La exposición de Abela en la Galería Zak fue uno de los episodios que sirvieron para la elaboración de la noción de arte cubano moderno.
La exposición de Abela en la Galería Zak fue uno de los episodios que sirvieron para la elaboración de la noción de arte cubano moderno.
Un ataque con drones sacude el centro de Moscú y los escombros caen sobre el Centro de Exposiciones de la ciudad. Rusia culpa a Ucrania. No hay víctimas.
El mar, los objetos y nosotros, flotando. No me quiero ir. Es aquí donde puedo abrir los brazos sin tropezar.
Mi primer encuentro con Nueva York fue decepcionante: en 1980, convivía con la pujanza consagrada por el cine y la literatura, la mugre de una palpable decadencia.
Dos mil personas encerradas en un pueblo que está en el mismo centro de una isla que también se ha encerrado en sí misma: ‘Atlántida’.
Durante años, Rusia ha utilizado la ciudad noruega de Kirkenes, fronteriza con su bastión nuclear, como laboratorio, ensayando allí operaciones de inteligencia antes de reproducirlas en toda Europa.
Las viejas estructuras de las escuelas Pías se resisten a desaparecer bajo las capas de la desidia en que la isla sucumbe.
Uno de los títulos de este año es sin duda ‘Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato’ (Random House, 2024), de Salman Rushdie.
En una de esas tardes de desesperación, la profesora me comenta la decisión: “Abandonaré el país, lo estoy vendiendo todo”.
El aplauso no es un (auto)reconocimiento. Es la ocultación del miedo, la manifestación de la hipocresía y un profundo sentimiento de lástima. Todo junto en un mismo paquete, en un mismo aplauso. Aparte, es ruidoso y de mal gusto. Me gusta más el aplauso chino que no es chino, o el aplauso para sordos. Pero no soy sorda y tampoco china.
El fin del mundo, o el fin de la civilización, es una de las más grandes obsesiones masoquistas de una humanidad que no deja de coquetear con su destrucción irreversible. Las resonancias mitopoéticas y artísticas del apocalipsis juegan el rol placentero de una parafilia: la asfixia erótica.
Julio Hernández Cordón nació en Estados Unidos en 1975, de padre mexicano y madre guatemalteca. Siempre ha sido un referente para mí, una fuerza infinita para poder hacer cine, aunque no tengas ni un peso. Su obra es difícil de catalogar, pero lo que nadie puede negar es que en sus imágenes hay una bomba tremenda.
En À la recherche du temps perdu, un “Ya me duermo” o un “Buenos días” son literatura, sin que para ello tengamos que percibir el resonar del artefacto literario. Proust transforma las estructuras sintácticas sin hacer ruido, las tapiza con el mismo corcho que cubría las paredes de su cuarto.