Los 15 de Yaquelín

“Siento la tentación de creer que Hécate ha arrojado 
sobre mí una benévola mirada”.
Gabrielle Wittkop, El necrófilo.


Cuando revelas que vives ahora mismo en La Habana, los sabios intuyen que necesitas el Espejo de Viento y Luna, guardado en el palacio del Hada del Terrible Despertar. He aquí las cosas que se vaporizan y desvaporizan durante el Catastrófico Hundimiento.

Compro cualquier pedacito de oro mientras oigo a Rachmaninov, al camarada Serguei.

Fuera de cámara, en Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, durante el padecimiento de una tarantinitis dilatada. A mí que ni me pregunten, tengo la peor opinión sobre esos desalmados, dice Mr. White. Yo no los condeno, de cierta manera han contribuido a cerrar el capítulo de las izquierdas, dice Mr. Orange. Las izquierdas son como la mala hierba, murmura Mr. White. Algunas sí, otras no, dice Mr. Red. Todas son iguales, Mr. Red, no se haga ilusiones, dice Mr. Orange. Mr. Red se disgusta. Se ofende. Abandona su taza de café. Se marcha sin dejarle un solo centavo de propina a la amable (tetas hermosas, en verdad) jovencita que nos atiende.

De vez en vez nos hallamos en un sendero extraño, donde las piedras son oscuras. Es el Gran Pudridero del Cementerio de Colón. Un gran cartel dice: PROHIBIDO HACER FOTOS. No avances más, me aconseja ella. ¿Por qué?, pregunto. Aquí los muertos hablan, pero allí caminan, me explica.

El Catastrófico Hundimiento no deja otro espacio que el del revoloteo por las palabras. Y sin embargo…

La nueva lista incurre en estos nombres: P. Sung-Ling, N. Hawthorne, J. L. Borges, C. Magris, G. Steiner, W. Beckford, T. Ligotti, J. Lezama Lima, W. Blake, H. P. Lovecraft, E. Weinberger, S. Beckett, C. Barker, H. Melville, J. Langan, D. Cooper, A. de Marken, J. Armfield, B. Little, B. Gifford, J. Vandermeer…

La mezcla del tono almendra con el pardo de las monturas, ¿qué da? Y el naranja niebla, ¿cómo describirlo? Porque a la anciana que hizo la directa la amenazaron.

El argentino patagónico, que dice ser socialista y devoto de Julio Cortázar, se pelea conmigo porque no soy socialista y entrego mi devoción a Su Majestad Jorge Luis Borges. No sé si debiéramos apartar esas diferencias y concentrarnos en lo de siempre: las videollamadas. Él admira el blancor norteuropeo de mi pene de cabeza rosada. Yo admiro su grueso glande fuliginoso. Él es mecánico de motocicletas. Yo, un mero pintor. Tan aficionado él al gótico profundo, dice que soy no Pinhead sino Pinkhead.

Viva Pink Floyd.

Sigo creyendo en la Revolución, dice, majestuoso y soñador, el viejo juglar. Eres un payaso y estás lleno de triquiñuelas, contesta el taxista que lo conduce al concierto. 

Leí que un fantasma necesita muy poco para darse a conocer como actividad de un difunto: penumbra, quietud y constancia. He cerrado las ventanas y puesto cortinas foscas. He apagado el sonido de los pianistas de jazz que suelo oír. He cerrado los ojos recordando tu figura y la limpieza de tus ojos. 

Sí, ya sé que me acusan periódicamente de estar obsesionado con el sexo, le digo. Explícales que no es así, diles por qué no es así, me dice. Es inútil, no van a entender, le digo. Seguirán acusándote, me dice. Me paso esas acusaciones por los cojones, le digo. Bueno, haz lo que quieras… ¿me prestas tu edición anotada de Wuthering Heights?, me dice. 

Es entonces cuando veo venir los problemas, porque, en realidad, no tengo ninguna edición anotada de ese libro. Menos mal que no sabe, ni sabrá, que guardo una información providencial: en la Bodleian Library hay una caja con calotipos del caballero Heathcliff hechos en 1844. Emily Brontë conoció al extraño hombre que iba a servirle de modelo para construir su personaje. Supo de él y examinó la mirada verdosa proveniente de aquel rostro afinado por el deseo de cariño y el apetito carnal y la emoción de las aventuras marítimas.

Quítate el blúmer y tírate bocabajo en el suelo, le ordena Harris Dickinson a Nicole Kidman. Después le da una segunda orden: Separa los muslos.

Jünger escribe: No he llevado una vida activa, sino la vida de una persona platónica, un platonismo que ha consistido sobre todo en la lectura de los grandes clásicos, de los grandes filósofos. Las veces que me adentré en la realidad, esta me defraudó en lo esencial.

Y leyendo a Freud uno saca en conclusión que entre él y el clítoris había una especie de guerra secreta. Cuánta desilusión.

Arno Breker y sus modelos: yeso previo, blancura previa. Arte nazi. Todas las búsquedas de pureza se parecen y acaban en la opresión y el crimen.

Idolatrías banales y perniciosas. Tragedias quizás menos impúdicas, pero de un patetismo mucho más sutil. No nos van a invadir, dice Mr. White. Sí, nos van a invadir, eso es seguro, dice Mr. Orange. El caso es que hay indicios para pensar que ambos tenemos razón porque abundan las señales de que sí y de que no, susurra Mr. White. La jovencita que nos atiende me ha invitado a su casa.

David Hockney: piscina limpia, nadador impreciso y entrevisto, en el agua refractada, por un observador que lleva una chaqueta roja. Va a ofrecerle un vasito de brandy. Poco después, habría un almuerzo breve. Al final, siesta sobre una cama verde con almohada azul. ¿Todavía no hay desnudez, tan solo merodeos?

Nunca he tenido la suerte de disponer, con amor, de una dama con arbusto pelirrojo. Mi padre me dijo que él sí había tenido esa suerte. ¿Dónde ocurrió eso?, le pregunté. En el burdel a donde iba tu abuelo, cerquita del Torreón de San Lázaro, explicó. Pero mi padre no era hombre de la poesía, ni tenía sensibilidad. No era más que un mostrenco, el pobre.

Hable con Orozco, el embalsamador. Sabe de momias y no le gusta empayasar a las mujeres bonitas. Usa maquillajes discretos y es respetuoso con las tripas. Por trabajar con niños de menos de 5 años no cobra. Son angelitos, dice.

Ella orina ruidosamente, puedo asegurarlo. He aquí la arbitraria autoridad de una revelación demasiado íntima.

El hospital se quemó, pero salvaron a la recién nacida y a su madre.

La viejita que vende bolsas de caramelos artesanales tiene el aspecto de un hombre. Se viste con pantalón y camisa larga. Cobra la pensión del marido muerto, pero cada 3 meses. Así el dinero hace más bulto. Hoy los caramelos son de anís. Hacía tiempo no probaba yo ese sabor. Le he comprado 2 bolsas. Casi me iba, hoy es mi cumpleaños, dice y se apoya en su recio bastón de aluminio. ¿Cuántos ya?, pregunto. Voy para 89, contesta. 

Viene todos los días y se aposenta sobre un muro derruido. Allí vende. Que la maldición eterna caiga sobre quienes ocasionaron esta desgracia. Tras alejarse unos pasos, se vuelve y grita: Mañana es el día de la menta. Le agradezco. Pero a los niños de por acá les gusta más la fresa.

A propósito del marcaje de los derrumbes de La Habana: volvamos a la idea original, la de la tristeza, la del cuerpo mancillado. Excepto cuando por las tardes el condenado busca la frialdad de la pared, sin que Ella lo presienta, y se recuesta allí solitario, en esa escalera que lleva recto a la casa nunca vista, nunca visitada. 

Y pongamos que el condenado viajó por el mundo y recorrió calles apáticas, frías, y vio las miradas de desconocidos amables y escuchó a la Muerte preguntándole si quería marcharse, y él contestó sí, quiero, sí, y la Muerte repitió su pregunta y él dijo que quería volar, pero no sin antes despedirse de su amor. 

Brebaje de cañasanta con hojitas de menta, mi amoool, se escucha.

¿Entonces la Muerte lo condujo a la calle de la casa nunca visitada, ahora en poder de las llamas? ¿Y cuando abrió la puerta vio un trozo de escalera con mucho tizne de quemazón, una escalera que antes había sido fuerte y sombría y que daba a un piso casi sin techo, derruido, con débiles paredes ya sin revoque, por donde la luz se filtraba inclemente? ¿Y todo estaba abandonado, todo era polvoriento y frío y negruzco, y nadie vivía allí desde hacía mucho tiempo?

Porque ahora queman las colinas de basura y el fuego tiende a expandirse y se jode todo.

Cuando la fotografié desnuda en la cama, tuvo la precaución de arreglar su cabello de modo que le ocultara el rostro. El bollo se le había puesto gordito, por la retranca de los muslos apretados. A pesar de la pelambre, la rajita era visible.

Acostada de lado, mijo, ¿no entiendes? De lado. Y te vienes en mi cadera y haces la foto esa que quieres para tu libro, me explica. Con tanta habladera, la pinga se me baja.

El dolor es como un secreto que guardas y susurras al viento. El viento escucha sin juzgar. El dolor es ese secreto que alguien oye sin preocuparse. Cuando te desprendes del secreto, entras en una habitación distinta y agradeces. Nada como el secreto del dolor para liberarte. Eres un sentenciado evitando las franjas de sol, pero dejas que la luz roce tu cuerpo y lo purgue despejándolo.

Entré fácil en ella. Uno de ustedes me va a preñar, ¡tú verás!, refunfuñó angustiada. Supuse que la frase aludía al otro, a sus encuentros con el otro. Me sentía como dentro de un túnel amplio. 

¿Fue él quien te partió así?, pregunté. Sí, él, hace dos semanas ya, contestó. Debe de tener buen mazorcón, eres muy ancha, comenté. Hmm, ¿mazorcón?, si por poco me mata la primera vez, susurró mientras ay, coño, ay, coño… manejaba su orgasmo ñooo, mijo, ñooooo y se venía, acordándose con desconsuelo de cuando era doncella. 

¿Y si yo te preño?, pregunté. Le daba y le daba y le daba y era delicioso. Si me preñas, me embarazo y me crecerá la barriga, contestó. Qué morbo me da eso, una barriga así, dije. (Cosas que uno recuerda cuando la vida no hace más que perderse en el laberinto de la pobreza, la maldad y el tedio).

Firmemos, dice Mr. Red. No jodas el disfrute del café, grita Mr. White. Vayamos a la marcha, insiste, jadeando, Mr. Red. Tiene mal aspecto, como si se hubiera pasado un mes sin dormir. Tranquilo, Mr. Red, tranquilo, exclama Mr. Orange y le pone una mano en el hombro suavemente. Qué desesperación, susurra Mr. Red. 

Unos minutos después, la jovencita que nos atiende pregunta si vamos a querer más café.