
I don’t Want to Cook, but Art is Sacred, por Ingeborg Portales.
Conocí a Ingeborg Portales Marino en un retiro que juntó a muchachas y monjas, concebido con la idea de que al pasar unos días juntas pudieran llegar a confirmarse vocaciones.
Hacía muy poco se había publicado el libro Fidel y la religión, de Frei Betto, y el gobierno cubano aparentaba suavizar las tensas relaciones con el clero. En la Cuba de finales de los años ochenta, acercarse a la Iglesia Católica era un acto subversivo y, si lo aprovechabas bien, podía corroer los límites que imponía la odiosa formación marxista-leninista que, dicho sea de paso, el cubano con su hambre sensual y su vocación de choteo nunca acató demasiado bien.
Pudiéramos decir, como La Lupe, que aquello era puro teatro. Un teatro fastidioso y asfixiante, al que los seres con ganas de vivir buscábamos alternativas. Ese retiro de fin de semana en una comunidad religiosa de Matanzas me trajo alguna certeza (mi vocación era escribir y hasta el padre Pedro lo notó) y el comienzo de una amistad con una muchacha que aparecería en diferentes momentos de mi vida, en forma de avatares benéficos.
Las cartas viajaron entre Guanajay y Centro Habana, cartas de muchachas que nada sabían del porvenir. Pasaron unos años y nos reencontramos dentro de los perímetros residuales del grupo El Establo. Su pareja y la mía habían ganado un controversial Premio David de la UNEAC en 1992, pero el libro tardó unos años en publicarse.
En este otro ámbito coincidían escritores, graduados de Farmacia y otras ciencias, algunos principiantes en la fotografía, espeleólogos de corazón, amantes de las “guerrillas”, no las que supuestamente liberarían a continentes enteros, sino esas que nos llevaban a Canasí, al Pan de Guajaibón o la cueva de La Pluma.

Bergenline, the Avenue of Immigrants, por Ingeborg Portales.
Fue en esa época que Ingeborg comenzó a explorar con la cámara. Su padre fue marino mercante, lo cual daba la ventaja, en aquella Isla llena de restricciones, de poder asomarse al mundo y constatar que existía. De él y de su abuelo, también aficionado a la fotografía, heredó las primeras cámaras con nombres de abolengo: Contessa y Kiev. Luego se compraría, según ha contado, una Nikon de uso.
La vida de Portales Marino en su infancia y primeros años de juventud estuvo marcada por el ocaso de un mundo tradicional y familiar que se descomponía sin poder hacer otra cosa que tratar de fijarlo en algunas imágenes, unas palabras de despedida.
“Recuerdo como si fuera ayer cuando nos hicieron el inventario de la vieja casona colonial de Mariel y nos dieron, ʻgenerosamenteʼ, 72 horas para abandonar la propiedad. Según las leyes cubanas de vivienda de aquel entonces, ni mi abuelo, ni mi padre, tenían ningún derecho sobre la propiedad familiar, adquirida por el bisabuelo alrededor de 1920. En el portón de madera pegaron un sello, advirtiendo que la casa pasaba a ser propiedad del Estado. Un tiempo después fue convertida en Museo Municipal… Atrás quedó la tía Felipa, la Iglesia de Santa Teresa de Jesús, el Padre Prieto, los flamboyanes del parque, la escuela primaria Luis Augusto Turcios Lima, la maestra Gladys y el recuerdo de un bisabuelo gruñón, a quien nunca volví a ver. Regresamos a vivir a la casa de los abuelos paternos, en Guanajay”.
Otra casa raigal, amplia, y hoy desmembrada por el tiempo y el exilio. Un pueblo que tuvo sus días de gloria y su teatro, construido a imitación del Gran Teatro de la Ópera de Berna, Suiza, y que terminó convertido en almacén de papas, según descubrió en una visita años después.
De ese pueblo y de esa casa diezmados, de esa Cuba que ha perpetuado en tantas buenas imágenes, como esa que tituló “¡Lázaro, ven fuera!”, donde las muletas que apuntalan a un hombre se repiten progresivamente en las que apuntalan la casa de enfrente. Alegoría de toda una ciudad, de un país.
The Journey, por Ingeborg Portales.
La potencia de una gran parte de esas fotografías radica en lo telúrico, lo existencial en su esencia al ser captadas. Desde partos a entierros, desde un hombre que hace carbón hasta un niño que se zambulle en el río y sus piernas se asemejan a las ramas de la orilla, sus instantáneas de la Isla no son postales turísticas en lo absoluto.
Al reencontrarme con Ingeborg en este exilio, el Miami nuestro, supe que venía haciendo una sorprendente serie de entrevistas, otra manera suya de retratar y exponer. Los entrevistados eran en su mayoría figuras de calibre en la cultura cubana, muchos de ellos borrados de la cartografía oficial: “los innombrables”.
Fueron publicadas inicialmente en el Sun Sentinel y en estos intercambios desfilan músicos como Cachao o Generoso Jiménez, escritores como Emilio de Armas, artistas visuales como Luis Cruz Azaceta, por solo mencionar algunos. Sería un hermoso proyecto que estas entrevistas pudieran ser publicadas en un solo volumen, acompañadas de retratos de Portales.
En una original aproximación a la obra de Ingeborg Portales, el escritor y crítico (entre otros atributos) Alfredo Triff, diagrama elementos puntuales de la misma. Menciono solo una arista: “Portales es fotocivista (se dice del fotógrafo que hace de la ciudad su sujeto)”. Y pasa a mencionar algunos tropos: el collage citadino, la soledad en el gentío del rush hour, el ojo que busca las espaldas de la gente, el ajetreo humano del subway, la intimidad durante el viaje en el tren, el transeúnte en su candidez, las rejas de la ciudad y lo que hay detrás de ellas. Tropos que se avienen con su amplia exploración de la llamada Street Photography, donde se ha lucido ampliamente, sin salirse del blanco y negro con el que inauguró su obra en Cuba.
Street Photography, por Ingeborg Portales.
Esta serie, publicada como libro-catálogo en la colección CdeCuba, es una fiesta visual, un despliegue de tipos humanos, de gestos que encandilan, de soledades que convocan, de miradas que desafían, de artistas callejeros que alumbran, de gente ensimismada y gente que se entrega, de pasajeros que duermen y pasajeros que velan, de cabezas bien cubiertas y cráneos que se desnudan, de todo lo que se esconde o florece en una gran ciudad que puede ser un cosmos, pero también un colmo, y hasta puede que por momentos conozca la calma.
Los tipos humanos que Ingeborg retrata son tantos y tan variados que me pregunto si el marino de su padre, que visitó tantos puertos, llegó a tener una experiencia visual de lo distinto más o menos aproximada.
Con o sin intención, esta serie empezada en Miami y trasladada a New York y otras ciudades, conversa amigablemente en el tiempo con la obra pionera de mujeres que enriquecieron el arte de la instantánea callejera, como Alice Austen, Vivian Maier o Helen Levitt. Cada espectador establecerá sus propios diálogos, según su arsenal, por supuesto. En particular, yo relaciono la obra de la cubana con la de Alice Austen, quien aprendió el arte de la fotografía gracias a la cámara que le regalara el esposo de su tía Minn, un capitán de barco danés, y a la generosidad de su tío Peter, que era químico y se ocupó de ayudarla con el adiestramiento y la logística del revelado.
How to Annoy a New Yorker, por Ingeborg Portales.
Algo de ese espíritu de la Austen (el hacer de la fotografía una aventura y un modo de confraternizar con el mundo, con toda la audacia que llevó a Austen a retratar lo mismo a los vendedores ambulantes de New York, que el desenfado de lo que se llamaría entonces larky life, que la austeridad de los espacios vacíos de las estaciones de cuarentena de Ellis Island, tan conocidos por quienes inmigraban en esa época) me sobreviene cuando pienso en la poética de Portales Marino. Con las otras dos grandes fotógrafas norteamericanas, Maier y Levitt, también se emparenta en la exuberante muestra del teatro urbano que son sus exploraciones.
Cuenta Ingeborg que, de niña, su padre la llamaba “cámara lenta”. La escritora Martha María Montejo Pizarro, en el prólogo al libro mencionado antes, dice: “Ingeborg reacciona ante la vida con elementos interiores que definen su personalidad y fotografía como solitaria, silenciosa y lenta. Cada una de estas categorías contiene su opuesto para hacerlas filosóficamente funcionales. Los personajes quedan expuestos y la soledad comienza a ser relativa si existe un ojo que observa; el mutis tiene fisuras si no necesitan hablar para comunicar la desconexión, el mundo subterráneo o la vida paralela; y la lentitud es negada totalmente por la velocidad con que se crea la foto en medio de la sorpresa”.
La vida y la creación tienen sus propias paradojas en cuanto a ritmo, asimilación y sostenimiento. Entre la imagen que se hace fija, que se vuelve tropos, que se eterniza, y nuestra respiración, nuestro ojo, nuestra mano diestra, las leyes del artilugio nos desgobiernan. La ventaja, en cuanto trasgresión de lo naturalmente posible que da el arte, no es comparable a la que da ninguna otra modalidad de expresión humana.
Once upon a time there was a woman waiting at the fountain, por Ingeborg Portales.
Si bien la presencia del ser humano es clave en la obra de Portales Marino, quiero referirme a una serie donde el centro de atención está en los pequeños rituales que forman parte del día a día, como notas de belleza al pie de otras búsquedas.
Esta serie a color se compone de naturalezas muertas minimalistas u objetos que pueden ser parte de los actos de cocinar, de la ceremonia doméstica del té, de simples arreglos florales, expuestos en composiciones muy centradas, casi de una estética zen.
Me refiero a I don’t want to cook but art is sacred que puede verse en la página LensCulture, que acoge otras secuencias suyas menos conocidas pero igualmente fascinantes como Bergenline, the Avenue of Immigrants.
No me pasa inadvertido que Ingeborg le llama The Journey a otra de sus colecciones de imágenes. Journey y no trip,porque el trip se agota en su movimiento de ida y vuelta, a diferencia del journey, cuyo destino parece ser el viaje mismo.
De ese viaje o destino me asaltan ahora flashazos de encuentros en diferentes contextos, épocas y búsquedas personales, desde aquella pequeña iglesia en Matanzas, cerca del mar, donde fuimos a indagar sobre nuestras vocaciones, que no pudieron ser contenidas en claustro alguno.

Diario de la invasión (II)
La invasión es el más tardío de nuestros derechos humanos. Todo imperio se merece un final sinfónico.













