Thais Pujol Acosta (La Habana, 1970), es una activista y consultora que ha dedicado gran parte de su vida a la lucha por la libertad y los derechos humanos en Cuba.
Thais Pujol Acosta (La Habana, 1970), es una activista y consultora que ha dedicado gran parte de su vida a la lucha por la libertad y los derechos humanos en Cuba.
¿Qué puede crear un cineasta en la Cuba de hoy que no sea distopía o pornomiseria?
El entrenador cubano de Ligas Menores, José Pérez, desaparece durante la Serie Mundial en Pensilvania, provocando especulaciones de deserción, aunque aún no hay nada confirmado.
La cultura oficialista cubana ha servido como
“Somos cada vez más analfabetos funcionales respecto a la realidad. Cada vez más estériles emocionales e incultos de cualquier cosa humana”.
Cuando conocí a Reinaldo García Ramos (Cienfuegos, 1944 – Miami, 2024), era yo un joven ávido de sabiduría y él un hombre “abrumado de virtudes”.
Me preguntan qué puedo aconsejar a los jóvenes que quieren ser escritores. Siempre doy la misma respuesta: si pueden dedicar su vida a otra cosa es mejor que se olviden de la escritura.
Nadie, ni siquiera Bukele, sabe cómo acabará el experimento de El Salvador.
La obra de Douglas Pérez rinde culto a la Pintura, con mayúscula, pero también a la pintura popular, ingenua, primitiva, infantil: “Con la sobreexposición del ego en las redes sociales, el arte cubano ha comenzado a premiar de forma absoluta al individuo. El artista construye su discurso a fin de lograr una identidad digital”.
Yo no sé hasta qué punto Pablo Stoll es consciente de lo importante que ha sido su obra para mucha gente. Uno no hace una película para inspirar: uno hace una película porque tiene que hacerla. Sin embargo, hay obras que tienen la capacidad de mover a alguien, aunque viva a miles de kilómetros de distancia. El día que yo vi Whisky (2004), mi vida cambió.
No tiene por qué ser un año especial. No empezaré a publicar en los medios que me deslumbran. No voy a escribir los artículos que me interesan. Este año, cuando pase lo que debe pasar y el coronavirus sea historia, a mí me tocará buscar un trabajo que me dé dinero suficiente para sobrevivir como migrante.
En el cuarto de desahogo del patio al que llamábamos “la casita”, mi papá guardaba un arma para matar conejos: la mitad de un bate de béisbol de madera que yo había roto jugando. Recuerdo que los agarraba por las orejas y les daba un golpe seco entre los ojos. Con toda la masa. Un golpe de gladiador.