamente de la Secretaría del Partido Comunista de Alemania Oriental, volvió deprisa a casa, metió en un pequeño maletín la poca ropa de abrigo que pudo y luego caminó hasta una cabina telefónica para llamar a su madre. “Mi artículo estará terminado esta noche”, le dijo. Era la clave que habían acordado de antemano. Significaba que iba a huir del país, con grave riesgo para su vida.

Aunque entonces tenía solo 28 años, Leonhard se hallaba en la cúspide de la nueva élite de Alemania Oriental. Hijo de comunistas alemanes, se había educado en la Unión Soviética, se había formado en escuelas especiales durante la guerra y había regresado a Berlín desde Moscú en mayo de 1945, en el mismo avión que transportaba a Walter Ulbricht, dirigente de lo que pronto se convertiría en el Partido Comunista de Alemania Oriental. A Leonhard lo incorporaron a un equipo encargado de reconstruir el gobierno municipal de Berlín.

Tenía una tarea central: asegurarse de que a cualquier dirigente local surgido del caos de la posguerra se le asignaran adjuntos leales al partido. “Tiene que parecer democrático”, le dijo Ulbricht, “pero debemos tenerlo todo bajo nuestro control”.

Leonhard ya había vivido mucho para entonces. Siendo aún adolescente en Moscú, su madre había sido arrestada como “enemiga del pueblo” y enviada a Vorkutá, un campo de trabajo en el extremo norte. Había sido testigo de la terrible pobreza y desigualdad de la Unión Soviética, se había desesperado ante la alianza soviética con la Alemania nazi entre 1939 y 1941, y conocía las violaciones masivas cometidas por el Ejército Rojo contra mujeres tras la ocupación. Sin embargo, él y sus amigos ideológicamente comprometidos “rechazaban de manera instintiva la idea” de que cualquiera de esos hechos estuviera “en diametral oposición a nuestros ideales socialistas”. Con firmeza, siguió aferrado al sistema de creencias con el que había crecido.

El punto de inflexión, cuando llegó, fue trivial. Mientras caminaba por el pasillo del edificio del Comité Central, un “hombre de mediana edad y aspecto agradable”, un camarada recién llegado del Oeste, lo detuvo para preguntarle dónde estaba el comedor. Leonhard le dijo que la respuesta dependía del tipo de vale de comida que tuviera: distintos rangos de funcionarios tenían acceso a distintos comedores. El camarada se quedó estupefacto: “Pero… ¿no son todos miembros del Partido?”

Leonhard se alejó y entró en su propio comedor, el de categoría más alta, donde las mesas estaban cubiertas con manteles blancos y los altos funcionarios recibían comidas de tres platos. Sintió vergüenza. “Qué curioso, pensé, ¡que esto no me hubiera llamado nunca la atención!” Fue entonces cuando empezaron a asaltarlo las dudas que, de manera inexorable, lo llevarían a planear su huida.

En ese mismo momento, en esa misma ciudad, otro alto cargo de Alemania Oriental estaba llegando a conclusiones exactamente opuestas. Markus Wolf era también hijo de una prominente familia comunista alemana. También pasó su infancia en la Unión Soviética, asistiendo a las mismas escuelas de élite para hijos de comunistas extranjeros a las que había ido Leonhard, así como al mismo campo de entrenamiento en tiempo de guerra; allí compartieron dormitorio, llamándose solemnemente por sus alias —esas eran las reglas de la conspiración profunda—, aunque conocían perfectamente sus nombres reales. Wolf también fue testigo de las detenciones masivas, las purgas y la pobreza de la Unión Soviética… y también mantuvo la fe en la causa. Llegó a Berlín apenas unos días después de Leonhard, en otro avión lleno de camaradas de confianza, y se puso de inmediato a presentar un programa en la nueva emisora respaldada por los soviéticos. Durante muchos meses dirigió el popular Usted pregunta, nosotros respondemos. Contestaba en antena a las cartas de los oyentes, concluyendo a menudo con alguna fórmula del tipo: “Estas dificultades están siendo superadas con la ayuda del Ejército Rojo”.

En agosto de 1947, los dos hombres se reencontraron en el “lujoso apartamento de cinco habitaciones” de Wolf, no lejos de lo que entonces era la sede de la emisora. Fueron en coche hasta la casa de Wolf, “una hermosa villa en la zona del lago Glienicke”. Pasearon alrededor del lago, y Wolf advirtió a Leonhard que se avecinaban cambios. Le dijo que dejara de esperar que al comunismo alemán se le permitiera desarrollarse de forma distinta de la soviética: esa idea, durante mucho tiempo objetivo de muchos miembros del partido alemán, estaba a punto de abandonarse. Cuando Leonhard alegó que eso no podía ser cierto —él mismo estaba personalmente a cargo de la ideología y nadie le había dicho nada sobre un cambio de rumbo—, Wolf se rio de él. “Hay autoridades por encima de su Secretaría Central”, le dijo. Wolf dejó claro que tenía mejores contactos, amigos más importantes. A los 24 años, era un insider. Y Leonhard comprendió, por fin, que era un funcionario en un país ocupado donde la última palabra no la tenía el Partido Comunista alemán, sino el Partido Comunista soviético.

Como es sabido —o quizá infamemente sabido—, la carrera de Markus Wolf siguió prosperando a partir de entonces. No solo permaneció en Alemania Oriental, sino que ascendió en la nomenklatura hasta convertirse en el principal espía del país. Fue el número dos del Ministerio para la Seguridad del Estado, más conocido como la Stasi; a menudo se lo describió como el modelo del personaje de Karla en las novelas de espías de John le Carré. A lo largo de su carrera, su Directorio de Reconocimiento reclutó agentes en las oficinas del canciller de Alemania Occidental y en prácticamente todos los demás departamentos del gobierno, así como en la OTAN.

Leonhard, por su parte, se convirtió en un crítico destacado del régimen. Escribió y dio conferencias en Berlín Occidental, en Oxford, en Columbia. Con el tiempo recaló en Yale, donde su curso dejó huella en varias generaciones de estudiantes. Entre ellos estuvo un futuro presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que describió el curso de Leonhard como “una introducción a la lucha entre la tiranía y la libertad”. Cuando yo estaba en Yale en los años ochenta, el curso de Leonhard sobre historia soviética era el más popular del campus.

Por separado, la historia de cada uno tiene sentido. Pero, examinadas en conjunto, exigen una explicación más profunda. Hasta marzo de 1949, las biografías de Leonhard y Wolf eran sorprendentemente similares. Ambos crecieron dentro del sistema soviético. Ambos fueron educados en la ideología comunista y ambos compartían los mismos valores. Ambos sabían que el partido estaba socavando esos valores. Ambos sabían que el sistema, supuestamente construido para promover la igualdad, era profundamente desigual, hondamente injusto y muy cruel. Como sus equivalentes en tantos otros tiempos y lugares, ambos podían ver con claridad la brecha entre la propaganda y la realidad. Sin embargo, uno siguió siendo un colaborador entusiasta, mientras que el otro no pudo soportar la traición a sus ideales. ¿Por qué?



En español, la palabra “colaborador” tiene un doble sentido. A un colega se lo puede describir como colaborador en un sentido neutral o positivo. Pero la otra acepción de colaborador, la pertinente aquí, es distinta: alguien que trabaja con el enemigo, con la potencia ocupante, con el régimen dictatorial. En este sentido negativo, colaborador está estrechamente relacionado con otra serie de palabras: colusión, complicidad, connivencia. Este significado negativo se extendió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se utilizó ampliamente para describir a los europeos que cooperaban con los ocupantes nazis. En el fondo, el sentido más siniestro de colaborador lleva implícita una idea de traición: traición a la nación, a la ideología, a la moral, a los propios valores.

Desde la Segunda Guerra Mundial, historiadores y politólogos han intentado explicar por qué algunas personas, en circunstancias extremas, se convierten en colaboradoras y otras no. El ya fallecido académico de Harvard Stanley Hoffmann conocía el asunto de primera mano: de niño, él y su madre se escondieron de los nazis en Lamalou-les-Bains, un pueblo del sur de Francia. Pero era modesto en cuanto a sus propias conclusiones y señalaba que “un historiador riguroso tendría —casi— que escribir una enorme serie de estudios de caso, porque parece haber habido casi tantos colaboracionismos como partidarios o practicantes de la colaboración”. Aun así, Hoffmann ensayó una clasificación, comenzando por dividir a los colaboradores entre “voluntarios” e “involuntarios”. Muchas personas del segundo grupo no tenían elección. Obligadas a un “reconocimiento renuente de la necesidad”, no podían evitar tratar con los ocupantes nazis que gobernaban su país.

Hoffmann subdividió además a los colaboradores “voluntarios” más entusiastas en dos categorías adicionales. En la primera situó a quienes trabajaban con el enemigo en nombre del “interés nacional”, racionalizando la colaboración como algo necesario para preservar la economía francesa o la cultura francesa, aunque, por supuesto, muchas de las personas que esgrimían esos argumentos tenían también otros motivos profesionales o económicos. En la segunda estaban los colaboradores ideológicos propiamente dichos: personas que creían que la Francia republicana de preguerra había sido débil o corrupta y esperaban que los nazis la fortalecieran, personas que admiraban el fascismo y personas que admiraban a Hitler.

Hoffmann observó que muchos de los que se convirtieron en colaboradores ideológicos eran terratenientes y aristócratas, “la flor y nata de la alta función pública, de las fuerzas armadas, del mundo empresarial”, personas que se percibían a sí mismas como parte de una clase dirigente natural a la que los gobiernos de izquierda de la Francia de los años treinta habían despojado injustamente del poder. Igual de motivados para colaborar estaban sus opuestos polares, los “inadaptados sociales y desviados políticos” que, en el curso normal de los acontecimientos, jamás habrían hecho carrera exitosa de ningún tipo. Lo que unía a esos grupos era una conclusión compartida: cualesquiera que hubieran sido sus ideas sobre Alemania antes de junio de 1940, su futuro político y personal mejoraría ahora si se alineaban con los ocupantes.

Como Hoffmann, Czesław Miłosz, poeta polaco galardonado con el Nobel, escribió sobre la colaboración desde la experiencia personal. Miembro activo de la resistencia antinazi durante la guerra, terminó, sin embargo, después de la guerra como agregado cultural en la embajada polaca en Washington, al servicio del gobierno comunista de su país. No fue hasta 1951 cuando desertó, denunció al régimen y analizó su propia experiencia. En un ensayo célebre, El pensamiento cautivo, trazó varios retratos apenas disfrazados de personas reales, todas ellas escritores e intelectuales, cada una de las cuales había encontrado una forma distinta de justificar su colaboración con el partido. Muchos eran arribistas, pero Miłosz comprendía que el arribismo no bastaba como explicación completa. Formar parte de un movimiento de masas era, para muchos, una oportunidad de poner fin a su alienación, de sentirse próximos a las “masas”, de integrarse en una única comunidad junto a obreros y tenderos. Para los intelectuales atormentados, la colaboración ofrecía también una especie de alivio, casi una sensación de paz: significaba que ya no estaban en guerra constante con el Estado, que ya no vivían en la agitación. Una vez que el intelectual acepta que no hay otra salida, escribió Miłosz, “come con apetito, sus movimientos adquieren vigor, recupera el color. Se sienta y escribe un artículo ‘positivo’, maravillándose de la facilidad con que lo escribe”. Miłosz es uno de los pocos escritores que reconoce el placer del conformismo, la ligereza de ánimo que concede, la forma en que resuelve tantos dilemas personales y profesionales.

Todos sentimos la pulsión de conformarnos; es el más normal de los deseos humanos. Lo recordé hace poco, cuando visité a Marianne Birthler en su apartamento berlinés, inundado de luz. Durante la década de 1980, Birthler fue una de las poquísimas disidentes activas en Alemania Oriental; más tarde, ya en la Alemania reunificada, pasó más de una década al frente del archivo de la Stasi, la colección de expedientes de la antigua policía secreta de Alemania Oriental. Le pregunté si podía identificar, entre la gente de su generación, algún conjunto de circunstancias que hubiera inclinado a unos a colaborar con la Stasi.

La pregunta no le gustó. La colaboración no tenía interés, me dijo Birthler. Casi todo el mundo era colaborador; el 99 por ciento de los alemanes orientales colaboraba. Si no trabajaban con la Stasi, entonces trabajaban con el partido, o con el sistema en un sentido más amplio. Mucho más interesante —y mucho más difícil de explicar— era la pregunta genuinamente misteriosa de “por qué la gente se enfrentaba al régimen”. El enigma no es, en otras palabras, por qué Markus Wolf permaneció en Alemania Oriental, sino por qué Wolfgang Leonhard no lo hizo.



En la década de 1940, tanto Wolfgang Leonhard (a la izquierda, fotografiado en 1980) como Markus Wolf (a la derecha, fotografiado en 1997) formaban parte de la élite de Alemania Oriental. Ambos sabían que el sistema comunista era horriblemente cruel e injusto. Pero Leonhard arriesgó su vida para convertirse en un destacado crítico del régimen comunista, mientras que Wolf ascendió hasta convertirse en su principal espía.


He aquí otra pareja de historias, esta más familiar para los lectores estadounidenses. Empecemos en la década de 1980, cuando un joven Lindsey Graham prestó servicio por primera vez en el Cuerpo Jurídico Militar  —el servicio jurídico militar— de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Durante parte de ese tiempo, Graham estuvo destinado en la entonces Alemania Occidental, en la primera línea de los esfuerzos estadounidenses de la Guerra Fría. Graham, nacido y criado en un pequeño pueblo de Carolina del Sur, estaba profundamente vinculado al ejército: después de que sus dos padres murieran cuando él rondaba los 20 años, logró pagar sus estudios universitarios y los de su hermana menor con la ayuda de una beca del ROTC y luego con su sueldo de la Fuerza Aérea. Permaneció dos décadas en la Reserva, incluso mientras era senador, y a veces viajaba a Irak o Afganistán para servir temporalmente como oficial reservista. “La Fuerza Aérea ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en la vida”, dijo en 2015. “Me dio un propósito más grande que yo mismo. Me puso en compañía de patriotas.” Durante la mayor parte de sus años en el Senado, Graham, junto a su amigo íntimo John McCain, fue portavoz de un ejército fuerte y de una visión de Estados Unidos como líder democrático en el extranjero. También defendía una idea vigorosa de la democracia en casa. En su campaña de reelección de 2014, se presentó como un inconformista y un centrista, y dijo a The Atlantic que batirse con el Tea Party era “más divertido que cualquier otra cosa que haya vivido en política”.

Mientras Graham cumplía su destino en Alemania Occidental, Mitt Romney se convirtió en cofundador y luego presidente de Bain Capital, una firma de inversión de capital privado. Nacido en Michigan, Romney trabajó en Massachusetts durante sus años en Bain, pero también mantuvo, gracias a su fe mormona, estrechos vínculos con Utah. Mientras Graham era abogado militar y cobraba un salario militar, Romney adquiría empresas, las reestructuraba y luego las vendía. Era un trabajo en el que destacaba —en 1990 le pidieron que dirigiera la empresa matriz, Bain & Company— y, en el curso de esa actividad, se hizo muy rico. Aun así, Romney soñaba con una carrera política, y en 1994 se presentó al Senado por Massachusetts, tras cambiar su afiliación política de independiente a republicano. Perdió, pero en 2002 se presentó a gobernador de Massachusetts como moderado no partidista, y ganó. En 2007 —después de un mandato como gobernador durante el cual implantó con éxito una forma de cobertura sanitaria casi universal que se convirtió en modelo para la Affordable Care Act de Barack Obama— emprendió su primera campaña presidencial. Tras perder las primarias republicanas de 2008, obtuvo la nominación del partido en 2012 y luego perdió las elecciones generales.

Tanto Graham como Romney tenían ambiciones presidenciales; Graham lanzó su propia campaña presidencial, de vida breve, en 2015 (justificada con el argumento de que “el mundo se está desmoronando”). Ambos eran miembros leales del Partido Republicano, escépticos ante el ala radical y conspirativa del partido. Ambos reaccionaron a la candidatura presidencial de Donald Trump con una ira auténtica, y con razón: de maneras distintas, los valores de Trump socavaban los suyos. Graham había dedicado su carrera a una idea del liderazgo estadounidense en el mundo, mientras que Trump ofrecía una doctrina de “Estados Unidos primero” que acabaría significando “yo y mis amigos primero”. Romney era un excelente hombre de negocios con una sólida trayectoria como servidor público, mientras que Trump heredó riqueza, quebró más de una vez, no creó nada de valor y no tenía ninguna trayectoria de gobierno. Tanto Graham como Romney estaban consagrados a las tradiciones democráticas de Estados Unidos y a los ideales de honradez, responsabilidad y transparencia en la vida pública, todo lo cual Trump despreciaba.

Ambos expresaron abiertamente su desaprobación hacia Trump. Antes de las elecciones, Graham lo llamó “imbécil”, “chalado” y “demagogo racista, xenófobo e intolerante en materia religiosa”. Parecía desdichado, incluso deprimido, por las elecciones: casualmente lo vi en una conferencia en Europa en la primavera de 2016, y hablaba con monosílabos, si es que hablaba.

Romney fue más lejos. “Permítanme decirlo con toda claridad”, declaró en marzo de 2016, en un discurso crítico con Trump: “Si nosotros, los republicanos, elegimos a Donald Trump como nuestro candidato, las perspectivas de un futuro seguro y próspero disminuyen enormemente.” Romney habló de “la fanfarronería, la codicia, la exhibición, la misoginia, la absurda teatralidad de niño de tercer grado”. Llamó a Trump “embaucador” y “fraude”. Incluso después de que Trump obtuviera la nominación, Romney se negó a respaldarlo. En su papeleta presidencial, dijo Romney, escribió el nombre de su esposa. Graham dijo que votó por el candidato independiente Evan McMullin.

Pero Trump sí llegó a la presidencia, y entonces las convicciones de ambos hombres fueron puestas a prueba.

Una simple mirada a sus biografías no habría llevado a muchos a predecir lo que ocurrió después. Sobre el papel, Graham habría parecido, en 2016, el hombre con vínculos más profundos con el ejército, con el Estado de derecho y con una idea tradicional del patriotismo estadounidense y de la responsabilidad de Estados Unidos en el mundo. Romney, en cambio, con sus desplazamientos entre el centro y la derecha, con sus múltiples carreras en los negocios y en la política, habría parecido menos ligado a esos mismos ideales patrióticos tradicionales. Solemos percibir a los militares como patriotas leales, y a los consultores de gestión como personas movidas por el interés propio. Suponemos que quienes proceden de pequeños pueblos de Carolina del Sur tienen más probabilidades de resistir la presión política que quienes han vivido en muchos lugares. Intuitivamente, pensamos que la lealtad a un lugar concreto implica lealtad a un conjunto de valores.

Pero en este caso los clichés eran falsos. Fue Graham quien puso excusas al abuso de poder de Trump. Fue Graham —abogado del Cuerpo Jurídico Militar— quien restó importancia a las pruebas de que el presidente había intentado manipular tribunales extranjeros y chantajear a un dirigente extranjero para que iniciara una investigación falsa contra un rival político. Fue Graham quien abandonó su propio apoyo declarado al bipartidismo y, en cambio, impulsó una investigación hiperpartidista del Comité Judicial del Senado sobre el hijo del exvicepresidente Joe Biden. Fue Graham quien jugó al golf con Trump, quien lo justificó en televisión, quien apoyó al presidente incluso mientras este destruía lentamente las alianzas estadounidenses —con los europeos, con los kurdos— que Graham había defendido toda su vida. En cambio, fue Romney quien, en febrero, se convirtió en el único senador republicano que rompió filas con sus colegas al votar a favor de la destitución del presidente. “Corromper unas elecciones para mantenerse en el poder”, dijo, es “quizá la violación más abusiva y destructiva del juramento del cargo que puedo imaginar”.

Uno de los dos se mostró dispuesto a traicionar ideas e ideales que antes había defendido. El otro se negó. ¿Por qué?



Para el lector estadounidense, las referencias a la Francia de Vichy, a Alemania Oriental, a los fascistas y a los comunistas pueden parecer exageradas, incluso ridículas. Pero si se profundiza un poco, la analogía cobra sentido. La cuestión no es comparar a Trump con Hitler o con Stalin; la cuestión es comparar las experiencias de los altos cargos del Partido Republicano estadounidense, sobre todo de aquellos que trabajan más estrechamente con la Casa Blanca, con las experiencias de los franceses en 1940, o de los alemanes orientales en 1945, o de Czesław Miłosz en 1947. Son experiencias de personas obligadas a aceptar una ideología ajena o un conjunto de valores en agudo conflicto con los suyos.

Ni siquiera los partidarios de Trump pueden discutir esta analogía, porque la imposición de una ideología ajena es precisamente lo que él venía reclamando desde el principio. La primera declaración de Trump como presidente, su discurso inaugural, fue un ataque sin precedentes contra la democracia estadounidense y contra los valores estadounidenses. Recordémoslo: describió la capital del país, el gobierno de Estados Unidos, a los congresistas y a los senadores de Estados Unidos —todos ellos elegidos democráticamente por los estadounidenses, de acuerdo con la Constitución estadounidense de 227 años— como un “establishment” que se había beneficiado a costa del “pueblo”. “Sus victorias no han sido sus victorias”, dijo. “Sus triunfos no han sido sus triunfos.” Trump estaba afirmando, con toda la claridad posible, que un nuevo conjunto de valores venía ahora a sustituir al antiguo, aunque, por supuesto, la naturaleza de esos nuevos valores todavía no estuviera clara.

Casi en cuanto dejó de hablar, Trump lanzó su primer asalto contra la realidad basada en los hechos, un componente desde hace mucho infravalorado del sistema político estadounidense. No somos una teocracia ni una monarquía que acepta como ley la palabra del líder o del sacerdocio. Somos una democracia que debate los hechos, procura entender los problemas y luego legisla soluciones, todo ello de acuerdo con un conjunto de reglas. La insistencia de Trump —contra la evidencia de las fotografías, de las imágenes de televisión y de la experiencia vivida por miles de personas— en que la asistencia a su investidura había sido mayor que la de la primera investidura de Barack Obama representó una ruptura tajante con esa tradición política estadounidense. Como los líderes autoritarios de otros tiempos y lugares, Trump ordenó de hecho no solo a sus partidarios, sino también a miembros apolíticos de la burocracia del Estado, que se adhirieran a una realidad manifiestamente falsa y manipulada. Los políticos estadounidenses, como los políticos de todas partes, siempre han encubierto errores, retenido información y hecho promesas que no podían cumplir. Pero, hasta que Trump llegó a la presidencia, ninguno había inducido al Servicio de Parques Nacionales a producir fotografías retocadas ni obligado al secretario de prensa de la Casa Blanca a mentir sobre el tamaño de una multitud —o lo había alentado a hacerlo— delante de un cuerpo de prensa que sabía que él sabía que estaba mintiendo.

La mentira era mezquina, incluso ridícula; en parte por eso era tan peligrosa. En la década de 1950, cuando un insecto conocido como el escarabajo de la patata de Colorado apareció en los campos de patatas de Europa del Este, los gobiernos respaldados por la Unión Soviética en la región proclamaron triunfalmente que había sido arrojado desde el cielo por pilotos estadounidenses, como forma deliberada de sabotaje biológico. Carteles con feroces escarabajos rojos, blancos y azules se colgaron por toda Polonia, Alemania Oriental y Checoslovaquia. Nadie creía realmente esa acusación, incluidos quienes la formulaban, como los archivos han mostrado posteriormente. Pero eso no importaba. El propósito de los carteles no era convencer a la gente de una falsedad. El propósito era demostrar el poder del partido para proclamar y difundir una falsedad. A veces el objetivo no es hacer que la gente crea una mentira; es hacer que tema al mentiroso.

Este tipo de mentiras también tiende a ir construyéndose unas sobre otras. Hace falta tiempo para persuadir a la gente de que abandone sus sistemas de valores preexistentes. El proceso suele comenzar lentamente, con pequeños cambios. Los científicos sociales que han estudiado la erosión de los valores y el crecimiento de la corrupción dentro de las empresas han comprobado, por ejemplo, que “las personas son más propensas a aceptar la conducta poco ética de otros si esa conducta se desarrolla gradualmente (por una pendiente resbaladiza) en vez de producirse de forma abrupta”, según un artículo de 2009 publicado en el Journal of Experimental Social Psychology. Esto ocurre, en parte, porque la mayoría de la gente tiene una imagen de sí misma como moral y honesta, y esa autoimagen se resiste al cambio. Una vez que ciertas conductas se vuelven “normales”, la gente deja de verlas como algo incorrecto.

Este proceso ocurre también en la política. En 1947, los administradores militares soviéticos en Alemania Oriental aprobaron una norma que regulaba la actividad de las editoriales y las imprentas. El decreto no nacionalizaba las imprentas; simplemente exigía a sus dueños que solicitaran licencias y que limitaran su trabajo a libros y folletos encargados por los planificadores centrales. Imaginemos cómo afectó una ley así —que no hablaba de arrestos, y mucho menos de tortura o del Gulag— al propietario de una imprenta en Dresde, un padre de familia responsable con dos hijos adolescentes y una esposa enfermiza. Tras su aprobación, tuvo que tomar una serie de decisiones aparentemente insignificantes. ¿Solicitaría una licencia? Por supuesto: la necesitaba para ganar dinero para su familia. ¿Aceptaría limitar su negocio al material encargado por los planificadores centrales? También a eso: ¿qué otra cosa había que imprimir?

Después vienen otras concesiones. Aunque detesta a los comunistas —él solo quiere mantenerse al margen de la política—, accede a imprimir las obras completas de Stalin, porque, si no lo hace él, lo harán otros. Sin embargo, cuando unos amigos descontentos le piden que imprima un folleto crítico con el régimen, se niega. Aunque no iría a la cárcel por imprimirlo, quizá no admitieran a sus hijos en la universidad y su esposa podría quedarse sin medicación; tiene que pensar en su bienestar. Mientras tanto, por toda Alemania Oriental, otros propietarios de otras imprentas van tomando decisiones semejantes. Y al cabo de un tiempo —sin que nadie haya sido fusilado o arrestado, sin que nadie sienta especiales remordimientos de conciencia— los únicos libros que quedan para leer son los aprobados por el régimen.

La imagen arraigada de sí mismos como patriotas estadounidenses, o como administradores competentes, o como miembros leales del partido, también creó una distorsión cognitiva que cegó a muchos republicanos y altos cargos de la administración Trump respecto de la naturaleza precisa del sistema alternativo de valores del presidente. Al fin y al cabo, los primeros episodios eran tan triviales. Pasaron por alto la mentira sobre la investidura porque era ridícula. Ignoraron el nombramiento por parte de Trump del gabinete más rico de la historia y su decisión de llenar la administración de antiguos lobbistas porque eso es lo habitual. Pusieron excusas al uso por parte de Ivanka Trump de una cuenta privada de correo electrónico, y a los conflictos de intereses de Jared Kushner, porque eso no pasaba de ser un asunto de familia.

Paso a paso, el trumpismo engañó a muchos de sus adeptos más entusiastas. Recordemos que algunos de los primeros apoyos intelectuales de Trump —personas como Steve Bannon, Michael Anton y los defensores del “conservadurismo nacional”, una ideología inventada a posteriori para racionalizar la conducta del presidente— presentaron su movimiento como una forma reconocible de populismo: una alternativa anti-Wall Street, contraria a las guerras en el extranjero y antiinmigración frente al libertarismo partidario de un Estado mínimo propio del establishment republicano. Su consigna “Drain the swamp” implicaba que Trump limpiaría el mundo corrupto de lobbistas y financiación de campañas que distorsiona la política estadounidense, que haría más honesto el debate público y más justa la legislación. Si esa hubiera sido realmente la filosofía de gobierno de Trump, bien podría haber planteado dificultades a la dirección del Partido Republicano en 2016, dado que la mayoría de sus miembros profesaban valores muy distintos. Pero no habría dañado necesariamente la Constitución, ni habría planteado de manera inevitable desafíos morales fundamentales a quienes ocupan cargos públicos.

En la práctica, Trump ha gobernado conforme a un conjunto de principios muy distintos de los articulados por sus primeros partidarios intelectuales. Aunque algunos de sus discursos han seguido utilizando ese lenguaje populista, ha construido un gabinete y una administración que no sirven ni al interés público ni a sus votantes, sino más bien a sus propias necesidades psicológicas y a los intereses de sus amigos de Wall Street y del mundo empresarial y, por supuesto, de su propia familia. Sus recortes de impuestos beneficiaron de manera desproporcionada a los ricos, no a la clase trabajadora. Su superficial auge económico, diseñado para asegurar su reelección, fue posible gracias a un enorme déficit presupuestario, de una magnitud que los republicanos decían detestar, una carga inmensa para las generaciones futuras. Trabajó para desmantelar el sistema de salud existente sin ofrecer nada mejor a cambio, como había prometido, de modo que aumentó el número de personas sin seguro médico. Y, mientras tanto, alimentó y alentó la xenofobia y el racismo, tanto porque le resultaban políticamente útiles como porque forman parte de su visión personal del mundo.

Más importante aún, ha gobernado desafiando —y desconociendo— la Constitución estadounidense; baste recordar que, ya bien entrado su tercer año en el cargo, declaró que tenía autoridad “total” sobre los estados. Su administración no es solo corrupta, sino también hostil a los controles y contrapesos y al Estado de derecho. Ha construido un culto a la personalidad protoautoritario, despidiendo o apartando a funcionarios que lo han contradicho con hechos y pruebas, con consecuencias trágicas para la salud pública y para la economía. Amenazó con despedir a una alta funcionaria de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, Nancy Messonnier, a finales de febrero, tras sus advertencias demasiado francas sobre el coronavirus; Rick Bright, un alto funcionario del Departamento de Salud y Servicios Humanos, afirma que fue degradado después de negarse a destinar fondos a la promoción del fármaco no probado hidroxicloroquina. Trump ha atacado al ejército estadounidense, llamando a sus generales “una pandilla de estúpidos y llorones”, y a los servicios de inteligencia y a los agentes de la ley de Estados Unidos, a quienes ha denigrado como el “Estado profundo” y cuyos consejos ha ignorado. Ha nombrado a funcionarios interinos débiles e inexpertos para dirigir las instituciones de seguridad más importantes del país. Ha demolido sistemáticamente las alianzas de Estados Unidos.

Su política exterior nunca ha servido a ningún interés estadounidense de ningún tipo. Aunque algunos ministros de su gabinete y seguidores mediáticos han intentado presentarlo como un nacionalista anti chino —y aunque comentaristas de política exterior de todo el espectro político han aceptado, asombrosamente, esa ficción sin cuestionarla—, el verdadero instinto de Trump ha sido siempre ponerse del lado de dictadores extranjeros, incluido el presidente chino Xi Jinping. Un antiguo funcionario de la administración que vio a Trump tratar tanto con Xi como con el presidente ruso Vladímir Putin me dijo que era como ver a una celebridad menor encontrarse con una más famosa. Trump no hablaba con ellos como representante del pueblo estadounidense; simplemente quería que su aura —de poder absoluto, de crueldad, de celebridad— se le pegara y reforzara su propia imagen. Esto también ha tenido consecuencias letales. En enero, Trump tomó por cierta la palabra de Xi cuando dijo que la COVID-19 estaba “bajo control”, del mismo modo que había creído a Kim Jong Un, de Corea del Norte, cuando firmó un acuerdo sobre armas nucleares. La actitud zalamera de Trump hacia los dictadores es su ideología en estado puro: atiende primero a sus propias necesidades psicológicas; piensa en el país en último lugar. La verdadera naturaleza de la ideología que Trump llevó a Washington no era “Estados Unidos primero”, sino “Trump primero”.

Tal vez no resulte sorprendente que las implicaciones de “Trump primero” no se comprendieran de inmediato. Al fin y al cabo, los partidos comunistas de Europa del Este —o, si se prefiere un ejemplo más reciente, los chavistas en Venezuela— se presentaban a sí mismos como defensores de la igualdad y la prosperidad, aunque en la práctica produjeran desigualdad y pobreza. Pero, del mismo modo que la verdad sobre la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez fue imponiéndose poco a poco, también acabó quedando claro que Trump no tenía en mente los intereses del público estadounidense. Y, a medida que comprendían que el presidente no era un patriota, los políticos republicanos y los altos funcionarios empezaron a contemporizar, igual que la gente que vive bajo un régimen ajeno.



Visto en retrospectiva, esa toma de conciencia gradual explica por qué el funeral de John McCain, en septiembre de 2018, tuvo un aspecto —y, según todas las versiones, una atmósfera— tan extraños. Dos expresidentes, uno republicano y otro demócrata —representantes de la vieja clase política patriótica— pronunciaron discursos; el nombre del presidente en ejercicio no se mencionó en ningún momento. También estaban visibles las canciones y los símbolos del viejo orden: “The Battle Hymn of the Republic”; banderas estadounidenses; dos de los hijos de McCain con sus uniformes de oficial, tan distintos de los hijos de Trump. Escribiendo en The New Yorker, Susan Glasser describió el funeral como “una reunión de la Resistencia, bajo techos abovedados y vitrales”. En realidad, guardaba un inquietante parecido con el funeral de 1956 de László Rajk, un comunista húngaro y jefe de la policía secreta que había sido purgado y asesinado por sus camaradas en 1949. La viuda de Rajk se había convertido en una crítica abierta del régimen, y el funeral acabó transformándose en un acto político de facto, contribuyendo a desencadenar la revolución anticomunista húngara apenas un par de semanas después.



Arriba: estudiantes de Alemania Oriental sentados sobre el Muro de Berlín junto a la Puerta de Brandeburgo en noviembre de 1989, el mes en que cayó el muro. Abajo: una multitud enfurecida rodea a miembros de la policía secreta en Budapest, Hungría, en noviembre de 1956, durante una insurrección fallida contra la tiranía soviética.


Nada remotamente tan dramático ocurrió tras el funeral de McCain. Pero sí aclaró la situación. Un año y medio después de iniciada la administración Trump, marcó un punto de inflexión, el momento en que muchos estadounidenses con presencia pública empezaron a adoptar las estrategias, tácticas y justificaciones que en el pasado han empleado los habitantes de países ocupados, y eso a pesar de que lo que estaba personalmente en juego era, comparativamente, tan poco. Polacos como Miłosz acabaron en el exilio en la década de 1950; los disidentes en Alemania Oriental perdían el derecho a trabajar y a estudiar. En regímenes más duros, como el de la Rusia de Stalin, la protesta pública podía llevar a muchos años en un campo de concentración; a los oficiales de la Wehrmacht que desobedecían se los ejecutaba mediante estrangulamiento lento.

En cambio, un senador republicano que se atreve a cuestionar si Trump está actuando en interés del país, ¿qué es exactamente lo que arriesga? ¿Perder su escaño y terminar con un trabajo de lobby de siete cifras o con una beca en la Kennedy School de Harvard? Podría correr la terrible suerte de Jeff Flake, el exsenador por Arizona, contratado como comentarista por CBS News. Podría sufrir como Romney, a quien trágicamente no invitaron a la Conservative Political Action Conference, que este año resultó ser un foco de COVID-19.

Y, sin embargo, 20 meses después de iniciada la administración Trump, senadores y otros republicanos serios con vida pública, personas que deberían haber sabido más, empezaron a contarse historias que suenan muchísimo a las de El pensamiento cautivo de Miłosz. Algunas de esas historias se superponen entre sí; otras no pasan de ser velos muy finos para cubrir el interés propio. Pero todas son justificaciones conocidas de la colaboración, reconocibles desde el pasado. Estas son las más populares.

Podemos aprovechar este momento para lograr grandes cosas. En la primavera de 2019, un amigo partidario de Trump me puso en contacto con un funcionario de la administración al que llamaré “Mark”, con quien acabé tomando una copa. No daré detalles, porque hablamos de manera informal, pero, en cualquier caso, Mark no filtró información ni criticó a la Casa Blanca. Al contrario, se describía a sí mismo como patriota y auténtico creyente. Apoyaba el lenguaje de “Estados Unidos primero” y estaba convencido de que podía hacerse realidad.

Varios meses después, volví a ver a Mark por segunda vez. Las audiencias del impeachment ya habían comenzado y entonces ocupaba las noticias la historia del cese de la embajadora estadounidense en Ucrania, Marie Yovanovitch. La verdadera naturaleza de la ideología de la administración —Trump primero, no Estados Unidos primero— se hacía cada vez más evidente. El abuso por parte del presidente de la ayuda militar a Ucrania y sus ataques contra los funcionarios públicos apuntaban no a una Casa Blanca patriótica, sino a un presidente centrado en sus propios intereses. Pero Mark no se disculpó por el presidente. En lugar de eso, cambió de tema: todo valía la pena, me dijo, por los uigures.

Pensé que había oído mal. ¿Los uigures? ¿Por qué los uigures? Yo no tenía noticia de nada que la administración hubiera hecho para ayudar a la minoría musulmana oprimida en Xinjiang, China. Mark me aseguró que se habían escrito cartas, que se habían hecho declaraciones, que incluso se había persuadido al propio presidente para que dijera algo en las Naciones Unidas. Dudé mucho que los uigures hubieran sacado algún provecho de esas palabras vacías: China no había modificado su comportamiento y los campos de concentración construidos para los uigures seguían en pie. Aun así, la conciencia de Mark estaba tranquila. Sí, Trump estaba destruyendo la reputación de Estados Unidos en el mundo, y sí, Trump estaba arruinando las alianzas de Estados Unidos, pero Mark era tan importante para la causa de los uigures que personas como él podían, con la conciencia tranquila, seguir trabajando para la administración.

Mark me hizo pensar en la historia de Wanda Telakowska, una activista cultural polaca que en 1945 se sintió más o menos como él. Antes de la guerra, Telakowska había coleccionado y promovido arte popular; después de la guerra tomó la trascendental decisión de incorporarse al Ministerio de Cultura polaco. La dirección comunista estaba arrestando y asesinando a sus opositores; la naturaleza del régimen se hacía cada vez más clara. Aun así, Telakowska creyó que podía utilizar su posición dentro del establishment comunista para ayudar a artistas y diseñadores polacos, promover su trabajo y lograr que las empresas polacas produjeran sus diseños a gran escala. Pero las fábricas polacas, recién nacionalizadas, no estaban interesadas en los diseños que ella encargaba. Los políticos comunistas, desconfiando de su lealtad, obligaron a Telakowska a escribir artículos llenos de galimatías marxista. Al final dimitió, sin haber conseguido nada de lo que se había propuesto. Una generación posterior de artistas la condenó como estalinista y la olvidó.

Podemos proteger al país del presidente. Ese fue, por supuesto, el argumento empleado por “Anonymous”, el autor del op-ed sin firma publicado en The New York Times en septiembre de 2018. Para quienes lo hayan olvidado —han pasado muchas cosas desde entonces—, aquel artículo describía el “comportamiento errático” del presidente, su incapacidad para concentrarse, su ignorancia y, sobre todo, su falta de “afinidad con ideales defendidos desde hace tiempo por los conservadores: mentes libres, mercados libres y pueblos libres”. La “raíz del problema”, concluía Anonymous, era “la amoralidad del presidente”. En esencia, el artículo describía la verdadera naturaleza del sistema alternativo de valores que Trump había introducido en la Casa Blanca, en un momento en que no todo el mundo en Washington lo comprendía aún. Pero incluso cuando llegaron a entender que la presidencia de Trump estaba guiada por el narcisismo del presidente, Anonymous no dimitió, no protestó, no armó ruido, ni hizo campaña contra el presidente y su partido.

En lugar de eso, Anonymous concluyó que lo correcto para funcionarios públicos como él o ella era permanecer dentro del sistema, desde donde podrían distraer y contener astutamente al presidente. Anonymous no estaba solo. Gary Cohn, por entonces asesor económico de la Casa Blanca, dijo a Bob Woodward que había retirado documentos del escritorio del presidente para impedir que sacara a Estados Unidos de un acuerdo comercial con Corea del Sur. James Mattis, el primer secretario de Defensa de Trump, permaneció en el cargo porque pensaba que podría educar al presidente sobre el valor de las alianzas de Estados Unidos o, al menos, proteger algunas de ellas de la destrucción.

Este tipo de conducta tiene ecos en otros países y en otros tiempos. Hace unos meses, en Venezuela, hablé con Víctor Álvarez, ministro en uno de los gobiernos de Hugo Chávez y antes de eso alto funcionario. Álvarez me explicó los argumentos que había esgrimido a favor de proteger parte de la empresa privada y su oposición a la nacionalización masiva. Álvarez estuvo en el gobierno desde finales de los años noventa hasta 2006, una época en la que Chávez intensificaba el uso de la policía contra manifestantes pacíficos y socavaba las instituciones democráticas. Aun así, Álvarez permaneció, con la esperanza de frenar los peores instintos económicos de Chávez. Al final sí renunció, después de concluir que Chávez había creado a su alrededor un culto de lealtad —Álvarez lo llamó un “subclima” de obediencia— y que ya no escuchaba a nadie que discrepara de él.

En los regímenes autoritarios, muchos de los de dentro acaban llegando a la conclusión de que su presencia, sencillamente, no importa. Cohn, después de debatirse públicamente cuando el presidente dijo que había habido “gente muy buena en ambos bandos” en la mortífera manifestación supremacista blanca de Charlottesville, Virginia, acabó dimitiendo cuando el presidente tomó la ruinosa decisión de imponer aranceles al acero y al aluminio, una decisión que perjudicó a las empresas estadounidenses. Mattis alcanzó su punto de ruptura cuando el presidente abandonó a los kurdos, aliados de larga data de Estados Unidos en la guerra contra el Estado Islámico.

Pero, aunque ambos dimitieron, ni Cohn ni Mattis han alzado la voz de manera notable. (El 3 de junio, después de que este artículo entrara en imprenta, Mattis denunció a Trump en un artículo publicado en TheAtlantic.com). Su presencia dentro de la Casa Blanca ayudó a construir la credibilidad de Trump entre los votantes republicanos tradicionales; su silencio ahora sigue sirviendo a los propósitos del presidente. En cuanto a Anonymous, no sabemos si sigue o no dentro de la administración. Para que conste, señalo que Álvarez vive en Venezuela, un auténtico Estado policial, y aun así está dispuesto a denunciar el sistema que ayudó a crear. Cohn, Mattis y Anonymous, todos ellos viviendo libremente en los Estados Unidos de América, no han sido ni remotamente igual de valientes.

Yo, personalmente, saldré beneficiado. Estas son, por supuesto, palabras que casi nadie pronuncia jamás en voz alta. Tal vez algunos sí se reconozcan en privado que no han dimitido ni protestado porque eso les costaría dinero o estatus. Pero nadie quiere ganarse fama de arribista o de tránsfuga. Después de la caída del Muro de Berlín, hasta Markus Wolf trató de presentarse como un idealista. Había creído de verdad en los ideales marxista-leninistas, dijo en 1996 a un entrevistador aquel hombre célebre por su cinismo, y “todavía creo en ellos”.

Muchas personas dentro y en torno a la administración Trump buscan beneficios personales. Muchas lo hacen con un grado de franqueza que resulta asombroso y poco habitual en la política estadounidense contemporánea, al menos a este nivel. Como ideología, “Trump primero” les viene bien, porque les da licencia para ponerse a sí mismos en primer lugar. Por poner un ejemplo cualquiera: Sonny Perdue, secretario de Agricultura, fue gobernador de Georgia y es empresario que, como Trump, se negó célebremente a colocar sus empresas agrícolas en un fideicomiso ciego al asumir la gobernación. Perdue nunca ha fingido siquiera separar sus intereses políticos de los personales. Desde que entró en el gabinete ha repartido, con una supervisión casi inexistente, miles de millones de dólares en “compensaciones” a explotaciones agrarias perjudicadas por las políticas comerciales de Trump. Ha llenado su departamento de antiguos lobbistas que ahora se encargan de regular a sus propios sectores: el vicesecretario Stephen Censky fue durante 21 años director ejecutivo de la American Soybean Association; Brooke Appleton fue lobbista de la National Corn Growers Association antes de convertirse en jefa de gabinete de Censky, y desde entonces ha regresado a ese grupo; Kailee Tkacz, miembro de un panel asesor en materia nutricional, fue lobbista de la Snack Food Association. Y la lista sigue y sigue, como seguirían listas semejantes de personas igualmente comprometidas en el Departamento de Energía, en la Agencia de Protección Ambiental y en otros lugares.

El departamento de Perdue emplea además a una cantidad extraordinaria de personas sin experiencia alguna en agricultura. Entre estos apparátchiks modernos, contratados por su lealtad más que por su competencia, figuran un camionero de larga distancia, un encargado de cabañas en un club de campo, la propietaria de una empresa de velas aromáticas y un becario del Comité Nacional Republicano. Al camionero de larga distancia se le pagaban 80.000 dólares al año por ampliar en el extranjero los mercados de la agricultura estadounidense. ¿Por qué estaba cualificado? Porque tenía experiencia en “el transporte y envío de productos agrícolas”.

Debo mantenerme cerca del poder. Otro tipo de beneficio, más difícil de medir, ha impedido que muchas personas que desaprueban las políticas o el comportamiento de Trump alcen la voz: la experiencia embriagadora del poder y la creencia de que la proximidad a una persona poderosa confiere un estatus superior. Esto tampoco tiene nada de nuevo. En un artículo de 1968 para The Atlantic, James Thomson, especialista estadounidense en Asia Oriental, explicó brillantemente cómo funcionaba el poder dentro de la burocracia estadounidense en la época de Vietnam. Cuando la guerra de Vietnam iba mal, mucha gente no dimitía ni hablaba en público porque preservar su “eficacia” —“una misteriosa combinación de formación, estilo y contactos”, según la definía Thomson— era una preocupación absorbente. Él llamó a esto “la trampa de la eficacia”:

La inclinación a guardar silencio o a asentir en presencia de los grandes hombres —a sobrevivir para luchar otro día, a ceder en este asunto para poder ser “eficaz” en los siguientes— es abrumadora. Y no es una tendencia exclusiva de los jóvenes; algunos de nuestros funcionarios más veteranos, hombres de riqueza y fama, cuyo lugar en la historia está asegurado, han guardado silencio por miedo a que se interrumpiera su vínculo con el poder.

En cualquier organización, privada o pública, el jefe tomará a veces decisiones que disgusten a sus subordinados, naturalmente. Pero cuando se violan constantemente principios básicos y la gente aplaza una y otra vez la dimisión —“siempre podré caer sobre mi espada la próxima vez”—, las políticas equivocadas quedan fatalmente sin impugnación.

En otros países, la trampa de la eficacia recibe otros nombres. En su reciente libro sobre el putinismo, Between Two Fires, Joshua Yaffa describe la versión rusa de este síndrome. La lengua rusa, señala, tiene una palabra —prisposoblenets— que significa “una persona experta en el arte del compromiso y la adaptación, que entiende intuitivamente lo que se espera de ella y ajusta en consecuencia sus creencias y su conducta”. En la Rusia de Putin, cualquiera que quiera seguir en el juego —permanecer cerca del poder, conservar influencia, inspirar respeto— sabe que es necesario hacer constantes pequeños ajustes en el lenguaje y en el comportamiento, ser cuidadoso con lo que se dice y con quién se dice, y entender qué críticas son aceptables y cuáles constituyen una infracción de las reglas no escritas. Quienes quebrantan esas reglas no suelen acabar en prisión —la Rusia de Putin no es la Rusia de Stalin—, pero sí experimentan una dolorosa expulsión del círculo íntimo.

Para quienes nunca la han experimentado, la atracción casi mística de esa conexión con el poder, de esa sensación de estar dentro, es difícil de explicar. Sin embargo, es real, y lo bastante fuerte como para afectar incluso a las personas de más alto rango, más conocidas y más influyentes de Estados Unidos. John Bolton, exasesor de seguridad nacional de Trump, tituló su libro aún inédito The Room Where It Happened, porque, por supuesto, ese es el lugar donde siempre ha querido estar. Un amigo que se tropieza a menudo con Lindsey Graham en Washington me contó que cada vez que se ven, “presume de haberse reunido justo antes con Trump”, mostrando un nivel de entusiasmo “propio del instituto”, como si “un popular quarterback acabara de prestar atención a un empollón del club de debate: ¡al chico poderoso y popular le gusto yo!”. A ese tipo de placer intenso es difícil renunciar y aún más difícil vivir sin él.

LOL, nada importa. Cinismo, nihilismo, relativismo, amoralidad, ironía, sarcasmo, aburrimiento, diversión: todas estas son razones para colaborar, y siempre lo han sido. Marko Martin, novelista y escritor de viajes que creció en Alemania Oriental, me contó que en la década de 1980 parte de la bohemia de Alemania Oriental, influida por intelectuales franceses entonces de moda, sostenía que no existía tal cosa como la moralidad o la inmoralidad, ni el bien ni el mal, ni lo correcto ni lo incorrecto, “así que lo mismo daba colaborar”.

Ese impulso tiene una variante estadounidense. Los políticos de este país que han pasado la vida obedeciendo reglas y vigilando sus palabras, calibrando su lenguaje, pronunciando discursos piadosos sobre la moral y el gobierno, pueden sentir una admiración secreta por alguien como Trump, que rompe todas las reglas y sale indemne. Miente; hace trampas; extorsiona; se niega a mostrar compasión, simpatía o empatía; no finge creer en nada ni regirse por código moral alguno. Simula patriotismo, con banderas y gestos, pero no se comporta como un patriota; su campaña trató de conseguir ayuda de Rusia en 2016 (“Si es eso lo que dices, me encanta”, respondió Donald Trump Jr. cuando le ofrecieron “trapos sucios” rusos sobre Hillary Clinton), y el propio Trump pidió a Rusia que pirateara a su rival. Y, para algunos de los que ocupan la cúpula de su administración y de su partido, estos rasgos de carácter pueden ejercer un atractivo profundo e inconfesado: si no existe la diferencia entre lo moral y lo inmoral, entonces todos quedan implícitamente liberados de la necesidad de obedecer regla alguna. Si el presidente no respeta la Constitución, ¿por qué habría de respetarla yo? Si el presidente puede hacer trampas en las elecciones, ¿por qué no iba a poder hacerlas yo? Si el presidente puede acostarse con estrellas del porno, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo?

Esa fue, por supuesto, la intuición de la “alt-right”, que comprendió la oscura seducción de la amoralidad, del racismo abierto, del antisemitismo y de la misoginia mucho antes que muchos otros dentro del Partido Republicano. Mijaíl Bajtín, el filósofo y crítico literario ruso, reconoció el atractivo de lo prohibido hace un siglo, cuando escribió sobre la profunda fascinación del carnaval, un espacio en el que de pronto se permite todo lo vedado, donde la excentricidad es admisible y donde la profanidad derrota a la piedad. La administración Trump es así: nada significa nada, las reglas no importan, y el presidente es el rey del carnaval.

Mi bando puede tener defectos, pero la oposición política es mucho peor. Cuando el mariscal Philippe Pétain, dirigente de la Francia colaboracionista, asumió el control del gobierno de Vichy, lo hizo en nombre de la restauración de una Francia que él creía perdida. Pétain había sido un crítico feroz de la República francesa y, una vez en el poder, sustituyó su célebre lema —Liberté, égalité, fraternité, o “Libertad, igualdad, fraternidad”— por otro distinto: Travail, famille, patrie, o “Trabajo, familia, patria”. En lugar de la “falsa idea de la igualdad natural del hombre”, propuso recuperar la “jerarquía social”: el orden, la tradición y la religión. En vez de aceptar la modernidad, Pétain quiso hacer retroceder el reloj.

A juicio de Pétain, la colaboración con los alemanes no era simplemente una necesidad embarazosa. Era crucial, porque otorgaba a los patriotas la capacidad de combatir al verdadero enemigo: los parlamentarios franceses, los socialistas, los anarquistas, los judíos y otros izquierdistas y demócratas varios que, según él, estaban minando a la nación, privándola de vitalidad, destruyendo su esencia. “Mejor Hitler que Blum”, decía el lema, siendo Blum el primer ministro socialista —y judío— de Francia a finales de los años treinta. Un ministro de Vichy, Pierre Laval, declaró célebremente que esperaba que Alemania conquistara toda Europa. De lo contrario, sostuvo, “el bolchevismo se instalaría mañana en todas partes”.

Para los estadounidenses, este tipo de justificación debería sonar muy familiar; venimos oyendo versiones de ella desde 2016. La naturaleza existencial de la amenaza procedente de “la izquierda” se ha formulado muchas veces. “Nuestra realidad presente, y la dirección futura, del liberalismo de izquierda son incompatibles con la naturaleza humana”, escribió Michael Anton en “The Flight 93 Election”. La presentadora de Fox News Laura Ingraham ha advertido también de que nos amenazan “cambios demográficos masivos”: “En algunas partes del país parece que la América que conocemos y amamos ya no existe”. Esa es la lógica de Vichy: la nación está muerta o agoniza, así que cualquier cosa que se haga para restaurarla queda justificada. Cualesquiera que sean las críticas que puedan dirigirse a Trump, cualesquiera que sean los daños que haya causado a la democracia y al Estado de derecho, cualesquiera que sean los negocios corruptos que pueda cerrar desde la Casa Blanca, todo eso empequeñece en comparación con la alternativa horrorosa: el liberalismo, el socialismo, la decadencia moral, el cambio demográfico y la degradación cultural que, inevitablemente, habría traído consigo una presidencia de Hillary Clinton.

Los senadores republicanos que están dispuestos a expresar en privado su repugnancia por Trump, pero que en febrero votaron a favor de que siguiera en el cargo, participan todos de una variación de este sentimiento. (Trump les permite conseguir los jueces que quieren, y esos jueces contribuirán a crear la América que ellos quieren.) También lo hacen los pastores evangélicos que deberían sentirse repugnados por la conducta personal de Trump, pero que, en cambio, sostienen que la situación actual tiene precedentes bíblicos. Como el rey David en la Biblia, el presidente es un pecador, un instrumento imperfecto, pero aun así ofrece un camino de salvación para una nación caída.

Los tres miembros más importantes del gabinete de Trump —el vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado Mike Pompeo y el fiscal general William Barr— están profundamente marcados por un pensamiento apocalíptico de tipo vichysta. Los tres son lo bastante inteligentes como para entender lo que significa realmente el trumpismo, que no tiene nada que ver con Dios ni con la fe, que es egoísta, codicioso y antipatriótico. Aun así, un antiguo miembro de la administración —uno de los pocos que sí decidió dimitir— me dijo que tanto Pence como Pompeo “se han convencido de que están viviendo un momento bíblico”. Todo aquello que les importa —ilegalizar el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo y (aunque esto nunca se dice en voz alta) mantener una mayoría blanca en Estados Unidos— está amenazado. El tiempo se agota. Creen que “nos acercamos al Rapto y que este es un momento de profunda significación religiosa”. Barr, en un discurso en Notre Dame, también describió su creencia de que “los secularistas militantes” están destruyendo Estados Unidos, de que “la irreligión y los valores seculares se están imponiendo a la gente de fe”. Cualquiera que sea el mal que haga Trump, cualquiera que sea el daño que cause o la destrucción que provoque, al menos permite a Barr, Pence y Pompeo salvar a Estados Unidos de un destino mucho peor. Si uno está convencido de que vivimos en los Últimos Tiempos, entonces cualquier cosa que haga el presidente puede ser perdonada.

Tengo miedo de alzar la voz. El miedo, por supuesto, es la razón más importante por la que cualquier habitante de una sociedad autoritaria o totalitaria no protesta ni dimite, incluso cuando el líder comete delitos, viola su propia ideología oficial u obliga a la gente a hacer cosas que sabe que están mal. En dictaduras extremas como la Alemania nazi y la Rusia de Stalin, la gente teme por su vida. En dictaduras más blandas, como la Alemania Oriental después de 1950 y la Rusia de Putin hoy, la gente teme perder su empleo o su vivienda. El miedo funciona como motivación incluso cuando la violencia es un recuerdo más que una realidad. Cuando yo era estudiante en Leningrado en los años ochenta, algunas personas todavía retrocedían horrorizadas si les pedía direcciones por la calle, en mi ruso con acento: en 1984 nadie iba a ser arrestado por hablar con un extranjero, pero 30 años antes sí podría haberlo sido, y la memoria cultural seguía allí.

En los Estados Unidos de América cuesta imaginar que el miedo pueda ser una motivación para nadie. No hay asesinatos masivos de enemigos políticos del régimen, ni los ha habido nunca. La oposición política es legal; la libertad de prensa y la libertad de expresión están garantizadas por la Constitución. Y, sin embargo, incluso en una de las democracias más antiguas y estables del mundo, el miedo es un motivo. El mismo antiguo funcionario de la administración que observó la importancia del cristianismo apocalíptico en el Washington de Trump me dijo también, con sombrío desprecio, que “todos tienen miedo”.

No tienen miedo de la cárcel, me dijo, sino de ser atacados por Trump en Twitter. Tienen miedo de que les invente un apodo. Tienen miedo de ser ridiculizados o avergonzados, como le ha ocurrido a Mitt Romney. Tienen miedo de perder su círculo social, de dejar de ser invitados a fiestas. Tienen miedo de que sus amigos y partidarios, y en especial sus donantes, los abandonen. John Bolton tiene su propio super PAC y un montón de planes sobre cómo quiere utilizarlo; no extraña que se resistiera a testificar contra Trump. El expresidente de la Cámara Paul Ryan figura entre las decenas de republicanos de la Cámara de Representantes que han abandonado el Congreso desde el comienzo de esta administración, en una de las rotaciones de personal más llamativas de la historia del Capitolio. Se fueron porque odiaban lo que Trump le estaba haciendo a su partido y al país. Y, sin embargo, ni siquiera después de irse alzaron la voz.

Tienen miedo y, sin embargo, no parecen saber que ese miedo tiene precedentes ni que podría tener consecuencias. No saben que oleadas semejantes de miedo han ayudado a transformar otras democracias en dictaduras. No parecen darse cuenta de que el Senado de Estados Unidos realmente podría convertirse en la Duma rusa, o en el Parlamento húngaro, un grupo de hombres y mujeres ilustres sentados en un edificio elegante, sin influencia y sin poder. De hecho, ya estamos mucho más cerca de esa realidad de lo que muchos habrían podido imaginar.



En febrero, muchos miembros de la dirección del Partido Republicano, senadores republicanos y personas dentro de la administración utilizaron diversas versiones de estos razonamientos para justificar su oposición a la destitución. Todos ellos habían visto las pruebas de que Trump había cruzado la línea en sus tratos con el presidente de Ucrania. Todos sabían que había intentado utilizar instrumentos de la política exterior estadounidense, incluida la financiación militar, para obligar a un dirigente extranjero a investigar a un adversario político interno. Sin embargo, los senadores republicanos, encabezados por Mitch McConnell, nunca se tomaron en serio los cargos. Se burlaron de los dirigentes demócratas de la Cámara de Representantes que los habían presentado. Decidieron no escuchar pruebas. Con la única excepción de Romney, votaron a favor de poner fin a la investigación. No aprovecharon la oportunidad de librar al país de un presidente cuyo sistema efectivo de valores —construido en torno a la corrupción, un autoritarismo incipiente, la autoadoración y los intereses empresariales de su familia— va en contra de todo aquello en lo que la mayoría de ellos afirma creer.

Apenas un mes después, en marzo, las consecuencias de aquella decisión se hicieron súbitamente claras. Cuando Estados Unidos y el mundo se vieron arrojados a la crisis por un coronavirus que no tenía cura, el daño causado por el narcisismo egocéntrico y venal del presidente —su única verdadera “ideología”— se volvió por fin visible. Dirigió una respuesta federal al virus que fue caótica en términos históricos. La desaparición del gobierno federal no fue una transferencia cuidadosamente planificada de poder a los estados, como algunos intentaron sostener, ni una decisión meditada de aprovechar el talento de las empresas privadas. Fue el resultado inevitable de un asalto de tres años contra la profesionalidad, la lealtad, la competencia y el patriotismo. Han muerto decenas de miles de personas y la economía ha quedado arruinada.

Este desastre absoluto era evitable. Si el Senado hubiera destituido al presidente mediante el impeachment un mes antes; si el gabinete hubiera invocado la Vigesimoquinta Enmienda en cuanto quedó clara la ineptitud de Trump; si los funcionarios anónimos y off the record que conocían la incompetencia de Trump hubieran advertido conjuntamente al público; si no hubieran estado, en cambio, tan preocupados por mantener su proximidad al poder; si los senadores no hubieran tenido miedo de sus donantes; si Pence, Pompeo y Barr no hubieran creído que Dios los había escogido para desempeñar papeles especiales en este “momento bíblico”… si cualquiera de esas cosas hubiera sido distinta, podrían haberse evitado miles de muertes y un colapso económico histórico.

El precio de la colaboración en Estados Unidos ya ha resultado extraordinariamente alto. Y, sin embargo, el deslizamiento por la pendiente resbaladiza continúa, igual que ocurrió en tantos países ocupados en el pasado. Primero, los facilitadores de Trump aceptaron mentiras sobre la investidura; ahora aceptan una tragedia terrible y la pérdida del liderazgo estadounidense en el mundo. Podría venir algo peor. Llegado noviembre, ¿tolerarán —e incluso favorecerán— un ataque contra el sistema electoral: esfuerzos abiertos por impedir el voto por correo, cerrar colegios electorales, amedrentar a la gente para que no vote? ¿Consentirán la violencia, mientras los partidarios del presidente en las redes sociales incitan a los manifestantes a lanzar ataques físicos contra funcionarios estatales y municipales?

Cada violación de nuestra Constitución y de nuestra paz cívica es absorbida, racionalizada y aceptada por personas que en otro tiempo sabían perfectamente que estaba mal. Si, tras lo que casi con toda seguridad será una de las elecciones más desagradables de la historia estadounidense, Trump gana un segundo mandato, bien podrían aceptar cosas aún peores. A menos, claro, que decidan no hacerlo.

Cuando visité a Marianne Birthler, no creía que tuviera mucho interés hablar de la colaboración en Alemania Oriental, porque en Alemania Oriental todo el mundo colaboraba. Así que le pregunté por la disidencia: cuando todos tus amigos, todos tus profesores y todos tus empleadores apoyan firmemente al sistema, ¿cómo se encuentra el valor para oponerse a él? En su respuesta, Birthler se resistió a usar la palabra valor; igual que las personas pueden adaptarse a la corrupción o a la inmoralidad, me dijo, también pueden aprender poco a poco a objetarlas. La elección de convertirse en disidente puede ser fácilmente el resultado de “una serie de pequeñas decisiones que vas tomando”: ausentarte, por ejemplo, del desfile del Primero de Mayo, o no cantar la letra del himno del partido. Y entonces, un día, te descubres irrevocablemente al otro lado. A menudo, este proceso implica modelos de referencia. Ves a personas a las que admiras y quieres parecerte a ellas. Incluso puede ser “egoísta”. “Quieres hacer algo por ti mismo”, dijo Birthler, “para respetarte a ti mismo”.

Para algunas personas, la resistencia se ve facilitada por su educación. Los padres de Marko Martin odiaban al régimen de Alemania Oriental, y él también. Su padre era objetor de conciencia, y él también lo fue. Ya desde la República de Weimar, sus bisabuelos habían formado parte de la izquierda anticomunista “anarquosindicalista”; él tenía acceso a sus libros. En los años ochenta se negó a ingresar en la Juventud Libre Alemana, la organización juvenil comunista, y como consecuencia no pudo ir a la universidad. En su lugar, comenzó una formación profesional para convertirse en electricista (después de negarse a ser carnicero). En sus clases de formación como electricista, otro estudiante lo apartó y le advirtió, de manera sutil, que la Stasi estaba reuniendo información sobre él: “No hace falta que me cuentes todo lo que se te pasa por la cabeza”. Finalmente se le permitió emigrar, en mayo de 1989, apenas unos meses antes de la caída del Muro de Berlín.

En Estados Unidos también tenemos nuestras Marianne Birthler, nuestros Marko Martin: personas cuyas familias les enseñaron el respeto por la Constitución, que creen en el Estado de derecho, que creen en la importancia del servicio público desinteresado, que tienen valores y modelos de referencia ajenos al mundo de la administración Trump. A lo largo del último año, muchas de esas personas han encontrado el valor para defender aquello en lo que creen. Unas pocas han sido empujadas al centro de la escena. Fiona Hill —una historia de éxito inmigrante y una creyente auténtica en la Constitución estadounidense— no tuvo miedo de testificar en las audiencias de destitución de la Cámara, ni tuvo miedo de alzar la voz contra los republicanos que difundían una falsa historia sobre una supuesta interferencia ucraniana en las elecciones de 2016. “Se trata de una narrativa ficticia que ha sido fabricada y propagada por los propios servicios de seguridad rusos”, declaró en su testimonio ante el Congreso. “La verdad lamentable es que Rusia fue la potencia extranjera que atacó sistemáticamente nuestras instituciones democráticas en 2016.”



Arriba: el senador Lindsey Graham frente a su despacho en el Capitolio, el 19 de diciembre de 2019, un día después de que la Cámara de Representantes votara a favor de la destitución de Donald Trump. Graham defendió firmemente a Trump durante el proceso de destitución. Abajo: el 21 de noviembre de 2019, durante la investigación de destitución llevada a cabo por el Comité de Inteligencia de la Cámara, Fiona Hill, exasesora adjunta de Trump, declaró que los republicanos estaban difundiendo la narrativa falsa del presidente sobre Ucrania.


El teniente coronel Alexander Vindman —otra historia de éxito inmigrante y otro creyente genuino en la Constitución estadounidense— también encontró el valor, primero para denunciar la llamada telefónica impropia del presidente con su homólogo ucraniano, que Vindman había escuchado como miembro del Consejo de Seguridad Nacional, y después para hablar públicamente de ello. En su testimonio hizo una referencia explícita a los valores del sistema político estadounidense, tan distintos de los del lugar donde había nacido. “En Rusia”, dijo, “ofrecer testimonio público sobre el presidente seguramente me costaría la vida”. Pero, como “ciudadano estadounidense y servidor público…, puedo vivir libre del miedo por mi seguridad y la de mi familia”. Pocos días después de la votación del Senado sobre la destitución, Vindman fue escoltado físicamente fuera de la Casa Blanca por representantes de un presidente vengativo que no apreció su himno al patriotismo estadounidense, aunque al parecer sí lo apreció el general retirado de los Marines John Kelly, antiguo jefe de gabinete del presidente. La conducta de Vindman, dijo Kelly en un discurso pronunciado unos días después, era “exactamente lo que les enseñamos a hacer desde la cuna hasta la tumba. Fue y le contó a su jefe lo que acababa de oír”.

Pero tanto Hill como Vindman contaban con algunas ventajas importantes. Ninguno de los dos tenía que responder ante votantes ni ante donantes. Ninguno ocupaba una posición destacada dentro del Partido Republicano. ¿Qué haría falta, en cambio, para que Pence o Pompeo llegaran a la conclusión de que el presidente es responsable de una crisis sanitaria y económica catastrófica? ¿Qué haría falta para que los senadores republicanos admitieran ante sí mismos que el culto de lealtad a Trump está destruyendo el país que afirman amar? ¿Qué haría falta para que sus asesores y subordinados llegaran a la misma conclusión, dimitieran y hicieran campaña contra el presidente? ¿Qué haría falta, en otras palabras, para que alguien como Lindsey Graham se comportara como Wolfgang Leonhard?

Si, como escribió Stanley Hoffmann, el historiador honesto tendría que hablar de “colaboracionismos”, porque el fenómeno adopta tantas variantes, lo mismo ocurre con la disidencia, que probablemente también habría que describir en plural. La gente puede cambiar de opinión de repente a causa de revelaciones intelectuales espontáneas, como la que tuvo Wolfgang Leonhard al entrar en su elegante comedor de la nomenklatura, con sus manteles blancos y sus comidas de tres platos. Pero también puede verse persuadida por acontecimientos externos: cambios políticos rápidos, por ejemplo. La conciencia de que el régimen había perdido su legitimidad fue parte de lo que llevó a Harald Jaeger, un oscuro guardia fronterizo de Alemania Oriental y, hasta ese momento, completamente leal, a decidir en la noche del 9 de noviembre de 1989 levantar las barreras y dejar pasar a sus compatriotas a través del Muro de Berlín, una decisión que condujo, en los días y meses siguientes, al fin de la propia Alemania Oriental. La decisión de Jaeger no fue planificada; fue una respuesta espontánea a la falta de miedo de la multitud. “Su voluntad era tan grande”, dijo años después, refiriéndose a quienes exigían cruzar hacia Berlín Occidental, “que no había otra alternativa que abrir la frontera”.

Pero todas estas cosas están entrelazadas y no es fácil desenredarlas. Lo personal, lo político, lo intelectual y lo histórico se combinan de manera distinta en cada mente humana, y los resultados pueden ser imprevisibles. La revelación “repentina” de Leonhard quizá llevaba años gestándose, tal vez desde el arresto de su madre. Jaeger se dejó llevar por la grandeza del momento histórico aquella noche de noviembre, pero también tenía preocupaciones más mezquinas: estaba molesto con su jefe, que no le había dado instrucciones claras sobre qué hacer.

¿Podría alguna combinación semejante de lo mezquino y lo político convencer alguna vez a Lindsey Graham de que ha contribuido a conducir a su país por un callejón sin salida? Tal vez lo conmovería una experiencia personal, el empujón de alguien que representara su antiguo sistema de valores —un viejo camarada de la Fuerza Aérea, pongamos, cuya vida haya quedado dañada por la conducta temeraria de Trump, o un amigo de su pueblo natal—. Tal vez haga falta un acontecimiento político de masas: cuando los votantes empiecen a cambiar, quizá Graham cambie con ellos, alegando, como hizo Jaeger, que “su voluntad era tan grande… que no había otra alternativa”. Porque, al fin y al cabo, en algún momento empezará a cambiar el cálculo del conformismo. Seguir apoyando “Trump primero” se volverá incómodo y embarazoso, sobre todo a medida que los estadounidenses sufran la peor recesión de la memoria reciente y mueran de coronavirus en cifras superiores a las de buena parte del resto del mundo.

O quizá el único antídoto sea el tiempo. A su debido momento, los historiadores escribirán la historia de nuestra época y extraerán sus lecciones, igual que nosotros escribimos la historia de los años treinta o de los años cuarenta. Los Miłosz y los Hoffmann del futuro emitirán sus juicios con la claridad que da la perspectiva retrospectiva. Verán, con más claridad que nosotros, el camino que llevó a Estados Unidos a una pérdida histórica de influencia internacional, a la catástrofe económica, al caos político de una clase que no habíamos experimentado desde los años previos a la Guerra Civil. Entonces quizá Graham —junto con Pence, Pompeo, McConnell y toda una multitud de figuras menores— comprenda lo que ayudó a hacer posible.

Entretanto, dejo a cualquiera que tenga la mala suerte de ocupar una posición pública en este momento con una última reflexión de Władysław Bartoszewski, que fue miembro de la resistencia clandestina polaca durante la guerra, prisionero tanto de los nazis como de los estalinistas y, por último, ministro de Exteriores en dos gobiernos democráticos polacos. Ya al final de su vida —vivió hasta los 93 años— resumió la filosofía que lo había guiado a través de todos esos tumultuosos cambios políticos. No era el idealismo, dijo, ni las grandes ideas. Era esto: Warto być przyzwoitym —“Basta con intentar ser decente”. Si fuiste decente, eso es lo que se recordará.

* Artículo original: “History Will Judge The Complicit”. Este artículo apareció en la edición impresa de The Atlantic, de julio/agosto de 2020, con el título “Los colaboradores”. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.






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