Santiago Álvarez: “El exilio tiene que ayudar, pero no gobernar”



Crecí en una Cuba donde algunos nombres sonaban a guerra, a odio, a venganza. Mi niñez fue bombardeada por la propaganda triunfalista del futuro comunista, que fomentaba el odio hacia todo cubano que no fuera “revolucionario”. La retórica castrista alimentaba ese odio caracterizando a esos compatriotas como gusanos, asesinos y saboteadores, y no hubo desgracia —desde pandemias hasta incendios— que no fuera atribuida a la mafia anticubana de Miami.

Algunos nombres resonaban en la televisión, en la voz perenne de Fidel Castro: Posada Carriles, Orlando Bosch, los Novo Sampol y, por supuestísimo, Santiago Álvarez Fernández-Magriñá.

Santiago ha dedicado toda su vida a la causa de la libertad de Cuba. Como bien dice, nunca con bombas ni escondido: su lucha fue siempre dando la cara. Hoy ha renunciado a la vía armada y colabora organizando talleres para periodistas, apoyando a los presos políticos y, para escarnio de los recalcitrantes, incentivando el sector privado en la Isla.

Protagonista de las infiltraciones armadas de los años sesenta, preso político en Estados Unidos ya en el siglo XXI y hoy impulsor de talleres de periodismo y de la pequeña empresa en la Isla, Santiago Álvarez repasa para “En transición” seis décadas de lucha contra la dictadura y explica por qué el futuro de Cuba no puede parecerse ni a Venezuela ni a 1898.

Me recibe en sus nuevas oficinas. Llega temprano, conduce un camión negro y, a sus 84 años, conserva una mirada joven y una voz tan firme como el apretón de manos con el que me saluda.

Para que quede constancia: usted pertenece a una generación de cubanos marcada por la situación social de la Cuba de los años cincuenta y, en particular, por la ruptura democrática de 1959. ¿Cómo recuerda aquellas condiciones que lo obligaron a salir del país y cómo se convirtió Santiago Álvarez en un cubano consciente de la situación política que vivía la Isla?

Yo vengo de una familia política y patriótica. Mi abuelo era un español que llegó a Cuba de adolescente y triunfó en los negocios en Matanzas. Cuando vino la Guerra de Independencia, se unió a los cubanos, no a los españoles, y llegó a alcanzar el grado de coronel. Participó en la invasión de Oriente a Occidente, de Antonio Maceo, y lo acompañó en su paso por Matanzas.

Después, ya en la República, compró una finca. Tuvo seis hijos, cuatro varones y dos hembras. Cuando llegó el machadato, él no estuvo de acuerdo con la dictadura y se alzó contra Machado junto con sus hijos, incluido mi padre. Mi padre pertenecía al Directorio Revolucionario, a la Federación Estudiantil, y estaba muy activo contra Machado.

A mi abuela, a quien yo nunca conocí, cuando le dieron la noticia de que mi padre había caído preso, le dio un ataque al corazón y murió. Después, cuando mis tíos y mi abuelo se alzaron, a mi padre le dieron un tiro en un riñón y quedó separado de sus hermanos.

Los detuvieron y los llevaron a Matanzas, al castillo de San Severino, si no recuerdo mal. El caso es que los esbirros de la tiranía fueron a buscarlos y el encargado de la cárcel no quiso entregarlos: exigía una orden firmada por un coronel. Por fin la consiguieron. Se los llevaron a Colón, los torturaron y los mataron.

Después, mi padre hizo justicia, y aquellos fueron los únicos asesinos de la dictadura de Machado que no salieron libres de la cárcel. Los únicos que de verdad pagaron fueron ellos.

Más tarde, mi padre fue senador y ministro, y yo siempre estuve muy al tanto de la situación en Cuba. Cuando había un problema político, muchas veces me sacaba del colegio y me llevaba con él, desde que yo tenía trece o catorce años.

Estudié en la Havana Military Academy, una academia militar en Cuba fundada por el coronel Julio de Argüelles, exjefe de la Marina durante los gobiernos de Grau y Prío, y por Raúl Chibás, hermano del célebre político cubano. Esa combinación, entre mi padre y la Havana Military Academy, me formó una mentalidad bastante política y activista.

Cuando salimos de Cuba, mi padre y yo vinimos aquí, a Miami, y nos quedamos viviendo en lo único que sacamos de la Isla —y que ni siquiera sacamos nosotros mismos—: el yate de mi padre, un barco de 47 pies que unos amigos suyos robaron del río San Juan y trajeron a Miami.

Cuando llegamos, nos quedamos allí y vivimos varios meses en el yate. Desde el principio, mi padre estuvo muy activo en la lucha contra la dictadura, y yo también.

El primer desembarco armado en Cuba lo hicimos mi padre y yo. Allí murieron, fusilados o en combate, varios patriotas cubanos; entre ellos, Bobby Fowler, muy amigo mío, que tiene una calle nombrada en su honor en la Calle Ocho y la 19, y el Indio Feria, que era el jefe del grupo.

A uno de los que participaron en aquello volví a verlo casi cincuenta años después, aquí, en este país. Estuvo en mi casa poco después de que yo saliera de la cárcel, en 2011 o 2012, más o menos. Me dio mucho gusto verlo, porque había estado treinta años preso y por fin había podido salir.

Santiago Álvarez convirtió su oposición al régimen de Fidel Castro en una actividad sostenida que transitó de la acción clandestina y armada al apoyo organizado a la resistencia. Participó en operaciones de infiltración y desembarco, en acciones marítimas contra el régimen y en misiones vinculadas a la invasión de Bahía de Cochinos. Durante la Crisis de los Misiles de 1962 operó en el mar frente a Cuba. En los años siguientes intervino en misiones de rescate de agentes y en acciones contra objetivos estratégicos del gobierno cubano.

A lo largo de más de seis décadas usted ha transitado casi todas las etapas de la oposición cubana, desde el activismo armado hasta lo que hoy podríamos llamar la solución cívica. ¿Cómo explica esa evolución?

Para mí siempre fue la lucha armada. Mi padre y yo fuimos una de las tres parejas de padre e hijo que participaron en el movimiento de la Brigada 2506, los dos en la Marina. Mi padre fue quien llevó los barcos que desembarcaron a los brigadistas, y yo ya estaba antes aquí, en los cayos de la Florida, abasteciendo al clandestinaje, abasteciendo al Escambray, infiltrando y sacando gente.

Después de la invasión volví a eso, pero cuando vi que lo que estaban haciendo era buscar inteligencia para el gobierno americano, decidí que eso no era lo mío. Entonces empecé con Alpha 66, con Tony Cuesta.

Y seguimos siempre en eso, con Alpha 66 —que yo no digo que la creé; el creador fue Tony Cuesta— y con los Comandos L, con los que también seguimos luchando. Durante todo ese tiempo siempre estuve activo.

La única vez que me separé un poco del activismo fue en los años setenta, más o menos, cuando surgió la ola de atentados por el mundo que convirtió a quienes éramos considerados freedom fighters, luchadores por la libertad, en terroristas.

Nunca participé de eso. Nunca he puesto una bomba, nunca he usado explosivos para nada. Lo mío siempre ha sido luchar de frente.

Estuve un tiempo separado y después volví, como es natural. Pasa el tiempo, pasan las cosas. Tuve una crisis económica muy grande que me paró diez años. Perdí todo lo que tenía, que había sido bastante, pero por fin lo pude recuperar y empecé otra vez.

Ya a finales del siglo XX estábamos encaminados de nuevo hacia la lucha armada, y en el siglo XXI pudimos hacer ciertas infiltraciones en Cuba, ya no para un levantamiento armado, sino para establecer contactos más cercanos con oficiales del Ejército Rebelde, que ya teníamos.

En 2002, creo que fue, infiltramos a tres hombres allá. Aquello salió a la luz porque los cogieron presos y pusieron a uno a hablar conmigo por teléfono. Teníamos una clave y, desde que me dijo la primera palabra, ya supe que estaba preso.

O sea, que todo lo que él me decía yo le seguía la corriente, para salvar su vida, comprometiéndome incluso en cosas que no estaban planeadas. Pero tenía que hacerlo, porque tenía que defender a esos tres hombres, que fui yo quien los infiltró.

Seguimos en eso hasta que llegó el caso de unos cubanos en Panamá.

Santiago habla de Luis Posada Carriles y otros tres exiliados cubanos que, en el año 2000, fueron detenidos en Panamá y posteriormente condenados por su supuesta participación en un complot para atentar contra Fidel Castro durante la Cumbre Iberoamericana, en un acto que debía celebrarse en el Paraninfo de la Universidad de Panamá.

Tras permanecer varios años presos, los cuatro fueron indultados el 26 de agosto de 2004 por la presidenta Mireya Moscoso, pocos días antes de concluir su mandato. En las horas siguientes, Santiago Álvarez asumió un papel decisivo en la salida de los excarcelados: contrató dos aviones privados, uno para trasladar a tres de ellos a Miami y otro para sacar a Posada Carriles de Panamá hacia un destino que inicialmente se mantuvo en secreto.

Álvarez justificaría posteriormente su intervención como un intento de impedir que Posada y sus compañeros fueran enviados a Cuba o Venezuela, donde, según sostenía, corrían peligro de ser asesinados.

En marzo de 2005, Álvarez puso su yate Santrina a disposición de una operación que llevaría a Posada desde México hasta Estados Unidos. La embarcación salió de Miami rumbo a Isla Mujeres y, según el testimonio presentado posteriormente ante un tribunal federal, Posada fue recogido allí y embarcado junto a los integrantes de la tripulación.

El Santrina regresó a Florida el 18 de marzo. Las autoridades estadounidenses terminarían investigando la entrada clandestina de Posada, y Santiago sería acusado, junto con otros tripulantes, de obstrucción de la justicia por negarse a declarar ante un gran jurado sobre la operación.

Se suponía que iban a hacer algo distinto de lo que en verdad iban a hacer y, cuando la mayoría del exilio los abandonó, yo me involucré en aquello prácticamente por carambola, porque tenía un par de amigos míos allí y pude sacarlos de allá.

Después se mezcló lo de traer a la gente de Panamá con lo que yo estaba haciendo y ya, como pasa siempre cuando uno trabaja aquí, como decíamos en los tiempos de la lucha armada, “por la libre”, termina atravesándose con la autoridad americana.

Primero que nada, tenemos que comprender que este no es nuestro país; estamos aquí prestados. Cuando el pueblo de este país elige a un presidente, elige a sus congresistas, no los elige para que sean presidente ni congresistas de Cuba: los elige para defender los intereses de Estados Unidos, de los americanos, no los de Cuba ni los nuestros.

Yo no les guardo rencor ni estoy resentido por haber pasado cuatro años preso.

Lo interrumpo: sobre lo de Panamá, tengo entendido que usted estaba al margen de la operación, pero al tanto de que se buscaba ajusticiar a Fidel Castro. ¿Es así?

Eso es lo que se decía. Lo que en verdad se iba a hacer era sacar a un coronel, a un general que estaba en la Guardia. ¿Cómo se le va a ocurrir a nadie que unos cubanos iban a matar a Fidel Castro llevando explosivos en una bolsa de compras de Miami? Eso es imposible, no tiene sentido. Pero bueno, olvídelo, porque yo estaba al tanto. Ni siquiera era amigo de Posada Carriles; teníamos cierto trato, pero nunca fuimos amigos.

Sin embargo, después me involucré mucho, porque no quise darle a Fidel Castro el gusto de montar un circo en Cuba con lo de Posada Carriles. En ese proceso me moví bastante para conseguirle abogado; aquí hacíamos colectas para pagar todo eso, porque se le acusaba de haber volado el avión.

Después logramos hacer contactos en Venezuela y, a partir de ahí, conseguimos todos los expedientes del proceso de Posada Carriles y del doctor Bosch. Montamos una campaña bastante grande con eso y, en todos los expedientes, se veía, en realidad, que no había sido así.

Incluso pude conseguir los resultados de la compañía de seguros del avión: cuando fueron a buscarlo, había caído a unos 700 u 800 pies, una profundidad manejable para investigar qué había pasado.

Aparentemente, el avión explotó por una carga en la zona de equipaje y, según la acusación, Posada, Bosch y los demás habían metido contrabando con un pasajero. El caso es que explotó el avión y la compañía de seguros quiso investigar qué había pasado, pero una semana antes llegaron los camaroneros de Cuba, con las redes arrastrándose por el fondo, y desbarataron todos los restos.

Yo nunca compartí la lucha que tuvieron el doctor Bosch y Luis Posada, ni mi amigo Guillermo Novo y Gaspar Jiménez, pero considero que ellos también fueron patriotas: pensaban distinto a mí, igual que en la guerra.

En los años de la lucha por la independencia de Cuba había tres grupos de patriotas: unos anexionistas de Estados Unidos, otros que querían formar parte de la Corona española como estado partícipe, no como colonia, y los que pensaban como yo, los independentistas.

También en este caso había distintas versiones de cubanos que querían liberar a Cuba de manera distinta. Eso no quiere decir que yo desestime el patriotismo de ellos; simplemente no comparto sus métodos de lucha.

Volvamos a esa evolución. Usted apoyó recientemente, junto a nosotros, una iniciativa del Cuba Study Group sobre la pequeña y mediana empresa en Cuba, apostando a que una transformación desde lo económico pueda derivar, a mediano o largo plazo, en conciencia política. Con esa idea en mente: ¿cómo llegamos del Santiago Álvarez que en 2002 todavía infiltraba hombres para debilitar la dictadura in situ a este otro, más cercano al soft power americano?

La decisión final estuvo marcada por mi paso por la prisión aquí. Y no porque la cárcel me haya ablandado ni endurecido, sino por la influencia del juez que me juzgó, a quien le costó mucho trabajo condenarme. Decía que sabía que yo hacía lo que hacía por motivos altruistas, no destructivos, pero que había roto la ley y que las leyes de este país había que cumplirlas.

Me condenó y después me redujo la sentencia, y yo le di las gracias. Le dije que no podía cambiar quién soy ni iba a dejar de luchar por lo mismo por lo que he luchado toda mi vida, pero que sí le prometía no volver a violar las leyes de Estados Unidos. Y lo he cumplido.

Cuando salí, todavía tenía el Santrina, el barco que fue famoso en su momento, y lo vendí. Empecé a utilizar ese dinero porque ya hacía tiempo que apoyaba a la oposición en Cuba, en la época de Vladimiro Roca, de René Martí Batres, todos amigos míos, algunos ya fallecidos; queda René Gómez Manzano, entre otros.

En esa época había llegado el grupo de los 75 y, entre ellos, vino Normando Hernández, que tenía una organización periodística. Nos hicimos amigos, no sé ni cómo, y me habló de que lo ayudara a traer aquí a unos periodistas para hacer un taller. Me dijo: “Yo quiero traer como tres o cuatro”. Le dije: “Mira, hermano, vamos a traer uno o dos, que yo puedo darles alojamiento y todo”. Pero él insistió en que se trabaja mejor en grupo y que, mientras más grande, mejor.

A los pocos días, hablando con mis compañeros de lucha y con mi esposa, con quien me había casado hacía poco, después de divorciarme de la anterior, empecé a pensar que, si íbamos a traer tres o cuatro, ¿por qué no traer veinte?

Para mí, la lucha más fructífera que he tenido contra la dictadura fueron esos seminarios, que pude sacar adelante gracias al apoyo de la Casa Bacardí de la Universidad de Miami y al empuje de Pedro Rey. Ya para entonces yo tenía mucho contacto con opositores en Cuba y con las distintas organizaciones.

Reunimos el primer grupo y vinieron dieciocho. Pasamos un trabajo extraordinario porque no teníamos dónde alojarlos: unos se quedaban en mi casa, otros en un apartamento que yo tenía de renta, y nos las arreglábamos como podíamos. Pero fue el primero y fue un éxito.

Después, ya más grandes, conseguimos que el padre Menéndez, de San Juan Bosco, en la Séptima Avenida, nos prestara un edificio que tenían para impartir seminarios a monjas. En el segundo piso podían dormir casi veinte personas, en dos secciones, una para hombres y otra para mujeres, y abajo había salones de conferencias, misas y demás. Yo se lo arreglé, le puse aire acondicionado, le hice de todo.

Hicimos allí unos seis o siete seminarios más. Fue un éxito rotundo, porque llegamos a traer casi cuarenta personas. Eso, para mí, supuso un cambio total en mi actuación hacia Cuba: poco a poco dejé de participar en el exilio histórico y empecé a participar en la oposición dentro de Cuba.

¿Qué papel le ve usted hoy a esa sociedad civil opositora en una eventual transición hacia la democracia en Cuba? ¿Cómo compara el papel de la oposición interna con el del exilio?

Yo trato de entrar lo menos posible en la política americana, y siempre lo he hecho así desde que llegamos aquí. No simpatizo mucho con Trump, pero tengo que reconocer que ha sido el hombre que más cerca ha puesto a Cuba de la democracia.

Lo interrumpo porque, por alguna razón, pienso que se va a desviar de lo que quiero saber e intento reconducir su respuesta: La administración Trump, sin dudas, es la que más ha puesto a la dictadura contra la pared. Pero existe el riesgo de que ese período de tutelaje, quizás necesario para las nuevas instituciones, derive en un patronazgo, en una intervención. ¿Qué piensa Santiago Álvarez de ese riesgo?

Exacto, de una intervención americana. ¡Eso no lo quiero!

Bueno, yo creo que, gracias a Trump, estamos muy cerca de eso. No quiere decir que lo que Trump quiera hacer, al final, sea lo más beneficioso para nuestra patria. Creo que Venezuela nos ha demostrado que eso no es lo que queremos: el chavismo sigue allí, activo y al mando.

Tampoco queremos un 98 ni una Enmienda Platt; no queremos nada de eso. Lo que queremos es una democracia en Cuba conseguida por los cubanos, con la ayuda que nos han dado, pero no queremos más que eso.

Nos va a costar más trabajo, nos va a costar más sufrimiento, pero es nuestra libertad.

¿Y cómo imagina usted ese proceso de transición?

El problema que hay en Cuba es que la oposición ha sido completamente destruida. El gobierno cubano, la dictadura, no hace nada bien, nada más que reprimir; son genios en perpetuarse en el poder. Tienen la economía destruida, la moral destruida, la salud pública destruida, la educación destruida, todo destruido. Pero lo que no está destruido es su poder para perpetuarse: ese sí está intacto y reina en toda Cuba, porque es lo único que saben hacer.

Pero siempre hay causas que van a provocar que esa dictadura caiga. Ahora, en este proceso actual, mire: si en Cuba se quita a los generales y a los grandes testaferros de la dictadura, todo el mundo está pasando el mismo trabajo. El Ejército, la Policía, toda la infraestructura humana del Estado, vive más o menos como el pueblo.

Cuando hay apagones, se va la luz para todo el mundo; cuando no hay agua, no hay agua para nadie. Los testaferros y los generales tienen sus plantas eléctricas y pueden tener sus pozos, pero también pasan trabajo. Y en Cuba los beneficios llegan solo hasta cierto tope.

Fíjese en algo que ha pasado hace poco y que nunca se había visto en Cuba, y que yo no conozco en ningún ejército del mundo: a un coronel, ya listo para general, no lo ascendían.

En general, lo dejaban de coronel de primera clase, primer coronel. ¿Por qué? Porque no quieren repartir el poder, exactamente por eso.

Yo me paso el tiempo diciéndoles a esa gente, a los hombres y mujeres de la infraestructura humana, a los coroneles de Cuba, que se acuerden del 4 de septiembre; que se acuerden de que un sargento llevó la democracia a Cuba. No importa lo que pasó después: el propósito era poner orden en Cuba, acabar con el relajo y con la dictadura.

Batista lo hizo con las clases, no con los oficiales. Yo no creo que en este momento las clases puedan hacerlo, pero los coroneles sí.

Y eso es lo que va a llevar a Cuba a un cambio. En Cuba, la oposición ha quedado incluso por debajo de las iglesias protestantes en cuanto al poder de convocatoria popular. Pero las iglesias no van a dar un golpe de Estado.

El que tiene que darlo, y tiene que darlo ya, son los coroneles.

Santiago ha hablado durante una hora, por eso disparo las preguntas casi a bocajarro: ¿Cree entonces que las Fuerzas Armadas son la pieza fundamental de este proceso?

Definitivamente. En Cuba la oposición ha sido destruida. Los hombres que podían facilitar más la oposición activa en Cuba… Uno está preso y en muy mal estado de salud, Félix Navarro, y José Daniel tuvo que salir; los demás han ido saliendo poco a poco.

En Cuba todavía hay grandes líderes sueltos, pero ya no existe el poder de la oposición para derrocar a la dictadura. En este momento, si no contamos con la infraestructura humana de la dictadura y con las Fuerzas Armadas, no vamos a salir de esto.

Podríamos salir con un caos popular, un levantamiento en masa, pero entonces estaríamos haciendo un Haití por un tiempo.

Tenemos que pensar no solo en la libertad y en derrocar la dictadura, sino en el futuro de nuestra patria. Y el futuro de nuestra patria no está en Venezuela, no está en un 98 y no está en el caos.

¿Qué piensa Santiago Álvarez de que, para llegar a eso, el gobierno de Estados Unidos haya escogido justamente a un familiar de Raúl Castro para iniciar un proceso de acercamiento con esa élite?

Por eso yo digo que no quiero una Venezuela. ¿Cómo vas a buscar democracia haciendo negocios con los sátrapas de la dictadura? ¿Cómo vas a buscar derechos humanos con la gente que está matando a los presos políticos, abusando del pueblo, dejándolo pasar hambre, pasar sed y pasar todo tipo de trabajo con tal de mantenerse en el poder? ¿Tú quieres actuar con ellos? No.

En otras conversaciones con empresarios cubanos en el exilio he notado que hay una voluntad de participar en el futuro de Cuba, aunque en su mayoría lo harían como asesores, no como inversores. La idea del regreso habita en todo exiliado, así que le pregunto a Santiago si él quiere ser parte del cambio y si regresaría a Cuba.

Definitivamente, el día que haya libertad en Cuba…

Yo ya he vendido casi todas mis propiedades y tengo liquidez. Mis hijos ya están grandes y también se irían para Cuba; ellos, en este momento, son casi tan ricos como yo. Lo que nosotros tenemos que hacer es ir para Cuba. Y hay algo muy importante: el exilio tiene que ayudar, tiene que ayudar mucho, pero no gobernar.

El gobierno de Cuba tiene que estar en Cuba. Hoy en día, quienes deben gobernar Cuba son los que se lo merecen por haber estado dentro, pasando trabajo, sufriendo las mayores necesidades que puede sufrir un ser humano sin estar preso, porque aquello es una cárcel grande.

Ahí está Félix Navarro, ahí está Sayli Navarro: ellos están pasando lo de una cárcel chiquita, pero el pueblo de Cuba está pasando la cárcel grande.

Hace apenas unas semanas se liberó a Luis Manuel Otero Alcántara, dentro de un proceso extraño vinculado a San Isidro, al 11 de julio y a todos esos presos políticos. Usted acaba de decir algo que a mí me tocó: que la generosidad no puede venir por la imposición, que queremos justicia, pero no venganza. ¿Cómo evalúa el daño cultural, político e ideológico que ha dejado la dictadura y cómo cree que podríamos revertirlo?

Bueno, le voy a decir la verdad: yo pensaba mucho así, hasta que tuve un seminario sobre esto, aquí y en Cuba.

Primero que nada, en Cuba hay mucho dinero. La gente piensa que allá todo está en ruinas, y sí, hay ruinas, pero uno no sabe cuánta gente anda con sacos de dinero bajo la cama. Allí hay gente que tiene veinte carros andando por La Habana, gente que tiene quince o veinte casas que alquila a los turistas.

Pero, primero que nada, esa gente tiene miedo al cambio. Son tuertos en un país de ciegos. Y este mensaje también se lo doy mucho a Cuba: si ustedes son tuertos en un país de ciegos, imagínense en un país donde ya no haya ciegos, donde todos vean como ustedes. Van a ser los primeros grandes triunfadores, porque ya saben cómo triunfar en el caos, en la pobreza, en la dictadura. Cuando tengan todas las facilidades para hacer negocios, ¿quién los va a parar? Lo único que los para es el miedo al cambio.

Lo que tienen que hacer es buscar el cambio. Y cuando vinieron esos muchachos a los seminarios aquí, me di cuenta de que yo estaba equivocado. Yo siempre había dicho que el mejor programa que tuvo Cuba fue la educación, porque ellos se esmeraron en educar para poder lavarle el cerebro a la juventud, y en realidad nunca se ocuparon de educar a nadie.

Como decía José de la Luz y Caballero: “Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo”. Pues Fidel y su gente lo que quisieron fue instruir para su propio beneficio.

Y con los seminarios me di cuenta de que esos muchachos estaban instruidos, pero tenían los ojos abiertos: tomaron esa instrucción y la volvieron contra el sistema. No han podido prosperar por ser educados, no han podido usar esa instrucción y esos conocimientos en aquello para lo que fueron instruidos, pero tienen el conocimiento.

El día que Cuba cambie y toda esa gente pueda hacer lo que es capaz de hacer, vamos a crecer en la mitad del tiempo de lo que la gente cree.






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