Carta #18 a Donald Trump

Miami, 14 de junio de 2026

Querido Donald:

The big eight-oh. La edad en que un hombre normal organiza una cena familiar, acepta un reloj de oro con su nombre mal grabado y se deja tomar fotos con los nietos. La edad en que se empieza a hablar más de lo que se hizo que de lo que se hará. La edad en que el cuerpo, con su particular honestidad de viejo, empieza a decir lo que la boca calla.

Tú, my President, te regalaste una pelea de UFC en los jardines de la Casa Blanca. Because of course you did.

No es la primera vez. Hace apenas unos meses, en Miami, en el Kaseya Center, te sentaste en primera fila, bien pegado al cage, donde se escucha el crujir de los huesos machacados y la sangre salpica en todas direcciones. Te gustó tanto que lo reprodujiste en el jardín de tu casa, que resulta ser la casa de todos los americanos, convirtiendo el mismo prado que disfrutó Adams, que caminó Lincoln, en el escenario de tu fiesta de cumpleaños número ochenta. Some men rent a bouncy castle. You rented an octagon.

Dicen los psicoanalistas —esa gente que te parece una pérdida de tiempo y dinero, I get it— que uno se regala aquello de lo que carece.

Tú, my President, ya que no puedes hacerlo, te regalaste el disfrute de golpear, desfigurar y hacer sangrar a otros hombres. Sin riesgo personal, of course. From the front row, where the blood splashes but doesn’t stain.

A tus ochenta años, con esas manos que conocemos tan bien —pequeñas, acostumbradas al Sharpie y a apretar cinturas femeninas—, la UFC es la prótesis de una violencia que siempre quisiste ejercer pero nunca pudiste. Hay hombres de tu edad que resuelven esa ecuación con un alargamiento de pene o con una bomba de silicona estratégicamente colocada; los más osados se ponen tetas. Tú prefieres guantes de cuero y el octagon en el jardín presidencial. Different tools, same insecurity.

Nadie ha piropeado más hombres desde la Oval Office que tú, my Donald J. Trump. A Paulo Costa, el peleador, le dijiste “You’re a beautiful guy”, añadiendo que era demasiado buen mozo para ser boxeador, que podría ser modelo. Al presidente sirio Ahmed al-Sharaa lo llamaste “a young attractive guy”. Al presidente de Paraguay, “very handsome”. Atletas, militares, empresarios: handsome, beautiful, great-looking, strong-looking. Es un vocabulario generoso, casi conmovedor, el que reservas para los hombres que admiras.

Para las mujeres, y sobre todo para aquellas que te contradicen, como Stormy, Megyn, Carly, Mika o Alicia: horseface, crazy, low IQ, fat pig, Miss Piggy. La belleza masculina, en tu sistema estético, es una expresión del poder. La femenina es un criterio para descalificar. It’s not hypocrisy, my President. It’s a worldview.

Y, sin embargo, my President, en cada uno de tus mítines, mientras la multitud ruge y tú flotas en ese espacio entre dios y showman que tanto disfrutas, se vibra cuando suena “Macho Man” y se gime al escuchar “Y.M.C.A.”. Cuando suenan los Village People —ese grupo nacido del Nueva York gay de los setenta, construido sobre la estética del cuero, el uniforme y la masculinidad paródica—, tú bailas, my President, con una entrega que pocos de tus asesores se atreven a comentar en voz alta.

Curiosamente, estamos en junio: mes del Orgullo. Y resulta que tu libertad de expresión sin censura, ese principio que defiendes con la pasión de los conversos, te ha llevado a convertirte, involuntariamente pero con ritmo, en el DJ más consistente del movimiento que tus políticas persiguen. Millones de personas del colectivo LGBTIQ celebran este mes perreando con las mismas canciones que tú bailas en el podio presidencial. You’re not their enemy, Donald. You’re their opening act.

The bigger the show, the louder the doubt.

Pero hablemos del otro regalo, my President. El que no salió en la primera página de ningún periódico porque fue envuelto en sigilo y entregado debajo de un toldo.

La historia comenzó antes, con un juez que decidió que tu nombre no podía ir en el Kennedy Center. Que ese templo americano no podía ser rebautizado por decreto presidencial. Que hay cosas en esta república, my President, que ni siquiera tú puedes comprar, renombrar o cubrir con mármol italiano. El juez dijo no, y tú, que llevas la cuenta de tus victorias con la devoción del contador que nunca pierde un centavo, sumaste en silencio otra derrota a una columna que crece con discreción, pero con consistencia. A man who wins loudly tends to lose quietly. You’ve been losing quietly for a while now.

La derrota definitiva llegó en la víspera de tu cumpleaños número ochenta. La noche antes de la gran celebración, del octagon en el jardín, de los hombres bellos y los puños volando, mientras tú dormías soñando quizás con todo lo que eres, tienes y has construido, unos obreros desmontaban tu nombre del Kennedy Center.

Obreros inmigrantes, my President.

Los mismos que quieres deportar. Los mismos que, según tu narrativa, le roban el trabajo al americano, llenan las ciudades de crimen y cruzan fronteras que deberían estar cerradas. Esos hombres, con sus manos que conocen el peso de las herramientas y el frío de la madrugada, fueron los encargados de bajar tu nombre en la oscuridad de la noche. The men you want to erase erased you first.

Lo hicieron detrás de un toldo.

Presidential shame has a new aesthetic: tarp green, zip ties, and no cameras.

Al esconder tu vergüenza detrás de una lona me recordaste a los dictadores cubanos, especialistas en deshacer sin admitir que algo estuvo mal, en quitar sin anunciar, en borrar sin dejar constancia. No hay nada más parecido a una orden ejecutiva que un pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

En Cuba sabemos mucho de toldos y cortinas, my President. Sabemos de estatuas que caen de noche, de nombres que desaparecen de las placas, de verdades que se administran en penumbra para que nadie pueda señalar el momento exacto en que algo dejó de existir. The tarp is the universal language of power caught in retreat.

Hay algo casi tierno en todo esto, my President. Algo humano, incluso, en esa necesidad de rodearte de golpes que no darás, de fuerza que no ejercerás, de nombres que brillan hasta que un juez los apaga y de belleza masculina que admiras desde la barrera. Algo que los cubanos, pueblo de machos performativos y vulnerabilidades cuidadosamente escondidas, entendemos muy bien.

El cubano también ha pasado décadas regalándose lo que no tiene. Nos regalamos revoluciones que no liberaron. Nos regalamos promesas que no cumplieron. Nos regalamos líderes que resultaron tiranos y tiranos que prometieron ser líderes. Llevamos sesenta y siete años celebrando cumpleaños de una república que nunca terminó de nacer, rodeados de banderas y discursos, pegados al cage de nuestra propia historia, aplaudiendo peleas que otros pelean por nosotros.

Same front row. Different octagon.

Hasta pronto, my President. Siempre…


Tu Jorge.



P. D.

Casi al terminar recibo la noticia de tu tercer regalo de cumpleaños.

Felicidades, my President: ¡hemos ganado la guerra en Irán!

El deal es espectacular: levantamiento gradual de sanciones, activos descongelados, garantías de navegación en Ormuz, fondos de reconstrucción valorados en 300.000 millones de dólares que, aseguras, serán pagados por otros. How convenient. Y además: Irán conserva buena parte de la infraestructura que justificó la crisis, mantiene capacidad de enriquecimiento de bajo nivel y obtiene la fotografía más valiosa de todas, la de haber sobrevivido.

Durante meses nos explicaste que el régimen iraní era una amenaza existencial para la estabilidad mundial. Después, que un ataque era inminente. Luego, que había sido cancelado. Después, que volvería. Más tarde, que la guerra podía comenzar esa misma noche. Y finalmente, que la paz estaba al alcance de la mano. Thirty-eight times, according to CNN, the deal was “almost done”.

También recuerdo otra promesa. Les dijiste a los iraníes que el régimen estaba acabado, que los ayatolás representaban el pasado, que la libertad estaba cerca, que el pueblo de Irán merecía algo mejor. Hubo discursos, declaraciones, mensajes cuidadosamente diseñados para quienes soñaban con una república distinta. Para las mujeres que salieron a la calle sin velo. Para las niñas que crecieron creyendo que esta vez el mundo no miraría hacia otro lado.

Hoy los ayatolás siguen donde estaban.
Los opositores siguen donde estaban.
Las niñas siguen sin velo solo en sus sueños.
Y los muertos siguen muertos.

Regime change, it turns out, was another campaign slogan looking for an exit ramp.

Gracias también por estos meses de espectáculo geopolítico. Por las amenazas apocalípticas publicadas al amanecer. Por los ultimátums con fecha de caducidad. Por las operaciones anunciadas y suspendidas. Por la costumbre, cada vez más frecuente, de gobernar la política exterior como si fuera una temporada adicional de televisión. Ha sido el reality más caro del año, con el agravante de que los concursantes morían de verdad.

Espero, my President, que cuando llegue el momento de negociar con la dictadura cubana el resultado sea menos generoso con los dictadores y menos costoso para quienes creyeron tus promesas. Los cubanos, para ganar así, casi preferimos perder.

So here’s the question, Donald, and I’m asking with love: if this is what winning looks like, what exactly would losing look like?

N.B. El original en inglés de esta carta fue enviado al correo oficial del Presidente de Estados Unidos.






diario-de-la-invasion-iii

El sitio de donde nunca ningún cubano será excluido es un diario de la invasión.

Por Orlando Luis Pardo Lazo