Cambiar sin que se dañe la estructura: el gatopardismo de la nueva historia oficial cubana

De aquellas “Reflexiones del Comandante en Jefe” que empezaron a aparecer en Granma y Cubadebate en marzo de 2007, acaso la más significativa haya sido la que en agosto de ese año salió en tres entregas, bajo el título de “El imperio y la isla independiente”. 

Contemporáneas de una extraña campaña de los CDR que instaba a la población a donar objetos de cobre para hacer “conjuntos monumentarios que [recordaran] acontecimientos sobresalientes de la lucha por la independencia nacional”, aquellas “reflexiones dirigidas especialmente a las nuevas generaciones con el objetivo de que conozcan hechos muy importantes y decisivos en el destino de nuestra patria”, tenían toda la pinta de un testamento político. 

La gran revelación de Fidel Castro era la siguiente: “La historia de Cuba en los últimos 140 años es la de la lucha por preservar la identidad e independencia nacionales, y la historia de la evolución del imperio de Estados Unidos, su constante pretensión de apropiarse de Cuba”. 

De las dos ideologías que había coexistido tensamente a lo largo del castrismo, prevalecía claramente en “El imperio y la isla independiente” el nacionalismo: no se hacía alusión al socialismo en la fórmula inicial, ni se intentaba reducir la historia de la isla en el siglo XX a la historia del movimiento obrero. No era cuestión de clases antagónicas sino de la nación en pie de guerra: la nación siempre amenazada por el enemigo imperialista, empeñada contra viento y marea en afianzar su identidad.

Definitivamente, el Comandante había desoído el llamado que en “La historia como arma” hiciera Manuel Moreno Fraginals. En aquel ensayo publicado en la revista Casa de las Américas Moreno instaba al surgimiento de un historiador nuevo, que superara los tópicos de una historiografía legitimadora del antiguo régimen. El antiespañolismo, uno de esos vicios que Moreno criticaba, se había convertido del todo, en la narrativa folletinesca de Fidel Castro, en antiimperialismo. 

Si la historiografía burguesa hacía énfasis en la lucha contra España, percibiendo ahí, y no, como Cepero Bonilla y Moreno Fraginals, en las estructuras socioeconómicas de la plantación y los conflictos de clase, en particular los derivados de la esclavitud, el conflicto fundamental del siglo XIX cubano, ahora se erigía igualmente a la nación como sujeto de la historia; el fondo nacionalista era el mismo, sólo que el enemigo había pasado a ser los Estados Unidos, en cuya oposición se había sustentado el régimen socialista desde 1960.  

En aquel ensayo de hace sesenta años, el autor de El ingenio comprendió la historia nacionalista tradicional como “superestructura” del régimen burgués. Lo propio puede aplicarse, desde luego, al castrismo, en cuyo discurso de legitimación la historia patria ha sido fundamental, sobre todo después de 1989, cuando se produjo, tras el colapso del marxismo-leninismo, el giro decisivo al nacionalismo. Pero tantas décadas de adoctrinamiento y conmemoraciones, culto martiano y matutinos escolares, proclamas y juramentos, habían producido en la gente, a la altura de 2007, un rechazo de la historia misma: todo eso, escrito por un valetudinario que, imposibilitado de seguir ejerciendo aquella oratoria tribunicia que había distinguido su liderazgo, no había tenido más remedio que recurrir a la escritura, era trovateque,cuento del tabaco… 

Comentando en su momento las reflexiones de Fidel Castro, escribí: “Ahora que, en la transición que viene más tarde o más temprano, la historia se convertirá no en un arma, sino en un problema a resolver para el imprescindible consenso democrático, tenemos aquí, en este último discurso de Castro que remeda una lección escolar, quintaesenciado todo aquello que habría que destruir. El problema es hasta dónde deberá llegar esa destrucción, el cuestionamiento de un relato nacionalista que no surgió con Castro pero que él ha convertido en maquillaje de crímenes y desastres: ¿se puede ser nacionalista después del castrismo?, habría que preguntarse, remedando aquella pregunta de Adorno. La tentación del radicalismo contrarrevolucionario está ahí, y podría conducir a la defensa de la inconveniencia de la Guerra del 95, al reconocimiento de la razón histórica del autonomismo o, incluso, a la reivindicación de un anexionismo que ha sido tan vilipendiado como incomprendido. Cerrado el capítulo que lleva el nombre de Fidel Castro, no está de más preguntarse qué historia de Cuba se ha de enseñar en las futuras escuelas de la República”.

Pero el futuro es imprevisible, y aquella transición que en los meses que siguieron al verano de 2006 se avizoró con falso espejismo (mi comentario a las “Reflexiones” apareció en un blog titulado, significativamente, Penúltimos días), dos décadas después sigue sin producirse. Hasta que en estos últimos meses la nueva expectativa de un inminente final del régimen ha vuelto a dar actualidad pública al debate sobre la historia nacional, como se aprecia en una serie de entrevistas del sitio Cibercuba, donde se han manifestado varios historiadores. Pero no solo desde el exilio se ha renovado la discusión, sino también (y esto es muy significativo) desde el oficialismo. 

Uno de los episodios del podcast La reunión, de la organización La Joven Cuba, entrevistó hace unos meses a Fabio Fernández Batista, profesor titular de la Universidad de La Habana, a propósito de la salida de un libro de texto que pretende alejarse del “esquematismo” y las “simplificaciones” de otros tiempos. Si en las décadas que siguieron al derrumbe de la URSS la historiografía cubana se abrió hacia una comprensión más matizada, menos maniquea, de la República, derritiendo la imagen congelada de aquella época que antes era obligatorio llamar “seudo” o “neocolonial”, ahora la revisión mayor, la rectificación, no está allí, sino en aquella otra parte que antes resultaba intocable: la historia de la propia Revolución Cubana. 

En el capítulo dedicado al período posterior a 1959, escrito justamente por Fernández Batista, encontramos más de veinte veces la palabra “ciudadanía”. Se trata, obviamente, de un vocablo del todo extraño a la Lengua de la Revolución Cubana, y que viene a sustituir a ese término fundamental de la misma que es “pueblo”, pero el cambio, aunque significativo, no deja de ser superficial, en tanto aparece en enunciados como “Fidel se convirtió en el alma de la Revolución a partir de su extraordinaria conexión con la ciudadanía” (Historia de Cuba, Pueblo y Educación, 2024, p.481), que reafirma, una vez más, la identidad entre Castro y “la Revolución”.

La disonancia entre la nueva lengua “democrática” de la historia oficial y su viejo contenido totalitario se manifiesta de forma particularmente estridente en este otro pasaje: “En la década del ochenta del siglo XX iniciaron las denominadas marchas del pueblo combatiente; grandes concentraciones que evidenciaban el apoyo mayoritario de la ciudadanía a la Revolución y el rechazo a las acciones del gobierno norteamericano y la contrarrevolución” (p.458). Marcha de la ciudadanía combatiente: este es el oxímoron que subyace a la imposible empresa de la nueva historia oficial, que no es otra, al cabo, que conciliar la crítica “dentro de la Revolución” con los dogmas que apuntalan a ese edificio en ruinas que es el castrismo.

La otra palabra que aparece mucho en este nuevo libro editado por Pueblo y Educación es “errores”, y aquí hay, de nuevo, una novedad; hasta ahora en la historia oficial la palabra aparecía sólo cuando se hablaba de aquella “rectificación de errores y tendencias negativas” con que Fidel Castro respondió a la glasnost y la perestroika; ahora, en cambio, se reconoce, en un texto dirigido a los estudiantes de onceno grado, que “en los sesenta hubo errores en la conducción del país” (p.440).  

De aquella Ofensiva Revolucionaria que en marzo de 1968 decretó el cierre de los pequeños comercios que aún quedaban en manos privadas, se afirma: “Este proceso estuvo acompañado por un discurso crítico en relación con prácticas heredadas de la sociedad capitalista y defensor de la consagración colectiva como vía para alcanzar los objetivos trazados. La Ofensiva fue hija de un contexto específico que la explica. Sin embargo, un análisis objetivo de la evolución de los acontecimientos posteriores permite identificarla como un costoso error que en los años recientes se ha buscado subsanar”. (p.441) Ahora bien, ¿quién cometió el “costoso error”? ¿qué acontecimientos posteriores permiten identificarla como tal? ¿no hubo nadie que, en el momento, reconociera la equivocación? ¿quién trazó los objetivos?

Un folleto editado por la Dirección Nacional de los CDR, con el título Los CDR y la Ofensiva Revolucionaria, incluye los dos discursos en que Fidel Castro estableció las premisas de la Ofensiva: el primero, pronunciado el 13 de marzo en la Escalinata de la Universidad de La Habana; y el otro solo dos días después en la inauguración del Seminternado de Primaria Juan Manuel Márquez en Boca de Jaruco. 

En estos discursos, Castro sataniza el comercio como “una actividad parasitaria”, contrapuesta al “trabajo voluntario” y al heroísmo revolucionario. Afirma que la Revolución no se hizo para “establecer el derecho al comercio” y que “algún día, si queremos llegar al comunismo, prescindiremos del dinero”. Hace una crítica de la capital como foco de “debilidades” burguesas y anuncia el cierre de todos los bares, tanto los privados como los públicos. Una pregunta retórica resume todo su planteamiento: “¿Vamos a hacer socialismo o vamos a hacer timbiriches?”. 

En el otro discurso, asegura: “vamos saneando el ambiente, vamos limpiando, vamos creando un pueblo realmente de trabajadores”. También la introducción a los discursos, que aparece sin firma y explica la función de los CDR en la Ofensiva, es reveladora, pues muestra cómo se proyectaba “la movilización total” en los diferentes campos: “Vigilancia”, “Agricultura”, “Educación”, “Salud pública”, “Cultura”, “Administración local”, “Deportes”, “Propaganda”, “Defensa civil”.

Ese contexto que “explica” la ofensiva, y que Fabio Fernández deja de analizar, es justo la determinación de eliminar todo vestigio de autonomía ciudadana que pudiera representar una amenaza a “la Revolución”, que en la práctica equivalía a las facultades omnímodas de Fidel Castro. Los demás errores señalados en este libro de texto (a saber, la Segunda Ley de Reforma Agraria, la eliminación de la relativa apertura económica del primer lustro de los ochenta durante la “rectificación de errores y tendencias negativas”) fueron todos ejecutados por Fidel Castro, pero o bien son atribuidos a un indeterminado sujeto colectivo, o se señala que fueron reconocidos como errores años después, lo cual en cierto modo exculparía a los autores. 

Afirma, por ejemplo, Fernández: “El cierre del decenio, justo en el contexto del mayor distanciamiento con la URSS, estuvo marcado por la aplicación de concepciones voluntaristas que no solo se manifestaron en planes económicos como los ya apuntados, sino también por la puesta en marcha de iniciativas que pretendían mejorar sustancialmente las condiciones de vida de la ciudadanía, pero que se alejaban de criterios objetivos conectados con la situación concreta del país. Estos excesos serían criticados de forma abierta por la máxima dirección de la Revolución unos años después”. (p.444)  

Y a continuación: “Más allá de los errores que pueden señalarse, la obra de la Revolución en sus primeros años resultó realmente impresionante. El país experimentó un salto cualitativo que se materializó en la vida de la gente. Lo que hoy puede parecer un simple resumen estadístico fue, en la práctica, la consumación de un descomunal esfuerzo en pos del desarrollo. En el ámbito económico las cifras son ilustrativas: La producción de níquel se duplicó; la refinación de petróleo se elevó de 3,6 millones de tm, en 1958, a 5,9 millones, en 1975; la generación de electricidad creció de 2 550 millones de kw/h, a 6 500 millones; la producción mecánica se triplicó; la producción de acero se elevó de 24 000 tm a 240 000; la de fertilizantes creció de 199 000 t, en 1958, a 1 000 000 en 1975; la elaboración de herbicidas , de 120 tm en 1958, a 2 900; la de tejidos se duplicó; la de calzado se triplicó; la de cemento se elevó de 743 000 tm a 2 000 000; la de pastas alimenticias, de un estimado de 10 000 tm a 50 000; la captura de pescado se incrementó seis veces; la superficie cultivada, en 1975, es dos veces la de 1958; el número de tractores creció de 9 000, en 1958, a 54 000 en 1975; el área de riego creció de 160 00 ha a 580 000; la producción de huevos sextuplicó la de 1958; la flota mercante creció en 9 veces”. 

En este punto, este nuevo libro de texto que según Fabio Fernández constituye un “ejercicio de honestidad intelectual”, se revela como una burda manipulación: es fácil advertir cómo, para enmascarar la depresión económica que experimentó Cuba entre 1959 y 1969, se ofrecen, tomadas del libro de Arnaldo Silva León Breve historia de la Revolución Cubana(Editorial Félix Varela, La Habana, 2008), estadísticas del año 1975, cuando ya el país dependía totalmente de los subsidios soviéticos. 

He aquí, quintaesenciado, el correlato historiográfico del “cambio-fraude”. Se critica, sin explicar nunca en qué consiste, el “voluntarismo” mientras se ofrecen cifras que muestran, de forma fraudulenta, que a pesar del mismo la economía creció; se reconocen errores sin identificar nunca a sus autores, diluyéndolos en una vaga responsabilidad colectiva; se valora positivamente la existencia de la empresa privada dentro del socialismo  mientras se insiste en la glorificación de Ernesto Guevara y Fidel Castro, justo aquellas figuras que preconizaron la planificación central, el primero, y se resistieron por décadas a la implementación en Cuba del modelo chino o vietnamita de socialismo de mercado, el segundo; se administra muy cuidadosamente la crítica produciendo una historia donde la reforma es deseable solo a condición de que el régimen de partido único permanezca intacto. Se trata, en fin, de un mesurado ejercicio de glasnost, un conato de “transparencia” para una perestroika que no culmine, como la soviética, en el final del régimen sino en su renovación, en su reinvención “creativa”. 

La metáfora de la canción “Mi casa”, del trovador Tony Ávila, con que cierra el capítulo y el libro, no puede ser más elocuente, y más pedestre: “voy a quitar las viejas cerraduras / creo que están de más ciertas paredes / aprendí con el tiempo que se puede / cambiar sin que se dañe la estructura”. 

Esta nueva historia oficial que se presenta como “problematizadora”, como superación del dogmatismo y esquematismo de otros tiempos, es profundamente anacrónica; tiene todo el espíritu de los años ochenta, de “Guillermo Tell” y aquellas canciones críticas de Carlos Varela, ahora que el Zeitgeist ya no está en la descendencia de la nueva trova sino en el “reparto”, y es imposible -siguiendo con la metáfora habitacional- apuntalar el edificio dándole un repello o una manito de lechada cuando ya apenas le quedan paredes en pie. 

El llamado al “socialismo con rostro humano”, a la utópica conciliación de socialismo real y democracia, llega pues a la historia oficial con cuatro décadas de retraso. “Voy a hacer ciertos cambios en mi casa / como hicieron mis padres en su tiempo / al cabo esta será la misma casa / los que no son iguales son los tiempos”, dice la canción. Y es justo por eso, por la radical desigualdad de los tiempos, por su honda desconexión con las demandas de lo que, usando la terminología del propio Fabio Fernández, podemos llamar “la ciudadanía” de la Cuba de hoy, que esta nueva historia oficial resulta profundamente conservadora.    

Vale la pena, en este punto, comparar el nuevo libro de texto de Historia de Cuba con su   antecesor, publicado en 2010. Un cotejo de las tablas de contenido revela que la estructura y el sentido del relato histórico es el mismo: la historia nacional es presentada como un proceso de lucha que culmina en la Revolución de 1959. El capítulo dedicado a la primera República se titula en ambos casos “Las luchas sociales y nacional liberadoras entre 1899 y 1935 frente a la dependencia neocolonial”. 

El libro de 2024 añade, no obstante, un “Prefacio” y un capítulo introductorio dedicado a la “formación, desarrollo y consolidación de la nacionalidad y la nación cubanas”. En el prefacio se señala: “El colapso de la dictadura batistiana abrió las puertas a un proceso de transformación revolucionaria de gran calado que se manifestó a través de la asunción del paradigma socialista, en respuesta a la dimensión del cambio que suponía el enfrentamiento a las contradicciones derivadas del capitalismo subdesarrollado y dependiente materializado en la Isla. En los marcos del socialismo Cuba se convirtió en un referente mundial, alcanzó importantes éxitos socioeconómicos, enfrentó los efectos derivados de los fracasos y los errores internos, además de contrarrestar sistemáticamente la hostilidad norteamericana”. (s/p)

Vemos aquí, de nuevo, cómo el reconocimiento de errores internos durante el período revolucionario aparece enmarcado dentro del antiguo metarrelato oficial, fundamentalmente determinista en tanto comprende la Revolución de 1959 como la culminación natural de la evolución histórica de la nación, y no reconoce solución de continuidad alguna entre 1959 —cuando el nuevo poder afirmaba proponerse la restauración del orden constitucional— y 1961, con la proclamación del llamado “carácter socialista de la Revolución”. 

El primer capítulo del libro, por su parte, sitúa el nuevo libro de texto para la enseñanza de la historia en el nivel medio superior en el contexto de una “batalla” por la verdad histórica; frente a lo que el colectivo de autores llama “el desmontaje de la historia” (p.7), propio de una “filosofía imperial” destinada a “eliminar nuestro sistema socialista”, se destaca la “necesidad de posturas críticas”, y es justo en este punto donde la nueva historia oficial se desmarca de lo que hace veinte años produjeron los llamados “talibanes”, los intelectuales orgánicos de la Batalla de Ideas. 

Si, pongamos por ejemplo, Eliades Acosta Matos, director de la Biblioteca Nacional de Cuba, respondía a la “guerra cultural” con un atrincheramiento en el dogma ideológico, ahora se responde a la misma supuesta guerra con una cierta apertura hacia la crítica, pero dejando intactos esos dogmas fundamentales de la historia oficial que son la necesidad de la Revolución, entendida como resultado inevitable de las contradicciones estructurales de la República, y la legitimidad del gobierno absoluto de Fidel Castro.  

Al tiempo que reafirma la idea de que “el socialismo se materializó como resultante lógica de la agudización de las contradicciones acumuladas en el tejido social” (p.427), y ejerce una crítica mistificadora de la Constitución de 1976 (“la expresión del arraigo en el país de dinámicas procedentes del Campo Socialista europeo que, a la postre, se mostraron contraproducentes”, p.455), el relato de Fabio Fernández sugiere que la “fractura de los consensos”, aunque ya iniciada en los noventa, es sobre todo un fenómeno relativamente reciente, más propio de la presidencia de Miguel Díaz Canel. 

Significativamente, el texto es más crítico mientras más se acerca al final, esto es, al presente. “El duro impacto de la pandemia, los efectos del bloqueo norteamericano en la economía, las campañas antigubernamentales desplegadas desde las redes sociales, los desequilibrios generados por la aplicación de medidas como la Tarea Ordenamiento y el acumulado de problemas de contenido estructural se coligaron —en el año 2021— para agudizar las tensiones al interior de la Isla, lo que condujo a las manifestaciones del 11 y el 12 de julio; muestra de la erosión y la fractura de los consensos políticos”. (p.485) 

La comparación de esta versión “liberal” que ofrece Fernández de los sucesos del 11 de julio con lo que el propio autor dice de las protestas de agosto de 1994 y de la crisis de Mariel es reveladora. En ambos casos, todo queda relegado a una nota al pie. La primera, sobre la “crisis de los balseros” (p.468), es aledaña a una foto cuyo pie reza: “Fidel conversando con el pueblo (ʻel maleconazoʼ)”, de modo que las protestas quedan reducidas a aquella conversación que supuestamente aplacó a las masas descarriadas, devolviéndolas al buen camino revolucionario. 

La segunda define escuetamente la crisis migratoria como “expresión de las campañas contra Cuba orquestadas por los círculos de poder norteamericano y de las propias tensiones acumuladas al interior de la Isla”. (p.457) Hay aquí, por cierto, otra diferencia significativa con el anterior libro, el de 2010; en aquel se aborda el episodio (Pueblo y Educación 2010, pp.410-411) repitiendo la versión oficial del gobierno cubano; lo mismo ocurre con el hundimiento del remolcador 13 de marzo en 1994 (p.427).

En ambos casos, la más reciente Historia de Cuba abandona en parte el relato oficial, pero sin llegar a cuestionarlo; sencillamente, opta por el silencio, un vacío que, tratándose de episodios tan cruciales como la crisis de 1980, manifiesta, una vez más, la imposibilidad de las instituciones cubanas de hacer una crítica a fondo de la llamada “historia de la Revolución Cubana”. Y que contrasta, muy significativamente, con el desproporcionado espacio que se le dedica a los “errores” cometidos en el terreno de la cultura. Un libro de texto que apenas menciona el conflicto del Escambray (“en este último escenario se consolidó el fenómeno del bandidismo, dinámica que expresaba la intención de las fuerzas contrarrevolucionarias de desestabilizar al país a través de la insurgencia guerrillera”, p.421), que no hace referencia alguna a las UMAP o al desplazamiento forzoso de familias enteras a la provincia de Pinar del Río, y que, de nuevo a diferencia del texto de 2010, omite el proceso al “sectarismo”, dedica sin embargo varios párrafos al llamado “quinquenio gris”. 

Es obvio que en lo que en términos marxistas llamaríamos “la superestructura”, la nueva historia oficial ha encontrado un terreno fértil donde ensayar una crítica que para fenómenos menos focalizados en la represión a intelectuales y artistas se vuelve mucho más difícil de resolver dentro de la lógica legitimadora del régimen. Fabio Fernández, quien cita en nota al pie los libros El 71Anatomía de una crisis, de Jorge Fornet (Letras Cubanas, 2013), Fuera (y dentro del juego)Una relectura del Caso Padilla cincuenta años después (selección y prólogo Abel Prieto y Jaime Gómez Triana, Casa de Las Américas, 2021) y Decirlo todoPolíticas culturales (en la Revolución Cubana), de Guillermo Rodríguez Rivera, (Ediciones Ojalá, 2017), reproduce la manida falacia de culpar de los “errores” a funcionarios dogmáticos, y a esta añade una segunda, que es atribuir la parametración a la persistencia de mentalidades conservadoras. 

En una de las secciones tituladas “Reflexiona”, leemos: “Fenómenos como los ocurridos durante el Quinquenio Gris nos permiten meditar acerca de la complejidad de la transformación revolucionaria, en torno a cómo mentalidades, imaginarios y prácticas sociales del pasado se reproducen en la nueva sociedad y laceran la apuesta por construir un mundo radicalmente distinto y superior al anterior”. (p.448) 

Se sugiere así que los “errores” no reflejan el radicalismo del mediodía revolucionario, su auténtica consumación, sino más bien un déficit, una falta, con lo cual, una vez más, queda reafirmada la justicia original del proyecto revolucionario. Semejante tesis, desde luego, carece de fundamentación histórica: el “quinquenio gris” no tiene antecedente alguno en la época republicana; como la propia “ofensiva revolucionaria”, está emparentado con campañas antiburguesas como la “revolución cultural” maoísta y la implementación del partinost en la Unión Soviética de los años treinta. 

El aprovechamiento de los conflictos entre el régimen y la intelligentsia como avanzadilla para el reconocimiento de ciertos errores de la Revolución resulta, al cabo, una variante de aquella cínica rehabilitación de las víctimas que se produjo en la década del 90; si a raíz del caso Padilla los intelectuales fueron usados como chivo expiatorio en el contexto de debacles como la “zafra de los diez millones”, que nada tenían que ver con los debates intelectuales y mucho con la incompetencia, irresponsabilidad y autocracia de Fidel Castro, ahora el reconocimiento de la ya supuestamente superada marginación de intelectuales y artistas funciona, al cabo, como un mecanismo de escamoteo. 

Fabio Fernández habla del caso Padilla, pero no habla del caso Payá, ni tampoco del caso Ochoa. La admisión del maltrato a los intelectuales en el pasado funciona, en la economía discursiva de la nueva historia oficial, para ocultar el hecho de que la persecución de aquellos que se dieron en llamar “conciencia crítica de la sociedad”, no es sino un epifenómeno dentro de la fundamental represión de toda crítica que es inherente a la dictadura castrista y que se manifestó ya, antes incluso que aquella primera polémica sobre P.M. que diera pie a las reuniones en la Biblioteca Nacional, en el cierre de la prensa libre entre abril y mayo de 1960. Pero sobre este episodio, mucho más importante en la historia de Cuba que el “pavonato”, nada dice el nuevo libro de texto, más allá de incluir una escueta nota donde leemos: “En este lapso también fue objeto de nacionalización la gran propiedad cubana, todo ello como expresión de las fuertes contradicciones de clase que se materializaban en el país en un contexto definido por la definitiva incorporación del núcleo central de la burguesía a las filas de la contrarrevolución”. (p.423)

Es justo la continuidad en la negación de la legitimidad de la oposición pacífica y el ocultamiento de la represión masiva, de toda una historia de violencia y terror que se remonta a los primeros años sesenta, lo que hace posible, en el texto de Fabio Fernández, esa novedad que es el reconocimiento de “la erosión de los consensos”. “Quizás el aspecto más relevante de la década del noventa del siglo XX es la no manifestación de una crisis política en correspondencia con los complejos fenómenos socioeconómicos que se desarrollaban. Hubo, como demuestran las manifestaciones del 5 de agosto de 1994, una erosión de los consensos, pero crisis política no”. (p.472). 

Lo que tenemos aquí es, en última instancia, ese argumento último de los comunistas que con singular agudeza señalóAlbert Camus en El hombre rebelde: la persistencia misma del régimen es usada como evidencia de su razón. El comunismo soviético, decía Camus, termina justificando su pretendida bondad no por principios éticos universales, sino por su propia existencia y supervivencia histórica: al asumirse como encarnación del sentido de la historia, el Partido convierte su permanencia en prueba de legitimidad, de modo que lo que logra imponerse se presenta como necesario y, por tanto, justo; esta lógica circular sustituye el juicio moral por un criterio histórico y permite legitimar la violencia, la represión o la censura como medios inevitables, siempre justificados por los fines, en una suerte de teodicea secular donde la historia ocupa el lugar de Dios y el éxito político funciona como garantía de verdad. 

Por mucho que cambie de jerga, que ahora diga “ciudadanía” en lugar de “pueblo”, la historia oficial cubana no puede abandonar esta lógica circular. Como no puede abandonar, tampoco, el ámbito estético que la acompaña desde los años sesenta: el kitsch. Así termina el texto que comentamos: “El país mejor que sueña la mayoría popular —heredero de las luchas históricas de la nación, del proyecto de la Revolución Cubana y de la asunción del ideal socialista— tiene el desafío de refundarse creativamente en las aguas tempestuosas de un siglo marcado por las convulsiones inherentes a la crisis multidimensional que vive el mundo. En la capacidad de los cubanos, esa a la que le han cantado poetas y trovadores, vale confiar”. (p.485). Y a continuación reproduce íntegra la letra de la canción de Tony Ávila, donde leemos: “voy a cambiar los muebles de mi casa / le cambiaré el color a las paredes / restauraré las puertas, las ventanas”. 

Pero, ¿de dónde van a salir los nuevos muebles, la pintura, la madera? 

La tesis es que, dada la profundidad de la crisis, la reforma económica resulta perentoria, pero el hecho de que se use la restauración de una casa —algo prácticamente imposible en las actuales circunstancias del país— como metáfora de ese mismo cambio que haría posible la recuperación material, traiciona, una vez más, el carácter oximorónico del proyecto. 

La lógica circular alcanza aquí su forma más acabada: la del barón de Münchhausen.  






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Fueron sus subordinados más fieles los que recibieron la orden de eliminar a Ramiro Valdés. Con la complicidad de su propia familia.

Por Orlando Luis Pardo Lazo