Marilyn Monroe, una vida normal, una vida anormal


Marilyn Monroe cumple 100 años, la actriz norteamericana que leía a James Joyce. 

Por mi parte, confieso que nunca he podido leer Ulises, siempre que lo empiezo suelo abandonarlo a los diez minutos. ¿Podría esta mujer atravesar sus páginas como si fuera un guion de cine, uno de esos que ella no conseguía fijar completamente, pues olvidaba palabras y el director debía dar la orden de repetir la escena una y otra vez hasta que su confianza se asentara? 

No es difícil comprender su sencillez. Se rodeaba de muebles modernos y de una biblioteca bien provista de buenos títulos. La lectura no es un pasatiempo para las almas simples. ¿Era ella acaso un alma vieja? 

Persistían miedos, dudas, un maquillaje sobre el rostro limpio con leves marcas. El alcohol y los somníferos huían de ella cuando los invocaba. La poesía fortalecía el auténtico rostro; la máscara era para los demás. Nunca hubo separación entre ambas. Convivía con hombres que la desnudaban sin llegar a conocerla.

En mi casa natal también hubo una biblioteca, creo que lo he contado antes. Fue una época de unión familiar. Mis padres estaban vivos. Mi hermana y sus tres hijos aún no habían hecho sus maletas. Aquel hogar no olía a escombros. Quedaba algo de vergüenza en los latones de basura.

He tenido parejas, he sido promiscua. Si un hombre me hubiera golpeado, como lo hizo Joe DiMaggio, le hubiera hecho tragar la pelota de beisbol firmada por él mismo. Solo una vez, desprevenida, un tipo me dio un empujón y las rodillas se me arañaron contra el piso. 

Me paso la tarde leyendo y oyendo música en mi celular, hasta que la carga baja y tengo que parar. En la Habana, en La Puntilla, no hay mucho que hacer cuando se pasan más de treinta horas sin electricidad. Algunos pronuncian la frase “no hay luz”, como si de la misma manera nos pudieran arrebatar el sol. Una amiga dice jocosamente: “ellos no pueden bajar el catao del sol”. Hasta allá arriba no alcanza su poder. 

A veces tengo un sueño recurrente: 

El Edificio Sierra Maestra es un hotel de lujo; el centro comercial La Puntilla es un mall con precios asequibles para todos los bolsillos. Detrás, en el parqueo abandonado, hay un complejo de cafetería, biblioteca pública y sala de cine. Se exhiben muestras de grandes directores y se hacen debates sobre cine y arte. Riomar vuelve a ser un Apart-Hotel. Sin embargo, se mantienen sus antiguos propietarios. Se alquilan apartamentos con rentas reguladas, conserva sus piscinas y sus salas de fiesta. Temprano, antes de las ocho de la mañana, pasan las camareras a limpiar los pasillos y las escaleras. Sus cinco bloques continúan siendo sólidos. Abajo, hay una farmacia y una cafetería. La playita, en verano, está repleta de sombrillas coloridas y tumbonas. Una gruesa capa de arena cubre casi todo el diente de perro. El bosquecito y el parque de calle Cero son más verdes que nunca; se han plantado nuevas especies. Incluso se han puesto bancos de madera entre los árboles. Si caminas hasta el centro, aparece una pequeña fuente… Cada esquina, ostenta unos colectores de un gris discreto, repujados por fuera con detalles artísticos. Amamos a esos colectores como si guardaran toda la vergüenza de un siglo anterior. 

Enciendo la laptop. Busco a Marilyn en Niágara, con su vestido rojo y los senos envueltos en un escote insinuante. La pequeña cintura se disuelve entre manos deseosas. Sin embargo, la joven del papel secundario es castaña, linda y recatada. Viste decente. Un recurso para resaltar a la rubia, a la femme fatal.

En una escena, adentro de la cabaña, fuma un cigarrillo, acostada en la cama. Cuando entra Joseph Cotten, el actor que interpreta a su marido, ella lo apaga y tira una de las almohadas al suelo. Es extraño, duerme con lápiz labial. Se acomoda de espaldas a él y finge dormir. 

Miente. Las mujeres siempre han sabido mentir mejor que los hombres cuando tienen amantes escondidos. Es improbable que las descubran. Atrapadas entre el descaro y la culpa, como una verdad encerrada en uno de esos latones de basura que, por fuera, parecen tan pulcros. Yo, igual que ella, he engañado antes. He fingido y ocultado a mis amantes reales y a los imaginarios. 

Le doy pausa a la película. De repente, me da hambre. Por suerte, tengo gas de la calle. Voy a la cocina y me hago una taza de leche caliente, con un pan tostado con queso. Ayer cociné todo el pollo que tenía en el congelador, antes que se echara a perder. Mi gato y yo hicimos un festín. Mi hijo avisó que se quedaba en casa de su novia. Allá hay luz…

Con las bebidas necesarias, pudiera prepararme un Martini con dos aceitunas. Lo pondría en la mesita, al lado de mi vieja máquina de escribir y fingiría que soy Scott Fitzgerald. Estoy segura que es uno de los cocteles más elegantes que existen. 

Junto al whisky, es el trago de los escritores alcohólicos. Fitzgerald lo bebía, hasta que el trago se lo bebió a él mismo, dejándolo seco. Suave es la noche… Suave es la oscuridad impuesta. Apenas se siente, solo el aleteo y el zumbido de los mosquitos.

Si al menos tuviera a Pepito acompañándome, seguramente se travestiría como la Monroe, su actriz favorita, enfundado en uno de mis vestidos negros. Con las medias de malla, tacones y la peluca rubia. Sin verle la cara, podría pasar como la estrella de Hollywood. Blanca, con sus amplias caderas y piernas torneadas. Muchas hormonas femeninas, algo de nacimiento. Un gay mujer.

Pero viajó por un Permiso de Trabajo y luego se exilió en España. Se dedica a limpiar bares. Allá se disfraza de Marilyn y remeda la escena de la falda levantada en la Avenida Lexington y calle 42, en Nueva York, cuando le da la gana. Pero ya no es lo mismo, no hay diversión ni glamour. Pepito padece de islanostalgia, un mal intratable.

Parece una broma, Marilyn Monroe ha cumplido 100 años. Los libros, los documentales, no se detienen en la eterna indagación. Muchos buscan nuevas pistas tras su muerte. 

La Cuba de la Revolución es una anciana de 67 años dando brazadas al aire. Se debe rehacer la historia del país con detalles recientes. ¿Cuál de las dos luce intacta y bella?

Finalmente, la encontraron desnuda y con el cuerpo maltrecho. Los trabajadores de la funeraria dijeron que tenía el cabello descuidado y las piernas sin rasurar. Pero era un cuerpo inocente, velado en una sábana fría. Una mujer sin identidad. Nadie la quería reconocer de aquella manera. 

Entonces hubo que reconstruir su hermosura, para que los fans pudieran despedirse de su último rostro. A pesar de todo el esfuerzo, la ropa y las capas de maquillaje, nadie pudo meterse adentro de su cabeza. 

¿Quién era Marilyn Monroe en realidad y por qué aún sigue con vida?







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Por Orlando Luis Pardo Lazo