
Al rey de las flores
lo conocí por la tarde
hace algún tiempo.
Me llamo la atención
su tono de arco iris
en la piel
y su corona de papel.
El rey de las flores,
Silvio Rodríguez
La casa de las mariposas
Fue uno de los aguaceros más intensos en muchos años. Mayo era el mes del olor a hierba mojada, zapatos enfangados y alcantarillas tupidas por la basura de la calle. Repentinos negros nubarrones, tormentas eléctricas y torrenciales aguaceros eran secundados por arcoíris, cielos azul intenso y un sol abrazador. Una apabulladora sinfonía del clima que ocurría en menos de un par de horas.
Aquel día los lirios del jardín de La casa de las mariposas estaban cabizbajos aguantando estoicos la lluvia torrencial. De las rosas, solo quedaban los escaramujos. Los pétalos rojos se mezclaban con el fango o flotaban en los charcos alrededor de las plantas.
El drama de las rosas me hacía tener pensamientos tristes. Por eso me quedaba embelesada mirando los lirios y oliendo la madera húmeda de la ventana desde donde observaba el espectáculo de la lluvia en el jardín. Si no fuera porque tronaba y relampagueaba, hubiera burlado la guardia de la abuela Dulce Azucena y la nana Cuqui, y estaría saltando descalza en los cálidos charcos de la calle.
La abuela hubiera estado tocando el piano y la nana Cuqui hubiera estado ensimismada escuchando, de no haber sido por la tormenta de esa tarde. Y, porque los truenos hacían vibrar los oídos y estremecían el pecho, no quedaba espacio para la música. No quedaba espacio para las palabras.
Yo intentaba viajar con mi mente a cualquier parte, mientras esperaba a que menguaran los rayos. Cualesquiera que fueran mis pensamientos no eran lo suficientemente profundos como para librarme del susto atado a cada estruendo. Sabía que mi abuela me permitiría salir a bañarme en la lluvia, antes de irse al piano, cuando menguaran los rayos.
Siempre ocurría lo mismo: la abuela se levantaba de su butaca dando la señal de “fuera de peligro”, me hacía un guiño con su ojo izquierdo, yo salía feliz a bañarme en el aguacero y ella subía al segundo piso de la casa a tocar el piano.
Lo más prudente que podía hacer dada las circunstancias, era pensar, atar recuerdos e historias, tratar de comprender… Dada las circunstancias, mis pensamientos aquella tarde de la tormenta, en el mayo de mis ocho años, estaban irremediablemente ligados a pequeños y no tan pequeños acontecimientos familiares que, de alguna manera, yo había hilado en mi cabeza para poder contar mi propia historia.
Dulce Azucena
Dulce Azucena era la madre de mi madre. Fue una gran pianista no reconocida. Ella misma afinaba el piano de la casa una vez al año y le inyectaba luz brillante para desterrar a los comejenes.
Sus composiciones eran hermosas y muy versátiles. Unas tenían melodías muy simples y rítmicas. Otras, en cambio, eran de una irreproducible complejidad. Mi abuela era capaz de interpretar a cualquiera de los clásicos y cualquier melodía que oyese. Las manos de la abuela eran pequeñitas como ella misma. Pero, cuando tocaba el piano, se le agrandaban al punto de abarcar nueve notas holgadamente.
Con todo ese talento, la vida le había dejado como última misión cuidar a sus seis nietas y cocinar la comida de la casa. Sus platos tenían un estilo muy peculiar. Siempre había una mezcla de salado con dulce y colores muy bien contrastados.
Un almuerzo siempre constaba de cuatro platos: sopa o potaje, arroz con alguna proteína, ensalada y, lo mejor, el postre.
La cocina siempre inspiraba a mi abuela. Cuando todas las cazuelas estaban en sus hornillas con la comida para ser cocinada, mi abuela salía de la cocina como una exhalación y se iba a tocar el piano. Era una mujer muy sabia y hacía feliz a cualquiera. Cantaba casi todo el tiempo y tenía un increíble sentido del humor. Una virtud permaneció escondida para sus nietas durante mucho tiempo, porque “las niñas no deben ser mezcladas con esas cosas”.
Mi abuela era espiritista y tenía un don especial para leer las cartas. Aquel día de la tormenta, mi abuela leía las cartas a la nana Cuqui y yo pretendía no entender nada. Yo solo pensaba escapar de los rayos llenando mi mente de recuerdos.
La tía Dolores
Pero los rayos son de respetar. A la tía Dolores, hermana de mi padre, que vivía en el campo en una casita rodeada de palmas, le había entrado un rayo por la boca y salido por la rodilla derecha. Estuvo a punto de tragarse su propia lengua, de no haber sido por Anselmo (el próximo difunto), que tuvo la sensatez de sacarle la lengua de la garganta con sus propias manos. Todo por su empecinada idea de rodearse de palmas.
“¡Solo estás concentrando en tu casa todas las probabilidades de que te parta un rayo!”, le decía mi padre José del Monte, con toda la razón del mundo.
Hasta ese extraordinario acontecimiento, yo no había tratado de entender el significado de la palabra “probabilidades”. Sin embargo, la había usado ya muchas veces y hasta puedo asegurar que lo hice con tino.
La tía Dolores era ese tipo de mujer llena de quejas, tristezas y prejuicios. Ya había enterrado a tres maridos cuando hizo su gran debut en la vida. Aquella descarga eléctrica que la dejó casi muerta, la lanzó del anonimato a la fama cuando la extraña noticia apareció en los diarios y en los dos canales de la televisión.
El rayo de la tía Dolores introdujo una nueva costumbre en La casa de las mariposas. Cada vez que llovía con relámpagos y rayos, todos buscábamos la forma de no tocar el suelo. Por eso, en el preludio de la tormenta, se armaba un gran alboroto. Cada cual buscaba algo para comer, algo para beber y algo para leer (los que podían hacerlo).
La verdadera entropía se armaba cuando todos queríamos usar el baño para evitar una necesidad imperiosa de poner los pies en el suelo en medio de la tormenta.
El baño de las alturas
Mi padre decidió construir un baño más, además de los dos que ya había en la casa. El único problema del nuevo baño era que estaba en el techo de la casa, como un pequeño tercer piso. Para llegar a él, había que salir a la terraza del segundo piso, subir una escalera de caracol al aire libre, atravesar casi todo el largo de la casa, y entrar por una puerta muy difícil de cerrar, lo que lo convertía en un baño inútil para aliviar la entropía del preludio de la tormenta.
Sin embargo, el nuevo baño marcó un hito en la historia de La casa de las mariposas. Debido a la urgencia de la construcción y muchas dificultades para juntar todos los materiales necesarios, el baño tenía unos grandes ventanales de cristal y largas ventanas de persianas (“para que armonicen con el resto de la casa”) que no encajaron bien en sus rieles, y se abrían y se cerraban arbitrariamente con el capricho del viento.
La estructura del baño de las alturas tenía ocho columnas marcando el perímetro (un octágono) y una columna central que puso al maestro constructor a rascarse la cabeza muchas veces, cuando cavilaba sobre cómo poner el techo. Una única pared cargaba con casi toda la responsabilidad del baño. El inodoro y el lavabo estaban empotrados allí. La ducha hubiera estado en medio del baño si no fuera por la columna central.
Hacer coincidir el desagüe con el de los demás baños de la casa fue todo un acto de heroísmo del maestro constructor. Los azulejos para la única pared y el piso eran de colores variados. Mi padre tuvo la idea de ubicarlos de forma tal que resultaran figuras de flores, pero el maestro constructor no lograba entender que los tallos no tenían que ser necesariamente verdes y las corolas no tenían que ser necesariamente de colores derivados del rojo, el amarillo o el blanco. ¡Y los pétalos no necesariamente tenían que ser redondos!
El maestro trajo consigo a un sobrino “artista” que ubicó los azulejos en hileras de siete colores “como el arcoíris” y su única creatividad artística consistió en que los colores no eran precisamente los del arcoíris.
La cosa se le complicó al maestro constructor cuando trató de ubicar los azulejos en las esquinas. Parecía que calculaba algo, no paraba de rascarse la cabeza y demoró en su introspección más de una semana. Mi padre, en un ataque de desespero, subió al techo martillo en mano. La abuela Dulce Azucena dejó de interpretar “La Patética” y todas sus nietas dejamos de respirar, hasta que sentimos los martillazos en el techo.
Con el martillo, mi padre destrozó unos pocos azulejos tomados al azar y él mismo puso en las esquinas los pedazos en forma de flores. Luego, bajó a la saleta del piano y “La Patética” continuó hasta el fin.
La epopeya del baño de las alturas duró diecisiete meses. El resultado final fue algo parecido a una glorieta en lo alto del frente de la casa. Como no hubo forma humana de encontrar cristales opacos, el baño quedó clausurado al otro día de ser inaugurado, debido a un gran escándalo en el barrio Vista Alegre.
Mi madre, Rebeca Dalia Paz Sorribe, adoró la idea del baño de las alturas desde su concepción. Siempre quiso un tercer piso en la casa “para disfrutar de la vista de la cuidad”. De modo que el día de la inauguración se dio un largo baño de 45 minutos que paralizó el barrio.
Mi madre
Mi madre tenía una negra y larga cabellera más allá de las nalgas y una hermosa figura, a pesar de sus seis hijas. Nunca tuvo conciencia de su excepcional belleza y sus pensamientos nunca han tocado tierra firme.
La inteligencia de mi madre fue notoria desde su niñez. A la edad de cuatro años podía leer perfectamente y contaba el dinero que la empleada de su casa debía usar para comprar los alimentos del día. Como mis abuelos confiaban en la exactitud de los cálculos de mi madre, ella dejaba siempre unos centavos para que la empleada se los quedara, porque el orgulloso abuelo Ernesto Paz había dicho: “si se ha equivocado mi hija, usted se queda con el resto; si falta, ¡yo le doy el doble de lo que falta!”.
Ernesto Paz era constructor y afinador de pianos y usó todos los recursos persuasivos a su alcance para que mi madre fuera pianista.
Cuentan que un día, cuando mi madre tenía siete años, después de que el abuelo Ernesto llorara y se halara los pelos hasta arrancarlos para convencerla de que el piano era su misión en la vida, mi madre se sentó al piano y tocó de principio a fin un estudio de Bach que había oído tocar a mi abuela desde el día en que nació.
Nunca aprendió a leer música, pero podía tocar en el piano lo que se le antojara. A la edad de trece años, demostró en una clase de matemáticas por qué cualquier número elevado a cero es igual a uno. Lo hizo espontáneamente, porque creyó oír que eso era lo que le preguntaba el maestro cuando ella estaba sumergida en uno de sus etéreos pensamientos para burlar el aburrimiento de la escuela.
Tenía una inusual intuición para saber cuáles son las sustancias que componen casi todas las cosas y, con el tiempo, comenzó a desarrollar una nueva facultad. Con quince años, mi madre Rebeca comenzó a hacer un diario que luego dejó en el olvido, porque le pareció fatua la idea de relatar a sí misma su propia vida.
La cuestión es que, en el tercer día del diario, está escrito: “Cuando me case, será con un hombre de ojos verdes, tan inteligente como impertinente, y tendré con él seis hijas, entre ellas un par de gemelas que sean tan idénticas que su propio padre nunca las sabrá diferenciar”.
Ha habido muchas especulaciones en torno a este tema, pero todos los que leímos el diario hubiéramos podido dar una explicación lógica a la exactitud de la predicción, si no fuera por la existencia de las gemelas.
Otras muy sorprendentes predicciones vinieron después y las ganas de encontrar una explicación lógica a todas las cosas de mi madre Rebeca Dalia se fueron marchitando.
El día de la inauguración del baño de las alturas, la abuela Dulce Azucena se vistió con un lindo y viejo vestido de seda que le había traído mi padre de uno de sus viajes al Japón. Tenía colores preciosos y botones de nácar con ribetes dorados (yo lo usaba a escondidas con unos zapatos de tacón campana, como se usaban en los años setenta, y estaba horas mirándome al espejo con cara de artista de cine mudo).
Mi abuela calzó unos finos zapatos de charol negro y, a pesar del calor, se puso medias de nylon. Se maquilló como todos los días de su vida y se sentó al piano. Los primeros doce compases eran los del himno nacional, pero, antes de que su broma cundiera el pánico, comenzó a interpretar un preludio de Federico Chopin.
Pensé que se trataba de otra broma, pero me convencieron sus ojos cerrados y sus suspiros llenos de emoción. Mi madre entró en su dormitorio y salió a los dos minutos, envuelta en una toalla blanca decidida a todo.
Salió a la terraza, subió las escaleras al aire libre como una bailarina de ballet, en puntas de pie, y atravesó el techo de la casa con el pelo volando de un lado a otro, hasta llegar al baño de sus sueños.
Mi madre tiene una dulce voz que el viento debe haber llevado a todas partes porque, al cabo de la media hora, había una concentración de vecinas en los bajos de la casa con cara de “esto es el colmo del descaro”, presididas por Lázara Pérez, una negra con voz de tenor y enormes caderas que, no se sabe cómo, mediaba en todos los conflictos del barrio y sus zonas aledañas.
Cuentan que con frecuencia abofeteaba a su marido porque “este soquete no hace nada bien” y el hombre quedaba manso como perro, hasta que nuevamente se atrevía a perder la conciencia tomando ron. Lázara tocó el timbre de la casa unas siete veces (con intermedios de uno o dos segundos).
Nadie la escuchó, porque Chopin nos transportó a todos a otros parajes. El idilio se rompió con un grito de Hortensia, mi hermana menor: “¡Margarita ya hizo pipi y quiere entrar!”

Diario de la invasión (VIII)
Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.










