La única luz que no pueden quitarnos

A través de una gaza se puede ver la luz. Igual podemos repasar poderosas visiones que quedaron incrustadas en nuestro cuerpo y espíritu. Las podemos invocar sin esfuerzo. 

La nostalgia no es algo enfermizo e inútil. Es un instrumento para la sanación, un escape cuando no vislumbramos lo que nos asecha. Entonces, desde el momento mismo se develan las visiones en los espejos que permanecen cubiertos, ocultos. Es la única luz que no pueden quitarnos. La luz interna emerge y permanece. 

La sabiduría, las experiencias vitales, los seres que amamos, los libros que hemos leído, las películas que atesoramos, los lugares que visitamos: todo se guarda como una manzana fresca, intacta. Las manos son capaces de tocarla y en los labios se impregna el sabor. Nada se pierde, sino que adquiere una dimensión infinita.

Desde adentro se percibe mejor lo que sucede afuera. Un amigo escritor me cuenta que sale a la calle a comprar lo necesario y después se encierra en su propia concha. Así, lo que urge pasa luego a ser la segunda opción. Escribir alimenta y engorda el corazón del artífice, más que cualquier hartazgo para aliviar el hambre crónica. 

Siempre que veo capítulos de la serie Sex and the City, donde muestran comida, me da hambre. Hay una escena en una tienda de comestibles en que el amigo de la protagonista está probando variedades de queso. Después de degustar dos, tres, cuatro, su paladar se impresiona con el queso artesanal de unos monjes. ¿Y por qué le fascina este queso más que los otros? ¿Será por su textura o solo porque lo han hecho personas alejadas de la algarabía del mundo, en un lugar donde la maldad no consigue llegar, donde rezan a un Dios y llevan una vida sencilla? Sin embargo, esos monjes negocian con los quesos…

A todo el mundo le hace falta el dinero. Se suele decir que la moneda diabólica corrompe al que posee demasiado y no entrega una parte para buenas causas. Nosotros estamos libres de tal corrupción. Desde el nacimiento nos indujeron a aceptar la pobreza como estandarte, mientras ellos lo gastan todo en viajes, se envuelven en oropel barato, hacen sus banquetes y engordan como cerdos.

Cada día me pregunto si podremos seguir sustrayéndonos de lo que acontece en esta Isla, ponernos la escafandra y mantenernos inmunes a los vaivenes de los malhechores. 

Unos conocidos del barrio evitan que el daño traspase la puerta de su apartamento, siempre consiguen Marías. A la hora crepuscular, se reúnen para que no les caiga la noche sin júbilo. De esta manera eluden verdades, pasándola de mano en mano y de boca en boca, en una dócil y cariñosa humareda. Nadie que ellos no quieran puede acceder a este círculo. Se necesita un permiso especial. Los muros agrietados de la ciudad no afectan su irreal realidad.

Para ellos, no existe un país. Lo que les interesa es la hermandad. El país es una ilusión interna y luminosa. De hecho, fueron jóvenes, aún son un poco jóvenes, como yo misma. Los que de verdad son “nuevos” les llaman “arcaicos”, despectivamente, solo porque cargan más de la mitad de un siglo debajo de sus cáscaras. Viven en un pasado adaptado al presente, escuchan A Perfect Day, de Lou Red, como el surco de un disco rayado.

A veces los sorprendo, cuando me aparezco de improviso con mis listas de música en el celular y lo enchufo a una bocina. Entonces se cabrean, protestan diciéndome que quiero propagar la enfermedad del amor, obligándoles a escuchar las versiones que más me gustan de Come Rain or Come Shine

Todas son especiales, cada una en sí misma constituye una pequeña obra maestra en sus disímiles estilos de interpretación. En la voz de Billie Holiday se escucha tristona y lenta, como si se arrancara el corazón. Frank Sinatraconsigue imponer su ego sobre la melodía. De manera sensual, Barbra Streisand arrastra las frases y te acaricia de pies a cabeza. Y finalmente, aparece la magia: Ray Charles la convierte en un góspel. Buscar versiones de un tema popular o clásico se ha vuelto una costumbre. Es como catar el mismo vino en diferentes copas.

No crean en su normalidad. La mayoría de este grupo se refugia en la cinefilia, consumen a diario dos o tres filmes para enajenarse. El Buen Pastor tiene tres paneles solares y una pantalla de televisión gigante. Ya no hace falta ir al cine. La última vez que estuve en la Cinemateca agarré algún ácaro, posiblemente sarna. Cuando llegué a mi casa tenía una picazón horrorosa y marcas en el cuello y los brazos. Con los años, la gente ha dejado de asistir a los cines y a este en especial, por su añeja programación, por el invisible transporte público, por la negrura de las calles y los asaltos.

La Cinemateca ha dejado de ser una representación cultural de aquella cinematografía de cine de autor para transformarse en el hotel de los mendigos, que duermen en sus butacas lo que dura una tanda completa.

Todo se ha vuelto tan incoherente que, a toda hora, el miedo se extiende como una plaga. ¿Acaso podría sobrevenir una cacería de brujas como en Fahrenheit 451, una persecución que implique el registro de las viviendas, por bloques, por circuitos, para quemar libros, silenciar el arte y el conocimiento humano? En Ray Bradbury predomina esta idea: el fin de la cultura y el auge de lo automático. La maquinaria sin alma gobernando y dictando los destinos.

Alguien me dijo una vez: “Se puede respirar bajo el agua”. 

Nunca lo he intentado, apenas si alcanzo a flotar, pues la costa no es una aliada segura. El diente de perro es traicionero. En las partes más elevadas, los mendigos secan sus prendas al sol, después de remojarlas entre las olas. 

El año pasado vi unas ropas dobladas cuidadosamente sobre las rocas. Había una camisa y unos jeans, ambas prendas muy limpias. Corrió el rumor que pertenecían a un homeless que dormía en esa zona. No se sabe si se ahogó mientras tomaba un baño con la marea alta o se suicidó aburrido de su existencia. Aquellas ropas estuvieron tiradas sobre las rocas varias semanas, intocables, hasta que desaparecieron. 

Ahora recuerdo un cuento de Samanta Schweblin sobre una mujer casada y con dos hijas que se mete en un lago y respira bajo el agua. Se hunde a consciencia, siente la plenitud de aquel estado. Las algas y el barro se adhieren a su piel, a sus cabellos. Era feliz allá abajo, inundada de paz y silencio. Nunca más tendría preocupaciones, ni desasosiego. 

De repente, como un resorte, sale del agua y vuelve caminando a su casa. Al llegar, lo único que hace es quitarse la ropa mojada y ponerse una muda seca. También se arranca las algas enredadas que trae en el pelo. No obstante, cuando sus hijas se acercan a saludarla, perciben el olor: el vaho podrido de la muerte. Aún tiene barro en los pies. Se infiere que padecía de depresión. Podría ser un reflejo similar al del mendigo ahogado. 

Ahora entiendo la verdad de esta expresión. No es más que el triunfo de la individualidad, como un derecho, y la posibilidad de transmutar hacia el mundo que hayamos elegido.






Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.