El pasado como presente del futuro (guiño a T. S. Eliot)

William Golding in memoriam.


Rájalooo – córtalooo – pínchalooo – hiérelooo – sángralooo – mátalooo – jojojo – jajaja…

Cuando consideras en serio el sentido final, tan simple, de lo que escribe T. S. Eliot en uno de sus cuartetos, comprendes por qué ciertos destinos regresan a la posibilidad de su manifestación a pesar de las torsiones de la Historia. Time past and time present / Are both perhaps present in time future.

Hay un trazado romántico, entre lo verosímil y lo inverosímil, de la Nueva Existencia Habanera. El ex agente me cuenta que dicho trazado se parece mucho al concebido por un sector de la mafia que, entre 1957 y 1958, y en colaboración con un grupo de empresarios norteamericanos, quiso reactivar al máximo la vida turística y cultural aquí. 

Le pregunto al espectro del ex agente (murió en 2001) cómo sabe eso y responde secamente: “Vi los planos de las obras”. Aclara que se trataba de una copia de los planos que, hace casi 70 años, quedaron encima de la mesa del jefe económico de hotel Habana Hilton, días antes de marcharse de regreso a Estados Unidos. “De acuerdo con los planos, iban a demoler toda la zona urbana frente al malecón para sembrarla de hoteles y después iban a levantar la avenida en un larguísimo paso superior”, añade. 

Ignoro si era todo el malecón. Dice que sí, que más bien era el malecón completo (respetando siempre el larguísimo muro, cuya restauración ya era necesaria) y que los trabajos iban a extenderse por la costa norte casi hasta Varadero. 

“Impresionante”, murmuro. “Si entonces ya era impresionante, imagínese ahora”, comenta. “Ahora sí se puede”, afirmo. “La idea es en esencia la misma, pero se añaden teatros, cines, galerías de arte, restaurantes, mercados, áreas para conciertos y parqueos”, sonríe satisfecho y se encoge de hombros.

Hay una penumbra que va acentuándose a medida que la tarde declina. Treinta y seis horas de apagón y contando. El despingue del Sistema Eléctrico Nacional es uno de los varios despingues. Apenas veo la silueta del agente.

Rájalooo – córtalooo – pínchalooo – hiérelooo – sángralooo – mátalooo – jojojo – jajaja…

“Ahora sí se puede”, vuelvo a decirle, pero en voz baja, como para mí. “Me habría gustado estar vivo para verlo todo”, susurra él. “Quién sabe”, indico enigmático. “¿Cómo que quién sabe? Estoy muerto desde hace 25 años”, exclama. “Y, sin embargo, estamos aquí, conversando”, sonrío. “Ya me di cuenta”, acepta.

Todo eso va a ocurrir. El médico con quien hablo de literatura y libros, escritor a ratos él mismo, asegura que ha visto heridas enormes (intervenciones quirúrgicas que duran horas y horas) que parecen no poder sanar nunca. Y, aun así, sanan. Cicatrizan. Dejan marcas, pero la piel se regenera. Todo eso va a ocurrir.

Otra persona, actor con presencia activa en varios grupos de teatro, me dice, cuando le hablo de la metáfora de la herida y su cicatriz, que los términos y las dimensiones de la destrucción son tan perentorios y amenazantes que resultará muy difícil conseguir un grupo de regeneradores que lleven, en la sangre, una combinación perfecta de entusiasmo, buena fe y fortaleza financiera. En especial, cuando vean que no se trata de una labor ingente, sino de una labor ingente que duraría años. 

“¿Cuántos?”, le pregunto. “Entre cinco y siete, con optimismo, para ver resultados reales”, contesta con aplomo, como si fuera un experto.

“Ustedes han visto lo que hace el alcaudón, ¿verdad?”, dice alguien. No sé si es el médico o el actor. 

El ex agente mueve la cabeza. Me acuerdo de una novela ya clásica de ciencia ficción. “El mundo animal es atrozmente sincero. El alcaudón es un ave que ensarta a su víctima, todavía viva, en unas espinas bien escogidas y va desgarrándola poco a poco y con su carne alimenta a sus crías. ¿Usted cree que allí hay sentimientos, compasión, decencia, empatía? Claro que no: su única preocupación es sobrevivir y hacer que los suyos sobrevivan”, explica la voz.

Rájalooo – córtalooo – pínchalooo – hiérelooo – sángralooo – mátalooo – jojojo – jajaja…

“El desastre hace tiempo es global, sistémico, y cubre todas las áreas de la existencia, para no hablar del daño social, que es inconmensurable y peligroso. Hay una mezcla de dolor, desesperación y violencia. Todo eso es de conocimiento público hace tiempo. Pero lo singular ahí es que, cuando uno camina por los barrios, en medio de los apagones y con el trasfondo del enorme desorden que hay con el desabastecimiento (de agua, de alimentos, de medicinas), empiezas a notar el enquistamiento de la irritación. Una irritación sobre otra y sobre otra y sobre otra… Y esa irritación no puede remediarse mientras los discursos oficiales sean de optimismo triunfal y de culpabilización de otros”, concluye el actor, sudoroso. 

En su mirada, sin embargo, hay una dulzura que lo salva. Es un joven apetecible en todo sentido.

Rájalooo – córtalooo – pínchalooo – hiérelooo – sángralooo – mátalooo – jojojo – jajaja…

El médico escritor se aproxima y me echa una sonrisa sencilla, bonita. Hago las presentaciones y, mientras eso ocurre, el ex agente espectral alza una mano y se despide en silencio. 

Me apresuro a acompañarlo en ese minuto final. Dejo al actor y al médico dialogando sinuosamente. “Entonces usted cree que todo va a salir bien”, le pregunto al ex agente. “Estoy seguro”, contesta. 

Se marcha y su desvaída figura acaba por diluirse en la calle. Regreso a la conversación con los otros. Son personas marcadas por la bondad y la lucidez. Y el morbo. Pero, sobre todo, por la bondad. 

“Acaban de reponer la electricidad”, dice con rimbombancia el médico. “Vaya, qué suerte: serán como dos horas o más, si tenemos suerte”, digo.

Ocurre una pausa silenciosa, durante la cual los tres nos observamos con cierto pudor. Pero hay que aprovechar que los ventiladores pueden encenderse. Y me envalentono. “¿Qué tal si nos metemos en la cama un rato…, a conversar?”, propongo y me carcajeo. 

Y me miran y vuelven a sonreír y asienten.

Rájalooo – córtalooo – pínchalooo – hiérelooo – sángralooo – mátalooo – jojojo – jajaja…

Nada como burlar el cerco del Señor de las Moscas. 






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Luis Manuel Otero Alcántara: la libertad de un inocente

Por Jorge De Armas

Tras cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara sale de la cárcel de Guanajay. Termina una condena injusta; queda la evidencia de una libertad que nunca debió ser arrebatada.