Silvio en concierto: el canon revolucionario como espectáculo global

Recientemente, el trovador cubano Silvio Rodríguez anunció su vuelta a España tras el álbum de 2024. Con nueve presentaciones entre septiembre y octubre, constituye su primer gran recorrido por el país en varios años. El itinerario arrancó el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona y recorrerá Zaragoza (Pabellón Príncipe Felipe), Bilbao (Teatro Euskalduna), Valencia (Roig Arena), A Coruña (Coliseum) y Sevilla (FIBES), antes de llegar el 1 de octubre a Murcia (Plaza de Toros) y cerrar, finalmente, el 4 de octubre en el Movistar Arena de Madrid. Sobre el escenario le acompaña el mismo equipo de colaboradores de sus últimas giras,[1] en un repertorio que combina clásicos de más de cinco décadas de carrera, como “Ojalá”, “Unicornio”, “La maza”, “Óleo de mujer con sombrero”, “Playa Girón”, “Te doy una canción”, con canciones de su disco más reciente (Quería saber, 2024) y sencillos sueltos datados en 2025 y 2026.



Cartel promocional. Imagen: Facebook (Etiketsy) (2026).


Esta vuelta a Europa llega apenas un año después de que completara, entre septiembre y noviembre de 2025, una gira por cinco países sudamericanos (Chile, Argentina, Uruguay, Perú y Colombia), su primer recorrido regional en siete años. En estos destinos, los conciertos reportaron una alta asistencia, con un público muy relacionado con la canción protesta latinoamericana y con la Revolución como canon de resistencia social y política. En contraste, en torno a la gira actual comienza a circular un rechazo explícito que lo califica de espectáculo simpatizante del sistema político cubano y reprocha la actitud histórica “templada” del cantante ante la represión cultural en la Isla. 


Silvio Rodríguez y el linaje revolucionario de la canción protesta 

La carrera de Silvio Rodríguez comenzó en torno al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC; donde, junto a Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú y otros jóvenes músicos, formó el movimiento de la Nueva Trova, una fusión de la trova cubana en clave de compromiso político con el proceso revolucionario. Esta sería la edición cubana de la canción protesta y la Nueva Canción que por esos años recorría América Latina de la mano de Víctor Jara (Chile), Mercedes Sosa (Argentina) o Daniel Viglietti (Uruguay).



Noel Nicola, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez en un recital en Casa de las Américas, 1968. Imagen: Cubadebate (2012).


Desde entonces, la obra de Silvio quedó indisolublemente ligada a la épica revolucionaria cubana, a la lírica triunfal de las “conquistas de la Revolución”, así como al subconsciente social de una generación específica. Por ejemplo, el tema “Playa Girón” —incluido en el programa de Madrid para el próximo mes— fue escrito como homenaje a la victoria cubana sobre la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Asimismo, temas como “La era está pariendo un corazón” derivan piezas paradigmáticas de la urgencia política y la transformación histórica casi mesiánica del proceso. “El Necio” por su parte, escrita en pleno derrumbe del bloque soviético, se ha interpretado como la reafirmación del compromiso revolucionario y de la negativa a redefinirse ante el nuevo contexto. En tanto, “Fusil contra fusil”, “América, te hablo de Ernesto” o “Canción del elegido” se ubican en el relato épico-revolucionario de la formación de la guerrilla y, sobre todo, como homenaje explícito a Ernesto “Che” Guevara. 

Muchas de estas canciones no solo fueron tarareadas por aficionados a la música de Silvio Rodríguez, sino que también formaron parte de programas oficiales de corte político en tribunas y marchas del pueblo combatiente. Sus letras fueron uno de los mayores exponentes de la música como instrumento supuestamente transformador y de defensa del proceso cubano frente al “bloqueo”. 

Su organicidad con el poder en Cuba no ha sido solo simbólica ni ha pasado desapercibida. En consecuencia, el cantautor ha disfrutado desde muy temprano de privilegios que han sido negados a otros músicos, incluso a sus contemporáneos. Por ejemplo, en 1990 fundó en La Habana los Estudios Ojalá: el primer estudio de grabación de su tipo, equipado con tecnología de punta, en teoría “independiente”, pero respaldado por el Ministerio de Cultura; proyecto que agregaría luego su propio sello editorial y un premio de creación cultural que él mismo preside. 

A estas ventajas se suman cargos de representación política en Cuba, como diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular (1993-2008), así como una relación de cercanía pública con el gobierno cubano, que tuvo su último colofón en marzo de 2026. En pleno recrudecimiento de la confrontación entre Washington y La Habana, Silvio publicó en su blog personal (Segunda Cita): “Exijo mi AKM, si se lanzan. Y conste que lo digo muy en serio”, haciendo referencia al fusil de asalto soviético y en respaldo a la promesa del gobernante Miguel Díaz-Canel de ofrecer una “resistencia inexpugnable” frente a cualquier agresión externa. Dos días después, el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias le entregó en un acto oficial, ante el mandatario cubano, una réplica ceremonial del fusil “en justo reconocimiento a su patriótica disposición de empuñar las armas para defender la Patria”, según citaron los perfiles de la presidencia. 



Silvio Rodríguez recibe réplica de fusil de manos de las FAR. Imagen: Cubadebate (2026).


La postura de Silvio Rodríguez, sin embargo, no siempre ha sido monolítica, llegando a rechazar públicamente algunas reacciones del gobierno cubano, como las desproporcionadas condenas contra los manifestantes del 11J, y criticando la inflación y la crisis hospitalaria que atraviesa el país. No obstante, estos han sido gestos puntuales que, según sus críticos, no bastan para hablar de un verdadero distanciamiento del aparato político y militar que administra Cuba. Esa doble condición lo mantiene como una figura en disputa y representante de la utopía igualitaria latinoamericana vs. la cara amable de un sistema censor.

Aunque no fuera el objetivo explícito del cantautor, la declarada solidaridad política hacia Cuba en medio del endurecimiento de sanciones por parte de Estados Unidos cae en un juego pernicioso que favorece la narrativa de trinchera del gobierno cubano. Su obra en este contexto, como la regrabación de “Sueño con serpientes” en el álbum debut Días y Flores a dúo con el cantautor brasileño Chico Buarque, enmarcada explícitamente como gesto de solidaridad política con la Isla, también duplica la lectura de pequeño pueblo resiliente y combatiente contra “el gigante del Norte”. Esta es una posición que obvia, primero, la opinión mayoritaria en el país de que la causa de la crisis multifactorial actual deviene del bloqueo interno y no del embargo norteamericano; y, segundo, la esperanza que para bien o mal albergaron muchos cubanos tras enero de este año de una mayor presión sobre el gobierno cubano para lograr un tránsito democrático. 


Contracultura, ola autoritaria y el riesgo de la nostalgia revolucionaria

El regreso de Silvio a los grandes escenarios europeos y latinoamericanos coincide con un momento político particular: el avance de proyectos autoritarios y de extrema derecha en distintos países y los liderazgos de corte iliberal en varios continentes. En ese contexto, sectores de la izquierda joven —muchos nacidos después de la caída del Muro de Berlín, sin experiencia directa de la Guerra Fría y menos con las vivencias del cubano de a pie— han vuelto a mirar hacia los íconos culturales de las revoluciones latinoamericanas del siglo XX como fuente de identidad política y de resistencia simbólica. Silvio Rodríguez, con su discografía de compromiso social y su biografía entrelazada con la Revolución cubana, ocupa un lugar central en esa reapropiación.

Sin embargo, esa nostalgia vuelve a tropezar con la “confusión” de base de no distinguir entre autoritarismos de distinto signo. Rechazar aquel que viene etiquetado de derecha mientras se idealiza o minimiza el que se presenta bajo símbolos de izquierda demuestra la incoherencia de un sector que dice ser progresista y defensor de los DD.HH. Homenajear hoy los íconos del proceso cubano desde su épica cultural sin incorporar un balance crítico es un ejercicio de idealización que ignora el daño causado y el propio rechazo que amplios sectores del pueblo cubano han expresado hacia su sistema político. En este sentido, revivir la canción protesta clásica como respuesta estética y política, más que una herramienta de emancipación, es la reedición acrítica de un relato romántico sobre revoluciones que en la práctica derivaron en regímenes cerrados. De tal modo, el Estado cubano se beneficia con un antiguo adalid remasterizado, a la par que el propio artista aprovecha el contexto actual para darle un giro novedoso a una trayectoria que parecía caducada.



Cartel promocional. Imagen. El Corte Inglés (2026).


Protesta contrahegemónica dentro del predio capitalista

La producción de la gira actual corre a cargo de Riff Producciones, la promotora de conciertos líder en España. Fundada en 1994, con sede en Córdoba, cerró 2025 como la empresa con mayor volumen de entradas vendidas del país (más de 800 000 tickets); además de gestionar la carrera de artistas como Manuel Carrasco, Melendi o Miguel Poveda. A finales de 2024, fue adquirida por Superstruct Entertainment, uno de los mayores grupos de entretenimiento en vivo del mundo, que, a su vez, pasó a manos de fondos de inversión internacionales, entre ellos KKR, en una operación valorada en más de 1 300 millones de euros. 

Irónicamente, medio siglo después de que “Playa Girón” celebrara la victoria cubana sobre una invasión financiada por Washington, la gira española del trovador de la “Revolución” queda en manos de un conglomerado internacional de capital privado. En adición, la venta de entradas de la gira se apoya en las mismas plataformas de ticketing que dominan el negocio global de los conciertos —el mismo sector en el que Live Nation y Ticketmaster, la fusión que controla cerca de 70% del mercado estadounidense, fue declarada culpable de monopolio ilegal por un jurado federal en abril de 2026—, mientras que el catálogo completo del artista cubano circula en Spotify, una plataforma cuyo modelo de negocio ha sido descrito por analistas como una pieza más de la lógica del capitalismo financiero, sostenida por fondos de capital de riesgo. 



Página de Silvio Rodríguez en Spotify.


No sería coherente condicionar el éxito de Silvio Rodríguez o de cualquier otro artista al rechazo del mercado dominante y necesario para su carrera o a la exigencia de un desempeño independiente. Sin embargo, el ODC conviene en subrayar la paradoja entre el contenido de la obra, su proyección política y el medio en el que se desarrolla: un repertorio nacido para denunciar el poder del capital termina orquestado, vendido y monetizado por ese mismo capital, mientras su autor entona la épica de una revolución que sigue defendiendo desde la distancia segura de quien no hace cola para comprar huevos ni depende de un salario estatal devaluado. 

El ODC no busca subrayar una incoherencia personal de Silvio Rodríguez en la gira de 2026, sino más bien exponer el mecanismo mismo que sostiene a la canción protesta convertida en espectáculo global. Imágenes de los asistentes al concierto en Barcelona muestran cómo el público fue confrontado por manifestantes que criticaban la simpatía desde la izquierda política y evidenciaban la ironía de homenajear la miseria como resistencia en el país. Es de señalar, además, la memorabilia y parafernalia que el público llevó consigo demostrando el activismo político desde la cultura que expone Silvio Rodríguez. 



Asistentes al concierto confrontan a cubanos que se manifestaron en contra. Imagen: página de Facebook de La Tijera (2026).


El ODC lamenta el eco de alabanza a la resistencia revolucionaria allí donde los privilegios de otro sistema evitan cargar con el peso cotidiano de la crisis cubana que esa misma Revolución administra. El distanciamiento simbólico y material —de las colas, de los apagones, de la escasez, pero no del relato oficial que las explica— es lo que separa la canción protesta como gesto sincero de su puesta en escena. Una diferencia que el público que llene el Movistar Arena debería, al menos, tener presente antes de aplaudir.






[1] Niurka González (flauta y clarinete), Malva Rodríguez (piano y voces), Rachid López (guitarra), Maykel Elizarde (tres cubano), Jorge Reyes (contrabajo), Emilio Vega (vibráfono y percusión), Jorge Aragón (piano) y Oliver Valdés (batería).






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