El día en que cuatro bombas nucleares cayeron sobre España



La mañana del 17 de enero de 1966, poco después de las diez y media, el cielo sobre el sureste de España dejó de ser un escenario cotidiano de la Guerra Fría para convertirse, durante unos segundos, en uno de los lugares más peligrosos del planeta.

A unos 9.500 metros de altura, un bombardero estratégico B-52G Stratofortress de la Fuerza Aérea de Estados Unidos realizaba una misión de alerta nuclear de la Operación Chrome Dome, el programa mediante el cual Washington mantenía bombarderos armados con armas termonucleares patrullando continuamente distintas rutas alrededor del mundo. 

La lógica era sencilla y estremecedora: si la Unión Soviética lanzaba un ataque nuclear sorpresa, algunos bombarderos estadounidenses ya estarían en el aire y podrían responder inmediatamente.

Para completar aquella misión, el B-52 debía repostar combustible en vuelo. Durante la maniobra de aproximación al avión cisterna KC-135 Stratotanker, ambos aparatos colisionaron. El impacto fue instantáneo.

Miles de litros de combustible de aviación se incendiaron en el aire y los dos aviones quedaron envueltos en una gigantesca bola de fuego visible desde muchos kilómetros de distancia. Los cuatro tripulantes del KC-135 murieron en el acto. Del B-52 sobrevivieron cuatro de sus siete tripulantes, que lograron eyectarse antes de que la aeronave se desintegrara. 

Mientras los restos metálicos comenzaban a caer sobre la costa de Almería, otro peligro descendía lentamente hacia la tierra. Dentro del bombardero viajaban cuatro bombas termonucleares B28, armas con una capacidad destructiva muy superior a la de las bombas utilizadas en Hiroshima y Nagasaki veinte años antes.


¿Por qué España no sufrió una explosión nuclear?

La pregunta sigue apareciendo con frecuencia, incluso seis décadas después. La respuesta es que una bomba nuclear no explota simplemente porque se estrelle contra el suelo.

Las armas transportadas por el B-52 no se encontraban armadas para una detonación deliberada. Además, una explosión termonuclear requiere una secuencia extremadamente precisa de armado, sincronización y compresión del material fisible. Un impacto violento puede destruir el arma, incendiarla o hacer detonar sus explosivos convencionales, pero eso no basta para producir una explosión nuclear. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Dos bombas impactaron contra tierra con tal violencia que detonaron los explosivos químicos que llevaban en su interior. Aquellas explosiones destruyeron parcialmente las bombas y pulverizaron parte del plutonio contenido en ellas, dispersándolo sobre terrenos agrícolas. No hubo explosión nuclear. Sí hubo contaminación radiactiva.

Una tercera bomba cayó prácticamente intacta en el cauce seco de una rambla y pudo recuperarse rápidamente. La cuarta desapareció.


La bomba perdida en el Mediterráneo

Durante varios días nadie supo dónde estaba la cuarta bomba. Comenzó entonces una de las mayores operaciones de búsqueda submarina de la Guerra Fría. Centenares de especialistas de la Marina estadounidense peinaron el Mediterráneo con barcos, sonares, minisubmarinos y vehículos de exploración profunda. La investigación recibió además una ayuda inesperada.

Un pescador de Águilas llamado Francisco Simó Orts, conocido después como Paco el de la bomba, explicó a las autoridades el punto aproximado donde había visto descender un enorme objeto sujeto a un paracaídas. Su testimonio ayudó a delimitar la zona de búsqueda, aunque la localización definitiva siguió siendo extraordinariamente compleja.

La bomba fue encontrada en una pronunciada pendiente submarina a varios centenares de metros de profundidad. Durante un intento de recuperación volvió incluso a perderse, antes de ser localizada nuevamente.

Finalmente, el 7 de abril de 1966, casi ochenta días después del accidente, fue recuperada desde una profundidad cercana a los 900 metros, utilizando el famoso sumergible científico Alvin y el vehículo submarino no tripulado CURV-I, una tecnología extraordinariamente avanzada para su época.


El enemigo invisible

La recuperación de la cuarta bomba resolvió el problema militar. No resolvió el problema ambiental. El verdadero peligro ya se encontraba disperso sobre los campos de cultivo de Palomares.

Equipos estadounidenses y españoles iniciaron entonces una de las primeras grandes operaciones de descontaminación radiológica realizadas fuera de un escenario bélico. Se retiraron aproximadamente 1.400 toneladas de tierra y vegetación contaminadas.

Todo ese material fue introducido en más de mil barriles metálicos, embarcado rumbo a Estados Unidos y trasladado al entonces Savannah River Plant, en Carolina del Sur, una instalación federal del complejo nuclear estadounidense, donde aquellos residuos fueron enterrados y gestionados como material radiactivo. Para la época, la limpieza fue enorme. Pero no consiguió eliminar completamente el plutonio dispersado.



El baño que debía tranquilizar al mundo

Mientras ingenieros y especialistas medían niveles de radiación, el régimen franquista afrontaba otro problema. España vivía un auge del turismo internacional. La imagen de cuatro bombas nucleares cayendo sobre una playa mediterránea amenazaba con convertirse en una catástrofe económica además de política.

El Gobierno decidió responder con una operación de comunicación cuidadosamente organizada. El 8 de marzo de 1966, el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, acompañado por el embajador estadounidense Angier Biddle Duke, entró al mar delante de fotógrafos y cámaras de televisión.

Las imágenes dieron la vuelta al mundo. El mensaje era claro: las playas españolas eran seguras.

Hoy los historiadores coinciden en interpretar aquella escena como un ejercicio de comunicación política destinado a preservar la confianza internacional en el turismo español. En realidad, el baño se realizó en una zona costera que no coincidía con los terrenos agrícolas donde se había registrado la mayor parte de la contaminación radiactiva.


Mucho más que un accidente

Aunque el episodio nunca desapareció completamente de la prensa internacional, la información sobre sus consecuencias ambientales quedó durante años sometida a un fuerte control político y administrativo. Las autoridades españolas y estadounidenses minimizaron públicamente el alcance de la contaminación, mientras continuaban realizando estudios científicos, mediciones radiológicas y programas de vigilancia ambiental.

Con el paso de las décadas, Palomares terminó convirtiéndose en uno de los lugares más estudiados del mundo para comprender cómo se comporta el plutonio en el medio ambiente. Los investigadores aprendieron allí cómo migran sus partículas en terrenos agrícolas, cómo permanecen durante décadas en determinadas capas del suelo y por qué resulta tan difícil eliminar completamente una contaminación de este tipo.


Una historia que aún no ha terminado

Sesenta años después del accidente, la historia sigue abierta. Persisten parcelas sometidas a vigilancia radiológica y restricciones administrativas de uso. España mantiene desde hace años que todavía existen zonas cuya descontaminación debería completarse.

En 2015, ambos países firmaron una declaración de intenciones para negociar la retirada de nuevas cantidades de tierra contaminada y su traslado a Estados Unidos. Aquella declaración, sin embargo, no constituyó un tratado vinculante y las negociaciones posteriores han avanzado con lentitud.

En los últimos años, distintos gobiernos españoles han reiterado públicamente su deseo de alcanzar un acuerdo definitivo que permita concluir la limpieza iniciada en 1966.


El accidente que revela otra Guerra Fría

Para muchos cubanos, la Guerra Fría suele evocarse inmediatamente a través de la Crisis de los Misiles de 1962. Sin embargo, Palomares recuerda otra realidad menos conocida.

Durante años, Estados Unidos mantuvo bombarderos armados con armas termonucleares recorriendo continuamente los cielos del planeta. Aquella estrategia pretendía impedir una guerra nuclear. Paradójicamente, también multiplicaba el riesgo de accidentes.

El choque ocurrido sobre Almería demuestra hasta qué punto la disuasión atómica convivía con la posibilidad permanente del error humano. No hubo una explosión nuclear, pero sí murieron siete aviadores. Sí se dispersó plutonio sobre territorio español. Fue necesario retirar más de mil toneladas de tierra contaminada. Y se desplegó una de las mayores operaciones submarinas de recuperación de una bomba nuclear jamás realizadas.

Seis décadas después, Palomares continúa recordando que la historia de la Guerra Fría no solo se escribió en Berlín, Moscú, Washington o La Habana. También quedó enterrada, literalmente, bajo la tierra de un pequeño pueblo agrícola del sur de España.







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