Días de diagonales nubladas, parábolas psicodélicas que interceptan Galiano y San Rafael, instante postergado de la estación nostálgica, navidades abdicadas por rublos y chantaje. CAME a la segunda década del triunfo. Olor a masa horneada, tomate dulce y mozzarella invade la atmósfera. Fredi del Bosque, cerquillo, gafas, chaqueta de piel crema, pantalones campana y tacos italianos puntiagudos; escuálido Nijinsky tropical, camina a zancadas, entre estantes semivacíos del primer piso del Ten Cent de Galiano.
Del Bosque: apellido de algún tatarabuelo extraviado entre encinas, expulsado de Castilla, orientado por el musgo. Primero Fredi fue solo. Un día de primavera, Saturnino, hijo de diplomáticos, lo vio internarse entre los árboles frondosos del Parque Central. Desde entonces quedó marcado por el follaje.
Camina Del Bosque en dirección norte, libraco bajo el brazo. Siempre al norte: cero espacial, doce del reloj, Estrella Polar. Pondera las tinieblas extendiéndose en la negrura que encierra el sur.
Suena “Chirrín Chirrán”, de Van Van. Diez millones que no fueron. Primera parada: guachipupa en la barra semivacía de San José. Doscientos cincuenta pasos más y Fredi salta al Cine América: vestíbulo art déco, párase sobre el mapamundi de la isla de Cuba y hace entrada por la puerta de Escorpión. Ponen Sin móvil aparente. Franco-italianos son: Mastroianni-Deneuve, el Maserati Merak y el túnel del Mont Blanc.
Entre cabezas y penumbras, Fredi desafía a Trintignant —corriendo Galiano abajo. El detective Carella es un G2 en La Habana. Allí del Bosque vaticina que Fraguela, novio de Elena, criollita de Wilson, contrabandea ropa extranjera con Ernesto, exmarino mercante y levantador de pesas, hermano de Mizael, ilustre santero del solar Salaya de Zanja.
Vestirse es un lujo en este país, explica Mizael: tú tienes pinta. Ernesto se sienta y asiente. ¿Un Levy y una Manhattan? 250 fulas. Ven a buscarlo el viernes. Me cayeron unos tacos españoles de puntera cuadrada. ¿Qué talla? 10. Yo soy 11 y medio. Mételo en horma y el pie cabe.
Soraya, mujer de Remberto y mamá de Tony, deja la puerta del balcón abierta, se desnuda por las noches, posa y se masturba frente a la televisión. Fredi es punto fijo; rascabuchea desde el balcón de Leandro, en el segundo piso del solar de Dragones. Soraya se manosea y lo vacila… Aaah, mohín lascivo.
Semanas y pajas después, la policía detendrá a Fraguela por contrabando. Más bien, por anélido. Elena, informante (se supo después), lo denunció. Fraguela no pudo y colgó el sable. Una noche de verano, Soraya se dará candela en la cama, por celos con Remberto. Tony morirá acuchillado en los carnavales del 74, año en que se eligió la última Estrella y los Luceros. Nada de reina y damas; sonaba monárquico y capitalista.
Fredi disfruta de las tetas brinconas de Dominique Sanda, a corta distancia de sus manos temblorosas y delgadas. ¿Se irá a pajear? Cunde el silencio con furia y aguas de miedo. Por imaginarse —un decir—, Fredi y Dominique caminan de la mano en el París futurista de Tati en Playtime. Dominique susurra: Dame un beso. Cut. La tour Eiffel.
Del Bosque —flap, clac— traje azul muselina, azul de agua en vitrina de Viena; rosa al ojal cual llama liliputiense perfumada. Botas: toc-toc sobre el pavimento. Entran al Bon Marché. La gente vacila —susúrr, filiflú— ver la pareja deslizarse sobre la alfombra azul celeste de Puotila, mar de lana, nube tendida, según el libreto de la película. Los sueños, sueños son.
Oh man! Look at those cavemen go.
It’s the freakiest show…
Acabada la tanda, Del Bosque cruza la avenida, disponiéndose para la cola de pizza. ¡Qué gentío de fantasmas! Fredi, herido de sombras, se encuentra con Adela, curada de traumas, desencantada de la vida, adherida al aire, línea de carboncillo aleatoria sobre la tarde —estudiante de danza de la ENA, cuerpo afinado por el rigor, despabilada, hija de pinchos de Nuevo Vedado. Del Bosque hace lo indecible por conmoverla y, en pleno Galiano, confiesa su identidad extraterrestre.
Adela sonríe. Stefania Sandrelli: un verano italiano en Portofino que nunca termina. Se mira Fredi en los ojos verde-selváticos de la bailarina. Un, dos, tres, La valse de Ravel. Adela desarma anélidos y deja caer la bomba: Dime: ¿eres revolucionario? Pasan segundos asmáticos. Él declara “Tú, me…” e involuntariamente ¡pum! con la pierna derecha. Plaf, 600 páginas alemanas al piso mojado.
Adela se le encima: Fredi, tú me caes bien —los ojos verdes de Terpsícore secretan melao. Recoge el libro de dos libras por la carátula. ¿Qué lees? Marx. ¿Tú y eso? Inercia es también curiosidad. Adela hace pucheros.
Desgracia, lo asedia la sospecha que la antena lo delate. Si pudiera decir la verdad. Piensa, no lo dice. Adivina, no lo alcanza. Adela nota la hendedura del quebranto. Quizás la mirada fija de animal extraviado, absorto en la nada, fuera del entorno cefálico. De pronto, sin turno, aparece una amiga de Adela: Hola. Beso en la mejilla. Picazón en la nariz. Estornuda y prosigue rumbo norte. Fredi: Nos vemos.
El aire húmedo y salitroso del malecón instiga la angustia. Aguja nórdica cosiendo el alma de Fredi. Del Bosque se ha metido en las crónicas. Marte no es, como dice LA VOZ, una isla roja con once millones de hombres y mujeres nuevos. Roja es la lujuria y la modernidad. El rojo revolucionario se pega a todo y asciende cual moho eléctrico.
¡Mañana, todos a la plaza!, repiten los altoparlantes a lo largo de la avenida.
Del Bosque se tapa los oídos y sacude las ramas. La película del malecón anuncia un regreso próximo, bustos de patriotas, trifolios de cenizas, alfombras de barajas, estaciones de manos, muertos de eros, cisnes blancos.
¿Podrá Del Bosque huir de Egipto hacia la tierra prometida? Habrá que partir el Estrecho en dos. Fredi necesita un báculo y que el mar obedezca. Traga en seco: soy un mediocre, un eslabón, una cucaracha. Se ajusta las antenas ilegales.Húndese Del Bosque en el ennui de la condición anélida. La nostalgia llegará al Cayo del Hueso. Llegará mañana y todo será como ayer:
LA VOZ delante de la estatua blanca.
LA VOZ, caja de resonancia.
LA VOZ y su epideixis.
LA VOZ y su homilética.
LA VOZ y su Ipse Dixit.
Con el cierre de la década, los marcianos invaden. Llegan en discos voladores, sonrientes, bronceados, cobas llamativas y testas empolvadas. Fredi, el sin familia, los recibe y a la vez los rechaza. Una tarde dan la noticia. La embajada está abierta; medio país cabe en un patio. Puertas cerradas, la coral del miedo. Una noche de abril, Fredi presencia una golpiza a anélidos en plena calle, cerca de la embajada de La Tierra.
Del Bosque, descalzo en el fango del campamento. Enjambre de mosquitos orbitando. Floc, flac, lonas húmedas sobre cuerpos exhaustos. Fulgores verdes y amarillos, sirenas del puerto. Nostalgia del minuto velado.
Take a look at the lawman
Beating up the wrong guy,
Oh man!
Wonder if he’ll ever know,
He’s in the best-selling show.

Diario de la invasión (V)
Después del colapso y los crímenes del colapso, será impensable llamarse de izquierdas en la cuna de la izquierda latinoamericana.









