Bistec de mango

Mi alma está vieja y tiene hambre. 

El alma de mi estómago sueña con estofados metálicos en cazuela ajena, con calamares rebozados en picante, con jamones y quesos azules traídos de Suiza. 

Sueña además con buena miel de la tierra y tamales divinos de carne de puerco. 

Y así mismo, muy de pronto, me voy pa´l monte de Lidia a buscar puré de yerbas, enredaderas y frutos mayores como el mango. 

Tengo hambre de ser un hombre azul en el agua libertaria. Hoy tengo un hambre gigante por haber nacido aquí y haber atravesado grandes marejadas de hambre insular. 

El hambre y la noche. El hambre y los versos que se escriben en las hojas de matas de plátano. 

Tengo hambre de libros que no encuentro, de recetas que no existen, de tener mejor suerte y encontrar el amor en alguna cocina.

Loas a Pánfilo. Merece un monumento en el futuro, donde se les entreguen a los paseantes panes con croquetas fritas y batidos de mamey con hielito. 

Loas a los ancestros marineros exploradores, cuando tenían hambre y comía algas en los cayos del norte y unos indios taínos les decían que tendrían un sueño de futuro. 

Se caen castillos de arena en las venas. Castillos de arena del hambre del estómago circular. 

Y es ahí cuando llega mi tía y me dice: “hay hambre y no hay carbón y las gallinas crearon alas de aluminio y llegaron a una región desconocida”. 

Y dice mi tía otra vez: “los conejos se han ido todos a otra región desconocida; por aquí no pasa un colibrí que nos deje un huevito para una tortillita mañanera”.

Dice mi tía: “vamos a coger monte con un saco de yute, aquí hay hambre y oscuridad”.

Yo le digo, derramando una lágrima negra: “el amor se acabó: hay hambre estomacal”.

El hambre, entonces, lo cubre todo. Es una tinta azul ocre de calamar atascado y mi tía quiere escapar del colorante. Ella me ve como su cómplice montero, piojoso y cagalitroso. Y cogemos la carretera cortica, rumbo al monte de Lidia, y vemos todo tipo de ofrendas en el trillo y la falta de jama nos pone creativos.

Ya no llegan las tímidas tilapias de la costa. Ver frijoles hirviendo es milagroso. El arroz de oro es para los poderosos. Tenemos hambre de lunas sembradas en el Ártico, pero no tenemos hambre de lunas ciertas. 

A fuego lento será todo lo que traigamos del monte en un saco de yute, incluidas torcazas. Y henequén para hacer jabón con sábila. También, anoncillos y cundiamores y flores de apasote con plantas de tilo. 

Y llegamos al monte, con la cadencia del calor. Descubrimos prodigios. Dentro del sueño del firmamento de nuestros estómagos tenemos fuego lento de esperas. Y no fluye el tiempo y vemos las prodigiosas matas de mango…

Allí están, revoloteando, verdes y amarillos, los mangos de nuestros sueños prohibidos. 

¿Cuántos hermanos de sangre no tendrán este fluido vegetal? 

Mangos. Oh, mangos de los soles en lunas. 

Allá en casa de la abuela queda un poquito de aceite. 

¡Qué afortunados, Don Fortune, esta tarde comeremos bistec de mango!






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Luis Manuel Otero Alcántara: la libertad de un inocente

Por Jorge De Armas

Tras cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara sale de la cárcel de Guanajay. Termina una condena injusta; queda la evidencia de una libertad que nunca debió ser arrebatada.