Nostalgia de un tiempo arrebatado

Aquí en Estados Unidos, hace pocas semanas terminó el semestre de primavera. Los niños volvieron a su casa y yo me encontré felizmente de vacaciones. 

He pasado estos días escribiendo, leyendo, poniéndome al día con trabajos pendientes y estudiando en el curso de verano de mi universidad. No puedo decir que tenga una vida muy atractiva y emocionante. Estos últimos años mi vida podríamos decir que se ha reducido a existir detrás de pantallas, lo cual ha despertado cierto placer adictivo similar al espionaje. Pero eso es otro tema. 

En estos días de vacaciones tuve la oportunidad de hablar con K. Resulta tan estimulante hablar con una persona con quien puedes estar de acuerdo en todo, aun estando de acuerdo en nada. Y no, no me contradigo. 

Resulta que K tiene una forma de sentir y pensar sobre Cuba diametralmente opuesta a mi sentir sobre la Isla. Para ella, un trozo de tierra no significa demasiado. Considera que el amor que siente hacia Cuba no está vinculado al país, sino a un pasado que no va a volver por más que tornásemos a la misma ciudad. 

Su nostalgia se encuentra en la casita antigua de los abuelos, en un barrio en la punta de la loma que ya está destruido, donde no quedan la casa de Ana ni la casa de Patu. La carretera que sube hasta la cima está llena de cactus y maleza que comienza a tragarse su centro. La gente se viste con la cara hostil de aquellos que no te han visto crecer. Y la casa…, ahí ya no vive ella, ni el abuelo. No hay olor a cocina de olla, ni escuchas una voz gritándote que te vayas a bañar, que el agua está entrando y hay que apagar el motor del tanque.

No hemos vuelto a visitar esa casa que tantos recuerdos nos trae a ambas, pero yo no querría volver nunca más. Me han dicho que la casa ya no tiene la reja pintada, que las persianas están rotas y que el jardín de abuela, con sus flores bellas que el abuelo chapeaba y mantenía siempre bien cuidado, ahora no es más que un montón de tierra y polvo donde suele haber un caballo y un par de chiquillos retozando descalzos. 

A veces es mejor vivir en el recuerdo que volver a casa, sobre todo cuando al volver pasos atrás no encontrarás nunca el mismo olor. Y entonces se extrañan las voces y los tiempos, la gente que tampoco será nunca la misma porque la cuestión es el que tiempo pasa y tú te fuiste. 

La precariedad le saca ojeras a los amigos, engorda a los que pueden ahogar su estrés en comidas por tedio y ansiedad, demacra a los que no tienen comida, curte la piel y el alma, e irónicamente congela el tiempo de quienes no van a poder hablarte de nada que no sea comida y luz, agua y transporte, y los mismos cuentos de la misma gente que se va, de los pocos que se quedan, y de los mismos sitios que al final siguen ahí, porque la vida es la que tocó, y sería burlarse en la cara de la coherencia y servir como bufón del absurdo esperar que pueda un ser humano, trancado en una cárcel, hablar de los pájaros y ser algo más que un prisionero que, en el mejor de los casos, recuerda que es humano. 

Así que K no quiere volver y ella me dice: “Yo sé que nadie me entiende”.

Pero yo comprendo que no puedes amar una tierra que nunca amaste cuando es el doloroso recuerdo, la física presencia que retorna al pasado y te dice que un día sí fuiste feliz y entonces, adiós.

K soñaba con las casas de ladrillos y los días grises de cielo europeo, con la ropa y los conciertos y las ciudades grandes, como esas que salían en las películas, y cuando mirabas arriba no sabías dónde quedaban las nubes y si se las había tragado un rascacielos. 

“Yo sabía que el mundo tenía que ser más que aquel pedacito”, dice. 

Y claro que la entiendo. No tengo que sentirlo para ser capaz de comprenderlo. 

Yo no odio a Matanzas y no siento rencor por Cuba. Y mataría no por volver (no hoy, no así), sino tal vez por cambiar la historia.

Sin embargo, he debido reconocer que el ansia ardiente que recoge mi alma todos los días no solo añora la bahía, Narváez y el malecón. Tampoco tendría sentido caminar sin rumbo por la universidad y no encontrarse con nadie. 

Mi nostalgia ruega por un tiempo arrebatado y por momentos que no regresarán nunca, ruega por una verdad y un momento histórico que ninguna reconstrucción del país nos van a devolver. 

Yo extraño mis peñas en la UNEAC matancera La Hija de la Luna, en la Casa de la Memoria Escénica. Extraño aprender a declamar y la cara de los poetas que arrojan el humo a las estrellas, como en un trance, como si los versos los llevasen al éxtasis, como si se pudiese ser más raro de lo raro que es ser artista en el comunismo.

Yo extraño la casa de Mae y su ventana a la Bahía, y el puente. Quiero esas paredes azules de la universidad, el pasillo de entrada frente al mar, quiero la facultad y subir a la tercera planta, compartir el almuerzo. Pero no tiene sentido volver, no sin regresar el tiempo atrás con esos profesores que tenían que estar al frente. Y no sin esos amigos que juré que serían para toda la vida hasta que nos cogió el avión y nos separó el tiempo, y ahora los quiero desde el absoluto incierto de no saber qué ha sido de sus vidas, porque la distancia de una llamada a veces cuesta millas y cede ante el agotamiento. 

Y la gente cambia. Y el olvido acecha dentro. Y nada es igual para quien tuvo que dejarlo todo. Y es entendible.  

K dice que ella no quiere volver, que ella no siente orgullo de ser cubana, más lo siente de lo mucho que luchó por obtener su ciudadanía gringa. Y yo aquí estoy, agradezco (y que me perdonen los dioses que me ayudaron a escapar: yo me puedo parar en firme, señal de respeto que no se niega a ningún mártir), pero ni aunque me paguen y solo a costa de que me arranquen la dignidad, saludaría la bandera de los Estados Unidos con una mano en el pecho, pues en cualquier rincón del mundo he de proclamar mi cubanía.

Pero claro que la entiendo, a ella, que tuvo que dejar todo, y volver para descubrir que nada sería igual, que tuvo que crecer sola y a costa de sobrevivir y a golpes de tener que comprender. Claro que sé que vale más para muchos el esfuerzo de ganar un país porque orgullosamente quisiste ser digna de él, aunque no será el mío, sino solo el refugio que me permitió estar, el lugar de un planeta infectado donde al menos, se puede vivir.

Tanto ella como yo, queremos que la gente linda que vive allá adentro pare de llorar, y decir un día que Cuba por fin es libre. Aunque yo vuelva y ella siga fuera, y las dos tengamos sueños, estoy segura de que en todos los rincones del mundo donde han de habitar los cubanos (y eso es desde Turquía hasta el inframundo, desde la punta del cielo hasta la base de la Torre Eiffel), cada uno desea que Cuba sea libre y que los niños de hoy sean adultos con una historia ligada a un hogar donde pueden vivir, y no fragmentos de vida regados por el mundo, untados con ese pegamento al que le decimos “echar pa’lante”.






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Por Orlando Luis Pardo Lazo