Cuba después de la fe: secularización bajo el Estado totalitario

Si se observa la transformación de las aspiraciones privadas bajo la continuidad del mando político, la sociedad cubana se erotiza cada vez más, no solo en el sentido restringido de una mayor exhibición del cuerpo o de una liberalización de las costumbres, sino mediante la expansión continua del deseo hacia la mercancía, el dinero, la movilidad, el confort, la diferencia, la experiencia privada y el reconocimiento que concede la capacidad de consumir. Mientras, la Historia, todavía invocada por el poder como tribunal de los sacrificios nacionales y como garantía de una victoria futura, va perdiendo su antigua facultad para ordenar la intimidad de los individuos. 

Aunque el Partido Comunista conserva el dominio del Estado y puede imponer obediencia, vigilar la expresión pública y limitar la iniciativa independiente, ya no logra impedir que la imaginación social se desplace hacia una vida más próxima, tangible y placentera, en la cual el teléfono, la vivienda reparada, el viaje, el negocio, la ropa, la comida, el automóvil o la libertad de elegir adquieren una fuerza seductora superior a la promesa de una redención colectiva siempre aplazada.

La permanencia del Partido Comunista de Cuba en el control del Estado produce, vista desde fuera, la impresión de que nada esencial ha cambiado. La Constitución continúa consagrando su función dirigente, los medios fundamentales de comunicación permanecen subordinados al poder y ninguna organización política independiente puede disputarle legalmente el gobierno, de modo que la sociedad parecería conservar la misma sustancia ideológica de hace medio siglo. 

Bajo esa continuidad institucional, sin embargo, ha ocurrido una secularización profunda, entendida no como simple retroceso de las religiones, sino como pérdida del carácter sagrado que la Revolución atribuyó a sus símbolos, a sus dirigentes, a sus promesas históricas y a su derecho de exigir sacrificios ilimitados. El poder sigue centralizado, aunque la fe que alguna vez le concedió una autoridad superior a la obediencia administrativa se ha debilitado.

Un ciudadano puede asistir a una marcha, repetir una consigna, pertenecer a una organización oficial o guardar silencio durante una reunión sin que ninguno de esos actos pruebe ya una adhesión interior. La conducta pública y la creencia privada se han separado, y en esa distancia aparece la primera señal de secularización, pues el régimen conserva los ritos mientras pierde la facultad de fijar el sentido último de la existencia. 

La Revolución quiso ser algo más que una forma de gobierno. Se presentó como acontecimiento redentor, calendario nuevo, comunidad moral y destino colectivo; dividió el tiempo entre un pasado republicano descrito como corrupción y una edad futura de justicia cuya llegada justificaba todas las privaciones del presente. El revolucionario ejemplar debía entregarse a una obra que lo trascendía, mientras el individuo preocupado por sus bienes, su carrera o el bienestar familiar podía ser acusado de egoísmo pequeño burgués. En la vida cotidiana, esa jerarquía se ha invertido. La familia, la emigración, el ingreso privado, la vivienda, el pequeño negocio y el acceso al consumo ocupan el sitio que antes reclamaba la misión histórica.

Durante sus décadas de mayor fuerza, el sistema cubano se comportó como una religión política completa, con fundadores, mártires, textos canónicos, fechas sagradas, peregrinaciones, altares cívicos, liturgias multitudinarias y una explicación del mal. La Plaza de la Revolución funcionó como templo abierto; los discursos interminables ofrecieron una interpretación total del mundo; la caída en combate concedió santidad patriótica; la vigilancia fue presentada como virtud, y el sacrificio dejó de ser una desgracia para convertirse en prueba de pureza.

La fórmula Patria o Muerte condensó esa teología. No proponía solamente defender el territorio, sino aceptar que la patria revolucionaria poseía un valor ante el cual debía inclinarse la vida individual. El porvenir recibiría el premio que el presente aplazaba y cada generación era invitada a depositar su tiempo en una victoria futura. El partido administraba la espera, distribuía reconocimientos, señalaba herejías y convertía la discrepancia en falta moral antes que en diferencia política. 

La secularización comienza cuando tales palabras continúan pronunciándose, pero han dejado de ordenar la conciencia. Una consigna desacralizada puede sobrevivir en una pared mucho después de perder su poder sobre quienes pasan delante de ella. El retrato oficial permanece en la oficina, aunque el empleado piense durante la jornada en la remesa que espera, el turno de la tienda, la reparación de la casa o la manera de abandonar el país. La imagen conserva su lugar; la fe ha emigrado.

La caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética no condujeron a Cuba hacia una transición democrática, pero destruyeron el horizonte exterior que garantizaba la credibilidad material de la promesa revolucionaria. El llamado Período Especial convirtió la crisis del socialismo europeo en una experiencia corporal hecha de hambre, apagones, transporte paralizado, deterioro urbano y agotamiento. El Estado pidió resistencia y volvió a presentar la privación como combate, mientras la vida cotidiana se organizaba mediante valores muy distintos de los proclamados. 

La figura del Hombre Nuevo cedió espacio al individuo que “resuelve”. En ese verbo, resolver, cabe una moral práctica, familiar y a veces clandestina, dentro de la cual conseguir alimentos, intercambiar servicios, vender por la izquierda, recurrir a un pariente o aprovechar una oportunidad, dejó de parecer una desviación excepcional. 

La supervivencia creó sus propias normas. Millones de personas comprobaron que la legalidad oficial no satisfacía las necesidades elementales y que la iniciativa condenada por el discurso resultaba indispensable para continuar viviendo. 

La legalización de la tenencia de divisas en 1993 confirmó la mudanza. El dólar, denunciado durante décadas como fetiche imperial, se convirtió en medida efectiva de las diferencias sociales. Quien tenía acceso a remesas, propinas turísticas o actividades privadas podía alcanzar bienes negados al trabajador remunerado en pesos. El mérito revolucionario perdió valor frente a la moneda. Un médico o un profesor llegaron a disponer de menos capacidad real de consumo que un empleado vinculado al turismo, y la jerarquía moral proclamada por el Estado quedó desmentida por la jerarquía económica que el propio Estado había abierto.

La secularización cubana también puede seguirse en el desplazamiento de las lealtades. La nación revolucionaria había exigido que la familia entregara hijos, trabajo, tiempo y silencio al proyecto común. Después de la crisis de los noventa, la familia recuperó el lugar de principal institución de socorro. Es ella quien envía dinero, guarda alimentos, facilita una vivienda, consigue medicinas, financia un viaje o sostiene al anciano cuya pensión resulta insuficiente. 

La confianza se retira de las organizaciones políticas y se deposita en redes privadas. Las remesas poseen, por ello, un significado que rebasa la economía, pues cada envío demuestra que la subsistencia depende con frecuencia de la persona que abandonó el país y no de la estructura que prometió proteger a todos. El exiliado, presentado durante años como traidor, gusano o residuo histórico, se transforma en sostén del hogar. La contradicción erosiona la antigua división entre fieles y enemigos. Cuando hacen falta alimentos o medicamentos, la familia no pregunta por la pureza ideológica del dinero. 

También la emigración ha cambiado de sentido. Ya no es solamente fuga política o ruptura dramática, sino proyecto ordinario de movilidad y, para muchos jóvenes, condición de una vida imaginable. Una sociedad que educa a sus hijos para buscar el porvenir fuera de ella ha perdido parte de su autoridad espiritual. La patria deja de ser destino absoluto y se convierte en lugar de origen, memoria afectiva o residencia provisional. El individuo no aspira necesariamente a transformar la historia nacional; aspira a salvar su biografía.

La expansión del turismo internacional durante los años noventa abrió una frontera interior entre la escasez y la abundancia. Hoteles, restaurantes y tiendas ofrecían al visitante aquello que el ciudadano apenas podía contemplar. La economía socialista, que había prometido borrar las divisiones del dinero, terminó organizando espacios diferenciados por moneda, acceso y procedencia. 

El extranjero representaba una fuente de ingresos, una posibilidad de relación y la prueba viviente de otro orden material. El escaparate turístico, la tienda en divisas y la maleta llegada de fuera impusieron una nueva escala de comparaciones. El teléfono, la prenda importada, el electrodoméstico o la cena en un restaurante privado dejaron de significar únicamente comodidad y comenzaron a conceder reconocimiento, autonomía y la sensación de haber vencido, siquiera durante unas horas, la impotencia del salario estatal. 

La búsqueda de bienes sustituyó parte de la antigua búsqueda de méritos y el ciudadano, antes invitado a esperar la medalla moral concedida por la institución, aprendió a valorar los signos visibles de su capacidad para resolver. El jineterismo, los intercambios informales y las relaciones entre cubanos y visitantes mostraron el rostro más doloroso de esa mudanza. El cuerpo, la intimidad y la esperanza matrimonial podían convertirse en vías de acceso a divisas o movilidad. 

No se trató de una simple liberación de costumbres, sino de una secularización desigual, en la cual el deseo se emancipaba de la moral oficial mientras permanecía sometido a la necesidad. El Estado conservaba el discurso de la virtud revolucionaria y dependía, al mismo tiempo, de una industria turística que multiplicaba las tentaciones, las comparaciones y las jerarquías condenadas por ese mismo discurso.

La mercancía comenzó a seducir con mayor eficacia que la doctrina. La Historia continuaba ocupando en los discursos el lugar de tribunal supremo, encargado de absolver los sacrificios del presente mediante la promesa de una victoria futura, mientras el capital penetraba por zonas laterales sin necesidad de formular doctrina alguna. Llegaba en la propina, la remesa, el paquete, la tienda de acceso restringido, el automóvil alquilado, el perfume del visitante, el videoclip, la vivienda reparada y la fotografía enviada desde el extranjero. Su fuerza procedía de convertir la carencia en deseo visible, de ofrecer una satisfacción cercana y de sustituir el porvenir colectivo por la posesión inmediata. 

Sin declararse partidario del capitalismo, el cubano aprendió a desear sus objetos, sus ritmos de renovación, sus diferencias de calidad y el prestigio reservado a quien podía pagarlos. Esa erotización del consumo produjo una secularización más eficaz que muchas discusiones doctrinales, pues alguien podía continuar invocando la Historia, asistir a un acto oficial y repetir la retórica de la resistencia mientras calculaba en dólares el costo de un teléfono, una salida del país, una habitación reparada o el capital inicial de un negocio. 

La Historia y el capital no se sucedieron limpiamente; convivieron dentro de la misma conciencia. La primera conservaba la solemnidad del relato público y recordaba que la nación marchaba hacia una finalidad superior. El segundo organizaba las urgencias privadas, distribuía prestigio, despertaba apetitos y enseñaba que el tiempo individual era demasiado breve para entregarlo por completo a una promesa colectiva. De esa convivencia surgió un sujeto doble, sometido todavía al calendario revolucionario, aunque seducido por la inmediatez de la mercancía y por la posibilidad de convertir el dinero en independencia personal.

El renacimiento religioso ofrece otra señal de secularización política. La visita de Juan Pablo II en 1998 hizo visible una sociedad donde el catolicismo, las iglesias protestantes, las religiones afrocubanas y diversas prácticas espirituales habían sobrevivido a décadas de ateísmo oficial. El Estado modificó su lenguaje, permitió mayores espacios de culto y dejó de exigir que la militancia comunista se confundiera necesariamente con la incredulidad. 

El regreso de la religión no contradice el proceso descrito aquí, sino que lo confirma. Secularizar la política significa retirar al poder temporal su pretensión de poseer la verdad total. Cuando un ciudadano busca sentido en una iglesia, una casa-templo, una consulta espiritual o una comunidad independiente, reconoce una autoridad que no procede del Partido Comunista de Cuba. 

La fe religiosa puede crecer al mismo tiempo que se debilita la religión política. Las devociones populares, las promesas a la Virgen de la Caridad, el culto a los orishas y la expansión evangélica ofrecen lenguajes para comprender el sufrimiento, la esperanza y la conducta fuera del vocabulario marxista. Incluso quienes no profesan una religión viven dentro de una sociedad donde la interpretación oficial ha dejado de ser exclusiva. La pluralidad espiritual precede de ese modo a la pluralidad política y revela que el Estado controla instituciones, pero no gobierna enteramente las conciencias.

Durante décadas, el poder conservó buena parte de su autoridad mediante el control de la información. La prensa, la escuela, la radio y la televisión repetían una narración coordinada, mientras las versiones discrepantes circulaban de forma clandestina o fragmentaria. Los teléfonos móviles, las redes sociales y el acceso a internet alteraron esa relación. El ciudadano pudo comparar, responder, ironizar y producir su propio relato. En ese aprendizaje, la sátira cumple una función secularizadora decisiva. Lo sagrado exige distancia y solemnidad. El meme, el apodo y la parodia acercan la figura del poder hasta volverla común, falible y risible. 

Una autoridad puede encarcelar a quien se burla de ella, pero la necesidad misma de castigar la burla revela que ha perdido la invulnerabilidad simbólica. El dirigente ya no habla desde una altura incontestable. Su frase entra en circulación, es recortada, contradicha y convertida en chiste. Artistas y periodistas independientes, músicos urbanos, usuarios de redes y comunidades digitales han creado espacios de discusión que no solicitan autorización al aparato cultural. El monopolio estatal puede bloquear páginas, interrumpir conexiones o aplicar sanciones, aunque no consigue restaurar la antigua inocencia informativa. Después de aprender a comparar, la obediencia deja de parecer natural.

El Maleconazo de agosto de 1994 mostró una primera ruptura pública de la liturgia. La multitud no se reunió para recibir una orientación, sino para expresar frustración, escasez y deseo de salida. La posterior crisis de los balseros convirtió el mar en una forma de voto. Miles de personas arriesgaron la vida no para realizar la promesa revolucionaria, sino para escapar de su espera. 

Las protestas del 11 de julio de 2021 hicieron visible una secularización más avanzada. En numerosas localidades, ciudadanos sin dirección única ocuparon la calle y protestaron por la escasez, los apagones, la gestión de la pandemia y la ausencia de libertades. La consigna Patria y Vida realizó una inversión fundamental. Frente a la patria convertida en altar de muerte, reclamó la vida presente, individual y concreta. No pedía una recompensa futura, sino el derecho a existir sin que cada necesidad fuese subordinada a una batalla interminable. 

La represión posterior, con detenciones, procesos judiciales y condenas, confirmó que el control estatal continuaba operativo. Controlar, sin embargo, no equivale a convencer. El aparato pudo dispersar la manifestación y castigar a sus participantes, pero no devolver a las palabras oficiales la santidad perdida. La secularización no significa desaparición inmediata del poder, sino divorcio creciente entre la capacidad de mandar y la de inspirar obediencia moral.

Cuba vive, por tanto, una contradicción histórica. El Estado continúa definiéndose como revolucionario, pero amplias zonas de la sociedad actúan de manera posrevolucionaria. Sus aspiraciones se concentran en la prosperidad doméstica, el viaje, la autonomía profesional, la libertad expresiva, la seguridad familiar y el acceso a un mundo que ya no se percibe como enemigo metafísico. Muchos funcionarios participan también de esas aspiraciones, consiguen bienes, ayudan a emigrar a sus hijos y separan la retórica laboral de la vida privada. 

Las reformas que autorizaron pequeños negocios, compraventa de viviendas y determinadas actividades privadas reconocieron tardíamente una transformación ya ocurrida. El Estado no creó el deseo de autonomía, sino que intentó regularlo. Concede licencias, fija límites, modifica impuestos y conserva la posibilidad de revertir lo autorizado. Esa precariedad permite que la apertura funcione como válvula económica, sin convertirse necesariamente en derecho ciudadano. 

El futuro cubano dependerá menos de restaurar una fe agotada que de ofrecer forma jurídica a la pluralidad existente. La secularización ya ha separado la conciencia de la liturgia, la familia del aparato, el deseo del sacrificio y la vida del porvenir obligatorio. Falta que esa transformación encuentre instituciones donde ninguna organización pueda proclamarse eterna, ningún dirigente sea objeto de veneración obligatoria y ninguna diferencia política sea tratada como pecado. 

El Partido Comunista conserva las leyes, los cuerpos armados y los principales medios de comunicación, pero ha perdido progresivamente el monopolio de la esperanza. La sociedad busca salvación en la familia, el mercado, la religión, la emigración, la creación independiente y las redes de solidaridad. Esa dispersión no constituye todavía una democracia, aunque anuncia el fin espiritual de la unanimidad. La secularización de Cuba consiste, en último término, en que la Revolución ha dejado de ser el horizonte absoluto de la existencia, aun cuando continúe siendo la estructura dominante del poder.



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