La perestroika pilló a mi madre por sorpresa, al principio para bien. Le gustaban los vientos de libertad y fervor que empezaron a soplar en Moscú a finales de los años ochenta. Le gustaba ver caer las estatuas de Lenin y de Stalin, y mezclarse con la multitud que hacía cola antes de que abrieran los quioscos en los que al fin se vendían los libros prohibidos. Le gustaba charlar, en su ruso del Antiguo Régimen, con los jóvenes que devoraban a Pasternak, Ajmátova, Bulgákov, Solzhenitsyn, Zamiatin, y descubrían que otra vida era posible, una vida distinta a la que habían sufrido sus padres.
Un año antes de la caída del muro de Berlín, escribió aquel ensayo sobre el asesinato político en el que se las arregla, recordémoslo, para contar el de Pablo I sin mencionar que lo cometió un antepasado suyo, Panin. El libro se titula El mal de Rusia: todo un programa. Retrata una Rusia incorregiblemente atrasada, violenta, asiática, la de Iván el Terrible pero también la de Lenin, según el cual el peor enemigo de la Revolución es la felicidad.
Una Rusia que se modernizara, que se volviera sin dramas hacia Occidente y los placeres de la vida ordinaria en una socialdemocracia, ¡qué pesadilla! Desde el punto de vista tanto de la dictadura comunista como del fanatismo eslavófilo, para que Rusia cumpla con su vocación de Rusia necesita la desgracia, cada vez un mal mayor. Cuanto más desgraciado es el ruso, más ruso es.
Esto es lo que escribe y lamenta mi madre en 1988, cuando la Unión Soviética se cae a pedazos, pero aún se tiene en pie. Su siguiente libro, tres años más tarde, se titula Victoriosa Rusia: de nuevo, todo un programa. La Unión Soviética se ha derrumbado y mi madre aplaude la victoria de la vida, la libertad y la razón, la victoria de los occidentalistas. Por temperamento y principios, es optimista, y, por una vez, el gran teatro del mundo le da motivos para serlo (una situación que no volverá a darse en mucho tiempo).
No creía en el agotamiento de los conflictos, ni en el triunfo universal de los derechos humanos, ni en el “fin de la historia” que predecía el profesor Francis Fukuyama en un libro del que entonces se hablaba en serio. Pero sí creía, en cambio, que Rusia podía convertirse en una democracia, en un país normal y no en la Tercera Roma. Solo que no confiaba en que Gorbachov lo hiciera. Mi madre siempre le tuvo ojeriza a Gorbachov, probablemente porque en Occidente todo el mundo tenía un muy buen concepto de él.
A ella le gustaba pensar a contracorriente y, en lo que a Rusia se refiere, estaba convencida de que nadie salvo ella entendía nada. Alardeaba de comprender a los rusos, de sondear sus corazones y sus almas, de vibrar con ellos al unísono, y el hecho es que los rusos odiaban a Gorbachov.
Gorbachov bebía leche. Gorbachov había querido prohibir el vodka. Gorbachov se pavoneaba por Occidente, donde lo llamaban “Gorby” y les parecía maravilloso que tuviera una esposa guapa y que fuera bien vestida. Gorbachov era un producto de exportación. El verdadero ruso, el hombre al que querían los rusos, era Yeltsin, y también a mi madre le gustó desde el principio.
Desde su primer encuentro —ella acompañaba a Attali, entonces presidente del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo—, se llamaron Borís Nikoláievich y Elena Georgievna, y Borís Nikoláievich siempre se alegraba cuando Elena Georgievna iba a verlo al Kremlin y podía burlarse de ella, con bonhomía, por su ruso del Antiguo Régimen.
No había nada de qué avergonzarse en esa cálida entente. Nadie puede negar que Yeltsin empezó siendo un magnífico paladín de la libertad. El hombre que disolvió el Partido Comunista y puso fin a la Unión Soviética fue él, no Gorbachov. Por desgracia, la libertad no tardó en adoptar un cariz extraño en Rusia.
Yeltsin encargó a Yegor Gaidar, un joven economista más desbocadamente liberal que la Escuela de Chicago y Margaret Thatcher juntos, que creara una economía de mercado en un país que nunca la había conocido. La “terapia de choque”, que es como Gaidar llamó con orgullo a su reforma, sumió en la miseria al 99% de la población y fomentó el enriquecimiento demencial del 1% restante, la panda de listillos conocida como los oligarcas. Fue así como, en pocos años, la novísima palabra democracia se convirtió en Rusia en sinónimo de desigualdad indecente, de saqueo descarado del bien común y de criminalidad desenfrenada.
Hubo mucha gente que empezó a echar de menos el comunismo, cuando todo el mundo se pudría más o menos en el mismo barco. Yeltsin, ni que decir tiene, fue cómplice de ese caos. Por lo demás, iba siempre tan macerado en alcohol que, hasta los rusos, que no son precisamente puritanos en ese tema, sentían vergüenza cuando los representaba en Occidente, con una melopea tal que, hasta Clinton, en la escalinata de la Casa Blanca, se cachondeaba abiertamente de él.
Mi madre, pese a todo, siguió siéndole fiel. Decía algo que sonaba sensato: nos habíamos hecho grandes ilusiones creyendo que Rusia se convertiría en una democracia en cuestión de meses o de pocos años. Haría falta más tiempo: al menos una generación.
¿Los oligarcas eran deshonestos? “Es cierto”, decía, “pero ya saben, la democracia estadounidense también nació así: los aventureros, los exconvictos, y al final tenemos a los Rockefeller. Los oligarcas son bandidos, pero mandan a sus hijos a buenas escuelas inglesas y suizas para que aprendan a no serlo. Tengan paciencia”.
En Francia, en Europa, en las diversas comisiones en las que participaba o que presidía, incluso en el mismo Elíseo, con Chirac, siguió siendo la defensora de la desilusionante Rusia y de su cada vez más catatónico presidente.
Él la recibía siempre con afecto, condecorándola cada vez con una medalla distinta de amiga de Rusia, un título de académica o una cátedra honoraria. La última vez, pese a toda su indulgencia, tuvo la impresión de que Yeltsin no la reconoció, de que no entendió una palabra de lo que le decía.
No le costaba mantenerse en pie: le costaba mantenerse sentado. Le ayudaba una especie de secretario: un hombre bajito, pálido, rubio, taimado, la típica persona de la que te olvidas en cuanto la has visto.
El 21 de octubre de 1999 mi madre fue elegida secretaria vitalicia de la Academia Francesa. Es decir, la mandamás. Si ya era inmortal, ahora además lo era de forma vitalicia. Seis meses después, el 26 de marzo de 2000, Vladímir Vladímirovich Putin era elegido presidente de la Federación Rusa, sin sospechar, supongo, que seguiría en el cargo veinticinco años después y también él, con toda probabilidad, de forma vitalicia.
Mi madre fue al Kremlin a presentarse, en cuanto habitual de la casa. El nuevo presidente la recibió en su despacho, el mismo que unos meses antes era todavía el de Yeltsin: “Elena Georgievna, ya nos conocemos”.
Mi madre se quedó en blanco. “Con Borís Nikoláievich”, dijo Putin ayudándola. “Ah, sí”, exclamó mi madre. “¡Por supuesto, Vladímir Vladímirovich! ¡Claro que me acuerdo!”
Y Putin, con la sonrisa del gato que se dispone a comerse el ratón: “No, no se acuerda, Elena Georgievna. Pero yo sí me acuerdo. Mi trabajo es recordar”.
* Reproducido por Hypermedia Magazine del capítulo Vitalicia del libro Koljós de Emmanuel Carrère (Anagrama, 2026).

Diario de la invasión (IX)
Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.









