Rezo por ti

Rezo por las cosas que me dan miedo.
Me invento algunos santos
para no sentirme sola.
Luciana Maxit 

Supe de ella desde niña, cuando mamá con sus amigas tomaban un bus, que en veinte minutos llegaba hasta San Marcos, a su pequeña ermita a rezar, masticar coca y dejarle el mismo pedido: que papá volviera. Aunque eso significara más ojos morados, días enteros en cama y olvidar que yo existía. Nunca se cumplió, pero llegaron otros hombres, de todo tipo. Según ella, gracias a la Santa Candela.

Hasta sus últimos días pensó en esa mujer igual a ella, pero que todos adoraban, porque creían que su alma se santificó por haber vivido una vida llena de violencia y ser asesinada por su ex marido. Me pidió que le fuese a poner unas velas y a rezar por una muerte pacífica y digna. No tuve otra opción. 

Cuando llegué, me sorprendió ver cuánto había crecido el lugar. Parecía una catedral. En la entrada, unas monjas vestidas de amarillo sol recibían a las peregrinas, todas mujeres, y entregaban un tríptico informativo sobre Las Hermanas de Candela. ¿Un culto?, pensé. 

Ellas afirmaban ser una orden religiosa que pronto sería aprobada por la Iglesia. El santuario era completamente diferente. Las peticiones de las mujeres ya no estaban pegadas en las paredes, sino dentro de un cofre dorado donde las dejaban: miles de papelitos flotando como peces. Las fotos de la santa popular estaban colgadas con diseños de aureolas y debajo había una larga mesa llena de velas encendidas de distinto tamaño. A la salida, otro receptáculo recibía los donativos.

Mamá murió y remodelé la casa. Llené hasta tres cajones con cirios, altares, imágenes y todo lo referido a la Santa. Alguien más podría disfrutarlo. En mi primer trabajo como reportera, el jefe me pidió investigar sobre la desaparición de un hombre y la implicación de Las Hermanas de Candela en el caso. Supongo que puse mi cara, porque luego, molesto, afirmó que, si yo no tenía las agallas, se lo daría a alguien más. Tuve que rogarle para que me lo cediera.

Antes de volver a San Marcos, fui a visitar a Monseñor Adriano, arzobispo de la ciudad, y preguntarle sobre el tema. Ofendido, no quiso hablar al respecto, aduciendo que esa payasada de la santa popular no tenía ni pies ni cabeza. Y que la Iglesia nunca aceptaría su existencia. Además, ya había iniciado una denuncia judicial contra ellas.

También me metí en la página web de las supuestas hermanas. Allí ofrecían la misma información de su tríptico, pero además invitaban a reuniones virtuales y presenciales. Entré a un par de los encuentros digitales. En esas sesiones sobre todo rezaban. Las participantes también contaban sus historias. La mayoría, de violencia en sus propias casas. 

Tuve que inventarme una historia tan fuerte como las que oí, para no desencajar. A los minutos de su finalización, me contactaron para invitarme a una reunión en su ermita. Acepté.

En una sala enorme, llena de vitrales, unas cuantas mujeres también compartimos nuestras experiencias dolorosas con más intensidad. Hubo llanto, pañuelos y vasos de agua. De adolescente, participé en varias obras de teatro en el colegio, lo que me ayudó a magnificar la experiencia con mi padre. Al finalizar, nos hicieron quedar a un par. 

Cada una pasó a una entrevista personal con algo así como las madres superioras. Allí siguieron preguntando detalles. En especial, sobre nuestros agresores. Después de unos minutos, con una mirada impasible, me propusieron hacerse cargo de él. 

No pude creerlo, cuando lo escuché en la voz pasiva de la mujer vestida de amarillo. Dije que no estaba segura y que yo no quería dañar a nadie. Por lo menos podemos asustarlo, me aclaró. 

Luego, dio un largo discurso sobre la impunidad y la ineficiencia de la policía y todas las instancias gubernamentales en defensa de las mujeres. Salí del templo temblando, casi convencida.

Sin buscar demasiado, tenía una historia: la “historia” para mi jefe. Lo que me faltaban eran pruebas. Intenté pensar en un plan para grabar la siguiente entrevista. Hablar con alguna otra mujer que quisiera contar su historia. A pesar de todo, pensaba y repensaba que no era real, ¿acaso estos hombres podían desaparecer, sin que nadie sospechara de las responsables?

Tal vez solo me estaban ofreciendo una ilusión, una farsa que me ayudara a sobrellevar el supuesto dolor. O, incluso, quizás era una estafa. Claro, me exigirían dinero.

Volví al templo con la excusa de pedir más información para decidirme. Puse mi grabadora a trabajar. La reunión todavía fue más surrealista. La madre superiora me recibió y aclaró que no era la primera vez que harían esto, que la misma Santa Candela era la que se hacía cargo de todo. 

La víctima solo tenía que escribir la petición, describiendo a detalle cómo quería que desapareciera el agresor. Además de su nombre completo. Las hermanas lo entregaban a la Santa en un ritual y luego tocaba esperar. ¿Nada más que eso?, pregunté incrédula. La madre movió su cabeza de forma afirmativa.

Me fui a casa más desolada que nunca. No tenía ni una sola prueba. Decidí aceptar la propuesta. Tal vez, en medio, descubriría algo. 

Detallé un aparatoso accidente de auto y puse el nombre de mi padre. Estaba segura de que no pasaría nada. Entregué el papel y esperé. 

Pasó una semana. Revisaba los avisos necrológicos buscando ese nombre tantas veces escuchado de la boca de mi madre. Días después, mi estómago quiso expulsar lo que había desayunado, mi vista se nubló y tuve que leer mil veces el maldito titular: Hombre muere en un accidente sin precedentes

El nombre Adrián Gonzales estaba en negrilla. 

Después de recuperarme, corrí a la policía a investigar cuáles eran los antecedentes. Una falla técnica del auto. Mala suerte, me aclararon. 

Pregunté por la familia. Dijeron que era un hombre solo, aunque se había casado unas cuatro veces. Tenía antecedentes de violencia con todas sus esposas e hijos. 

Salí del lugar. Tomé un bus hasta San Marcos. Le fui a prender velas a Santa Candela. Ese mismo día compré mi primer altar.






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Diario de la invasión (VIII)

Por Orlando L.uis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.