Papá está cada día más agresivo. Hoy ha insultado a la fisioterapeuta y ha intentado morderla. Le hemos preguntado si merece la pena llevarlo al gimnasio, si no habría que dejarlo tranquilo y evitar que se altere.
Él nunca ha sido violento; no recuerdo enfrentamientos, ni conflictos, ni mucho menos peleas físicas. Cuando éramos pequeñas, sus enfados eran silenciosos, se iba a la cama y no se resolvía nada. Ahora tiene fama de gruñón entre los demás residentes y mamá no soporta esa mala reputación.
La fisio nos dice que no nos preocupemos. Una vez que esté en el gimnasio se le pasará. Esto es así todos los días. Es lo normal, aunque últimamente va a peor. ¿De verdad merece la pena?, le repetimos.
A papá nunca le ha gustado hacer ejercicio. O sí le ha gustado, pero no se ha entregado a ello, como le ha pasado con muchas otras cosas, quizá por miedo al compromiso o por un escepticismo vital que le ha llevado a una vida contemplativa. Siempre hemos dicho que papá es lo contrario a un hombre de acción y que podría haber sido un gran filósofo.
—Preguntadle al médico que si le puede dar algo para que esté menos alterado.
Cuando por fin se lo llevan en la silla de ruedas, él sigue dando gritos con los brazos en alto. ¡Otra vez al gimnasio! ¡Estoy harto! ¡Vamos, hombre! Como si se sintiera víctima de un atropello.
Lo seguimos oyendo hasta que desaparece al final del pasillo. Y lo peor es que sabemos que tiene razón, pero que ya no sabe argumentar. Grado de demencia 9 de 10.
Hace tres años, cuando llegó, estaba bastante desorientado, confundía aquí y allí. Pensaba que su cama estaba a la intemperie y que dormiría al raso. Le preguntaba a mi madre por las llaves, como cuando antes volvían a casa del supermercado o de casa de unos amigos. Pero todavía se interesaba por nuestras vidas y tenía claro que estaba en un sitio donde no le gustaban ni las comidas y ni los horarios. ¿Cenar a las 7?
Lo esperamos con mamá en el jardín. Hoy es de los primeros días que se puede salir. La temperatura es perfecta. Las rosas están en plena floración y los racimos de la wisteria cuelgan de la pérgola. Nos sentamos en unas butacas a la sombra.
—Mamá, vas muy abrigada, ¿no?
Todavía lleva un jersey de lana oscuro y unos pantalones de invierno. No cambia mucho la ropa, aunque nosotras le insistimos para que se ponga algo más ligero y más colorido que le alegre la cara.
Parece enfadada. Realmente muchas veces parece estar enfadada; al menos, con nosotras. Se sienta en la butaca de mimbre con los codos en las rodillas y la cabeza hacia abajo, como si estuviera pensando en algo muy profundo o insoportable.
Se rasca el cuero cabelludo con sus tres dedos, el meñique inservible, encogido desde que era pequeña por un accidente casero. No nos contesta cuando le proponemos ir a su habitación para ver su ropa de verano. Solo nos hace un gesto de esperar, aleteando las manos hacia abajo. Pero sin mirarnos.
—Papá está imposible, nos dice por fin.
Solo asentimos. Esta conversación ya la hemos tenido antes. Ella podría quedarse en su habitación más tiempo, pero es incapaz de dejarlo solo. Por lo visto, se altera mucho si no está con ella. No soporta estar solo, como le pasaba a su querida madre, nos dice mamá con amargura.
—No me deja ir al baño, se pone a dar gritos y no para hasta que vuelvo.
—Mamá, para eso están las auxiliares. Tú tienes que desconectar.
—Ya me han dicho que como siga así, lo suben a la tercera.
La tercera planta es la gran humillación para mamá. No aguanta más sus ataques de ira ni su dependencia exagerada de ella. Pero le da vergüenza que lo suban al piso de los que ya no tienen remedio, los que ya están en su propio mundo y se pasan el día con la cabeza torcida. O con la boca abierta y babeando. O gritando y pidiendo que les saquen de aquí. Él todavía no.
—Igual es mejor para ti si lo suben, mamá. Aprovecha y lee. O haz otras cosas.
Desvía el tema y nos cuenta lo que ha comido. Un pescado asqueroso que no se podía tragar. Y, de primero, ni se acuerda. Bueno, prefiere no acordarse. Por lo visto, ha habido protestas y algunos residentes están pensando en ponerse en huelga de hambre.
—¡Toda la comida es una porquería! ¡Y va a peor!
Las trabajadoras ponen filas de asientos en círculo y van sacando a los ancianos al jardín. Algunos en las sillas de ruedas. Otros, los menos, solo con un bastón. Y la mayoría empujan andadores, encorvados, como un desfile de elefantes.
Muchas tardes de primavera hay alguna actuación y merienda especial. Hoy hay un músico que canta boleros, nos cuenta mamá mientras se quita el jersey como si se estuviera preparando para salir a bailar.
—A ver si ya lo traen, que le gusta mucho este cantante.
Mamá se anima, saluda a las amigas y le brillan los ojos al ver que traen a papá y que lo colocan a su lado. Está más tranquilo.
Nosotras nos quedamos de pie, detrás de ellos. El músico se prepara, saluda con mucho entusiasmo y promete a la audiencia que el repertorio de hoy les va a encantar y les va a traer muchos recuerdos. Los anima a bailar y a cantar con él esas canciones que, está seguro, se sabrán de memoria.
Algunos ancianos asienten. Otros miran al vacío, como si se preguntaran qué tienen qué recordar, qué se tienen que saber de memoria o cómo van a salir de la silla para poder bailar. A nuestro lado una señora le hace carantoñas a un bebé de juguete. Lo alza con los brazos y lo mueve al ritmo de una música que todavía no ha empezado. Papá coge a mamá de la mano.
Las auxiliares reparten refrescos y sándwiches mientras empieza el primer bolero. Papá canturrea poniendo interés en entonar su voz grave y melódica. Si tú me dices ʻvenʼ, de sus favoritos.
Algunos ancianos se mueven al ritmo de la música desde sus sitios y agitan los brazos como si estuvieran dirigiendo una orquesta. Desde el escenario improvisado, el cantante los invita a bailar y a acompañarle en la canción.
Una pareja se anima a salir al centro. Él es mucho más alto y ella lo agarra de la cintura y se recuesta en su pecho con los ojos cerrados. Mamá gira la cabeza y nos hace señas con las cejas.
—¡Son esos, son esos!
Tardamos en darnos cuenta de que son los protagonistas de la historia de la que todo el mundo habla y que mamá nos narró vivamente hace unos días. El marido de la señora está en la tercera. No se puede mover y ya no se entera de nada. ¡Y ella se ha echado un novio de la primera planta!
Se reía a carcajadas, no sé si de ellos o de la constatación de que todo es posible.
Nosotras asentimos efusivamente y le hacemos ver que sabemos de qué habla y que somos sus cómplices. Papá ahora tararea Reloj, no marques la hora sin soltarle la mano.

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