No necesito hablar / ni mentir privilegios;
bien me conocen quienes aquí me rodean,
bien saben mis congojas y mi flaqueza.
Jorge Luis Borges
“Llaneza” (“Fervor de Buenos Aires”).
La materia de un poema concluido
El lunes 20 de julio de 2026 Buenos Aires amaneció cubierta por una melancólica capa de lluvia gris. Las siluetas cotidianas de los transeúntes camino al trabajo o las vacaciones de invierno que recién comienzan perdían sus miradas en el estruendoso silencio que ni siquiera interrumpía algún que otro auto al arrancar en los semáforos de la avenida Sante Fe.
“Después del partido, anunciarán el alcance del feriado de mañana”, anunciaba el domingo la página de sociedad de Clarín. Al caer la noche, no hizo falta hacer anuncios: no habrá feriado en Argentina este lunes. Eso sí, se recibirá a la selección a las 5 de la tarde en el aeropuerto. No vino Messi en el vuelo y el presidente Milei reconoció que el equipo subcampeón del mundo no aceptó su invitación para ir la Casa Rosada.
Al vendedor de periódicos de la esquina de Gallo y Charcas, al que todos los días paso a comprarle Clarín, fingía la desidia bajo la rabiosa voluntad de ocultar el titular con la debacle de la selección ante España.
Se había bajado con brusquedad el telón del sueño de la cuarta. ¡Vamos por la cuarta!, gritaban con euforia el estribillo de una canción que repiten las publicidades. La reconciliación del quiosquero con la vida de todos los días enfrentaba su rabia, no sin tensiones, con la resignación.
Hay que decir que el domingo 19 los preparativos habían sido intensos, como cada día previo a partidos vividos aquí como epopeyas que dejan balances de fallecidos por infartos y ponen en alerta todas las ambulancias y hospitales: contra la resistente Cabo Verde, el testarudo Egipcio, sin hablar de Inglaterra.
Ningún argentino, ni aunque viva en Londres, podría aceptar la afrenta de perder con los ingleses. No es un partido de fútbol, ni un 11 contra 11, sino, para ellos, es la memoria de los 649 muertos en combate en las Malvinas. Ni una sola canción de aliento a los aguerridos futbolistas de la selección pasa por alto la mención a los “pibes” muertos en la guerra desatada por la dictadura militar en 1982.
Los porteños corren a los supermercados para preparar los asados antes de cada partido. La carne aquí (la mejor del mundo, che) sigue siendo barata a los ojos del visitante que soy. Voluminosa y de calidad, sobresale en los carritos de la compra con las latas de cerveza e infinita variedad de sazones.
Toda Buenos Aires parece azul celeste, aunque el invierno a veces no sea soleado. Los colores de la Albiceleste cubren no solo la ropa, las entradas y salidas de los lugares públicos, sino también los autobuses (colectivos o micros) y hasta la felpuda indumentaria con que protegen del inverno a los perros. Perros hinchas, como sus dueños, recorren la ciudad en racimos, de mano de paseadores por encargo.
Pero este lunes 20 se organiza la discreta elisión de una derrota. El aire detenido de este día de invierno en la ciudad parece recobrar, en la memoria de mis lecturas, la materia sutil de un poema concluido, como se muestra la levedad del ataúd de Adán Buenosayres, en la primera página de la memorable novela de Leopoldo Marechal.
La soledad de la librería más linda del mundo
Camino temprano por la avenida Santa Fe. Quiero volver a visitar a la que aquí llaman “la librería más linda del mundo”, la del Ateneo Grand Splendid.
Espero que abra. Hace unos domingos estaba repleta de visitantes. Familias enteras, niños de todas las edades deambulando o leyendo en el piso, turistas con poses para selfis de redes sociales, vigilantes con walkie-talkies y gafas de sol. Una marea humana entre estantes de novedades que casi nadie compra por sus precios exorbitantes. ¡Un libro nuevo en Buenos Aires puede ser más caro que en París!
Mi sorpresa este lunes justifica el estupor por la soledad de los anaqueles. No hay mirones, ni lectores. Ni niños, ni familias. Han desaparecido hasta las incompresibles gafas de sol. Lo único que se mantiene intacto de mi anterior visita son los precios. Saco cuentas: pesos y euros. El libro de todos los libros de Roberto Calasso, que no tengo, cuesta aquí casi el doble que en “La Lata peinada” de Malasaña.
Desciendo Santa Fe en dirección contraria a la que la lleva al Obelisco, donde en las noches se ha festejado con desfiles espontáneos de vecinos las victorias de la selección. El hormigueo de siluetas cubiertas contra el frío, en un común afán de pasar la página de las exaltaciones de las últimas semanas, parece ponerse de acuerdo para mirar a multitud de puntos indistintos.
Me place reconocer esquinas, cafés, estanquillos que se van volviendo familiares, como la esquina Charly García de Palermo, donde han puesto una placa en la entrada del edificio donde dicen vive el artista.
No entro, como otras veces, al centro comercial de Alto Palermo. La entrada otrora bulliciosa está desierta como el bautizo prolongado de un vigía de seguridad. Cruzo la calle para darme una vuelta por el Café San Martín, donde he venido a ver varios partidos de la Copa del Mundo, pero no entro. Me contagia quizás la desidia de este lunes de ajeno luto.
Tengo sed. Aprovecho para comprar una botella de agua helada (más aún que las gotas de lluvia que no cesan) y le comento a la vendedora las impresiones por la atmósfera de ausencias matinales en la ciudad. Su sorpresa ante mi observación me lleva a preguntarme de dónde soy, de donde vengo, dónde vivo. La respuesta “París” no provoca los efectos de otras veces, sino que le dicta la obligación de darme una pista: “Con lo ocurrido anoche…”
Hay tanto lugares cerrados que mi pregunto si han tomado el asueto que prometía el gobierno más para recuperarse que para festejar. Recuerdo el consejo de un porteño al comentarle el precio de los libros y me dirijo a la Plaza de Italia donde se alinean decenas de puestos de libros de uso en que lo aquí se denomina la Feria del libro. Los estantes están cerrados y un solo librero ha organizado sus mesas con hileras de libros que apenas escruto. Al igual que la librería más bonita del mundo, los porteños este lunes tampoco acuden a hojear libros de uso.
Sin mentir privilegios
El azar de encontrarse en Buenos Aires durante un Mundial de fútbol equivale a recibir una inesperada invitación para entrar en la intimidad de una ciudad cuyos habitantes acogen, por unas horas, a este turista extraviado que la recorre.
Me pierdo por Puerto Madero para probar el más auténtico choripán de la ciudad y dejo pasar la hora del partido de Argentina contra Inglaterra. El placer de errar por gigantescas avenidas supera el nerviosismo colectivo de seguir el ritmo del encuentro.
Llego tan tarde a un café de Recoleta que estamos en el minuto 75: Inglaterra gana 1-0. Todos saben lo que ocurrió después. En escasos instantes, la victoria de Argentina 2-1 no era ajena a un milagro.
Los únicos clientes despistados del café formamos parte de la cábala, esa superstición colectiva que consiste en repetir, para el próximo partido, los rituales que dieron la victoria. Llegué en el minuto 75 al café el día de la final: las puertas estaban cerradas y perdió Argentina contra España por la deslealtad, me digo, de esos empleados que prefirieron compartir en familia y con amigos el día destinado a la gloria patria.
A la curiosidad de los primeros pasos —¿por qué semejante algarabía colectiva?— sucede poco a poco al visitante el intento por comprender ese fervor compartido que, según los más optimistas, intenta incluso borrar, aunque sea de manera efímera, la célebre grieta definida por Jorge Lanata que, desde hace décadas, divide a los argentinos en bandos ideológicos irreconciliables.
Sin embargo, nadie ignora que lamentablemente este Mundial pasará a la historia como el campeonato de las vulgares agresiones en las redes sociales. Insultos, fake news, agravios y la manipulación de los estereotipos han difundido una trifulca virtual —y tribal— protagonizada por comentaristas, muchas veces improvisados, que parecen sentirse obligados a sostener versiones diametralmente opuestas a partir —ahí reside lo verdaderamente desconcertante— de las mismas imágenes de un mismo partido.
Evangelina Himitian, en una columna de La Nación, se refiere a la campaña de odio contra los argentinos. Racistas, genocidas, tramposos, sionistas, soberbios, son algunos de los insultos más usados en las redes sociales contra los argentinos. Con diferentes argumentos, el actor Samuel L. Jackson, el escritor Arturo Pérez Reverte, la cantante Rosalía —cita Himitian— son algunas figuras públicas de esta armada.
“Los algoritmos no necesariamente nos muestran lo que más se dice, sino lo que confirme nuestro sesgo o dispare nuestra indignación”, afirma María de los Ángeles Lasa, citada por Himitian, tras analizar miles de mensajes en las redes durante las últimas semanas. En casos así, el algoritmo es responsable de facilitar la caricatura de la identidad argentina.
Las infinitas interpretaciones de una misma jugada, de un gol, de una falta o de una expulsión, defendidas con idéntico apasionamiento, me llevaron a mí —espectador inepto de aquel espectáculo— a preguntarme si dos personas pueden realmente ver un mismo partido de maneras radicalmente distintas.
Por mi parte, doy fe de haber sido testigo, durante estas semanas de apasionada euforia en torno a una camiseta —y a un número, el 10—, de una de las formas más sinceras de enarbolar con orgullo un sentimiento de pertenencia. Una adhesión que puede parecer irracional a quienes la contemplan desde la distancia, pero que encuentra su expresión más elocuente en unos versos que todo argentino parece conocer de memoria: “No te lo puedo explicar / porque no vas a entender / las finales que perdimos, cuántos años las lloré”.
Me he resignado a convencerme de que ciertas formas rudimentarias de nacionalismos, la ceguera de las pasiones que suscita la identificación con una camiseta y la reducción —aunque solo sea momentánea— del horizonte vital a noventa minutos y veintidós hombres que persiguen un balón, provocan esas intensas y efímeras variantes de la fe. Un acontecimiento deportivo logra reconfigurar temporalmente la percepción del espacio urbano y produce una comunidad emocional que transforma las imágenes televisivas en objetos de creencia.
Cuando la lluvia terminó de borrar los últimos restos de banderas celestes colgadas en los balcones, comprendí que una ciudad también puede despertar del sueño de una nación.

Diario de la invasión (VIII)
Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.









