La leyenda de los vencidos

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Al tiempo de escribir esta nota, se cumplen exactamente 90 años de la sublevación que dio lugar a la Guerra Civil española: un conflicto que duró casi tres años y enfrentó a buena parte de las Fuerzas Armadas del país con el gobierno de la Segunda República que, secuestrado por socialistas radicales, comunistas y anarquistas, había iniciado una deriva hacia la imposición de un régimen totalitario, con los crímenes y desmanes que le son inherentes.

Esta guerra civil, que concluyó con el triunfo de los sublevados en abril de 1939, captó la atención del mundo y dio lugar, en favor de los vencidos, a un relato romántico impulsado por toda una generación de intelectuales y artistas de izquierda —poetas, narradores, ensayistas y pintores— que construyeron una suerte de epopeya en la que los derrotados aparecían como héroes de la libertad, la justicia y la solidaridad frente a las fuerzas reaccionarias que resultaron triunfadoras —con ayuda de las potencias fascistas— para imponer una implacable represión y una dictadura personal que se prolongaría durante más de tres décadas.

La dictadura —que desmerecería la causa que le dio origen— coadyuvó a la fabricación de un mito: el de la democracia traicionada, que nueve décadas después del inicio de la contienda sigue presentándose como una verdad indiscutible y distorsionando la historia de uno de los episodios más cruentos y traumáticos del siglo XX.

Aunque el régimen franquista fue una secuela natural del triunfo de los nacionales, no constituyó una consecuencia necesaria. Su existencia sirvió para consolidar el relato de que la sublevación militar —o el fallido golpe de Estado— se produjo contra un orden legítimo que encarnaba el bien y el progreso de España, cuando, en realidad, se trataba de un régimen degenerado cuya cúpula mostraba una creciente impotencia para controlar las fuerzas disruptivas que bullían en su interior y que, de manera evidente, tendían al establecimiento de una tiranía bolchevique.

Sin embargo, los derrotados contaron desde el principio con un aparato propagandístico que exaltó su causa durante la guerra y que, tras la derrota, se dedicó a exculparla. El malogrado experimento de la Segunda República española se transformó, para los apologistas de la izquierda internacional, en un proyecto prometedor —de libertad y justicia social para la felicidad de todo un pueblo— que las fuerzas reaccionarias se habían encargado de frustrar.

Curiosamente, el mayor aliado de este relato fue la propia dictadura franquista, que, con su prolongada permanencia en el poder y la supresión o el menoscabo de las libertades fundamentales, contribuyó a justificar la existencia del régimen precedente y a atenuar o edulcorar sus enormes crímenes y desatinos. La larga duración del franquismo sirvió para enturbiar el fracaso y la esencia criminal de la Segunda República.

Casi un siglo después, es hora de decir con claridad que la Segunda República española fue un gran fiasco, pese a sus buenas intenciones —las mismas que pavimentan el camino del infierno—: un experimento de ingeniería social que, como todos los de su clase, produjo decenas de millares de víctimas, sin mérito alguno que pudiera redimirlo.

La sublevación y la consiguiente guerra civil que condujeron al derrocamiento de la República están —en mi opinión— plenamente justificadas como acciones nobles que los militares se ven instados a emprender cuando las autoridades civiles traicionan sus obligaciones y acaudillan —o permiten actuar— a fuerzas que postran a la sociedad y subyugan a los ciudadanos. No así la larga dictadura que se derivó de aquellas acciones y que, por sí misma, contribuyó a robustecer la leyenda de los vencidos.




© Imagen de portada: “El detonante de la sublevación”. El 13 de julio, como represalia por el crimen del teniente de la Guardia de Asalto José Castillo a manos de pistoleros falangistas, miembros de su unidad y policías de simpatías socialistas asesinaron al diputado monárquico José Calvo Sotelo. Desde febrero se habían registrado al menos tres decenas de muertos en “incidentes” políticos, pero el magnicidio hizo saltar todo por los aires. La tarde del 17 de julio, en Melilla, estalló la sublevación militar. (Fuente, diario El Español).






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