Una hermosa biblioteca



He ido a buscar a un amigo a la Biblioteca Nacional, mole arquitectónica que proyectaron Clorindo Testa y su equipo de arquitectos, luego de ganar un concurso en 1961, y que fue edificada mucho tiempo después, en 1992. 

Parece una nave alienígena posada en el tranquilo y afrancesado barrio de Recoleta. Mi amigo (el filólogo Armando Valdés Zamora) vive desde hace mucho tiempo en Francia, así que es el encuentro de dos cubanos en Buenos Aires, ciudad que nos fascina a los dos tal vez por lo diferente a La Habana y a París, lugares donde nos hemos visto antes. 

Mi amigo vino a Buenos Aires a hablar de literatura cubana y dentro de la Biblioteca Nacional encontró textos que no conocía sobre la literatura de la Isla. Se ve muy entusiasmado. 

Ambos nos quedamos mirando su fachada y le pregunto si le gusta. Me dice que sí, pero que es raro el brutalismo, algunos lo consideran el triunfo de lo feo por su aspecto de inacabado y su tendencia a parecer fabril. Yo siempre he pensado que el brutalismo es como un regreso a lo gótico, esas catedrales con necesidad de arquitrabes para no irse al traste. 

Me gusta la Biblioteca Nacional. Es un hermoso templo para los libros. Uno piensa que el gran Clorindo Testa la concibió así para que el lector sintiera la importancia de un sitio donde puede encontrar amagos de respuestas. ¿Qué es un libro sino un intento de responder las preguntas básicas del universo? 

Además, es acogedora y democrática. Tiene un amplio espacio circundado por un banco donde es cómodo sentarse a esperar. Hace varios meses había llevado a otro amigo cubano a la famosa biblioteca. En este caso, el arquitecto Rodolfo Sanzo, que se entusiasmó mucho mirando la impresionante mole, las columnas y el voladizo que parece la sala de mando de la nave espacial. Me dijo con un suspiro: ¡qué edificio! 

Yo me sentí orgulloso de sus palabras, casi como si formara parte del equipo de Testa. Y es que el amor por una ciudad y sus edificios lo va ganando a uno sin darse cuenta. 

Yo efectué una serie de conferencias allí, todas sobre narrativa cubana: hablé de Alejo Carpentier, de Lezama Lima y Virgilio Piñera, pasando también por Guillermo Cabrera Infante y otros. Fue muy gratificante ver tantos argentinos interesados en lo cubano, de manera que le tengo especial amor a esta biblioteca. 

Cada vez que llega alguien de Cuba lo hago visitarla, sentir que lo distinto, lo mágico, se alza ante nosotros. Clorindo Testa estaba muy inspirado cuando su mente concibió el proyecto. Se nota. Es un edificio que canta, un homenaje a la creatividad argentina. No me imagino a Buenos Aires sin su biblioteca, que no se parece a ninguna. 

La de La Habana, que también es hermosa, es un rascacielos rectangular ubicado cerca de la estatua de Martí. La de Buenos Aires queda muy lejos del obelisco y está muy cerca del cementerio de Recoleta, como si Testa quisiera que los directores tuvieran un necesario baño de humildad, sabiendo que muy cerca de su oficina descansan celebridades de la patria. 






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Diario de la invasión (VIII)

Por Orlando L.uis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.