Actually, Luisma is NOT in San Isidro!

La noche de la encerrona en el Ministerio de Cultura del 27 de noviembre de 2020, las autoridades mandaron a buscar al cineasta Fernando Pérez para que diera un discursito a la muchedumbre. Otra vez su legendaria cachaza y certificada candidez serían utilizadas por el Partido como mecanismos disuasorios. 

Fernando se apareció con el actor Pichi Perugorría y su constante canchanchán, Cuty Ragazzone. No traían buenas noticias.

El trío de colaboradores desentonaba en el ambiente de abierto desafío a la autoridad. Pichi parecía intoxicado, y llegó luciendo un pullover que decía en la pechera: Actually, I’m in San Isidro. Fernando juró que su presencia allí era completamente espontánea

Eran los embajadores del Partido encargados de arrojar una tranca al momento cumbre de una acción política verdaderamente libre. El pulóver de Pichi era un producto de la empresa Clandestina, que por entonces tenía una tienda en el mismo barrio donde había nacido el movimiento anticastrista repartero, bajo el lema Patria y Vida.

No por estar, actually, en San Isidro, Clandestina adoptó el popularísimo lema y lo puso en las pecheras de sus pulóveres. Para ellas, “La Habana era un estado mental”, no un estado permanente de crisis social. Estar en San Isidro exigía distancia y categoría.

Vender y comprar se había convertido en un delito desde que el castrismo expropió a los empresarios y gestores, sesenta años antes. Ahora la comercialización de bienes de consumo requería un intrincado mecanismo propagandístico: hacerle el juego a los comandantes monopolistas y traficar con la idea de la clandestinidad comercial. 

No había, ni hay, nada de clandestino en la empresa cubana del mismo nombre. Es otra de las jugarretas publicitarias en la que el Poder gasta su excedente de energía. Esa noche, Pichi prestó su cuerpo para que la compañía de ropa sirviera a la maquinaria de represión política. Si más tarde aparecieron las guaguas cargadas de jenízaros repartiendo tonfazos y rociando gases lacrimógenos, la consigna de Clandestina en su pechera fue la contraseña de la contrainteligencia. 

Actually, San Isidro era un territorio en disputa.

A media cuadra de la escena del crimen apareció la Casa Titón y Mirtha, inaugurada maliciosamente a solo un mes de los acontecimientos del Ministerio, contando con la presencia del contradictorio Fernando Pérez. También llegó al barrio caliente la galería de arte de Pichi Perugorria y su hijo Adán, el Taller Gorría, con la intención obvia de disipar las connotaciones contrarrevolucionarias del nuevo entramado urbano. 

Empresarios y museógrafos colaboracionistas aceptaron el papel de colonizadores de los territorios ocupados por la guerrilla de Patria y Vida. El barrio San Isidro era una zona de conflicto y la nueva frontera del enfrentamiento entre los mambises y los voluntarios. Era una batalla desigual, dado que las intenciones de uno de los bandos estaban expresadas con total candidez, mientras que los infiltrados y agentes de influencia ocultaban sus motivaciones.

El colofón de la batalla territorial que tuvo al antiguo barrio habanero como locus primitivo fue la explosión social del 11 de julio del 2021, que convirtió a toda la isla en un inmenso “Actually, I’m in San Isidro” para las nuevas condiciones de geolocalización instantánea.

Luisma fue instantáneamente internado en prisión, junto con Maykel Osorbo y otros mil protestantes. Pasaron cinco años y un águila por el mar cabalgada por Donald Trump y Marco Rubio. El chavismo era decapitado gracias a una operación relámpago de lo que se dio en llamar “extraccionismo caribeño”. Al término de su condena, el actor político más relevante de los últimos cincuenta años en Cuba fue tramitado como otra mercancía y despachado en business class a la Yuma. 

Era el traslado de una prisión a otra.

Nada de esto nos asombra ya. Esos traspasos, tramitados por el poder absolutista, son, para nosotros, segunda naturaleza. Nadie se pregunta por qué, después de cinco años de cárcel, Luisma no puede regresar directamente a su taller de San Isidro. Clandestina no ha reclamado la presencia de uno de los hijos ilustres del barrio, el que pagó la deuda que ella contrajo con la sociedad. 

Pichi Perugorria es ahora el alcalde de San Isidro y apareció, con su barba castrista, en Nueva York a recoger aplausos y premios, en un vuelo directo sin pasar por la cárcel. El buenazo de Fernando Pérez no ha exigido la devolución inmediata del artista excarcelado a su hábitat natural. ¿No fueron suficiente los cinco años? 

Silvio Rodríguez, ese “embajador de la poesía y la congruencia”, cree que es mejor tener al incongruente Mykel Osorbo lo más lejos posible y al canalla de Chico Buarque de invitado en su estudio. ¿Cómo convencer a los mexicanos de que separen un poco de lana de la que regalan a nuestros dictadores para indemnizar a las víctimas de la poesía?

Un impuesto a las empresas de la barriada de San Isidro sería otra solución a considerar en una Cuba libre. Los empresarios que hacen negocios en el reparto pagarían por los daños que ocasionó su silencio cómplice a Luis Manuel Otero Alcántara y su grupo. 

Los hoteleros gallegos son los responsables de que el joven patriota no tenga un lugar donde poner la cabeza. La colonización española de Cuba nunca terminó, y ahora Miami es la nueva Ceuta. 

Pero aún quedan esperanzas de que el movimiento que comenzó a las puertas del Ministerio de Cultura y continuó con todos los protagonistas en el destierro, concluya felizmente con la muy anticipada invasión trumpista. Cuba libre, y San Isidro devuelto a los valientes que pusieron el reparto en el mapa. Entonces, Luisma tendrá en el Taller Gorría su primera muestra personal, Pichi será enviado al exilio de Siberia y el Museo Titón y Mirtha pasará a ser el Cabaret Anamely y Maykel & Company.






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